First love

Nunca supe cómo amar, imagino que porque nunca me enseñaron. No puedo culpar a nadie; supongo que dieron por hecho que, si no era una capacidad innata, aprender a amar era algo que se debía hacer por cuenta propia.
En mi caso, tuve que cruzar la frontera de los... Bueno, ¿a quién le importa cuántos años tuviera? Lo importante es que me encontré de pronto, sin previo aviso, con una nueva y poderosa emoción que pretendía hacerse tener en cuenta.
Al principio no le di importancia; pensé que, si lo ignoraba el tiempo suficiente, el amor se acabaría asfixiando o muriéndose de hambre. Pero, por más pruebas que le puse, resistió y sobrevivió, reapareciendo cuando más enterrado creía haberlo dejado.
Creo necesario a estas alturas hacer una aclaración: yo no soy, ni he sido, un cuarentón virgen y amargado, demasiado centrado en el trabajo como para tener vida más allá del ordenador. A los veintitrés años conocí a una mujer preciosa tres años menor que yo, una mujer que me amaba y, por no disgustarla y por seguir disfrutando las noches de placer cuatro veces por semana, le concedí el capricho de casarnos. También tuvimos hijos. Pero no considero esta relación amor; solo una colaboración, una especie de contrato entre dos. Dar solo para recibir.
Dicho esto, puede el lector imaginarnos a mi mujer y a mí, ya pasada cierta edad, con muchos años de matrimonio a las espaldas, una casa totalmente nuestra, cuatro hijos ya independizados y todo el tiempo para nosotros. Al principio amenazaba con ser incómodo, pero descubrí pronto que mi mujer había aceptado lo rutinario de nuestra relación y pude relajarme y dedicarme a mis aficiones.
El caso es que un día la vi: una chica joven, diremos ancha por no ser vulgares, pero de facciones amables y amplia sonrisa. Pedía ayuda para Médicos sin Fronteras, o para la Cruz Roja, o alguna cosa por el estilo. Me asaltó descaradamente y, sin parar de sonreír un instante, me explicó el proyecto. Debo admitir que la mandé a tomar viento fresco, pero aún con eso mantuvo su sonrisa y se despidió amablemente, pero no con esa amabilidad fingida del negociante de siempre, sino con una amabilidad verdadera. Creo que fue entonces cuando me di cuenta de lo especial que era.
Desde ese momento, reservé día sí, día también una mesa concreta de un café cercano, sentado a la cual pasaba horas, observando cómo la joven se manejaba con los clientes, siempre sonriente, siempre cariñosa. Realmente se preocupaba por lo que hacía, aunque la recibieran con malos modos o la ignorasen. Ella se mantenía alegre.
Mi mujer no preguntó nunca que hacía todos los días por la tarde, ni me pareció necesario explicárselo. No había nada puro en mis acciones, sino todo lo contrario: sentado en aquel café, esperaba el día que la chica se derrumbase para disfrutar con su caída.
Y el momento llegó. Mientras recogía lo que había conseguido a lo largo del día (poco más que un par de billetes arrugados, unas cuantas monedas y un par de suscripciones), llegaron dos chicos por su espalda. Eran chicos bien vestidos, de buena cuna, probablemente muy consentidos. Se miraron entre sí con complicidad y, cogiendo la urna de plástico de la joven, echaron a correr calle abajo como alma que lleva el diablo. Ella trató de seguirles, pero se paró al ver que los papeles con los datos de los nuevos suscriptores se habían caído al suelo. En aquel momento, la tormenta que llevaba amenazando toda la tarde estalló, mojando los papeles y haciendo correr la tinta.
Trató, a pesar de todo, de recoger los papeles, mientras estos se deshacían entre sus dedos, y finalmente, ya rendida, se dejó caer al suelo llorando amargamente, pero sin decir nada. Ni una sola palabra.
Y yo, resguardado por mi paraguas, me quedé allí, parado sobre la acera, viéndola llorar y empaparse. Un sentimiento desagradable me apretaba el corazón.
Lentamente, giré sobre mis talones y caminé de vuelta hacia mi casa. Tanto tiempo esperando aquel momento, y sin embargo... Pensé en volver. En volver, unirme a los donantes habituales y tratar de consolarla. Lo seguí pensando el resto de la tarde y antes de dormirme, pero no fui a verla.
Al día siguiente ya no estaba. Le pregunté a la chica que estaba en su lugar, y me dijo que no tenía ni idea. Que habría pedido cambiar de zona. Una parte de mi corazón se rompió con aquellas palabras, pero traté de recomponerme y, con pulso tembloroso, le pedí el folleto con los datos que rellenar. No sonrió ni una sola vez mientras cumplimentaba el formulario, ni siquiera cuando se lo entregué, pero yo no lo hacía por ella, sino por mí. Necesitaba, de alguna forma, pagar por todos los errores cometidos a propósito y de los que nunca me había arrepentido. Nunca, hasta entonces.

Buenas, gentecillas. La verdad es que no tengo mucho que contar... Que siento la parrafada de aquí arriba, me motivé mucho y... En fin, así soy yo xD Poooor cierto, ayudadme a decidir qué nombre mola más (estoy empezando una nueva novela (sí, otra más, aparte de Abbise y La isla) y aún no sé cómo llamar al principal): a) Exis b) Uria c) Avalon d) Cross e) Zephyr

3 comentarios:

  1. Me ha encantado la entrada de hoy ^^ Sincera, auténtica, real. Creo que es de mis preferidas hasta el momento.
    En cuanto a lo del nombre, yo voto por Avalon. Y como segunda opción, Exis (aunque me suena a exit xD)
    Hoy me he puesto a tope con IASADE. Voy a darle un empujón más ^^
    ¡Un beso enormisísisisimo!

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  2. Hubiese apostado todo a que a) terminaba con la chica o b) se daba cuenta cuanto queria a su esposa. Pero perdi jajaj.

    Zephyr me gusta.. aunque mas que a nosotros te tiene que gustar a vos =P.

    Un beso!

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  3. "Al principio no le di importancia; pensé que, si lo ignoraba el tiempo suficiente, el amor se acabaría asfixiando o muriéndose de hambre"
    No podemos escapar de él... es casi imposible... somos humanos y el amor es inevitable, tarde o temprano caemos en sus redes..

    MoonLight =)

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