París

Había música de fondo. No recuerdo qué canción en concreto sonaba, pero sí que era algo lento, suave, quizás un poco melancólico, y que me pareció idónea para el local.
Éste estaba medio vacío, en un inquietante silencio roto solo por los acordes de la melodía que aquella vieja radio emitía, mientras los hombres que allí había, sentados a la barra, fumaban y bebían con frustrante parsimonia sus cervezas. El barman, aburrido detrás de la misma, limpiaba con esmero una jarra de cristal.
Fue entonces que la vi, al fondo del local, en una de las pocas mesas que tenía el bar. Sentada en uno de aquellos sillones de cuero verde desgastados por el tiempo, tenía los ojos clavados en el fondo de su vaso vacío, mientras con el índice de la mano derecha trazaba círculos sobre la madera.
Me acerqué, sentándome frente a ella, pero no levantó los ojos.
Lentamente, como si estuviese hablando desde lo más profundo de un sueño, susurró:
-Anoche volví a soñar con París...
Su voz, de naturaleza grave y áspera, se quebró al pronunciar la última sílaba. Durante un instante pareció que iba a llorar, pero no lo hizo. Simplemente paró de trazar círculos en la mesa.
-No me gusta que pienses en aquello.
Levantó la mirada de su jarra, clavando sus ojos en los míos. Sus irises, antes de un marrón casi ígneo, se mostraban ahora vidriosos y apagados. Vacíos. Aquella mirada, aquella no-mirada, me atravesaba y veía a través de mis tinieblas, haciéndome sentir incómodo.
-Te he traído más medicinas-susurré, viendo que ella no pensaba decir nada, al tiempo que sacaba el bote de pastillas de mi cazadora y se lo acercaba suavemente.
-No las necesito-respondió, mirando con indiferencia el recipiente de plástico-. Ya no funcionan. He vuelto a recordar.
Una gota de sudor resbaló por mi sien.
-Hablaremos con el doctor. Te dará algo más fuerte, algo mejor...
-No quiero seguir luchando-su voz era apenas un murmullo-. En París éramos felices. ¿Por qué no podemos volver?
Desvié la mirada hacia la ventana. De fondo, tratando de tocar la luna, se alzaba la ciudad.
-París no es una opción. Seguirás con las medicinas, y harás lo que el doctor te ordene.
La miré de reojo, pero ella no reaccionó. Siguió quieta, mirando el bote lleno de pastillas con aquellos ojos suyos.
-Sabes lo que pasará si no lo haces-añadí, tratando de sacarla de aquel letargo en el que se sumergía desde el incidente.
-Te irás y me dejarás sola-contestó ella, sumisa, pero aún indiferente.
Estiró la mano hacia el bote de pastillas y, con habilidad, sacó una. La dejó encima de la mesa.
-Tómatela. Es la hora.
Obedeció sin rechistar, sin decir nada. Al día siguiente hablaría con el psiquiatra, le pediría algo más fuerte, y empezaríamos con algo nuevo. Y ella volvería a ser la de siempre.
-Clara es una chica buena, ¿verdad?
Ahora sí que lloraba, pero sin ningún tipo de aspaviento, y sin hacer ruido. Lloraba de cansancio, de tristeza y soledad, lloraba desde lo más profundo de su alma intentando limpiarse de aquellos sentimientos que la consumían.
-Sí, cielo, claro que sí. Clara es una chica buena. Clara es una chica excelente...

Bueeenas. Sí, sé que estoy desaparecido, pero es que estoy en otras cosas, entre ellas vaguear y procurar terminar de una vez Abbise, aunque más bien no avanza nada (oigan, que la intención es lo que cuenta, ¿no?). Y respecto a la entrada, sé lo que pensáis: París, ¡qué típico! Pues sí, pero me gusta París, ¿algún problema? ¬_¬

'-En serio, odio a las personas egocéntricas. ¿Cómo pueden pensar tanto en sí mismas, pudiendo pensar en mí?'

First love

Nunca supe cómo amar, imagino que porque nunca me enseñaron. No puedo culpar a nadie; supongo que dieron por hecho que, si no era una capacidad innata, aprender a amar era algo que se debía hacer por cuenta propia.
En mi caso, tuve que cruzar la frontera de los... Bueno, ¿a quién le importa cuántos años tuviera? Lo importante es que me encontré de pronto, sin previo aviso, con una nueva y poderosa emoción que pretendía hacerse tener en cuenta.
Al principio no le di importancia; pensé que, si lo ignoraba el tiempo suficiente, el amor se acabaría asfixiando o muriéndose de hambre. Pero, por más pruebas que le puse, resistió y sobrevivió, reapareciendo cuando más enterrado creía haberlo dejado.
Creo necesario a estas alturas hacer una aclaración: yo no soy, ni he sido, un cuarentón virgen y amargado, demasiado centrado en el trabajo como para tener vida más allá del ordenador. A los veintitrés años conocí a una mujer preciosa tres años menor que yo, una mujer que me amaba y, por no disgustarla y por seguir disfrutando las noches de placer cuatro veces por semana, le concedí el capricho de casarnos. También tuvimos hijos. Pero no considero esta relación amor; solo una colaboración, una especie de contrato entre dos. Dar solo para recibir.
Dicho esto, puede el lector imaginarnos a mi mujer y a mí, ya pasada cierta edad, con muchos años de matrimonio a las espaldas, una casa totalmente nuestra, cuatro hijos ya independizados y todo el tiempo para nosotros. Al principio amenazaba con ser incómodo, pero descubrí pronto que mi mujer había aceptado lo rutinario de nuestra relación y pude relajarme y dedicarme a mis aficiones.
El caso es que un día la vi: una chica joven, diremos ancha por no ser vulgares, pero de facciones amables y amplia sonrisa. Pedía ayuda para Médicos sin Fronteras, o para la Cruz Roja, o alguna cosa por el estilo. Me asaltó descaradamente y, sin parar de sonreír un instante, me explicó el proyecto. Debo admitir que la mandé a tomar viento fresco, pero aún con eso mantuvo su sonrisa y se despidió amablemente, pero no con esa amabilidad fingida del negociante de siempre, sino con una amabilidad verdadera. Creo que fue entonces cuando me di cuenta de lo especial que era.
Desde ese momento, reservé día sí, día también una mesa concreta de un café cercano, sentado a la cual pasaba horas, observando cómo la joven se manejaba con los clientes, siempre sonriente, siempre cariñosa. Realmente se preocupaba por lo que hacía, aunque la recibieran con malos modos o la ignorasen. Ella se mantenía alegre.
Mi mujer no preguntó nunca que hacía todos los días por la tarde, ni me pareció necesario explicárselo. No había nada puro en mis acciones, sino todo lo contrario: sentado en aquel café, esperaba el día que la chica se derrumbase para disfrutar con su caída.
Y el momento llegó. Mientras recogía lo que había conseguido a lo largo del día (poco más que un par de billetes arrugados, unas cuantas monedas y un par de suscripciones), llegaron dos chicos por su espalda. Eran chicos bien vestidos, de buena cuna, probablemente muy consentidos. Se miraron entre sí con complicidad y, cogiendo la urna de plástico de la joven, echaron a correr calle abajo como alma que lleva el diablo. Ella trató de seguirles, pero se paró al ver que los papeles con los datos de los nuevos suscriptores se habían caído al suelo. En aquel momento, la tormenta que llevaba amenazando toda la tarde estalló, mojando los papeles y haciendo correr la tinta.
Trató, a pesar de todo, de recoger los papeles, mientras estos se deshacían entre sus dedos, y finalmente, ya rendida, se dejó caer al suelo llorando amargamente, pero sin decir nada. Ni una sola palabra.
Y yo, resguardado por mi paraguas, me quedé allí, parado sobre la acera, viéndola llorar y empaparse. Un sentimiento desagradable me apretaba el corazón.
Lentamente, giré sobre mis talones y caminé de vuelta hacia mi casa. Tanto tiempo esperando aquel momento, y sin embargo... Pensé en volver. En volver, unirme a los donantes habituales y tratar de consolarla. Lo seguí pensando el resto de la tarde y antes de dormirme, pero no fui a verla.
Al día siguiente ya no estaba. Le pregunté a la chica que estaba en su lugar, y me dijo que no tenía ni idea. Que habría pedido cambiar de zona. Una parte de mi corazón se rompió con aquellas palabras, pero traté de recomponerme y, con pulso tembloroso, le pedí el folleto con los datos que rellenar. No sonrió ni una sola vez mientras cumplimentaba el formulario, ni siquiera cuando se lo entregué, pero yo no lo hacía por ella, sino por mí. Necesitaba, de alguna forma, pagar por todos los errores cometidos a propósito y de los que nunca me había arrepentido. Nunca, hasta entonces.

Buenas, gentecillas. La verdad es que no tengo mucho que contar... Que siento la parrafada de aquí arriba, me motivé mucho y... En fin, así soy yo xD Poooor cierto, ayudadme a decidir qué nombre mola más (estoy empezando una nueva novela (sí, otra más, aparte de Abbise y La isla) y aún no sé cómo llamar al principal): a) Exis b) Uria c) Avalon d) Cross e) Zephyr

Bajos fondos

Calada a calada consumo los minutos que faltan para que la luna tome el cielo y el implacable sol se esconda.
La espera se hace eterna, interminable, mientras las manecillas del reloj caminan perezosas, procurando evitar lo inevitable.
Solo unos minutos más. Unos minutos más y todo habrá acabado por hoy.
Por fin, la última luz del crepúsculo se apaga y la luna se alza en el cielo, dura y fría. La capa de humo que cubre la ciudad impide que su luz inunde las calles, revelando contornos sin desvelar identidades. La sordidez flota en el aire.
Salgo solo; no necesito a nadie. Con el cigarro a medio terminar cierro la puerta tras de mí, sintiéndome poderoso, y me dispongo a patear las calles.
Camino entre tacones de aguja de dudosa funcionalidad, entre minifaldas y ceñidos tops, entre pasiones de una noche pagadas con billetes arrugados y sinfonías de gemidos entrecortados a media voz.
Con el tiempo se aprende a apreciar este lugar. Aquí nadie pregunta nada, nadie espera nada. Aquí no eres "el mejor", ni "el más", solo una sombra más perdida en esta selva de hormigón. No hay expectativas, no hay decepciones, no hay mentiras, ni ilusiones. Cada cual se limita a buscar su porción de amor al precio más razonable sin mirar a los demás. Aquí todos estamos al mismo nivel, cortados por el mismo rasero; no hay altos pedestales resbaladizos, erosionados por lágrimas nunca lloradas y palabras nunca suspiradas, ni tampoco profundos lodazales de humillación y vergüenza. En este mundo, ajeno al tiempo y al espacio, las reglas cambian y el miedo no existe. Porque, ¿quién buscaría un diamante entre proxenetas, drogadictos, prostitutas y desesperados?
Al final, este ha acabado por ser mi hogar. ¿Quién quiere mansiones y sedas, teniendo libertad? Da igual que no naciera aquí, rodeado de polvo y jeringuillas rotas. Para mí este es mi mundo.
Es relajante no tener que sonreír. Aquí no hay cámaras, ni entrometidos paparazzis, ni clientes, ni socios comerciales. Aquí la falsedad es prescindible, algo secundario.
La tenue y blanquecina luz de la luna me libera de mis cadenas, disolviéndolas, y devolviéndome a la vida. El cigarrillo lo dejé dos papeleras más atrás, al lado de mis escrúpulos y de mi perfección fingida, en el mismo lugar en el que, años atrás, aprendí a dejar el miedo.
De pronto me pregunto qué pensarían de mí aquellos que creen conocerme al verme en un sitio así. No me molesto en contener una carcajada seca y apagada, soez, la opuesta a aquella a la que el mundo me asocia. Se atreverían a juzgarme, imagino, aún siendo los que han guiado mis pasos hasta este lugar. Me juzgarían y me pondrían al nivel del más primitivo animal, después de haberme elevado muy por encima de sus cabezas, tildándome de sofisticado y elegante.
Da igual. Aquí nunca nadie esperaría encontrarme. Y aunque lo hicieran, ¿qué importa ya? Podría ser incluso liberador romper esa carcasa que me cubre y me protege. Dejar salir la podredumbre de mi alma y corazón de una vez y para siempre, y acusar, por fin y sin reparo alguno, a los culpables del desastre que es mi vida.
Me sorprendo sintiendo de nuevo. La noche, la voluptuosidad de las curvas ya gastadas por años de sexo confundido con amor, la dulce melodía de los barrios bajos... Todo ello, sin querer, provoca en mí el efecto contrario al que produce en aquellos que pertenecen a este lugar, despertando las emociones más reprimidas de cara al mundo. Por momentos todo gira a mi alrededor, negándose a parar, en una vorágine de sentimientos cambiantes y volátiles. Ira, nostalgia, deseo, envidia. Todo vuelve de pronto, sin ningún tipo de orden, aún sabiendo que al salir el sol habrá de volver a recluirse en lo más profundo de mi negro interior.
Respiro por última vez, tragando el sucio aire de los suburbios. El sol amenaza con amanecer en cualquier momento, y antes de que aparezca debo estar de vuelta en el que, a ojos de todos, es mi lugar. Adiós, duro asfalto de negra grava. Los finos doseles, la fingida amabilidad y la fría hipocresía me reclaman, y no puedo ignorar esa llamada.
Mas mañana, de nuevo a la misma hora, con la caída del sol, volveremos a encontrarnos.

Después de unas cuantas semanas de exámenes, otros tantos días centrado en un nuevo juego que he comprado (Golden Sun 3 :3) y otros con los nervios por las notas, todo se ha acabado. Bueno, el juego no, pero al menos tengo un 9'2 de media y ya puedo relajarme un poco. Mañana a celebrar mi cumpleaños, con unas cuantas amigas, y a recibir regalos, llamadas y, por supuesto, me cantarán el cumpleaños feliz en el insti. Delante de toda la clase. Y probablemente, delante del profesor de sociales (si no me lo cantan a cada clase para perder tiempo). En fin... Eso es todo, amigos :D

'-Un año más viejo, un año menos de vida.
-No digas imbecilidades. No se cumple un año de un día para otro. Si el mundo acabase hoy, ¿realmente crees que morirías con quince años?'