Miedo

Recuerdo que, cuando era pequeño, tenía miedo de la oscuridad.
Temía el sonido lejano y monótono de un reloj de pared, temía el crujir de la madera, temía el mismo sonido de mi respiración. Temía las largas serpientes negras, esas que solo vivían en mi cabeza y que, con su cuerpo escamoso y frío, lamían cada centímetro de suelo, y temía a la mujer cruelmente asesinada que vivía en los espejos. Temía el abismo, la caída sin final. Temía la muerte.
Temía, de una manera profunda e irracional, todo aquello que “podría ser”, lo que “podría estar”.
Ahora soy mayor, y como todo “chico grande” perdí mi derecho a tenerle miedo a la noche al comprender que todo lo que “podría ser”, todo lo que mi imaginación alcanza a dibujar, no es ni la milésima parte de lo que “es”.
Dejé de tenerle miedo a la noche para tenérselo al día, porque la imaginación muere al encender la luz, pero la realidad permanece impasible bajo el foco más brillante.

Sí, he vuelto a desaparecer, y me siento muy culpable. Pero cada vez que abría el procesador de textos e intentaba escribir algo me quedaba bloqueado, y si conseguía escribir algo, al releerlo me parecía... patético. Lo borraba y volvía a empezar, y así durante los últimos días.

"-Las mentiras, si las escribes, dejan de serlo para convertirse en arte."

2 comentarios:

  1. Hay que tenerle un poco de miedo a todo para saber afrontarlo y ser valiente.

    Te he echado de menos, Caballero mío

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  2. Pues no sé los otros textos que has desechado, pero este me ha gustado muchísimo. Lo comparto y lo entiendo completamente ^^ Hay horrores que no desaparecen a la luz, y esos son los que verdaderamente hay que temer.
    Sí que se te echa de menos, Carlos ^^
    Ánimo, que a todos nos va y viene la inspiración caprichosa ;)

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