Winter

Despierto y estoy aquí, en la cama, envuelto en unas sábanas que hace mucho que dejaron de ser acogedoras. La única luz que ilumina este cuarto, demasiado grande para dormir solo, es la que emiten unas brasas de amor mal encendido que se consumen por las esquinas, chisporroteando como abejas furiosas.
Intento recordar el sueño del que la realidad, como siempre, me ha arrancado de malas maneras, pero solo consigo atisbar detalles: tú, yo, el olor a canela de tus sonrisas, el oro refulgente de tus miradas, un beso en el cuello, un susurro indescifrable... No es suficiente; en realidad nunca lo es, pero hoy menos que de costumbre.
Me levanto de la cama con cuidado, intentando no despertar esa enorme masa de melancolía que vive debajo de mi cama que, cansada de devorar recuerdos, ha empezado a devorarme a mí, pero no sirve de nada: sus tentáculos lamen mi cuerpo tan pronto como mi pie roza el suelo, abrazando cada centímetro de mi piel con su lengua viscosa de hielo agridulce.
Me asomo a la ventana y observo el exterior: la ciudad, enorme e indiferente, aún duerme bajo una fina capa de nieve impoluta, pero me temo que hoy tampoco habrá muñecos de nieve adornando estas calles cansadas de llevar a ningún sitio.
Es invierno. Como ayer, como mañana, como siempre. La estación se agarra con uñas y dientes al frío de los coches y al resplandor mortecino de las farolas, escondiéndose en los cristales de los edificios y en los ojos de la gente. Nadie confía ya en que algún día regrese la primavera, porque hasta la esperanza está manchada de la amargura de este invierno infinito.
El viento, perezoso, arrastra y da forma a las cenizas de un millón de sentimientos suicidas abandonados sobre el asfalto, convirtiéndolas en espectros de la pasada gloria de esta urbe cansada que nacen y mueren a un ritmo vertiginoso, y arranca de entre las hojas de los árboles secos los silbidos agónicos de una naturaleza que lucha en vano contra una muerte que la asfixia poco a poco.
Vuelvo a cerrar las persianas: prefiero la trémula y lánguida luz de mis pequeños incendios personales a esa nitidez blanca que apuñala las pupilas de quien le sostiene mucho tiempo la mirada.
A tientas, busco en la estantería hasta encontrar un álbum de fotos, y me arrimo a una porción de amor especialmente brillante para contemplar sus páginas. En ellas guardo algunos resquicios del último verano que hubo antes de que llegase el hielo, escondidos en las curvas de tu piel de porcelana y en el contorno de tus labios con sabor a miel.
La nostalgia crece al calor de tus sonrisas a pesar de lo gastadas que están de tanto mirarlas, pero no puedo evitar contemplarlas.
Últimamente, no sé por qué, me cuesta más que nunca no echarte de menos.
Será cosa del frío.

¡Hola, hola! ¿Qué tal las navidades? Espero que bien, y que tengáis muchos regalos.
Muchos lo habréis visto ya, pero he reabierto mi antiguo blog, Abbise, y dentro de poco empezaré a vender ejemplares de la primera parte. Me temo que va a ser incómodo cobrar a amigos y familiares...
En fin, que felices fiestas, próspero Año Nuevo y esas cosas que se dicen por estas fechas :)
PD. Si hacéis click aquí, podréis leer una parte del prólogo de "Los Baskerville"  ^^

This is the end

Es el fin del mundo, cariño.
El fin del mío, al menos.
Y no hay tsunamis, ni meteoritos, ni una noche eterna sin estrellas, sino un enorme agujero negro en lo más profundo de mi alma que devora con ansia los añicos de los sentimientos que me has roto, las ganas de quererte de toda una vida.
Hace tiempo que estoy cansado de intentarlo, de escarbar en lo más profundo de tus miradas para encontrar un resquicio de amor imaginario que apenas me da fuerzas para seguir adelante, y hoy, después de tantos años luchando contra la realidad, se me han acabado las fuerzas.
Supongo que es lo normal, que tendría que haberlo previsto, pero de algún modo creo que siempre pensé que mi amor por ti sería siempre suficiente para suplir tu indiferencia.
Así que ahora tengo que convencerme de que no me quieres, de que nunca lo harás y de que, tal vez, nunca lo has hecho. Y si lo hiciste... Si lo hiciste, es obvio que hace tiempo que aquel tren partió, dejándome solo en esta estación cuajada de hielo y cristales rotos.
Y es por eso que se acaba mi mundo, un mundo que era para los dos, cosido día a día con retales de ilusiones y sueños de una vida juntos. Ahora que ya no me quedan más jirones de alegría para tapar los agujeros de una fantasía que viene haciendo aguas desde que comenzó solo me queda contemplar cómo se hunde en la nada para siempre.
Quiero creer que es mejor así, que en la vida real un romance como el que yo había imaginado para los dos es imposible. Que es mejor esto que la decepción que habría supuesto un amor incompleto de los que te dejan el corazón manchado de melancolía. Pero una parte de mí grita en silencio que juntos habríamos sido perfectos y no sé cómo acallarla.
¿Sabes? Te he querido mucho, de verdad que sí, y te habría querido más de haber tenido la oportunidad. Mi corazón está surcado por las cicatrices de todas las veces que se me ha roto el corazón pensando en ti, tantas que ya no puedo distinguir unas de otras, y sé que ellas se asegurarán de que nunca te olvide del todo. Pero ahora ya no puedo amarte, ya no sé cómo hacerlo.
Y tus sonrisas, tus suspiros, tu forma de cruzar las piernas, ya no significan nada.
Cosas que antes me hubieran cortado la respiración ahora me dejan indiferente, y no puedo evitar pensar que este nuevo frío, el frío de de la desilusión y el desencanto, es mejor que aquel que me abrazaba cuando, buscando entre tus gestos, no lograba encontrar un mísero resquicio de amor para calentarme.
Porque este tacto gélido que me tritura los huesos duele, pero por lo menos el dolor significa que sigo vivo.
Sí, definitivamente es el fin de mi mundo, pero también sé que de sus cenizas nacerá uno nuevo y más perfecto, lleno de nuevos sueños e ilusiones. El pasado, lo sé, llegará a ser dulce en mi memoria algún día, cuando el tiempo borre los malos momentos y solo queden los buenos, y por eso te doy las gracias, pero no puedo seguir anclado a él.
Tengo que seguir adelante y volver a empezar de cero.

Pues resulta que el mundo no se acabó. Qué decepción, ¿no? Yo esperaba conocer al Anticristo, estoy seguro de que nos habríamos llevado muy bien.
En fin, que esta entrada era para subirla el viernes, pero me retrasé al escribirla, el sábado no tuve tiempo para terminarla y blablabla. Vosotros me entendéis, ¿verdad? Las Navidades son las vacaciones en las que menos se descansa, con tanto compromiso familiar.
Nada más, salvo desearos unas muy felices fiestas y un próspero Año Nuevo :)

Set me free

Desearía que las cosas fuesen más fáciles.
Poder odiarte, o quererte, y no tener que debatirme entre dos emociones que, con sus envites, se empeñan en erosionar mi cordura y mi ilusión; saber qué palabras decir para robar tu corazón, o cómo hacerlo para que las que se retuercen en el mío se diluyan entre mis lágrimas y dejen de arañarme la garganta.
Pero es imposible para mí salir de este ciclo viciado, de este círculo sin fin de odio y amor que sabe bien cómo hacerme daño para, sin romperme del todo, aplastarme el alma.
Y esas palabras que siempre he deseado decirte -palabras que, tal vez, tú siempre has querido oír- son tan hábiles en dejarme los labios manchados de escarcha... No recuerdo cuándo fue la última vez que desperté sin sentir al instante ese frío amargo en la punta de la lengua, y creo que nunca nadie alcanzará a comprender lo difícil que es encontrar un resquicio de ilusión al que abrazarme en una casa llena del hielo de tus ausencias, de espectros de una vida que hace equilibrios entre la existencia y la nada, que se adhieren a mi piel y me asfixian poco a poco.
Dios, ¡cuánto desearía, al menos, poder olvidarte!
Pero ni sé cómo hacerlo, ni tu pareces dispuesta a que lo haga, porque cada vez que lo intento sabes lanzarme una mirada, directa a lo más hondo de mi alma, que me hace temblar como una hoja al viento, y no puedo evitar volver a caer de rodillas.
Y lo peor es que no entiendo por qué no te decides a terminar con mi agonía.
Podría sobrevivir al dolor de tu rechazo, retirarme y coserme las heridas, arreglar de alguna forma lo que me quedase de corazón. Con el dolor, qué triste es admitirlo, ya sé lidiar.
Pero la duda... la duda me destruye, me mata desde dentro. Me sonríes, me ignoras, tus labios susurran mi nombre, dándome alas para soñar con un futuro juntos, y entonces me abates con tus flechas para que me estrelle contra el suelo.
Si es un juego, por favor, explícame las reglas y déjame jugar a mí también; y si no lo es, entonces, por favor, acaba con esto de una vez, te lo ruego, porque yo ya no puedo más. Estoy tan cansado de luchar...
Solo necesito que me des una señal, solo una.
Dime si merece la pena seguir a tus pies. Dime si el amor que he creído encontrar en tus ojos es real, si alguna vez lo fue. Dime si he perdido el tiempo enamorándome de ti.
Dime... ¡no sé!, lo que sea.
Yo ya he perdido, ya me he rendido. He renunciado a cualquier posibilidad de escapar de esta prisión sin barrotes en la que me tienes preso.
Así que ahora es cosa tuya.
Mátame o libérame.
Yo lo único que te pido es que termines pronto.

En el post anterior dije "ahora que tengo más tiempo...". Bien, pues mentí. Tengo que preparar el teórico de conducir, un examen de japonés y otro de latín, una redacción de griego moderno, un concurso de griego clásico y un millón de cosas más. Así que, por ahora, esto es lo más decente que puedo escribir. Intentaré ver si en navidades tengo más tiempo, ¿vale? Un beso :)

PD. Aprovecho para recomendaros una miniserie, "North and South", de la BBC. Lo que he visto por ahora es brillante, y solo son 4 horillas en total.
PD2. Normalmente no me meto en esto porque a mí suele serme indiferente, pero en este caso recomiendo la versión original. En serio, este doblaje en concreto es terrible.

Y ahora ya no estás

Creo que siempre supe que no la merecía.
Su mirada cándida llena de dulzura, sus labios de seda, el tacto de aquellas manos tan finas que nunca supe resistir... No importaba cuánto la contemplase, cada vez encontraba en ella una perfección más: un gesto, un mohín, una sonrisa inédita con dedicatoria incluida. El tiempo parecía tener un pacto con ella: seguía pasando, por supuesto, y ella no se molestaba en ocultar los cambios. pero cada nueva transformación solo la revestía de un nuevo encanto, de una nueva belleza.
Encontrarla leyendo en el salón, tapada con una manta vieja, encogida en el sillón junto a la chimenea mientras las trémulas ascuas lanzaban sobre ella un manto de rojo, naranja y amarillo... Puedo jurar que aquello era el Paraíso. Un cuadro digno de un museo, vivo, cambiante, y hermoso. Contemplar su cabello negro cayendo en ondas sobre el acolchado granate, deleitarme con el chisporroteo cansado del fuego y dejar pasar el tiempo mudo sin que ella, demasiado concentrada en las palabras de algún poeta, descubriese mi presencia eran para mí las tres llaves del cielo.
Ella era perfecta, perfecta para mí. Y por eso siempre supe que aquello no podía durar.
¿Nunca has tenido la sensación de que las cosas van demasiado bien, como si todo fuera a derrumbarse en cualquier momento? Pues cada segundo que lograba robarle venía acompañado por ese sentimiento.
Cuánto desearía haberme equivocado...
No sé cómo pasó. El dolor y el tiempo se han encargado de difuminar los detalles, y apenas recuerdo algunas cosas, pedazos inconexos de aquel terrible día de finales de verano.
Recuerdo despertarme a su lado y ver su espalda manchada de aquellos lunares que tan bien conocía, y estirar mi mano para acariciarla; recuerdo su ronroneo, su forma de girar dentro de las sábanas y la fijeza de su mirada clavada en mis ojos, y aquel beso dulce y cariñoso que aún me hace cosquillas en los labios cada vez que lo pienso, y el piar de los pájaros por encima del bramido de los coches. Recuerdo aquel "Buenos días" que resultó ser el último.
Yo no quería salir de la cama y dejarla sola, pero ella me prometió ponerse guapa y salir a cenar, y yo la besé en la frente, y me fui a trabajar. Aquella felicidad que sentía mientras caminaba por la ciudad no la podré olvidar jamás.
Aquella misma tarde, al salir del trabajo, vi colgando de un árbol una hoja amarilla, la primera del año, y tuve que saltar para arrancarla. Luego sé que me detuve en un puesto ambulante para comprar sus caramelos favoritos, y que llamé a un pequeño restaurante para hacer una reserva, y me acuerdo de la voz de aquel hombre saludándome al otro lado del teléfono al mismo tiempo que yo me encontraba abierta la puerta de nuestro piso.
Recuerdo ver su cuerpo en el sillón, con la cabeza colgando del reposabrazos, cubierto por el vestido de flores que llevaba cuando le pedí matrimonio; recuerdo su pelo, a medio recoger, cayendo libre hacia el suelo, y el libro abierto bocabajo a sus pies; recuerdo sus ojos, más grandes que nunca, mirándome sin parpadear con una lágrima colgando de ellos.
Y recuerdo los caramelos desperdigándose por el suelo, y el ruido de mi felicidad estallando en mil pedazos.

Ofú. Se acabaron los exámenes, pero, ¡por Zeus!, qué semanita. En serio, había días en los que veía fechas y nombres escapándoseme por las orejas al mirarme en el espejo. Y ya he olvidado el 90% de lo que memoricé, lo que resulta bastante triste xD
En fin, el texto de hoy no me convence del todo, pero después de escribir tres entradas esta me pareció la mejor. Espero volver a actualizar con cierta regularidad ahora que no estoy tan ocupado, pero no me comprometo a nada porque estoy viciadísimo (de nuevo) a "La Regenta" y tengo algunos compromisos pendientes. Pero no olvidéis que se os quiere :D


-¿Tú nunca tienes miedo?
-No. Mientras estés conmigo, ¿qué iba yo a temer?

Time to go

Ha llegado el momento de dejarte marchar.
No te voy a mentir, no quiero hacerlo. Si pudiera fingiría que no lo sé, que estoy ciego y no he visto lo evidente; pero, ya lo sabes, mentir nunca se contó entre mis habilidades.
Duele muchísimo, espero que lo sepas. Duele tener que ser el que hace lo correcto y se lleva los golpes, y saber que para ti siempre seré el capullo que te rompió el corazón. Pero hoy, cuando me he despertado y estabas a mi lado, mirándome con esos ojos oscuros que me dejan sin respiración, he comprendido que estar conmigo te hace más daño que bien. Tú me quieres, y yo... Yo no sé cómo quererte. No lo suficiente, al menos.
Y supongo que podría ser egoísta y seguir devorándote poco a poco, noche a noche, pero no soy capaz de hacerte eso. No a ti. He estado demasiadas veces en tu situación, y sé cuánto dolor acabarías sintiendo antes de elegir alejarte de mí, y cómo, aún entonces, tendrías que lidiar con los remordimientos, el miedo a la soledad y la decepción con ese estúpido sentimiento que te rompió en pedazos.
Lo siento, pero no puedo permitirlo. No puedo dejar que te autodestruyas sabiendo que es por mi culpa, y la única forma que tengo de evitarlo es destruirte yo. Así al menos me aseguraré de que los daños no sean irreparables.
¿Yo? Yo estaré bien, por supuesto. Escocerá al principio, pero ya has visto mis cicatrices: estoy acostumbrado al dolor. Lo que, por otro lado, es un poco triste, ¿no crees?
Espero que ahora entiendas por qué desde el principió me negué a darnos una oportunidad, por qué no quería arriesgarme. El amor es un juego cruel en el que nadie gana, pero del que todos salimos perdiendo y con un amargo sabor de boca que nunca termina de irse. Si tan solo hubiera sabido resistirme a tus sonrisas...
Pero antes de todo esto, antes de volatilizar esta relación y arrancar de un tirón todos los bonitos momentos que compartimos, voy a permitirme ser un poco codicioso y robarte un último día, unas cuantas horas perfectas que recordar cuando el vodka no sea suficiente para no pensar en ti.
Así que nos ducharemos juntos, te prepararé unas tostadas francesas e iremos a esa exposición de arte contemporáneo que llevas semanas queriendo ver conmigo. Por la tarde iremos al cine, a ver alguna película romántica, de esas en los que sí existen los finales felices, y cenaremos en el restaurante al que te llevé para nuestra primera cita. Y luego, mientras paseamos por las calles de esta ciudad triste y gris que es Madrid, te besaré tantas veces como pueda, y me resistiré a volver a casa porque sabré que, en cuanto crucemos el portal, la realidad volverá a golpearme y tendré que enfrentarme a ella. Al final acabaremos en un parque a las tantas de la madrugada, sentados en los columpios con nuestras manos entrelazadas, intentando cazar estrellas entre ese polvo negruzco que desprende la ciudad hasta que, rendidos, tengamos que volver a casa a destruirnos mutuamente. Y, en cuanto salgas del piso dando un portazo, yo apagaré las luces, me sentaré en el suelo y me permitiré llorar en silencio.
Y me negaré a quedarme dormido para no tener que despertarme solo. De nuevo.

Exámenes D:< No, en serio, los odio. Mis compañeros son estúpidos (bueno, todos lo son, no solo los míos) y los acumulan en la última semana, y luego se estresan porque les falta tiempo y se empeñan en cambiarlos y blablabla. Son tan asesinables...
Cambiando de tema: LaNiña, amor, ¿cómo es que nos abandonas? :( Imagino que tendrás tus razones, pero... ¡Jo! Sea lo que sea lo que te impulsa a irte, espero que se arregle y que pronto regreses con tus palabras, porque las echaré de menos. Y mucho.
Un beso enormísimo a todos, y especialmente grande para ti.

Ataques de melancolía

No sé por qué estoy aquí a las tantas de la madrugada pensando en ti. A estas alturas ya debería estar buscando un cuerpo contra el que explotar esta noche, una distracción insípida con la que saciar momentáneamente este hambre de algo más, y no aquí, en casa, sentado en la cocina frente a un vaso vacío y una botella de vino barato a medio terminar.
Pero, ¿qué le voy a hacer? A veces no puedo evitar evitar echarte de menos.
De pronto reconozco algo —un rastro de colonia, una risa cualquiera, unos ojos que me miran como tú lo hacías— y todos los recuerdos enterrados en el jardín de atrás salen de sus tumbas dispuestos a devorarme. Culpa mía, por no querer enterrarte demasiado profundo.
Algún día tendré que aceptar que, en el fondo, nunca superaré del todo lo que no hubo entre nosotros, lo que pudo haber sido si yo no hubiera sido un cobarde. Aunque me temo que ese día no será hoy.
Así que voy a servirme otro buen vaso de vino, lleno hasta el borde, y lo iré vaciando poco a poco mientras dejo que el tiempo muerto se desparrame por el suelo —suerte que mañana no tengo que ir a trabajar, ¿eh?— y, si todo va bien, dentro de un rato estaré demasiado borracho para pensar con coherencia. Y si no... Bueno, entonces supongo que la aurora me encontrará donde estoy ahora; pero como ya no tendré vino, este vaso estará lleno de lágrimas con tu nombre y la botella, hecha añicos en el suelo, habrá estallado contra la pared en un arrebato de furia.
En tanto que el destino se decide, sin embargo, creo que seguiré pensando en ti, con tu permiso.
Empezaré, tal vez, enumerando todas las malas excusas que he ido inventando para justificar el haberte dejado marchar. Mi favorita es que no podíamos hacernos felices mutuamente, que éramos demasiado distintos y estábamos demasiado rotos para funcionar juntos.
Y pensar que cuando estoy sobrio soy capaz de creerme semejante tontería...
También existe la posibilidad de que acabe pensando en todas las cosas que me enamoraron de ti, como esa expresión de felicidad que esbozabas mientras tocabas la guitarra, o esa manía tuya de arañarme el corazón con tus caricias revestidas de inocencia. Ni siquiera sé si lo hacías adrede o si era sin querer, pero lo que sí sé es que aún no he encontrado a nadie capaz de hacerme sentir la milésima parte de lo que tú me provocabas solo con rozarme.
Ese estremecimiento que me subía por la columna y me pellizcaba la nuca... Dios, ¡cuánto lo echo de menos!
O puede que, si me pongo muy tonto, acabe recordando cada uno de los escenarios que imaginé en los que me declaraba, como aquel en el que nos refugiábamos bajo el mismo paraguas, con tu cuerpo bien pegado al mío y nuestras respiraciones confundiéndose en el aire.
Sé que suena muy cursi, pero era necesario serlo: la realidad es demasiado tangible, y tú siempre te mereciste una historia de amor como las de las novelas.
Al final acabaré pensando de más, lo sé.
Pensaré en qué habrá sido de ti, en cómo te irá. En si habrás conseguido ser feliz. Pensaré si alguna vez piensas en mí. Y a cada respuesta le seguirá un buen trago para intentar disipar el dolor.
Creo que el vino saca mi vena más masoquista.
Perdón por todo esto; no tenía intención de hablar tanto, pero a los imbéciles como yo nos cuesta hablar cuando es preciso, y se nos da demasiado bien cuando el momento ya ha pasado. Solo necesitaba decirte que te quiero, ahora que no puedes oírme.

Hola de nuevo, bloggers míos. La verdad es que no sé muy bien qué decir, estoy bastante cansado y tengo la mente llena de cosas (datos, fechas, características, alfabetos...), así que me cuesta pensar con lucidez. Solo deciros que, si tengo suerte y termino pronto lo que tengo que hacer este puente, intentaré actualizar de nuevo; ah, y que he decidido empezar a escribir una novela (“Los Baskerville”, histórica; parece que me empeño en no dejar un género literario sin destrozar), y pretendo escribirla en español e inglés. Así practico para PAU y aumento el número de personas que pueden leerla; brillante, ¿verdad? XD (Aunque traducir es horrible D:)
Nada más por aquí. Mucha suerte a los que tengáis exámenes; y a los que no... a vosotros mucha mierda. Literally.

Demasiado

No soy feliz. Ni siquiera sé si lo he sido alguna vez.
Supongo que es por mi culpa, por haberme callado tantas cosas que quería decir y haber dicho otras tantas que preferiría haber callado.
¿Cuántos “te quiero” me habré guardado para protegerme el corazón? ¿Cuántas veces habré convertido un “quédate conmigo” en un “adiós” en el último momento? Hace mucho tiempo que perdí la cuenta, y me da demasiado miedo enfrentarme a mi maltrecho corazón para contar sus cicatrices.
Porque estoy roto, muy roto, aunque me guste fingir que no lo sé.
Estoy roto de tanto sonreír cuando solo quiero gritar, de fingir que todo va bien cuando el mundo intenta aplastarme con su fuerza arrolladora, roto de recalentar en la chimenea sentimientos caducados para no morir de hambre.
Ahora mismo soy poco más que un puzle andante, un millón de pedacitos muy pequeños que no terminan de encajar y luchan por separarse mientras yo intento mantenerlos unidos. Porque sé que si me caigo, si me desmorono, no podré recomponerme de nuevo; si la vida me pone otra piedra en el camino, esa será la última.
Y, sin embargo, a veces me sorprendo pensando si no será mejor dejarlo ya, si no debería rendirme. Llevo mucho tiempo peleando solo con el universo, he renunciado uno a uno a todos los aliados que me quedaban; ¿no me merezco descansar? Quizá debería ponerle un punto y final a esta historia interminable.
Dios, cuánto desearía saber cómo terminar con todo...
Pero tampoco puedo hacerlo, porque no sé aceptar la derrota. No sé admitir que me equivoqué, que he perdido, que, intentando protegerme de que me partieran el corazón, me lo he acabado partiendo yo. No sé reconocer que si te hubiese dicho que te quería cuando tuve la oportunidad todo habría sido diferente.
Y duele, por supuesto que duele.
La soledad es una pésima compañera, letal y afilada, y nunca desaprovecha la oportunidad de apuñalarme con su mudez imperturbable que me recuerda que si tú no estás para ahuyentarla es por mi culpa.
Pero ya es tarde para arreglarlo.
No puedo volver atrás y recuperar ese momento, ese instante en el que tú me miraste a los ojos y me obligaste a elegir si te quería o no, y yo, demasiado cobarde para arriesgarme, decidí mentir y dejarte marchar, trazando el surco de la primera de muchas cicatrices.
Así que sigo adelante, siempre con la misma sonrisa de imitación y la mirada supuestamente alegre, respondiendo a preguntas prefabricadas con palabras que, de tanto repetirlas, ya no significan nada para mí.
Y cada día que pasa, siento que el mundo está un poco más lejos.

Dios, matadme ;_; No, en serio, pretendía usar la excusa de que tengo mucho lío con el japonés, el griego y el instituto (que oye, tenerlo lo tengo), pero lo cierto es que si últimamente no me paso mucho por aquí es porque me falta la inspiración. Sé que debería resistirme, que así fue como empecé el año pasado y que acabé largándome, pero cada día es más frustrante enfrentarme a la hoja en blanco y tardo más en escribir algo decente. Y aunque tengo ganas de escribir una novela, ni siquiera sé cuál quiero empezar. Ahora entendéis que os pida que me matéis, ¿verdad? ó_ò

-Hay días en los que el amor no parece tan mala idea.
-Bueno, todos tenemos momentos de masoquismo, simplemente intenta ignorarlo.

Siempre gana el corazón

Suena el despertador, y tú lo apagas de un golpe.
Empieza un nuevo día, veinticuatro horas todavía inéditas pero, en el fondo lo sabes, idénticas a todas las anteriores.
Demasiadas ilusiones rotas para seguir esperando algo del destino.
Te planteas quedarte en la cama, dejarte arrastrar por ese mundo a medio camino entre el sueño y la realidad y no despertar nunca más, pero al final, como siempre, cedes a tus obligaciones y desenrollas el capullo de tela que son tus sábanas, pegadas a tu cuerpo por el sudor frío de otra noche de pesadillas y soledad amarga.
El mundo te recibe con café del día anterior, un bote de leche a punto de caducar y unos cuantos rayos de sol que se esparcen por la cocina con resignación, pero consigues que los suspiros se queden atrapados entre tus labios y desayunas deprisa.
Las gotas de granizo que te lanza la ducha terminan de espabilarte y, tiritando, te envuelves en una toalla que antes era blanca hasta que el frío vuelve a encerrarse en tu interior, y luego te vistes lo más rápido que puedes, evitando mirarte al espejo para no tener que afrontar el reflejo que intenta devolverte, ese cuerpo que apenas es el esbozo de lo que fuiste, y sales a toda prisa para llegar a tiempo al trabajo.
Y mientras escuchas la música de siempre, sentado en el mismo asiento del autobús, pasando por las mismas calles de todos los días, dejas de pensar.
Antes aprovechabas cualquier instante para escrutar la multitud en busca de esos ojos, esa mirada cómplice dispuesta a completarte, pero hace tiempo que te cansaste de soñar con encuentros inesperados y amores de novela. ¿Qué fue de los príncipes que Disney te prometió? Tal vez están todos comprometidos con sus respectivas princesas.
Con las pupilas cansadas repasas cada recodo de Barcelona con la triste indiferente de quien se ha dado por vencido, y por fin llegas a tu parada. Ni siquiera necesitas salir de la somnolencia para llegar a tu despacho, donde te dejas caer sobre tu silla mientras el ordenador se enciende. Tachas un día más en el calendario sin saber muy bien por qué; si todos son el mismo, ¿qué más da? Ni siquiera cuentas las horas que te quedan para volver a casa.
Así que te desplomas en tu puesto, extiendes los dedos sobre el teclado y empiezas a rellenar documentos, correos y hojas de cálculo con parsimonia, y justo cuando estás pensando en irte a por un café el ordenador se bloquea.
Maravilloso...
Con un suspiro levantas el teléfono y marcas la extensión del departamento técnico para que lo arreglen, pero al otro lado no te responde Rosa, sino un chico que, con voz temblorosa, se presenta como Marc. Recuerdas vagamente que Rosa estaba embarazada, ¿habrá cogido la baja? No se lo preguntas. Solo le dices que suba a arreglarte el ordenador y cuelgas.
El chico apenas tarda diez minutos en llegar, pero tú le lanzas una mirada de impaciencia y te apartas para dejarle trabajar. En el fondo sabes que no se merece que la pagues con él, pero te da igual. Lo único que quieres es que termine pronto y se vaya. En lugar de hacerlo, el chico parece dudar, vacila, se agacha para ajustar unos cables y suelta un suspiro de frustración. Te mira con resignación: hay que reiniciar. Justo cuando parecía que nada podía ir peor...
Así que te vas a por un café, y mientras te sirves una taza oyes a Laura y Vero hablando de ese “becario marica” que acaba de llegar. Si ellas supieran que sus hijos llevan juntos cerca de un año...
Sacas otro café y, de mejor humor, vuelves a tu despacho y le ofreces la segunda taza a Marc con un gesto mudo, y él te responde con una sonrisa. Antes no te habías fijado, pero resulta que es bastante mono: pelirrojo, ojos color miel, unas pocas pecas esparcidas por la cara... Seguro que las odia: a la gente con pecas no suelen gustarle. A ti tampoco te gustan, pero a él le sientan bien.
Apoyado contra la mesa, le observas trabajar, y tu corazón parece despertar de un sueño largo. Su voz diciéndote que está arreglado te interrumpe mientras imaginas el sabor de sus labios, así que carraspeas mientras intentas ganar tiempo y te sientas en la silla que ha dejado libre, aún caliente. ¿Hace cuánto que no sentías el calor de otra persona?
Tu mente intenta decirte que te calles, que te aguantes las ganas, que saldrá mal, como siempre. Pero a tu corazón eso le da igual, él solo quiere amar, y a ser posible ser amado.
Marc se escapa por la puerta, pero le pides que espere un momento y te acercas a él, y aunque está a una distancia prudente, sientes que te derrites solo mirándole a los ojos.
-¿Te apetecería tomar un café de verdad conmigo?

Vale, recordadme que, por mucho que me los recomienden, no tengo que leer yaois. Primero, porque me sacan la vena empalagosa; y segundo, porque hay demasiados desnudos explícitos y una rayita, señores japoneses, no tapa nada. Ejem ¬¬
Respecto al texto... no sé, llevo un par de días dándole vueltas y aún no estoy seguro de si me gusta o no. Solo sé que tenía que terminarlo, no me apetecía dejarlo a medias, que tenía que estar en segunda persona y que tenía que ser más optimista que de costumbre. ¿Por qué? Ni idea, eso discutidlo con mis musas.
Ahora, si no os importa, me marcho a hacer traducciones y practicar Hiragana. ¡Que os vaya bien!

Ella y el mar

Aviso de parrafada, yo de vosotr@s me la saltaba. Yo os he avisado :D

A mis pies el mar se deshilacha en una maraña de olas enredadas con olor a salitre, arañándome la carne con sus devaneos de arena, mientras la luna, enorme y brillante, se deshace sobre su superficie, inmolándose en un vertido constante hilos de plata que se disuelven en el agua.
En el aire flotan jirones de niebla salada que se parecen desmenuzarse entre los dedos de una mano invisible, vestigio de una deidad arcaica enterrada bajo el peso de los siglos y el olvido, y lo cubren todo con un velo grisáceo que parece desdibujar un ejército de fantasmas al rebotar en cada risco de la costa.
Y al fondo, contra el eterno tapiz azul celeste cuajado de luciérnagas albinas, se recorta la silueta de un velero solitario que se deja mecer al son de un suave murmullo marino, un espumoso canto de sirena que se derrite en mis oídos y me arrastra a otras realidades.
El tiempo se detiene, deja de desmigajarse en horas, minutos y segundos perdidos, y solo queda el espacio, una entidad inabarcable y absoluta que todo lo llena. Ya no existen el ahora, el ayer o el mañana, pues todo se funde en una vorágine anárquica donde la barrera del tiempo se resquebraja.
Fue aquí donde la conocí, bella y radiante, como una diosa escapada de las tinieblas insondables de la noche, una muñeca de porcelana inmaculada abandonada en la playa. En la arena se difuminaban sus pasos, las huellas de unos pies desnudos lamidas por el oleaje cadencioso de aquella noche de otoño, mientras ella seguía avanzando, hundiendo en el mar los volantes de su vestido tornasolado. Sus ojos, apenas delineados por el plomizo resplandor que se desprendía de una luna que se sugería fantasmal tras las nubes, eran dos enormes esmeraldas: hermosos, cristalinos, inolvidables... pero fríos y apagados.
Tan dolorosamente hermosos, y al mismo tiempo tan muertos...
Ella seguía caminando, sumergiéndose cada vez más, y el agua ya acariciaba su cintura. Temblaba, puede que de miedo, o de frío, o un poco de ambas, pero no se dejaba detener por un mar que luchaba por empujarla fuera de sí, como queriendo salvarla de sus oscuridades abismales.
No sé por qué tardé tanto en reaccionar.
Tal vez fuera el cansancio acumulado, o ese aire de irrealidad que lo inundaba todo haciéndolo parecer volátil e ilusorio; o quizás fuera esa tristeza tan honda, tan transcendente que se desbordaba de cada uno de sus gestos.
Aquella melancolía... Dudo que jamás alcance a describirla en su totalidad.
Era una tristeza que se componía de muchas tristezas más pequeñas, imbuida de resignación, de nostalgia, de pesimismo, una tristeza que se deshacía en oleadas. Una tristeza que te mordía el corazón y te arañaba el alma, que era inmensa y, sin embargo, cabía en un cuerpo tan pequeño y frágil como el de aquella muñequita inocente. Era una tristeza silenciosa, de las que te horadan por dentro con sigilo dejando el exterior intacto, que se alimentan de palabras calladas y lágrimas contenidas y te consumen a dentelladas.
Aquella tristeza que desprendía por cada poro de su blanca piel, en definitiva, tenía tantos matices que quizá sea más oportuno decir simplemente que era tan tangible como una puñalada de terciopelo, letal y acariciadora, un dolor volátil y agridulce capaz de destilar la más pura melancolía del cuerpo inanimado de la roca más dura, y dejar que cada cual imagine, arranque de esta descripción sombría, indigna e incompleta, sus propias deducciones. Baste decir que aquella melancolía me quitó el aliento y me detuvo el corazón, y que me ató manos y pies, y que por eso me resultó tan difícil empezar a correr.
Correr...
Recuerdo con tanta nitidez aquella carrera trepidante, aquella lucha entre mi corazón, la arena húmeda que devoraba mis pasos y la noche crepitante, aquella contrarreloj por arrancarla de las garras de la muerte, que
casi parecían arrullarla con su mudo batir de olas... que aún se me acelera el pulso solo de pensarlo.
Fue como un estallido, una explosión, un “Sálvala” imperativo.
Corrí contra las olas, contra el viento, contra el mundo mismo para salvar a aquella muñeca de porcelana que se hundía, y cuando llegué a su lado y volvió hacia mí sus ojos su tristeza me golpeó con más intensidad si cabe. Pero debajo, oculta por aquel velo fluido de melancólica indiferencia, estaba la sorpresa, reflejada en sus labios carnosos abiertos en una mueca de extrañeza.
No renegó de mi abrazo, ni se negó a dejarse arrastrar hacia la orilla. Dócil, obediente como un cachorrillo indefenso, dejó que la sacase del mar y la posase sobre una roca sin emitir más ruido que el dulce compás de sus respiraciones, y entonces, mientras yo resollaba en busca del aliento perdido, se quedó mirándome con aquella sorpresa extrañada, casi contrariada de que alguien hubiera acudido en su rescate.
Sentada sobre la piedra, con el vestido ajustado a su cuerpo por el agua y sus rasgos tenuemente trazados por el resplandor neblinoso de la luna, parecía una auténtica ilusión, una quimera fantasmal evocada por mi imaginación. Fue entonces cuando deseé besarla por primera vez, y ella, como si leyera mis pensamientos, dibujó una sonrisa entre divertida y maliciosa, y sacó de la nada una mirada tan pacífica que terminó de atraparme.
No dijo una sola palabra, pero su cuerpo entero hablaba por ella, advirtiéndome de que, si bien en aquel momento la tenía, perderla era tan fácil como lo había sido ganarla.
Aquella noche la llevé a mi casa. Compartimos mi cama sin decir una sola palabra, sin dormir, solo mirándonos a los ojos. Yo me resistía a caer rendido por miedo a que se desvaneciera entre mis brazos, y ella... Ella parecía evaluarme, analizando si era merecedor de sus atenciones.
Y durante meses la tuve, siempre a mi lado. La llevé a la ópera, al teatro, a dar largos paseos junto a aquel mar que había amenazado con llevársela, a pasear por el parque... Busqué para ella mil razones para no querer separarse de mí. Primero con miedo, con ese temor reverencial a perderla a cualquier instante, tan fuerte que con solo sentirla desaparecida un instante mis ojos corrían a buscarla; y luego con una serenidad alegre, un placer calmado de saberla a mi lado como una extensión más de mi cuerpo.
¡Qué idiota fui!
Me confié, me dejé engañar. Creí que la tendría siempre conmigo, y, mientras, el interés se desvanecía en sus ojos, dejando paso de nuevo a esa misma tristeza bajo cuya sombra la conocí. Pero yo, ciego de orgullo por haberla hecho mía, por haberla atado a mí con un anillo de oro, cadena inútil sin eslabones, no supe verlo venir.
Y una noche, mientras yo dormía a su lado, acariciados los dos por la suave brisa que se colaba por la ventana abierta, ella desapareció como una bruma inestable que se evapora con el nuevo día sin ser notada.
Desperté y busqué su cuerpo, y al no hallarla la busqué fuera de la cama, en las habitaciones, en la calle, y finalmente en los periódicos, donde solo encontré su carcasa de carne y huesos hinchada de agua salada. Poco a poco asumí que aquel beneficio que me concedió, aquella oportunidad de hacerla feliz y compartir esa felicidad, se había perdido irremisiblemente por mi culpa, y que ella no volvería.
Después de aquello quise volver a enamorarme, buscar en otros cuerpos ese calor tan único que solo el suyo sabía desprender, esa complicidad, esa emoción tan infantil escondida tras aquellas esmeraldas de tristeza añeja.
Pero no lo encontré.
Nunca habrá para mí nadie como ella, y por eso hoy, en esta noche infinita, vengo a sellar nuestro destino.
El tiempo vuelve desperezarse, la vorágine de pasado, presente y futuro se desenreda, y las manecillas de mi reloj despiertan de su profundo sueño para que yo pueda empezar el mío.
Aquí la encontré, aquí se me escapó, y aquí he vuelto para buscarla entre las sedas de la muerte.
Y tal vez, si existe un Más Allá, puede que las olas de este mar me guíen hasta ella, y sea este escenario también el de nuestro reencuentro.

LAAAAAAARGO. Perdonad, no era mi intención soltar semejante parrafada, pero me puse a escribir y se me fue el santo al cielo. Esto era una... una especie de argumento para una novela más larga, algo infantil ahora que lo pienso. Chica que quiere morir, chico que se lo impide y se empeña en hacerla feliz pero se confía y la pierde... Vamos, nada innovador, pero me acordé de ella y quise darle vida. Por cierto, ¿os habéis fijado en lo mucho que me gustan los verbos de unión (fundir, mezclar...) y separación (deshilachar, desmigajarse, deshacerse...)? XD

-¿Cómo sabes si es el amor verdadero?
-Si tienes que preguntarlo, me temo que no lo es.

De estrellas congeladas y noches tristes

Tic-toc.
Los minutos escapan del reloj de la pared y estallan contra mis oídos mientras yo doy vueltas en la cama. Me temo que hoy tampoco conseguiré dormir.
El frío se introduce entre los pliegues de la sábana y repasa con sus garras de diamante la silueta de mis miedos, arañándome el corazón con sus colmillos de escarcha.
Tic-toc.
El silencio es tan denso que el bramar del paso del tiempo se siente como una explosión infatigable, y los cadáveres de todos los segundos abatidos empiezan a apilarse a los pies de mi cama.
No, hoy tampoco conseguiré dormir.
Tic-toc.
Me levanto lentamente, salto de la litera, y la alfombra devora el violento restallar de mis pies contra el suelo en apenas un instante.
A través de la ventana veo la ciudad, grande, gris y desgraciada. El cadáver ruinoso de un sueño incompleto que se desvanece día a día, bañado en la bruma de aquellos que nunca despiertan.
Tic-toc.
Saco de un cajón mi pluma y un millar de hojas en blanco, y un tintero que desborda palabras que escribir, y me siento frente a la mesa.
El frío descubre que he huido de la cama y se levanta iracundo, y corre por la habitación hasta encontrarme, lamiéndome el alma con su afilada lengua.
Un escalofrío derrama tres gotas de tinta sobre el papel.
Tic-toc.
Ya no pienso, solo escribo. Dejo que la pluma corra por las hojas con fuerza, casi atravesándolas, dejando a su paso borrones azules que se creen palabras.
Acelera.
El frío, desbordado, se encuentra grapado al papel y lucha por liberarse, pero las hojas vuelan, plenas no ya de blanco, sino de azul.
Tic-toc.
Pero no sirve de nada.
Hace demasiado que el frío y yo nos conocemos y ya se sabe mis trucos, así que aprovecha un instante, un solo momento de duda para escapar de su prisión de papel y golpearme entre los ojos.
La pluma, como un miembro cercenado, cae muerta al suelo y derrama su sangre por la alfombra, y yo me quedo congelado observando el montón de hojas en las que he intentado capturar mis miedos.
Tic-toc.
Una lágrima traicionera resbala por mi mejilla y explota contra las hojas, emborronando aún más una mancha que dice ser un “nosotros” hasta convertirla en un “jamás”.
El hielo me muerde la mirada y acuchilla mi garganta, me conquista con la tranquilidad de quien se sabe vencedor seguro.
Tic-toc.
Los ladridos incansables del reloj se vuelven más poderosos y agresivos mientras el frío se adhiere a mis entrañas a su propio ritmo.
Necesito salir, escapar. Hundirme en el infierno helado que es esta ciudad para ahuyentar este hielo que me nubla la razón y me destruye por dentro.
Pero no puedo: el silencio mantiene las puertas atascadas con clavos de suspiros apagados.
Tic-toc.
El frío me envuelve como un manto sin final, y ya solo me queda una salida.
Lenta, muy lentamente, logro levantarme. Lo hago con torpeza, entre las hojas que vuelan por el aire para luego caer y hundirse en el mar azul oscuro que se escapa del tintero derramado.
Avanzo hacia las literas mientras el hielo intenta congelar mis articulaciones, que se astillan en esquirlas de dolor concentrado, pero yo no me detengo.
Tic-toc.
El tiempo se ralentiza, se estira hasta casi romperse, pero tampoco logra detenerme.
Al fin llego, y encuentro tu cama. Las sábanas desdibujan tu silueta y crujen con complicidad cuando me siento a tus pies.
Tú me miras con esos ojos tan azules. Yo te devuelvo la mirada derritiéndome por dentro.
Tic-toc.
No dices nada, solo levantas la sábana y me dejas entrar.
Hoy, de nuevo, espantaremos al frío juntos.

Madre santa... Esto es un refrito. Tenía un millar de ideas, cosas de las que quería escribir, pero ninguna me salía del todo. Y ahora, todas juntas, aún parece que quedan bien. ¿No creéis que mis musas son un poco meretrices? (Me encanta esa palabra xD)
En fin, que me encuentro de culo, me duele la garganta y no sé si no tendré fiebre. Imagináos si me encuentro mal, que me estoy planteando faltar a clase mañana... Malditas anginas, ¿para qué existís? D_: Y me tomaría algo para el dolor, pero entonces me quedo tonto y los deberes me llevan el triple. ¡Agh! ¡Quiero matar a alguien!
Marcho a hacer cosas, pero podéis comentar aquí abajo. Es gratis, y a mí me anima mucho :)

-Te quiero.
-No es verdad. Sé que una vez me quisiste, pero ahora... Ahora solo nos necesitamos. Estamos demasiado acostumbrados a estar juntos y tenemos miedo a separarnos.

Melancholia

Te echo de menos.
Dios, cuánto te echo de menos...
Supongo que es una tontería, ¿verdad? Echar de menos algo que nunca he tenido, algo que tal vez ni siquiera existe en realidad... Menuda pérdida de tiempo.
Pero, créeme, no puedo evitarlo.
Nadie en su sano juicio elegiría la nostalgia si pudiera no elegirla, ni siquiera yo. Aunque, bien pensado, no sé si puedo considerarme un ejemplo de cordura.
El caso es que llevo una temporada así, al acecho, buscándote detrás de cada esquina, por las calles de Madrid, al subir las escaleras... Últimamente hasta te busco entre las líneas de todos los libros de la biblioteca.
¿Desesperado? Tal vez.
Pero es que te necesito, ¿sabes? Necesito tus abrazos, tus caricias, tus besos. Necesito el tacto de tu piel bajo mis dedos, la dulzura de tus sonrisas, el brillo de tu mirada. Por necesitar necesito hasta tus mohines, y tu fruncir de cejas, y que te rías de mí con cariño.
Se suponía que esto no me iba a pasar a mí. Que yo era demasiado frío, demasiado duro, demasiado egoísta como para caer en una trampa tan burda y antigua como esta.
Y, sin embargo, yo también he sucumbido, y ahora me pesa el corazón como si me lo hubieran llenado de piedras, y te echo tanto de menos...
Lo peor es que todo podría arreglarse si te encontrase.
Bastaría con un choque a la salida del metro, o unos minutos en el mismo ascensor, o una lluvia precipitada que te arrastrase a mi portal. Un simple golpe de viento que dejase caer a mis pies tus apuntes de Biología sería suficiente.
Solo necesitaría una oportunidad, una ocasión perfecta para empezar a ser “nosotros”, una excusa para cogerte de la mano y trepar hasta tus pestañas, y entonces nunca más volverías a ser una sombra que se deshilacha si la miro demasiado fijamente. Serías terriblemente real, un ser de carne y hueso imposible de ignorar.
Serías la perfección, mi perfección. Única e intransferible, solo para mí. Un hombro en el que llorar, unos labios contra los que estallar todas las noches, unos ojos en los que sumergirme durante una pequeña eternidad. Serías un millar de instantes que compartir.
Me encantaría poder ignorarlo, en serio. Amordazarme el alma y fingir que sigo siendo indestructible. Pero después de tanto tiempo mirando al resto del mundo por encima del hombro, siempre alejado, siempre solo, siempre en las sombras, creo que la vida me ha reblandecido el alma y no puedo evitar que me duela todo al pensar que tal vez nunca lleguemos a encontrarnos.
Si pudiera resignarme... Joder, ¡cuánto desearía saber resignarme!
Pero, ¿cómo puedo explicarle a mi corazón que ni siquiera sé si existes sin que se rompa en mil pedazos? ¿Cómo convencer a mis ojos de no buscar los tuyos en todo momento? ¿Cómo decirle a mis oídos que no van a encontrar tu voz entre el ruido de la gente?
No puedo, no sé asesinar mis esperanzas e ilusiones a sangre fría y seguir tranquilamente con mi vida.
Tendré que aprender a vivir con esto. Acostumbrarme a creer que me gusta, que me divierte buscarte y que el corazón se me acelere cada vez que siento el fantasma de tus suspiros en la nuca. Tendré que descubrir cómo echarte de menos sin que eso me descomponga en una montaña de polvo y ceniza de sabor amargo, cómo soñar contigo sin que tu inexistencia me destruya a cada instante.
Y lo conseguiré, sé que lo haré, aunque me lleve siglos.
Al final aprenderé a descoser amaneceres y encerrarlos entre mis sábanas para que ahuyenten el frío que desprenden tus ausencias. Y tal vez así, algún día, puede que logre olvidar que una vez eché de menos el restallido de un corazón ajeno y la caricia de unos dedos recorriéndome el alma.

Os lo juro, no lo entiendo, si es que me he vuelto lerdo o qué, pero esto me ha llevado un siglo. En fin... al menos el resultado es aceptable, ¿no?
Os aviso que este sábado salgo en la radio, en el programa “Mentes Corrientes” de Ágora Sol (más información aquí, animáos a participar :D), así que sí queréis reíros de mí por hablar demasiado rápido o soltar auténticas burradas deberíais escucharlo. No mucho más, supongo que dentro de un rato actualizaré mi otro blog para hablar un poco de mi vida y de los últimos objetivos de mi odio. Se os quiere ^^


-Te quiero. Así que, ¿podríamos salir y...?
-No. No saldría bien. Tú te harías ilusiones, y yo te acabaría haciendo daño porque la gente como yo no sabe no hacerlo, y yo... no quiero que me recuerdes como el imbécil que te rompió el corazón.
-Eso ya lo sé, pero aún no has dicho que tú no me quieras.

Not-so-happy endings

Está sentada en el suelo del vestíbulo, de espaldas a la única ventana.
Los primeros rayos de sol se cuelan tímidamente a través del cristal, anunciando un día sin una sola nube, una mañana perfecta de primavera. Pero para ella, con el maquillaje corrido de tanto llorar y ojeras de toda una vida sin dormir, hace demasiado tiempo que es invierno.
Dios, cuánto tiempo conviviendo con el frío...
Las campanadas de la iglesia cercana retumban contra las paredes, pero ella no las oye. Sigue ahí, sentada contra la pared, con la cabeza de un perro sin raza apoyada sobre su regazo mientras le acaricia la frente. El animal respira con dificultad, y a veces suelta gemidos ahogados.
Ya no le queda mucho.
Nuevas lágrimas disfrazadas de negro resbalan por sus mejillas cortándole la piel. Apenas puede respirar, siente que se ahoga... Pero no. Ahogarse sería una bendición, porque esto no termina nunca.
El perro suelta un nuevo aullido de dolor y ella redobla sus caricias. Intenta mover el rabo, pero no tiene apenas fuerza para hacerlo. El charco de sangre ya es demasiado amplio y empieza a colarse por debajo de la puerta pero, ¿qué importa eso? Ya es demasiado tarde.
El frío se extiende desde su abdomen igual que la mancha roja corre por su vestido blanco, y ya llega a su cabeza. Siente el gélido aliento de la muerte haciéndole cosquillas en los labios, llevándose su conciencia lejos de aquí. Alguien golpea la plancha de madera y grita su nombre, pero ya no puede contestar. La muerte se ha llevado su voz.
¿Cómo consiguió encontrarla?
Después de tanto huir, de tantos sacrificios, él ha ganado y ella pierde, y esa es la única verdad.
Los golpes en la puerta suben de intensidad, pero su cerebro ya no puede procesar lo que dicen al otro lado. Solo puede seguir ahí, herida de muerte, acariciando la cabeza del perro mientras su sangre se mezcla en el suelo inundándolo todo.
La puerta tiembla en sus goznes, pero resiste el golpe.
Las juntas de las baldosas se convierten en una telaraña carmesí cada vez más grande. Desde el rellano él la llama, grita su nombre, llora, golpea la delgada plancha de madera que los separa.
Una parte de ella reconoce su voz y maldice no haberse atrevido a darle una llave.
¡Cuánto desearía morir entre sus brazos, y no así, triste y sola!
El perro, aún con la cabeza en su regazo, ya no se mueve ni para respirar. Ahora también está frío, como todo lo demás en su vida... Su mano deja de acariciarle y cae a un lado, rígida y derrotada.
Apoya la nuca en la pared y logra observar un último momento de luz antes de que se le cierren los ojos.
Ya ni siquiera tiene fuerzas para llorar, solo puede respirar.
Respirar...
¿Cuándo fue la última vez que no le dolió al tragar aire?
La puerta cede y él corre hacia su cuerpo, abre sus ojos, busca los latidos de su corazón.
La sangre tiñe su traje de un negro más profundo que la noche, se cuela entre los hilos de su camisa blanca, lo cubre todo con su presencia viscosa, pero eso ya no importa. Él sigue abrazándola, apretándola contra sí mismo para contagiarle su calor corporal, dejando caer sus lágrimas sobre la cara de ella.
En la puerta todos los asistentes a la boda observan horrorizados el grotesco espectáculo, congelados en el umbral.
Nadie se atreve a pasar. Nadie se atreve a decir nada. Nadie se atreve a respirar.
Está muerta.
Está muerta, y con ella mueren sus ilusiones y toda posibilidad de ser felices.
Con ella mueren los cuentos de hadas.

Pues al final acabé el martes con la novela (de corregirla, digo) después de casi tres meses de duro trabajo. Creo que el resultado es bastante bueno, pero como no sé cómo es la competencia tampoco sé si tengo verdaderas oportunidades. Ahora, eso sí, el intento hay que hacerlo, ¿no?
El caso es que quería actualizar el miércoles, pero al final me apeteció descansar, y ayer no conseguía escribir nada. Y hoy... Bueno, hoy me ha salido esta chufa, y tampoco tengo ánimo para hacer un diálogo. No sé qué me pasa, últimamente estoy un poco lento y todo me supone un esfuerzo titánico, pero prometo que volveré a estar en forma pronto :)

Daddy

Jirones de bruma reptan por el suelo, enterrando el suelo en un infinito mar de plata y perlas.
La luna, oronda y robusta, se deja arrancar mechones de mortecina luz que caen, se disuelven y llenan el mundo de sombras y siluetas, de oscuridades incompletas que se retuercen y titilan.
El viento, gélido y feroz como una daga afilada, danza y se desenvuelve en un millar de remolinos de polvo y hojas marrones mientras se deshace en silbidos de furia y fuerza contenida.
La ciudad, tiempo ha llena de vida, se descompone sobre sus pétreos cimientos, colmada de vidrios rotos policromáticos y cenizas de un pasado de opulencia y esplendor, y el tiempo, pesado y constante, se arrastra por sus calles lamiendo las fachadas, arrancando capas de piel hasta exponer el barroso carmesí del adobe ruinoso.
Un hombre, solo un hombre, se desplaza por las amplias avenidas de adoquines plúmbeos mientras de sus pulmones escapan nubes de vaho que estallan contra las comisuras de sus labios. En sus ojos solo se distingue el zafiro empañado de unos irises cansados y el blanco de la nieve recién caída.
El retumbar de sus pasos se pierde antes incluso de escapar de sus zapatos, amortiguado por el opresivo silencio de la noche más absoluta, devorado por la umbría sombra desplegada de un enorme edificio que se eleva en el centro mismo de la urbe apuntando al cielo.
La poca luz que logra filtrarse a través de los cristales dibuja en el suelo un rosetón de colores que transmite una vaga ilusión de vida en una vorágine de blanco y negro que constantemente se enfrentan en una noche que nunca se decide a terminar, y desprende unas oscuridades densas y profundas coronadas por una cruz de obsidiana y alabastro.
Los chirridos agónicos de unas bisagras de latón oxidadas se repiten en cada piedra de la ciudad al empujar las altas hojas de macizo roble y se deshilachan en el aire lúgubre que llena la inmensa catedral. Apenas es una rendija, pero a través de ella puede distinguirse el interior iluminado por la tenue luz que logra entrar a través de unas ventanas al fondo de la nave situadas.
Y allí, en el altar, de rodillas sobre las escaleras de granito, está el cuerpo inerte de una joven de porcelana vestida en gasa y seda blanca. Lo único que demuestra que la vida aún no la ha abandonado dejando solo un cadáver de blancura perfecta es la suave cadencia de su pecho al subir y bajar y el melancólico silbar que escapan de su alma al suspirar.
El breve tramo que lleva hasta ella parece tornarse eterno mientras sus pies se hunden en la aterciopelada alfombra rojiza que conduce al altar, pero al fin se detiene junto a ella, escuchando su respiración serena y acompasada mientras sus dedos acarician el frío tacto metálico de su pistola.
De pronto todo parece detenerse, las mismas horas parecen resquebrajarse al caer contra el suelo, descompuestas en un océano de tiempo muerto. Lo único que puede oírse es el redoble de sus corazones reflejándose en cada pared.
Solo el golpeteo de sus lágrimas contra el suelo logra descongelar ese momento de eterna inexistencia, pero no es la angustia la que nubla su mirada.
-¿Vas a matarme?
La pregunta, la primera frase que pronuncia en años, escapa de su garganta pura y limpia como el revoloteo de una mariposa etérea que implosiona y desaparece.
Él apoya el extremo de la pistola contra la porcelana de sus sienes y quita el seguro. A las lágrimas les sigue un temblor monótono.
-Por fin-suspira, con la voz llena de un inefable alivio-. Por fin acabará esta agonía interminable.
El hombre deja que un último momento escape y aprieta el gatillo, y la vibración que sigue a la descarga de pólvora absorbe el melódico repiqueteo de su voz.
“Gracias, papá”.

Agh,sacra pereza, tengo que hacer tantas cosas y tan poco tiempo... Me he planteado dejar el blog una temporada para concentrarme en la novela, pero me temo que si lo hago se me hará imposible encontrar las fuerzas para volver, así que lo que voy a hacer es intentar que me cundan mucho los próximos tres días y terminar ya de corregir. Cosa que luego no haré, claro, peeeero... Hasta entonces :D

-Solo te pido que confíes en mí.
-Siempre que lo hago me rompes el corazón, ¿por qué esta vez iba a ser distinto?

Marionetas

¡Oh, dios! ¿Dónde calientan los cafés en esta cafetería? ¿En la caldera del infierno?
Dejo la taza sobre el platito de porcelana y, mientras espero a que se enfríe un poco, desmigajo apáticamente un croissant mientras miro a la televisión. En el telediario, una mujer de pelo castaño, corto y liso y ojos verde grisáceo habla con fría indiferencia de un nuevo atentado en la Sección 8. Las imágenes de los cadáveres de una niña y su madre muertas a tiros terminan de revolverme el estómago.
-Este mundo está podrido...
Al instante me arrepiento de haberlo dicho en voz alta y miro alrededor, aterrado.
Por suerte, el camarero está lejos de mí, al otro extremo de la barra, y la joven sentada a mi derecha escucha música en su reproductor de música mientras se toma un zumo. Tampoco parece que haya cámaras en el local.
Con un suspiro de alivio, vuelvo a levantar la taza hasta mis labios y pruebo el café. Ahora que no me derrite las papilas gustativas descubro que está bastante bueno, mejor de lo esperado.
-Es mentira.
¿Quién ha dicho eso?
Me quedo congelado con la taza aún pegada a mis labios y, con mucha lentitud, vuelvo mis ojos hacia la izquierda. Sentada sobre el taburete de cuero rojo está una mujer de mi edad. Sus ojos, de un marrón profundo, me miran con interés, mientras entre el rubí de su pintalabios asoma una sonrisa divertida y perfecta.
-¿Disculpe?-pregunto, dejando la taza en su sitio.
¿Será una de ellos?
Observo su atuendo: un vestido largo de color celeste con un cinturón ancho a la altura de la cintura, una chaqueta de punto negra y unos zapatos planos también negros. Además lleva un colgante simple, apenas una cadena de oro con un cristal oscuro colgando al final que dirige la vista a su escote.
Desde luego no parece un cazador, pero lo cierto es que nadie sabe cómo son en realidad.
-Lo del atentado-explica mientras golpea rítmicamente la superficie de la barra con sus uñas azules; con la otra mano se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja y se ajusta la diadema-. Hace años que exterminaron a los rebeldes. Si el gobierno sigue fingiendo que aún hay ataques terroristas es para mantener a la población bajo control.
¿Es esto algún tipo de trampa? ¿Intenta ganarse mi confianza y ver si yo también digo algo negativo sobre el imperio?
-Perdón, pero creo que...
-Ya, ya. Decir algo en contra del régimen es arriesgado-me interrumpe, añadiendo un gesto con la mano-. No quiero meterte en problemas.
Está girando sobre el taburete, sus zapatos rozan el suelo, sus pasos apuntan a la puerta. Solo unos segundos más y ella saldrá de mi vida, y podré volver a fingir que estoy de acuerdo con el imperio. Solo unos segundos y...
-¡Espera!
Mierda. ¿Por qué he tenido que detenerla? La mujer gira sobre sus talones y me dirige una mirada curiosa con una ceja enarcada. Vuelve sobre sus pasos y se sienta a mi lado.
-¿Pasa algo?-pregunta con pretendida inocencia.
-Yo... Esto... ¿Qué quieres decir con “mantener a la población bajo control”?
Sonríe y se encoge de hombros.
-Supongo que no te has fijado nunca...-murmura, condescendiente-. Supongo que te lo tendré que explicar-mientras habla, cada vez más bajo, se inclina hacia mí-. Los humanos somos unos cobardes. Nos gusta pensar que no, pero lo somos. Si las cosas nos van bien exigimos independencia, libertad, derechos... Pero si hay una amenaza, un peligro, como por ejemplo un ataque rebelde, nos achantamos y buscamos que alguien venga a salvarnos el pellejo, aunque tengamos que renunciar a ciertas libertades. ¿Lo comprendes?
Yo asiento con la cabeza.
-Entonces el Gobierno finge esos ataques para mantener la amenaza y que aceptemos su control...
-Bueno, y para aumentar su popularidad al arrestar a los “autores” del ataque. La gente piensa que son eficientes y aceptan el imperio unos años más, y antes de que empiecen a dudar de si necesitan o no un gobierno...-abre las manos de golpe imitando una explosión-: nuevo ataque terrorista. Caos, pánico y el mecanismo se vuelve a poner en marcha.
No puedo evitar morderme el labio inferior hasta hacerme sangre.
-¿Y por qué...?
-¿Por qué te cuento esto?-se anticipa, dibujando otra de sus sonrisas-. Bueno... Supongo que para que esa información no se pierda conmigo. Espero que sepas utilizarla con inteligencia.
Se levanta de la silla de un salto y, con pasos lentos, se dirige a la puerta.
¿A qué se refiere?
La sigo observando a través del cristal mientras se aleja por la calle con un mal presentimiento apretándome el estómago.
Un paso, dos pasos, tres pasos... Dos manos surgen de un callejón y la oscuridad se la traga sin que nadie aparte de mí se dé cuenta.
Mientras me giro de nuevo hacia la barra siento el corazón latiéndome en las sienes.
Boom-boom.
¿Cómo es posible?
Boom-boom.
¿Realmente pueden secuestrar a gente en mitad de la calle?
Boom-boom.
El café, ya frío, parece devolverme la mirada.

Vale, sí, hoy me he salido un poco de mis textos habituales. Solo aclarar que no es parte de una historia más larga, no voy a continuarla; era una idea que tenía un poco en mente y me apeteció probar, creo que el resultado no está mal. Ahora mismo me largo para el dentista (otra vez), así que hoy no hay diálogo. Chauuu :)
PD. Pasáos por mi blog de reseñas, anda *click aquí*

Y por arma llevaba una pluma

Shhh.
No digas nada, solo escucha.
¿Lo notas? Ese silencio titánico que lo envuelve todo, ¿lo oyes?
Es el vacío que dejan a su paso todas las palabras que nunca llegamos a decirnos.
Y es tan grande, tan abismal, tan sobrecogedoramente infinito... No entiendo cómo no lo has notado antes, pero sé que ahora ya no podrás ignorarlo más. Lo sentirás subiéndote por la espalda, enredándose en tu piel, lamiéndote la nuca con su aliento cálido y fangoso; lo verás al mirarte en el espejo como una sombra difusa que te consume el brillo de los ojos y que no se va aunque enciendas todas las luces de la casa.
Es un silencio cruel y triste alimentado de las vagas siluetas de nuestros sueños, pero a pesar de todo sigue siendo morbosamente hermoso. Quizá ahora no lo comprendas, pero cuando hayas convivido con él durante un tiempo empezarás a vislumbrar la belleza que esconde. Su poder, su fuerza, su potencia... Es un silencio tan enorme que podría oírse por encima del estallido de un millón de bombas atómicas.
Y pronto empezará a meterse dentro de ti por cada poro de tu piel de porcelana, mordiéndote como una jauría de lobos hambrientos, llenándote con su infinita inexistencia. Te arañará la garganta, vaciando cualquier palabra que consigas pronunciar hasta convertirla en el esqueleto de una frase; te golpeará los dientes hasta que te duela masticar el aire; te comprimirá los huesos hasta que solo puedas levantarte apoyándote en tu orgullo; te devorará el cerebro hasta que no haya en él hueco para nada más que su abrumador silencio.
Poco a poco irás perdiéndote en sus más recónditas transparencias, hundida hasta la coronilla en su vaporosa esencia que parece volverse plomo fundido cada vez que respiras, absorbida por las viscosidades de sus noches sin estrellas. Sentirás, entonces, cómo empieza a golpearte los pulmones, divirtiéndose en arrugarlos y estirarlos, y puede que entonces notes el calor asfixiante que irradia mientras sube por tu columna y te nubla la visión, hundiéndote en un infierno difuso y con aroma a lágrimas evaporadas.
Y será entonces cuando ya no puedas más, cuando la soga que te rodea el cuello se hunda en tu piel hasta abrasarte y el dolor destilado del silencio sea lo único en lo que puedas pensar.
El orgullo también te abandonará, arrastrado por una brisa huracanada de sinceridad, y vendrás ante mí para decirme todo aquello que te obligaste a callar.
Te quiero.
Te amo.
Te necesito.
Puede que hasta me confieses que quieres tener un hijo llamado Lucca con mis ojos y tu sonrisa.
El silencio implosionará sobre sí mismo en una vorágine de agonía liberadora, y simplemente desaparecerá. Y entonces comprenderás que ese silencio avasallador que te quemaba las entrañas era necesario.
Porque si no doliese guardarse las palabras, ¿qué sentido tendría confesar la verdad?

La verdad es que construí el texto en torno a la última frase, que se me ocurrió viendo Caso Abierto. Porque, en serio, ¿qué sentido tiene confesar un crimen tantos años después si ni hay pruebas en tu contra, ni nadie en prisión sufriendo por tu crimen? Yo lo veo egoísta: eligen librarse su dolor sin pensar en que será su familia quien cargue con él. Y, desde el punto de la familia de la víctima, dudo que les sirva de mucho saber quién fue el que mató a tu familiar/amigo, ¿o acaso eso los revive?
En fin, después de esta tontada de opinión que dudo que nadie comparta, pasamos al diálogo y yo me desaparezco :)

-¿A qué le tienes miedo?
-A los bichos, a la sangre, a la oscuridad...
-Eso son pequeños miedos. Yo quiero saber qué te quita el sueño, qué te aterroriza.
-Eso es fácil: perderte.

Storm

Necesito una tormenta.
Necesito que llueva, que llueva durante horas, y que el agua se lleve toda la suciedad que llena esta ciudad rebosante de las cenizas de tres millones de espectros que fingen ser personas cuando no son más que la sombra de un concepto frío y gris.
Necesito que el aire sople fuerte, muy fuerte, y que me levante por encima de este mundo gris y consumido abocado a pudrirse y convertirse en nada; un viento que arrastre consigo la melancolía de mis sonrisas y miradas y me llene los pulmones de algo que no sea gélido polvo de muerte.
Necesito relámpagos que iluminen este lugar desolado y triste, que despedacen los jirones de sombra adheridos al hormigón que juegan a volverse infinitos y llenarlo todo de miedo y soledad, y truenos furiosos llenos de fuerza que hagan temblar hasta los cristales de todas las ventanas y desmigajen los restos del silencio que se esconden en cada esquina.
Necesito, ¡dios!, necesito un cambio. Un estallido de vida, una explosión tan poderosa, tan grande, tan fuerte, que el mundo pueda parecer aunque solo sea por un instante algo más que un pozo de negrura que desborda vacíos imaginarios.
Y, al mismo tiempo que lo necesito, lo temo.
Lo temo porque, después de tanto tiempo viviendo entre sombras, ¿no es posible que me haya contagiado? ¿No es posible que a estas alturas yo también sea un monstruo de papel en blanco? Si así fuera, con la llegada de la luz, del fuego, de la vida, el mundo me devoraría, me arrancaría la piel, la carne, los huesos... hasta que de mí no quedase nada más que el eco lejano de un recuerdo impreciso.
Pero no puedo seguir así, ya no aguanto más.
Da igual si al final yo también me desvanezco, porque cualquier cosa es mejor que esta ficción opresiva que me desgarra el alma y me aprieta el corazón con sus afiladas garras de acero y diamante. Cualquier cosa es mejor que este restallar constante de la quietud indiferente al estrellarse contra las agujas de un reloj moribundo. Cualquier cosa es mejor que observar este cielo apagado mientras el tiempo se consume al ritmo que marca el humo al escapar de mis entrañas.
Este mundo de mentiras susurradas a media voz tiene que acabar de una vez, y ya no me importa si yo acabo con él, porque este sangrado constante que me llena la boca de óxido carmesí y arrastra mi consciencia por los cenagales de la antesala a la muerte ya no duele, ya no quema, ya no me hace sentir nada.
Siento el frío corriendo por mis venas, congelándome los músculos mientras la niebla que empieza a cubrir mis ojos convierte mis lágrimas en pequeños cristales afilados. Siento cómo la nada me inunda y me consume a toda prisa, cómo cada respiración amenaza con ser la última y la vida se me escapa con cada suspiro.
Me muero, me muero sin remedio. Muero por haber sido demasiado distinto, desangrándome en un callejón oscuro mientras la ciudad sigue viva, y lo único que necesito, lo único que realmente necesito, es una maldita tormenta que lleva todo el día amenazando con caer sin terminar de cumplir sus promesas.
¡Dios!, cuánto necesito esa tormenta...
Cierro los ojos, escucho el tintineo de las gotas de carmín contra el asfalto y trago aire una última vez.
Esta sí es la última, lo sé. Intento contener el aire en mis pulmones todo el tiempo que puedo, ignorar el dolor que me produce al morderme el corazón, estirar este último instante mientras la muerte termina de llevárseme.
Y entonces siento las gotas de lluvia golpeándome con su caricia acuosa, limpiándome la cara, arrastrando mi sangre por el suelo de este callejón infecto. Desde detrás de la niebla puedo ver el resplandor cegador de un relámpago y, justo cuando suelto mi último suspiro, siento el trueno intentando romperme los tímpanos.
Sonrío.
Y nada más.

Esta cosa de aquí arriba tan trágica y con un final tan abrupto es... No sé muy bien qué es, lo admito. Vuelvo a mis textos raros e incoherentes sin saber muy bien por qué. Abrí el procesador, extendí mis dedos sobre el teclado y esto es lo que salió. ¿Un poco raro de más, tal vez? Lo entenderé si no lo entendéis y no sabéis que comentar, yo tampoco sabría qué decir si me ponen semejante cosa delante de los ojos, pero aunque el mensaje sea extraño espero que al menos os guste la forma :)
PD. El nuevo blog de reseñas es este, pasáos y opinad si queréis :)

-¿Te has enamorado alguna vez de alguien de quien no debieras hacerlo?
-Cielo, nunca nadie se ha enamorado de la persona adecuada. El amor en sí es una gran equivocación en la que todos acabamos cayendo.

Tú decides

Lo siento, pero yo no sé amar.
No sé tartamudear cuando quiero hablar contigo, ni mirarte de refilón cuando no te fijas, ni sonrojarme y tropezar cuando me saludas.
No sé fingir mal que no me gustas mientras te lanzo indirectas y te conquisto lentamente, ni ponerme a temblar cuando siento el tacto de tu piel acariciándome, y tampoco sé quedarme en blanco, apartar la mirada y odiarme por no haberte dicho nada (otra vez).
No sé callarme y fantasear sobre lo que podríamos ser.
Créeme, daría cualquier cosa por aprender, porque parece que todo el mundo se guía por esas mismas reglas y yo soy el único imbécil que nunca aprendió a amar así.
Y, a pesar de todo, creo que te quiero.
Porque si se me acelera el corazón con solo verte sonreír, si se me encoge el alma cuando lloras, si cada momento contigo es como un atisbo del paraíso... Eso también es amor, ¿verdad?
Sé que no se nota, que no se puede ver desde fuera. Sé que no se me da bien pensar solo en ti y en nada más. Sé que, quizá, es algo demasiado sutil como para apreciarlo incluso fijándote.
Pero estoy seguro de que ese amor está ahí, en algún lugar dentro de mí. Sé que te quiero aunque no sepa hacerlo de la forma habitual, y que haría lo imposible para robarte un instante de felicidad.
Y sé que tal vez no es suficiente para ti.
Si no soy capaz de exteriorizarlo, si no tengo pruebas, si no puedo demostrar que ese amor existe más allá de mis palabras, ¿cómo puedo esperar que creas en él ciegamente? Soy un mentiroso, esa es mi profesión. Me gano la vida hablando de sentimientos de mentira, contando vidas no vividas; ¿por qué habrías de confiar en mí?
Y sin embargo aquí estoy, contándote todo esto, y aún tengo la vana esperanza de que me tomes en serio.
Supongo que al final resulta que soy más romántico e iluso de lo que me gustaría admitir.
Así que dentro de un instante voy a besarte, o al menos a intentarlo, y tú tienes dos opciones: puedes desconfiar y apartarte, romperme el corazón en mil pedazos (aunque, claro, nunca nadie se daría cuenta) y mañana ambos fingiremos que esto no ha pasado, o puedes creer en mis palabras y dejar que te muestre una milésima parte de este amor que me araña la garganta por dentro.
Sé que es injusto y cruel hacerte elegir, pero ya te lo he dicho: yo no sé amar. No sé dejarlo correr y esperar a que me quieras. No sé enamorarte día a día.
Quizá estoy siendo algo egoísta, y un poco suicida también, pero el instante se ha acabado.
Ya no hay marcha atrás.
Tú decides.

AAAAAAGH Ò_Ó ¿Cómo es posible que algo tan cutre me haya llevado tanto tiempo? No sé, las Musas deben de estar enfadadas conmigo y me lo ponen difícil para escribir. Menudas harpías... Sea como fuere, la cosa esta de aquí arriba es una pastelada, así que deberíais ir a miraros la glucosa porque seguro que os ha subido. A mí por lo menos sí. Bueno, quizá el montón de lacasitos, chocolatinas y yogures que me he comido esta semana tengan algo que ver, pero eso es especulación. Jum.
PD. Estaba pensando en abrir un segundo blog (mala idea, Carlos). No sería para escribir textos, sino para hablar algo de mi vida -que da poco de sí-, de los libros que leo, las películas que veo... Sé que podría hacerlo por aquí, pero después de tanto tiempo creo que la temática de este sitio está muy fija y no encajaría. ¿Vosotr@s qué opináis?


-¿Crees que serás feliz con él?
-No lo sé. La verdad es que ni siquiera sé si realmente le quiero. Pero ya no puedo seguir aquí contigo solo por costumbre; no puedo contentarme con ser moderadamente feliz.

Lejos de aquí

Quiero sentir tus dedos recorriendo cada centímetro de mi cuerpo, acariciando cada cicatriz mientras nuestros labios se enfrentan buscando conquistarse mutuamente.
Quiero notar tu respiración agitada sobre mí y aplastar tu cuerpo contra el mío hasta ser la mitad de un algo perfecto, indescriptible.
Quiero un instante de éxtasis absoluto, un estallido de placer que se lleve la soledad y desmigaje las cenizas de este universo hueco y apagado.
Quiero sentirme vivo.
No te confundas conmigo, por favor.
Nunca va a pasar nada entre nosotros, ni siquiera si fueras algo más que la silueta de una ilusión enterrada en lo más profundo de mi mente.
De vez en cuando me permito soñar contigo, me concedo unos momentos de falsa realidad y finjo que soy algo más que una estatua de hielo. Unos momentos jugando a ser débil y vulnerable antes de volver a dejarme arrastrar por el embriagador efecto anestésico de la gélida morfina que corre por mis venas.
Aún no sé por qué lo hago, la verdad. Por qué me permito seguir creyendo que soy un humano de verdad, aunque solo sea a veces.
Mi teoría es que me encantaría serlo siempre, que en lo más profundo de mi ser deseo ser como los demás y no un robot que navega por este océano de insensibilidad, pero a la vez me da miedo el dolor que eso generaría.
Si solo permito que las emociones me dominen un instante y luego me dejo envolver por la seguridad de esta neblina narcótica no hay riesgo de hacerme daño. Puedo sentir un instante de romanticismo, como una descarga de felicidad directa al corazón, y luego regresar a la calma y la estabilidad con mis sentimientos intactos.
Sé que es algo cobarde, ¿para qué mentir? Cuando no aguanto más el tedio de la tranquilidad plena hago una apuesta sin riesgo y consigo la cantidad justa de emoción para convencer a mi corazón de dejarse invadir por la anestesia. Y, para más seguridad, esa emoción procede de una ilusión que únicamente existe en algún lugar recóndito en lo más profundo de mi imaginación.
¿Que podría ser más feliz si me arriesgase? Lo sé, lo sé perfectamente. Sé que, en comparación con la felicidad de verdad, este chute de alegría ficticia no es más que una mota de polvo sin valor. Pero también sé que mi tristeza se reduce a una leve melancolía fácilmente ignorable, y que la de verdad es como una montaña gigantesca que se te cae encima y te aplasta los huesos, te rompe el alma y se lleva todo como un huracán furioso. Sé que hay gente que nunca se recupera de eso.
Y a lo mejor fue eso lo que me pasó, aunque no lo recuerde. Tal vez un día desperté y había llegado al límite, y ya no quería sentir más. Quizás decidí que era preferible no sentir nada a sentir demasiado. O puede que naciera siendo un monstruo, no lo sé.
Lo único que tengo claro es que, por ahora al menos, me basta con esto. ¿Por qué intentar arreglar algo que no está estropeado?

La madre, lo que me ha costado escribir esto o_o
Hoy estoy un poco espeso, la verdad. He vuelto a Madrid, y entre el calor, el insomnio, el tener que cuidar de la casa, hacer la compra, subir las plantas que nos estaba cuidando el conserje (que hay que ver cómo pesan las malditas) y las mil cosas más que aún me quedan por hacer la verdad es que estoy un poco agotado. Así que, como no se me ocurre un diálogo decente para cerrar, ahí termina. Ahora voy a revisar mi correo, llamar a la ortodoncista (se apellida Muelas jiji... No, en serio, es su apellido de verdad xD), hacer la compra grande y blablabla. Sus quiere.
PD. ¿Qué os parece el cambio de look? Ni lo habíais notado, ¿eh? :P

Dead again

Hoy he vuelto a morir.
Para la mayoría de personas morir es una experiencia única, un camino sin retorno, el punto final que termina con su vida. Para mí, por desgracia, es una realidad habitual, tan habitual que he llegado a acostumbrarme.
A veces es cuestión de apenas un segundo, un desasosiego abrumador que me nubla la mirada y me perfora el corazón, un instante de inexistencia absoluta. Otras veces puede durar horas, incluso días, durante las cuales dejo de ser yo y observo desde dentro de esta prisión viviente las acciones de un cuerpo que ya no controlo.
Lo peor es que no hay un aviso, ningún tipo de advertencia.
Puedo estar paseando por el centro de Madrid, perdido en medio de un montón de gente, o tomando un café en el porche de la abuela, y de pronto el recuerdo de tus ojos se escapa de lo más profundo de mi memoria y me golpea tan fuerte que la sangre se me congela en las venas y no consigo ni respirar.
Durante una milésima parte de lo que dura un suspiro la luz me absorbe, se me clava en las retinas y me apuñala el alma, y entonces me arroja a una negrura absoluta y espesa, viscosa como la brea, y solo puedo hundirme más y más profundo, dejando atrás cualquier atisbo de vida. Me descubro sumergiéndome en la oscuridad insondable que llenabas con tu presencia y que sin ti se ha convertido en un agujero negro sin final, comprimiéndome hasta romperme los sentimientos y aplastarme las palabras contra mis labios.
Al principio intenté luchar. Las primeras veces intenté nadar, salir a flote y dar una bocanada de aire; intenté huir. Pronto aprendí que no puedes salir de las sombras si las sombras no quieren que salgas, así que empecé a dejarme arrastrar sin ofrecer resistencia hasta ese lugar donde los latidos de mi corazón no son más que un metrónomo lejano.
Odio este sitio, donde quiera que esté. Odio esta calma estática que parece zumbar, odio el aire lleno de un silencio inquebrantable, y odio las tinieblas de seda negra que te acarician las cicatrices. Odio cada centímetro cúbico de esta nada tan absoluta, tan infinita, y odio la belleza morbosa adherida a este lugar ajeno a la realidad que solo una mente enferma y corrupta como la mía lograría descifrar detrás de cada vacío abismal.
Y por encima de todo lo demás odio estar atado a ella, encadenado a la melodía cadenciosa de los silencios que me estallan en los tímpanos mientras espero a que las sombras se disuelvan y una chispa, un reflejo imperfecto de la luz real levante el velo de esta noche sin estrellas y me libere. Odio saber que, sin importar cuántas veces la aurora venga a rescatarme, volveré a caer en las mismas tinieblas.
Daría lo que fuera por salir de aquí con la certeza de no tener que regresar, pero las cadenas de la muerte nunca se sueltan del todo, nunca abren sus fauces cuando han alcanzado una presa. Sé que me dejarán salir con la misma seguridad con la que sé que me volverán a arrastrar hasta su núcleo.
Así que, ¿por qué luchar? ¿Por qué resistirse?
Me he acostumbrado a morir de vez en cuando. Me dejé atraer por la promesa de bucear en las profundidades abisales de tu mirada de azabache, y ahora que no estás para traerme de vuelta a la superficie ya no sé salir.

Buenas :D Y esa carita sonriente es mi forma de decir “He terminado mi novela, ¡yuju!”. Ahora tengo que trabajar el doble para corregirla bien, pero me da una pereza horrible (¿algún voluntario?). Entre mientras puede que empiece con alguno de mis otros proyectos, me apetece algo de fantasía para no tener que estar consultando a San Google y Santa Wikipedia cada dos por tres. Sea como fuere, como no creo que vaya a presentarla a ningún concurso me lo tomaré con calma, así que todavía podéis votar aquí.
Y... No hay mucho más que añadir. Si me disculpan, voy a pasear a mis canes ^^


-¿Podrías confiar en mí?
-No confío ni en mí mismo, ¿qué te hace pensar que tú eres diferente?

El Drama

El dolor.
Siempre está ahí, nunca se despega de su lado. Da igual si cierra la puerta, da igual si se pone la música a todo volumen, da igual cuan profundo se sumerja en las líneas de un libro amable. Al final los gritos, como sierpes sin cuerpo, se cuelan por la puerta y reptan por el suelo, mordiéndole los pies con la gélida viscosidad de una agresión intangible pero horriblemente dolorosa.
No es un compañero nuevo, claro que no.
El dolor siempre ha estado agazapado en su sombra, trepando por sus piernas para susurrarle al oído palabras amargas y dolorosas. En el colegio, en el instituto, y también en casa. Parece como si la persiguiera, como si una deidad rencorosa hubiese hecho de ella el objetivo de la venganza por un agravio que no recuerda haber cometido.
Y no importa si viaja al pasado, si llega a la Antigua Roma, o a Grecia, o a Egipto. Da igual si se hunde en sus pensamientos hasta llegar al centro mismo de su existencia. Ese dolor nunca se va, no se disuelve, no lo arrancan ni el frío ni el calor. No lo limpia la sangre.
El mundo es feo, muy feo. El mundo es ese lugar vacío y gris en el que las personas vacías y grises caminan sin caminar por las calles de hormigón, siempre con prisas por llegar a un destino tan vacío y gris como ellos mismos. Y ella lo ve, claro. Lo bueno del dolor es que te arranca las vendas. En su afán por destruirte, te muestra la realidad, cruda y afilada como el borde de una botella de vidrio verde.
Lo lógico sería que ella lo odiase. Lo lógico sería que quisiera acabar con todo.
Pero no lo hace.
De algún modo, logra verter en sus palabras lo suficiente de ese dolor que le congestiona el alma para sobrevivir, lo cristaliza en breves líneas de tinta y lo cose al papel. Y, mientras este lucha por intentar liberarse de su prisión acuosa, ella coge su cámara y sale al mundo dispuesta a encontrar la belleza que siente que le falta cuando el dolor es libre.
La encuentra en las cosas más pequeñas, y en las más grandes. En un precioso cielo plagado de estrellas parpadeantes, en una pequeña flor, en su propia piel cubierta con pintura de mil colores. Encuentra un punto de color hasta en el gris más neutro, y lo encierra con su cámara.
Y así, cuando el dolor logra escapar de sus barrotes de tinta azul, cuando la alcanza y la golpea con tanta fuerza que siente que no puede ni respirar, esas fotos aún están ahí, aún permanecen. Si siente que no puede más, que la vida es una espiral de sufrimiento, encuentra en sus fotos el recordatorio de que la belleza está ahí, de que nunca se va. Que solo tiene que mirar para encontrarla.
Encuentra una chispa de esperanza que congela su dolor el tiempo justo para volver a coserlo a una frágil hoja de papel.
Es fácil autocompadecerte, abrazarte las rodillas y llorar, dejar que esa angustia sin fin lo absorba todo y lo corrompa, pero ella siempre encuentra la fuerza necesaria para levantarse, limpiarse el polvo y volver al camino con sus sueños y esperanzas intactos.
No sé cómo lo hace, de dónde saca la energía, ni siquiera sé si alcanza a entender el alcance de ese superpoder.
Pero sí sé que algún día el mundo entenderá que ella ha ganado, que ha sobrevivido al gris y se ha llenado el alma de color, y verán lo ridículo que es hablar de su aspecto cuando todos ellos están condenados a ser las sombras que proyecta el resplandor de su sonrisa.

Buenas ^^ Pues veréis, le prometí aquí a Michelle que le escribiría algo por su cumpleaños. El problema: es en mayo. Y esperar nueve meses es un coñazo, no nos engañemos. Así que le propuse subirlo hoy, con un retraso de noventa días (día arriba, día abajo), y así lo acordamos. Le tengo un aprecio muy profundo porque siempre ha estado ahí, casi desde el primer post, y forma parte de ese grupo reducido de personas que vuelven una y otra vez aunque yo me vaya. Debo muchos cumpleaños a mucha gente, así que desde aquí me comprometo a saldar mis deudas a lo largo de este año. Si vuestras mercedes así lo quieren, claro.
PD. Os recuerdo que tengo un Facebook y un Twitter, por si queréis estar al día de cómo van mis proyectos. Y he reconvertido esta entrada antigua en una enumeración de las historias que tengo que escribir (al menos unas cuantas de las que tengo pensadas), así que, si no me tenéis en fb, podéis votar ahí con cuál debería empezar. No me comprometo a subyugarme a la opinión popular porque no creo en la democracia, pero juro que tendré en cuenta vuestras opiniones :)

Vulnerable

Odio sentirme frágil.
No es algo que suceda a menudo, eso es cierto, porque paso la mayor parte de mi vida escondido en mi amplio mundo interior, entre los árboles que crecen al revés, los ríos concéntricos y los jardines del ocaso, donde los centinelas de cristal no dejan que entren las agresiones del exterior.
A veces un soldado con acero en la sonrisa se disfraza de sombra y logra burlar su vigilancia, y corre libre por mi pequeño universo, trepa por las enredaderas voladoras y lo contamina todo con sus pasos manchados de realidad, dejando a su paso una neblina oscura que pudre todo cuanto toca. Cuando esto sucede lo normal es que los pájaros de luz logren derribarlos, hacerlos caer desde las rocas flotantes al vacío del cielo sin sol, o que se pierdan en el laberinto de arena verde sin paredes, o que la araña sin voz los atrape con su muda canción y los devore. Y, viajando en un suspiro frío, salen de mi mundo y pierden las alas.
Pero, una vez entre un millón, uno de estos soldados bañados en fuego negro atraviesa todas mis defensas y llega a la Dehesa de los Sueños, y me encuentra jugando con las flores que cambian de olor según su estado de ánimo, o bañándome en la laguna sin fondo, donde crecen los corales de madera y los peces de piedra. Y entonces lanzan sus cuchillos disfrazados de palabras, y aciertan.
Siempre aciertan. Directos al corazón, justo en el centro.
Un millar de mariposas de rubí se escapan por la brecha, pero eso no es lo peor. El dolor es soportable: las hadas que viven en el otoño saben curar una herida más rápido que las demás, y cosen cualquier corte con sus dientes anestésicos. Mi problema es que, cuando alguien logra llegar hasta mí, me siento frágil, expuesto. Como si el mundo entero me estuviese observando, desnudo y humano, contando las cicatrices de mi cuerpo.
Y mi mundo se resiente.
Los centinelas de cristal llenan la Ciudad de las Columnas y los pájaros de luz se apoderan de las cornisas del Palacio Fuera del Tiempo, y las murallas surgen del laberinto de arena verde. Los ríos concéntricos se secan y se llenan de esmeraldas afiladas, los jardines del ocaso se llenan de noche, volviéndose impracticables, y los árboles que crecen al revés se cubren de espinas. Todo se convierte en una trampa, en un peligro, y yo me quedo encerrado en la Torre Sin Puertas Ni Ventanas con el tapiz de lo ocurrido y el sastre sin recuerdos.
Quiero salir.
Derribar todos los muros, y limpiar los jardines, y bañarme en los ríos concéntricos.
Pero, aunque soy el ente que vive en todas las cosas, aunque solo existen porque yo quiero, no puedo cambiarlo, porque la sensación de vulnerabilidad está adherida a cada milímetro de mi piel y sé que tardará en irse.
Porque han entrado, han violado mi mundo, y me han roto los sentimientos en un millón de pedacitos.
Porque ni siquiera aquí estoy seguro.
Así que dejo que el universo se suma en las tinieblas, permito que la vida entre en hibernación y me quedo en la Torre, lejos de mi preciada biblioteca donde guardo los Libros de lo Imposible, lejos de las dulces aguas de la laguna, lejos de la Dehesa, donde los sueños mutan en pesadillas.
Y dejo que mi corazón se ralentice hasta que la fragilidad que lo llena todo se diluya en lágrimas.

Bueno, pues parece que lo de escribir cosas raras sigue, porque esto de aquí arriba se las trae. Algunas de las cosas que describo son paisajes de mi mundo de fantasía, el lugar que he ido creando con los años y que, en algún momento, convertiré en una (o varias) novelas de fantasía. El universo lo tengo muy bien pensado, solo me faltan la historia y los personajes. ¿No podría escribir una novela que sea todo descripción?
PD. La próxima actualización es un presente para Michelle, y la subiré el 25, tres meses después de su cumpleaños. Si a alguien le interesan mis palabras envueltas para regalo a pesar de retraso que conlleva trabajar conmigo, que me lo diga, os haré un buen precio :P


-Pero tú siempre eres feliz.
-Algún día entenderás que sonreír no significa ser feliz.