El pequeño gran reto del estudiante: el Instituto

Seguramente no quedará muy bien porque estoy escribiendo sin inspiración, pero no me importa mucho xD.
Entré en la clase intentando no pensar mucho en lo que había pasado minutos antes, ocultando las magulladuras de mis brazos. Por lo menos había conseguido romperle la nariz a uno de ellos... No era un gran consuelo, la próxima vez sería peor.
Decidí que lo mejor era centrarme en lo que estaba diciendo la tutora, pero me aburrí enseguida. Era el típico discurso de principio de año: hay que ser respetuosos, agradables, amables...
Al cabo de un rato borré el sonido de su voz de mi mente y me puse a dibujar. No se me daba muy bien, pero me relajaba. Aquel día tenía ganas de dibujar algo triste y me quedó un garabato azul indescriptible. Tras mirarlo un rato, decidí incluirlo en mi colección de dibujos.
Entonces sonó el timbre. Aquel día había solo una clase por ser el primer día, pero no me acordaba. No, hasta que no sonó el timbre y los vi esperando fuera.
Intenté pasar desadvertido otra vez, pero tampoco funcionó. Esta vez sabían lo que buscaban. Me preparé para romperle la nariz al máximo número de personas.
-¿Te apetecería venir algún día con nosotros?
¿Había vencido a la abeja reina?

White night

Sigo sin saber cómo continuar la historia del otro día xD...

No quería salir de casa. A decir verdad, ni siquiera quería salir de su habitación.
Pero su madre había jugado muy bien la carta del chantaje emocional. Desde que la vio entrar con lágrimas en los ojos le había insistido para que saliera con sus amigas, diciéndole que así se animaría.
Finalmente, se había visto obligada a ceder. Karla apareció en su casa una hora antes de lo previsto. En cuanto la madre de Mariah se fue, corrió al armario y sacó el vestido que Mariah le había descrito. Tras mirarlo un rato con ojo crítico, preguntó con la mirada "¿Puedo?".
-Corta, cose y arranca lo que creas necesario-respondió Mariah sin prestar muco atención.
No tardó ni un segundo en comenzar a trabajar y en un par de minutos el traje estaba irreconocible.
-Póntelo para que le haga los últimos retoques.
Mariah obedeció como una autómata, y pronto sintió cómo Karla cosía y descosía alrededor suyo. Empezó a sentirse agobiada. Tenía que salir de allí. Ya. En un momento que Karla se apartó a contemplar su obra, Mariah cruzó la habitación corriendo y salió de la casa a toda prisa.
Iba descalza, y las piedras del parque se le clavaban, hiriéndola, pero no le importaba. Corrió mientras lloraba hasta que no pudo más y, entonces, se sentó en un banco frente al lago, ocultando su rostro entre las manos.
-Debo estar soñando-susurró una voz a sus espaldas.
Mariah se volvió, asustada, y vio a un joven de más o menos su edad.
-¿Por qué dices eso?-preguntó Mariah, secándose las lágrimas.
-Porque estoy viendo un ángel, y que yo sepa no existen.
Ella sonrió.
-Creo que te confundes. Yo no soy un ángel.
-A lo mejor la que se confunde eres tú. A lo mejor sí lo eres.
Ella volvió a sonreír.
-Quédate así-pidió él.
-Así, ¿cómo?
-Sonriendo. Estás más guapa, si eso es posible.
-¿Cómo te llamas?
-Álvaro. ¿Por qué vas vestida así?
-Iba a ir a un baile...
-¿Y ya no vas?
-No...
-Sería una pena desperdiciar ese precioso vestido.
-Ya lo usaré otro día.
-¿Por qué no bailamos?
-¿Aquí? ¿Ahora?
-A mí no me parece un mal lugar-susurró él, alargando la mano.
Ella le siguió el juego y, levantándose, comenzaron a bailar, cada vez más cerca. Al final ya no bailaban, solamente estaban abrazados.
Y de pronto, luz. Mariah abrió los ojos y se vio en su habitación. Todo había sido un sueño. Y, sin embargo, en vez de decepcionada, estaba alegre. Hacía mucho que no soñaba con nadie que no fuera Él. Quizás empezaba a superarlo...

Guerra

-He ganado-susurré fríamente.
-Has ganado esta batalla, pero no la guerra-respondió ella.
Estoy seguro de que mis ojos se volvieron de hielo cuando dijo ella.
-Hay guerras de una sola batalla, querida-respondí, sonriendo maliciosamente.
Ella me miró a los ojos cálidamente, como intentando derretir el acero de mi mirada, pero no lo consiguió. Derrotada, me dio la espalda y comenzó a caminar hacia la puerta.
-¿Me puedo permitir una pregunta?-susurró ella sin darse la vuelta.
-Eso en sí ya es una pregunta.
-¿Qué ganas con esta guerra?
-Que tú no ganes nada.
-¿Realmente piensas así?-preguntó girando sobre sí misma para mirarme a los ojos.
Me bastó sonreír para que se diera cuenta de que así era.
-Eres un monstruo. Con esta guerra solo pierdes.
-¿Y qué pierdo?
-A mí. Y con eso me basta para alegrarme el día.
-¿En serio piensas así?
Su respuesta fue una sonrisa idéntica a la mía.
-Si realmente piensas así, no eres mucho mejor que yo.

Sé que no es la historia de ayer, pero la inspiración me trajo esto a la cabeza xD.

El pequeño gran reto del adolescente: el Instituto

Me quedé parado delante de las puertas de hierro.
Por un segundo me planteé darme la vuelta y salir corriendo, pero la marea de gente que me rodeaba no me lo habría permitido.
Luego pensé en quedarme allí quieto, esperando a que todo desapareciese a mi alrededor. En aquel momento no me pareció una idea tan estúpida.
Las puertas se abrieron de golpe y la gente empezó a empujarme, llevándome hasta la primera planta sin casi hacer esfuerzo.
Y allí estaban Ellos, apoyados contra la pared, perfectamente vestidos, perfectamente peinados... Perfectamente perfectos. Me recoloqué la mochila e intenté pasar desapercibido, pero no funcionó. Como si tuvieran un radar para detectar novatos, me apartaron del grupo con una sonrisa maliciosa.

Olvido

Antes de aquello habría jurado que había enterrado aquellos recuerdos en lo más hondo de su corazón, metidos... apelotonados sería más exacto, en un ataúd de acero. Le había llevado mucho tiempo cavar aquella tumba, y una vez cerrada había derramado muchas lágrimas para que la hierba creciera sobre ella.
Realmente se había esforzado por olvidarle y, aunque no sabía cómo, había sobrevivido a su ausencia hasta que no fue más que una sombra en la distancia, un ser sin rostro que solamente la amenazaba en sus pesadillas.
Esto no quiere decir que hubiera vuelto a ser feliz. Él había sido el dueño de su corazón, un corazón de cristal muy frágil que se acabó rompiendo. Desde el día que él dijo "Adiós" la luz desapareció de su vida, dejándola sola en la oscuridad. La gente la miraba por la calle, no con deseo, sino con lástima. Ella era una pobre chica sin alma con la mirada perdida.
Con el tiempo había aprendido a sonreír, a fingir alegría, tristeza, dolor... Pero ella no sentía nada más que un vacío intenso en su interior.
Y de pronto, en el momento en el que sus sonrisas se estaban convirtiendo en reales y la luz volvía a sus ojos, volvió él. Apenas fue un segundo, un segundo, nada más, lo que tardó el muro de espino que había construído alrededor de su corazón en derrumbarse cuando él la miró a los ojos.

Helena

El mar rugía embravecido mientras la lluvia descargaba sobre él. La noche había transformado el océano en una masa negra furibunda que lanzaba sus olas contra una goleta. Las luces del faro iluminaban poco, y la niebla era a cada minuto más densa.
Sobre el pico de un barranco, Helena contempló los riscos que la esperaban Cada vez parecían más largos, como si estuviesen impacientes por recibirla. Ella sonrió y levantó un pie. El cielo lanzó un rayo que impactó a su lado, pero ella no se inmutó.
Cerró los ojos para disfrutar de lo que la naturaleza le ofrecía y, con gran decisión, dio un paso adelante. Aquello era como había esperado, sentía como si flotase. El viento helado hería su pálida piel, cubriéndola de cortes que la lluvia intentaba curar.
La sensación de dolor al sentirse atravesada por el risco no duró más que un segundo, para ser sustituida rápidamente por una extraña paz interior. El recuerdo de Marcos no la atormentaría nunca más.
El río Lete no era un río, era un mar. Y ella moraría en él hasta que su corazón estuviera vacío.

Ella

Recostado en su sillón de terciopelo, copa de vino en mano, observaba a través de la ventana. A lo lejos, la montaña cubierta de verde y blanco; más cerca, el lago teñido de plata por el reflejo de la Luna.

¿Cuánto llevaba sentado en aquel sillón? ¿Horas? ¿Días? ¿Semanas?
No le importaba.
La copa derramaba lentamente su contenido sobre la moqueta roja.
Tampoco le importaba.
La había visto salir de la mansión con lágrimas en los ojos desde aquel mismo sillón, y no dudaba de que la esperaría, aunque sabía que ella nunca volvería.
No tenía nada mejor que hacer.
En la oscuridad insondable únicamente se oía el silencio, jamás roto desde que ella se fuera.

¿Cuánto llevaba sentado en aquel sillón? ¿Meses? ¿Años? ¿Milenios?
No le importaba.
La copa derramaba lentamente un líquido negro y espeso.
Su sangre.
Tampoco le importaba...