Helena

El mar rugía embravecido mientras la lluvia descargaba sobre él. La noche había transformado el océano en una masa negra furibunda que lanzaba sus olas contra una goleta. Las luces del faro iluminaban poco, y la niebla era a cada minuto más densa.
Sobre el pico de un barranco, Helena contempló los riscos que la esperaban Cada vez parecían más largos, como si estuviesen impacientes por recibirla. Ella sonrió y levantó un pie. El cielo lanzó un rayo que impactó a su lado, pero ella no se inmutó.
Cerró los ojos para disfrutar de lo que la naturaleza le ofrecía y, con gran decisión, dio un paso adelante. Aquello era como había esperado, sentía como si flotase. El viento helado hería su pálida piel, cubriéndola de cortes que la lluvia intentaba curar.
La sensación de dolor al sentirse atravesada por el risco no duró más que un segundo, para ser sustituida rápidamente por una extraña paz interior. El recuerdo de Marcos no la atormentaría nunca más.
El río Lete no era un río, era un mar. Y ella moraría en él hasta que su corazón estuviera vacío.

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