Wolf

Sara se tumbó sobre la hierba, a apenas unos metros del forastero, y dejó que sus ojos, como los de él, resbalasen por las nubes sin detenerse en ninguna. El verano se acababa, y las flores, que habían empezado a marchitarse, llenaban el campo con el empalagoso aroma de la muerte.
-Va a anochecer-murmuró: las primeras estrellas ya empezaban a asomar por el este. Él no respondió-. Deberías buscar un sitio donde pasar la noche. Hemos tenido problemas con los lobos este último mes.
El muchacho soltó una carcajada amarga y, apoyándose en las palmas de las manos, se incorporó hasta quedar recostado sobre su abrigo. Su caballo, que pacía a unos pasos de distancia, levantó la cabeza para mirar a su dueño, extrañado.
-Los lobos que me preocupan no viven aquí fuera, pequeña.
Sara agachó los ojos, avergonzada, y por un instante pareció que una sombra los atravesaba.
¿Cuántas veces, con los quince años recién cumplidos, había sentido ya en sus carnes el aliento pringoso de aquellos lobos que se alimentaban de la desesperación ajena? Muchas. Demasiadas. Hacía tiempo que había dejado de contarlos, pero sus caras aún volvían de vez en cuando para atormentarla y arrancarle el aire de los pulmones. Y, aunque era imposible que él lo supiera, aquellas palabras eran en cierto modo una acusación.
-En cualquier caso-continuó él, sacudiendo la cabeza al tiempo que se ponía de pie-, seguramente me marche antes de que salga la luna. Aún me queda mucho camino por recorrer, y esta ciudad me pone enfermo.
Mientras se estiraba, de espaldas a ella, Sara aprovechó para observarle en detalle por primera vez, en un sutil intento de desenmarañar aquel rompecabezas andante. Pero cuanto más lo miraba, cuanto más deseaba entender el magnetismo oscuro de aquel desconocido, más espeso se volvía el velo de misterio que envolvía al forastero, y más aumentaba su frustración.
¿Qué era? ¿Qué había en aquel tipo, tan familiar y al mismo tiempo tan... aterrador?
En aquel momento, como si le hubiera leído el pensamiento, el extranjero giró la cabeza y clavó sus ojos en los de ella, y Sara sintió que aquellos ojos, aquellos enormes ojos negros, como los de una bestia o un demonio, amenazaban con devorarla.
Una sola gota de sudor frío le recorrió la espalda, y sus manos empezaron a temblar. Sin embargo, fue él quien, después de apenas un instante, apartó la mirada, como si se avergonzase de algo que acababa de pensar.
-Vuelve a casa, pequeña-murmuró con un hilo de voz-. No soy buena compañía.
¿Volver a casa? Sí, eso sonaba razonable. Ni siquiera sabía por qué le había seguido en primer lugar, y por experiencia sabía que estar allí tan tarde y sola no podía terminar bien. Pero, en lugar de huir como le pedía cada fibra de su ser, Sara se levantó y, temblando como una hoja, se acercó a él. Su instinto de supervivencia le gritaba a cada paso que era un suicidio, que corriese hasta que las piernas le fallasen, que volviese a su zulo húmedo y se olvidase de aquel desconocido... pero había algo que tenía que comprobar. Había llegado demasiado lejos, y ahora era demasiado tarde.
De pie frente a él, Sara levantó la cabeza para contemplar aquellos ojos que, desde lo alto, le devolvían la mirada sin pestañear, vidriosos y trémulos, afilados como lanzas.
-Llévame contigo-suplicó con la voz rota.
Su mano, agarrotada y entumecida, buscó la cara del extranjero, que recibió la caricia con una mezcla de recelo y voracidad, como si hubieran pasado años desde la última vez y hubiera olvidado el tacto cálido del cariño. Él también, presa de aquel instante agridulce, extendió la mano hacia la mejilla de Sara, y la acarició con una ternura torpe y delicada. En aquel momento, ambos se reconocían como iguales. Como dos muñecos rotos que, con solo mirarse a los ojos, encontraban reflejadas en el otro sus mismas heridas de guerra.
Sara deslizó su mano por la mejilla del extranjero, y siguió descendiendo por su cuello hasta detenerse en su corazón, que latía acelerado. También el suyo, después de tanto tiempo, parecía despertar.
-Llévame contigo-repitió, desconsolada-, y sálvame de los lobos.

Pues esto en principio era un cuento infantil, pero la idea no cuajó. Me gusta demasiado escribir sobre el lado oscuro y degenerado de la sociedad, supongo.
Sé que estos meses he estado más que desaparecido, pero os pido que me perdonéis. No sé, supongo que el curso pasado me dejó más agotado de lo que pensaba y necesitaba un tiempo para recuperarme. Con un poco de suerte, esta vez sí que me pasaré más a menudo.
No tengo mucho más que añadir, el verano ha sido más bien normalito y las clases por ahora parecen interesantes. ¿Y vosotros? ¿Qué es de vuestras vidas? :)

-¿Qué tal estás?
-Bien. ¿Cuántas veces vas a preguntármelo?
-Las que haga falta para que me digas la verdad. Así que, ¿qué tal estás?

Yerma

Hoy, otra vez, hay tormenta en casa.
¿Y sabes qué es lo más gracioso de todo? Que ni siquiera sé por qué. No sé por qué gritamos, por qué nos insultamos y nos lanzamos los platos a la cabeza esta noche.
Y empiezo a pensar que tú tampoco lo sabes.
Últimamente pelear se está convirtiendo en parte de nuestra rutina, y las excusas para hacerlo cada vez son peores.
Y tal vez, hoy hemos cruzado la línea; tal vez, hoy solo peleamos por pelear.
Pero no vamos a parar de hacerlo solo por eso, ¿verdad?
Porque mientras nos gritamos, mientras yo te llamo puta y tú me abofeteas, no tenemos tiempo para pensar en lo vacíos que estamos.
En lo vacía que estás.
Así que no, no voy a parar de insultarte aunque sé que no es culpa tuya, ni tú dejarás de mandarme a dormir al sofá noche tras noche, a pesar de lo fría que es nuestra cama; y sí, seguirás encerrándote en el baño con el grifo abierto para llorar cuando crees que no te oigo, y yo continuaré bebiendo hasta quedarme dormido para no ver todos esas cajas llenas de sus cosas (esas que nunca podrá estrenar) apiladas en el salón.
Todas esas cajas de cartón que me pides que lleve al trastero a gritos cada día.
Todas esas cajas de cartón que nunca se moverán de donde están, porque quitarlas de en medio sería como admitir que se ha ido.
Dios, cómo duele pensar que se ha ido...
De pronto das un portazo (¿hace cuánto que estamos discutiendo?), y me dejas con la palabra en la boca mientras te recuerdo (¿hace cuánto que estás llorando?) una por una todas las cosas que sé que te hacen daño (¿hace cuánto que no necesito pensarlo para herirte?).
Pero hoy no te persigo, ni te sigo insultando desde este lado de la puerta, ni intento que vuelvas a gritarme que me odias.
Hoy me quedo aquí, sentado en el suelo, dando cabezazos contra la puerta mientras la indiferencia se clava más y más profundo. Pensando que, cualquier día de estos, tú te cortarás las venas en la bañera y yo me tiraré por un barranco con ese coche familiar que compramos el mismo día que supimos que íbamos a ser tres.
Te oigo gimotear, ¿sabes? Incluso con la cabeza hundida en la almohada. Y de verdad que quiero entrar. Quiero decirte que lo siento, que siento los insultos, los golpes, los gritos, que siento haberte echado la culpa de que estemos solos.
Pero, en vez de hacer eso, me levanto y vuelvo a la cocina. Me levanto, cojo la botella de bourbon y me derrumbo en una silla para ver si, esta noche, consigo escapar del dolor, aunque hasta ahora nunca ha funcionado.
Y, con la mirada desenfocada por el alcohol, me quedo mirando esas manchas marrones (esas que significan algo, algo que no recuerdo pero que aún así duele) y me doy cuenta de que esto no va a terminar bien.
De que, en el mejor de los casos, nos haremos viejos en una casa terriblemente silenciosa, incapaces de mirarnos a los ojos.
Me bebo de un trago lo que queda en la botella, que resbala entre mis dedos y se estrella contra el suelo, y decido que ya estoy lo suficientemente borracho como para irme al sofá. Así que me apoyo en la mesa, me levanto y...
Nada.
Estoy muerto. Estoy inconsciente. Estoy dormido.
Me da igual.

Lo único que importa es que ya no siento nada.

Sí, el título se lo he robado a Lorca, pero no se lo digáis, ¿eh?
La verdad es que no tengo excusa. Estas últimas semanas no he escrito nada (bueno, mentira, he escrito mucho y luego lo he ido borrando todo), y no por falta de tiempo, sino porque ando con la inspiración un poco renqueante y las energías bajo mínimos, así que no me comprometo a nada, por lo menos por ahora.
Ya os iré contando cómo me van los ánimos :)

-¿Ves esa mariposa? El viento intenta arrastrarla de aquí para allá, la aleja de su camino una y otra vez. Y, sin embargo, no se rinde. ¿Por qué tú sí?
-Porque, cuando luchas demasiado tiempo contra un huracán, el viento acaba por arrancarte las alas. A mí solo me queda arrastrarme por el fango hasta que todo termine.