Vibrante


El anciano contempló el jardín desde aquel banco de piedra, fijándose en cada detalle. Sus ojos, vidriosos y apagados, sin apenas intensidad, se clavaban en todos los elementos que lo componían: la fuente de granito con un rechoncho ángel sobre ella, las verjas de hierro forjado, las piedras que componían pequeños senderos... Por fin, tras observar todo lo artificial de aquel paisaje, centró sus ojos en la naturaleza.
Desde que lo abandonase, el jardín había tomado, al menos durante los primeros meses, una energía inconmensurable. Las plantas, arbustos y árboles, las enredaderas, incluso algunas setas habían empezado a crecer de forma exagerada sin ningún orden, en todas direcciones, sin que su mano experta detuviera su avance. Sus verdes fauces no habían tardado en tragarse los demás bancos de piedra, sobre los que habían extendido una tupida capa de hojas y tallos, al tiempo que devoraban con ansia las losas del camino. Las enredaderas, cubiertas de espinas, habían trepado por las verjas y la fuente como en una trepidante carrera hacia el cielo, y los árboles habían juntado sus ramas en un abrazo íntimo, una especie de caricia amable. Aquel despliegue de vida no tardó mucho en atraer a varios pájaros, que cantaban con fuerza e ilusión mientras buscaban materiales para crear su nido.
Sí, en cuanto lo había dejado, el jardín se había llenado de vida, con aquel ritmo frenético y vibrante de la naturaleza en su máxima expresión, sin límites, y durante meses aquel pequeño reducto de verdor se había convertido en un organismo ajeno a la casa, un pequeño ser vivo que crecía sin parar.
Pero aquello solo había durado unos meses.
El frenesí con el que las plantas surgían y se estiraban comenzó a frenarse mientras los árboles, compitiendo por la luz solar, se extendían más y más altos, volviéndose cada vez más densos. El césped, que ya no recibía luz, agonizaba entre tenues gemidos levantados por el viento, mientras las enredaderas, que ya habían colonizado por completo la estatua del ángel regordete, extendían sus débiles brazos en todas direcciones buscando el sol, como un yonki sin fuerza buscando desesperadamente un chute de heroína. La naturaleza había llegado a su clímax, y ahora descendía en caída libre, tiñéndose de cobre y oro, mientras los árboles seguían su inexorable ascenso. Sus ramas, antes unidas en amigables abrazos, luchaban ahora por ahogar las del otro, asfixiándose mutuamente en un combate que no parecía tener fin, y los pájaros, que aún no habían abandonado aquel paraíso corrompido, alzaban sus melódicas voces con insistencia, componiendo un réquiem cuya belleza residía en la natural rudeza que los instrumentos del hombre nunca lograrían captar.
La batalla terminó poco después del tercer otoño. Las setas, escondidas a la sombra desprendida de los árboles, habían aprovechado la debilidad de sus oponentes, demasiado ocupados en el fragor de la guerra, para infectarlos, llenando sus bases de pequeños sombreretes multicromáticos que no dejaban de escalar, de clavarse cada vez más hondo en sus cortezas hasta pudrirlas. Con aires de gran depredador, aquellos hongos se atrevían a subir cada vez más alto, alejándose del suelo, mientras sus anfitriones, enfermos, seguían luchando entre sí cada vez con menos ímpetu.
El fin definitivo de aquella lucha sucedió la mañana del veinte de diciembre, cuando uno de aquellos enormes gigantes, exhausto, cayó muerto sobre la verja, que empaló su cadáver sin apenas arquearse por el peso. Los demás le siguieron poco después, rompiéndose a distintas alturas, y aquel jardín, ahora muerto, terminó de teñirse con el marrón triste de la vida que se apaga.
El anciano, indiferente, había ido observando aquel espectáculo con paciencia desde aquel banco de piedra, al que acudía cada mañana para contemplar el avance de la muerte, consciente del proceso necrótico que la edad empezaba a arrastrar por todo su cuerpo. Ausente, ya no salía de casa, y sobrevivía a base de las conservas que había reunido en su sótano mientras observaba el deterioro inexorable que el paso del tiempo arrastraba como un manto sobre aquel jardín que, tiempo atrás, había sido su única pasión en la vida.
Y en aquel momento, sentado en su banco de piedra, notó a lo lejos, entre los cadáveres de las enredaderas, muy cerca del suelo, un resplandor verde. Extrañado, avanzó renqueante hasta él y observó aquel pequeño pedazo de tierra, no más grande que el diámetro de una lata de refresco, sobre el cual se atrevía a crecer una brizna de hierba, apenas un resquicio de vida que se resistía a rendirse.
No pudo evitarlo: llorando como un niño, se dejó caer al suelo, acariciando con ternura aquella pequeña planta que el jardín, su jardín, le regalaba con sus últimas fuerzas.


Esto se me ocurrió ayer, justo antes de dormirme. Pensé que me olvidaría para cuando me despertase porque tengo la memoria de un pez con amnesia, pero parece que he tenido suerte. Creo que me he apartado un poco de mis temas habituales (amor, desamor y asesinatos), pero aún me resisto a abandonar los relatos tristes. Con ellos me muevo en terreno conocido, me siento más cómodo y los resultados que obtengo no me desagradan, así que tened cuidado de no hundiros en una depresión a base de leer tanto melodrama.
PD: He añadido una lista de enlaces con la historia de N ordenada. Está a la derecha, justo debajo del banner de "Blogger: lleno de gente con talento", proyecto en el que os invito a participar (haced click en la imagen y veréis de qué va y qué hacer para inscribirse). Y también he puesto un botón que permite ver entradas aleatorias, llevo un rato dándole y me he encontrado con cosas que había olvidado por completo, algunas dignas de cierto respeto.

Lloyd, el Viejo


-Dicen que vas por ahí asesinando prestamistas y robando sus libretas-comentó el anciano, fisgando entre sus cajones.
-¿Es eso una acusación?-pregunté.
-No, claro que no. A mí me es indiferente, ya lo sabes.
Me dejé caer con delicadeza en uno de lo sillones de terciopelo rojo que se repartían por el local. Éste, grande y espacioso en los planos, se mostraba agobiantemente pequeño por culpa de las decenas de librerías que habían colocado, llenas a rebosar, y por las múltiples pilas de libros, altísimas e inestables, que componían aquellos que ya no cabían en los estantes de madera.
Era un sitio singular, en pleno centro de Helsinki, donde ofrecían café y literatura de todo género a cualquiera que entrase, todo gratis. Si algún libro les interesaba, bastaba acercarse al mostrador y preguntar por el precio, que nunca excedía los diez euros.
-Entonces, ¿son rumores sin fundamento?-preguntó el viejo, dejando su escritorio.
-No, no lo son-admití, sonriendo.
El hombre también sonrió y, con un simple gesto, me lanzó su libreta, demasiado fina para ser uno de los prestamistas más antiguos del mundo. No me hizo falta hojearla para saber que estaba vacía.
-Sabes que yo no tengo de qué preocuparme, N-murmuró, sirviéndose una taza de café humeante-. Todos los nombres de mis deudores están aquí-añadió, tocándose la sien con el índice derecho-, donde tú no puedes entrar a robarlos.
Me incliné en el sillón para devolverle la libreta, que él cogió sin interés para luego lanzarla sobre su mesa con desgana.
-No vengo con la intención de asesinarte, Lloyd. Aún recuerdo la enorme deuda que contraje contigo cuando me salvaste-dije, desabrochándome la camisa para dejar al descubierto la enorme cicatriz que surcaba mi pecho-. Vengo a ti en busca de consejo y ayuda.
El anciano, que había cogido un libro y acariciaba su portada, desvió los ojos para mirarme a los ojos con aquella fijeza suya que nadie podía igualar.
-Así que ella te está buscando...-murmuró, dejando el libro en el suelo. Pocas semanas después, aquel sería la base de otra enorme pila-. La verdad, esperaba que con el paso de los años se le pasase el enfado, pero parece que no tienes suerte.
-Nunca he creído en la suerte, Lloyd. Solo necesito saber quién es, o cómo es. Yo me encargaré de enfrentarme a ella.
El anciano volvió la vista al escritorio y, con paso débil, tiró de uno de los cajones. Tras apartar varios papeles, encontró un paquete envuelto en tela. Por el desgaste, tenía por lo menos un milenio, quizá más. Me lo tendió y, al tenerlo entre mis manos, comprobé que apenas pesaba. Con el ceño fruncido, desligué la tira de cuerda con la que se mantenía cerrado y aparté el envoltorio. No quiero ni imaginar la cara de imbécil que se me quedó cuando descubrí el contenido.
-¿Es ella? ¿Ella es la reina de los infiernos?-pregunté, incapaz de separar los ojos del lienzo, del tamaño de un libro de bolsillo.
El cuadro estaba deteriorado, y la calidad del pintor no era la mejor. Pero aquel pelo, los ojos, incluso el vestido y las gafas... Me detuve un momento en aquel detalle. Las gafas no habían existido hasta el siglo XIII, pero aquel cuadro no podía tener menos de novecientos años. Algo no encajaba.
-¿Sabes quién inventó las gafas?-preguntó el anciano. Prosiguió antes de que pudiera contestar-. Salvino Degli Armati. Según algunos, los chinos las tenían antes, pero no es seguro. Adivina dónde encontré ese retrato.
-¿Insinúas que ese tal Salvino tuvo algún tipo de relación con Proserpina?
-Casi con total seguridad. Esa mujer ha tenido muchos amantes: hombres que se ven arrastrados por sus irresistibles ofertas de poder, fama y fortuna-explicó Lloyd-. Sus amoríos no duran demasiado, pero ambas partes se ven beneficiadas. Y yo, un entusiasta del conocimiento, también me beneficio.
Entendí lo que quería decir, y me alegré de haber recurrido a él. Lloyd siempre decía tener una misión, algo muy importante que hacer que le obligaba a viajar por todo el mundo, y ahora entendía de qué se trataba: aquel hombre había consagrado su existencia a perseguirla, a buscar entre sus amantes legajos, cuadros, cualquier tipo de información sobre ella.
-Esa mujer es peligrosa-anunció de pronto, apurando su taza de café-. Sus poderes se miden con una escala muy diferente a la nuestra, y si está tan enfadada contigo como creo...
-¿Enfadada conmigo? ¿Por qué?
El anciano clavó su mirada en mí. Se veía en sus ojos la sorpresa, como si yo ya tuviera que entender por qué buscaban mi cabeza. Imagino que, por mi gesto, pronto confirmó que no tenía ni la más remota idea.
-Es por tu padre, N. Él es el único amante al que volvía de forma puntual, al que nunca abandonaba del todo.


¡Chan, chan, chaaaaan! (Dios, qué bueno soy con los efectos sonoros, ¿eh?) Pensaba poner algo especial en la entrada 400 y he estado los últimos tres días devanándome los sesos buscando alguna inspiración divina... Bueno, no tanto, he estado leyendo mucho mientras descargo House, y entre mientras le he dado alguna pensada. Pero como mi cerebro se funde por momentos con este calor agobiante, no se me ha ocurrido nada y he decidido actualizar como siempre, un poco de la historia de N. Aunque, eso sí, es un trozo interesante, ¿no?

Condenado


¡Ah!, si tan solo decir pudiera... Mas no, debo callar. Juré guardar silencio, prometí no volver a abrir ese arcón de pesadas cadenas a lo más hondo de mi alma arrojado. Por preservar el dulce candor de vuestro mirar, debo refrenar mis palabras que, cual cuchillos de pasión acerada, pretenden quebrar este silencio apacible con sus ardientes filos y desgarrar vuestro pecho para, con pulso y precisión de cirujano, exponer el corazón y corromperlo con la impía suciedad de mi alma.
Oh, Dios grande y cruel, ¿cuántas veces postréme ante tu altar, cuántos rezos hete dedicado? ¿Y así me lo devuelves? Con claridad veo ahora que no eres sino una fría estatua de piedra esculpida, un ente marmóreo que nos observa desde las alturas sin que su corazón, ¡si acaso tiene!, se conmueva un ápice. Te complaces en nuestras alabanzas, ruegos y tributos, te dejas adorar, mas a la hora de la verdad callas y nos abandonas con nuestra desgracia. ¿Tan difícil en verdad era prevenirme de este férreo sentimiento que despierta oleadas de fuego en mis entrañas? ¿Tan poco valían mis súplicas?
Y ahora, sofocado por este ardor similar al de un infierno contenido en mi garganta, me veo forzado a apretar los dientes para evitar que mariposas incendiarias se deslicen entre los pliegues de mis labios. ¡No, ellas no deben escapar! El roce de una sola bastaría para romper la dulce inocencia de vuestro pensamiento, y eso, ¡eso nunca! Antes consentiría en morir que en contagiar con este cruel y oscuro sentimiento la casta pureza de vuestra alma inmaculada.
Pensar que otros han alabado con edulcoradas palabras este sentir, que hubo quien le supuso albinas alas e impulso divino... ¡Mentiras! ¡Esta pasión incontenible en un constante crescendo no es sino un demonio cruel que, como una tóxica serpiente, se introduce reptando con sigilo en los corazones de los humanos para insuflar su pérfido veneno! ¿Dónde, oh, dónde encontrar remedio para este pesar que nunca cesa? Solo ansío salvarnos, o en su defecto salvaros solo a vos; ¿tan inmerecida, tan desproporcionada es esta petición acaso?
¡Debo huir! Sí, eso es. He de escapar, marchar a algún ignoto lugar, aún cuando mi corazón pelea por quedarse hundiendo sus poderosas áncoras en las pétreas cavidades de vuestro palacio, aún cuando vuestras mismas palabras, desde la inocencia y la tristeza de perder a un, ¡cuánto duele escribirlo!, amigo, me ruegan que no os abandone. Si quiero manteneros pura y perfecta, si lo deseo realmente, y lo hago, eso no lo dudéis un instante, no me queda alternativa sino partir con los sentimientos destrozados, retirarme al lugar más lejano al que la constante mano del hombre pueda llevarme y allí dejar que mi corazón se atrofie hasta que deje de inundar mi sangre con esta toxina que, de no ponerse con prisas en cuarentena, terminaría por romper mi propósito de manteneros por siempre impoluta y derribar vuestra virtud.
Adiós, querida amiga. Nunca sabréis del amor pirómano que fluye por mis venas, y eso es lo correcto, quizá lo único bueno que habré hecho desde que me infectó este sentimiento. Con la tinta de estas palabras cierro una carta que nunca llegaré a sellar y en la que vuestros celestiales ojos nunca habrán de posarse.


Bueno, esto de aquí arriba es... No sé muy bien lo que es. Una especie de carta de amor, o de desamor, o quién sabe. La escribí en un momento de inspiración, creo que debería dejar de leer novelas con más de dos siglos, se me pega el lenguaje xD
Aprovecho para decir que todo bien en el dentista, y que ya conozco mis notas: un 9, un 10 y siete 10-M.H. Odio la gimnasia, pero creo que no puedo quejarme de nada más.

PD. La próxima entrada es la número 400, tendré que currarme algo... Y he hecho limpieza en la sección "Lectura obligatoria" porque había muchos blogs cerrados y otros tantos que hace siglos que no leo, así que si me he comido alguno de más, decídmelo.

Atrapado


Estábamos en un baile. Una especie de reunión de antiguos alumnos, o algo por el estilo, no estoy seguro del todo. Pero sí recuerdo los globos. Y la tarta. Dios, nunca he logrado encontrar una tarta de limón así... Perdón, ya vuelvo a la historia.
El caso es que me había situado cerca de la entrada, para observar a mis clientes potenciales. Había visto a un par de antiguos atletas que darían cualquier cosa por parecer más delgados y menos calvos, pero aquellos favores eran simples y podría arreglarlos en cualquier momento. También estaba la antigua animadora líder, aún delgada y hermosa, pero divorciada y anclada a dos hijos maleducados, que no deseaba otra cosa sino que la contratasen para alguno de los muchos anuncios para los que se había presentado. También fácil, no corría prisa. Luego estaban los restos del grupo de teatro, que no querían nada porque sus enormes egos les hacían creerse perfectos, y el escritor fracasado que se escudaba en ser un “incomprendido” o “demasiado alternativo” para justificar su falta de éxito y dinero.
Se me revolvió el estómago al verme rodeado de tanta gente insulsa.
-Patéticos, ¿verdad?
Me giré. Era una mujer morena de ojos verdes, con la piel clara y un vestido rosa palo que parecía de gasa. Aunque no era demasiado guapa, tenía atractivo.
Intenté introducirme en su mente para leer sus deseos, pero no lo logré. Supongo que se me quedó cara de estúpido. No estoy acostumbrado a que me pillen por sorpresa. Ella, por su parte, sonrió.
-Prestamista también-explicó, sacando de su sujetador la esquina de una libreta-. Esperaba encontrar algo decente, pero parece que te me has adelantado. ¿Cómo está la clientela?
-Basura superficial-respondí-. Ninguno de ellos tiene más de tres estrellas.
-Hum... Esperaba algo mejor-admitió ella antes de suspirar-. Mi nombre es Mara, por cierto.
-Un placer.
-Ahora tendrías que decirme tu nombre.
-Bueno, pero ya lo sabes, ¿no es cierto?-repliqué, tomando un sorbo de ponche mientras le apartaba un mechón de pelo del escote-. ¿Cuánto llevas siguiéndome? ¿Una semana?
-Ocho días.
-Casi acierto. Y dime, “Mara”... ¿Por qué me persigues?
La chica intentó darse la vuelta y huir, y entonces se dio cuenta de que estaba atrapada. Mi mano, casi una garra, rodeaba su débil brazo y apretaba con fuerza. Dirigió la mano a su escote en busca de su libreta, y no pude evitar sonreír.
-¿Buscas esto?-murmuré, mostrando triunfal su libreta-. Un consejo para la próxima vez: no pidas a un deudor de cuarto nivel que proteja tus nombres si planeas enfrentarte a alguien como yo. Lo mínimo es uno de tres estrellas.
La prestamista intentó recuperar su libreta, pero al intentar tocarla recibió una descarga eléctrica que hizo que soltase un pequeño grito. Sin dejar de sonreír, guardé su libreta en mi esmoquin y la arrastré hacia la pista de baile.
-¿Qué quieres de mí, N?-masculló, rodeando mi cuello con sus brazos mientras nos balanceábamos al ritmo de una melodía lenta de letra empalagosa.
-Ya lo sabes, “Mara”. Quiero que me digas para quién trabajas. Por tu aspecto y el grosor de tu libreta, diría que eres una prestamista de... unos tres siglos, o dos muy bien aprovechados. Hay alguien muy gordo detrás de todo esto, ¿no?
La mujer palideció un poco y se agarró más fuerte a mí.
-No puedo decirte su nombre-murmuró, acercando sus labios a mi oído-. Me matará.
-Si no lo hace él, lo haré yo. Dime quién está interesado en robar mi libreta y dejaré que vivas.
La música se detuvo, y nosotros con ella. Aplaudimos un poco a la banda, que se tomaba un descanso, y nos sentamos en una de las mesas.
Noté que Mara temblaba. Es extraño porque los prestamistas no podemos sentir el frío, y rara vez sentimos miedo. Así que, o fingía mientras intentaba recuperar si libreta, o realmente quien estaba detrás de todo era alguien importante.
-Si te lo digo, me darás mi libreta. Tendré que huir, huir para siempre, y necesito a mis deudores-murmuró al fin, lanzando miradas nerviosas alrededor.
-Te la devolveré con mucho gusto. ¿Esa es tu única condición?
La mujer asintió con la cabeza y se inclinó hacia delante. Con un gesto me indicó que yo también lo hiciera. Me incliné hasta que sus labios estuvieron a escasos centímetros de mi oreja.
-Es ella. Perséfone. Proserpina. La reina del Infierno-a cada palabra, su rostro se volvía más pálido, resaltando sus labios pintados de rojo sangre-. Y ahora, por favor, ¿me la devuelves?
Con mucho cuidado, giré la cabeza hasta que nuestros ojos se encontraron. De nuevo, sonreí.
-No.
-Pero, ¡lo prometiste!
-Mentí-susurré, levantándome-. No te lo tomes como algo personal, por favor. Por si te sirve de algo, no será necesario que huyas.
Mientras caminaba hacia la salida, mis labios comenzaron a moverse, invocando un ejército de deudores del máximo nivel. Los gritos comenzaron poco después de atrancar la salida, y maldije no poder quedarme a disfrutar del espectáculo.
Ya en el ascensor, intenté entretenerme observando la libreta y, sacando la mía de un bolsillo, las puse juntas, las dos abiertas. La mía, por la última página que había usado; la suya, por la primera.
-Esclavos de cadenas invisibles, yo os convoco. De ahora en adelante, vuestra voluntad se rinde a la mía. De ahora en adelante, me pertenecéis.
La tinta cobró vida y, flotando por el aire como un río negro, se hundió en mi cuaderno mientras las hojas de ambos pasaban a toda velocidad. El ascensor se detuvo.
-Encárguese de tirar esto-ordené al botones, lanzándole la libreta vacía y un taco de billetes.


Bueno, ya era hora de volver con N, que me había quedado un poco estancado. En fin... No puedo añadir mucho porque me tengo que ir dentro de un rato al dentista (¡yuju! dentista...), crucemos los dedos porque todo esté bien. Y na' más, a cuidarse :)

Todo lo que querría ser si no pudiera ser yo mismo

¿Sabes? En ocasiones como esta me gustaría saber desconectar. Tumbarme en la cama y quedarme quieto, controlar mi respiración y olvidarme de todo lo demás.
Pero no puedo. Soy incapaz de dejar de pensar, de apagar los sistemas y descansar. No sé cómo hacerlo, créeme, lo he intentado. Yo soy de ese tipo de personas que planean hasta el último detalle, que ven el futuro tan nítido como el presente, capaces de imaginar todas las posibilidades de actuación y las consecuencias derivadas, y que casi siempre aciertan.
Soy de esos que cuentan los escalones de cada edificio al que va y las veces que pitan los semáforos antes de ponerse en rojo por si alguna vez se quedan ciegos, y calculan con precisión milimétrica cuánto le lleva el trayecto desde casa al trabajo. Soy de los que, antes que llegar cinco minutos tarde, prefieren llegar con un cuarto de hora de antelación, y miran cincuenta veces el recorrido en un mapa antes de salir a la calle. De los que cronometran los segundos que tarda un ordenador encenderse en la sala de informática para elegir el más rápido, y prueban varios sitios antes de elegir la mejor mesa en la cafetería, y se entretienen haciendo dibujo técnico con tres puntos de fuga. De los que hacen planes, horarios y diagramas hasta para ver la televisión, y buscan la letra de las canciones en japonés y coreano para cantarlas bien.
Mi cerebro es un obseso del control, un cazador de imperfecciones, un monstruo que revisa todo lo que hago y me susurra muy bajito, cerca del oído, todos los errores que he cometido, por pequeños que sean, y no para de repetirme todas mis flaquezas y puntos débiles.
A veces es bueno, no voy a mentir. Es mucho más fácil memorizar cien páginas de contrato si, mientras duermes, sigues repitiéndolas en tu subconsciente, y si conoces toda la historia de tus personajes, incluso la que no sale en los libros o la que aún no has escrito, no te encuentras piedras en el camino mientras escribes. O cuando juego al ajedrez, o a las cartas, o intento resolver la vida amorosa de una amiga. Sí, a menudo doy gracias por ser quien soy, por mi calma, por la capacidad de ver todo lo que podría suceder en conjunto, como un enorme cuadro que el tiempo se encarga de pintar según mis predicciones.
Pero ahora, con tu cabeza sobre mi pecho y una sábana compartida que apenas nos cubre, desearía no estar concentrado en la reunión que tenemos mañana con una empresa japonesa interesada en exportar el flamenco, ni tener que ordenar a mi mano que juguetee con tus rizos dorados mientras dormitas.
Sí, en ocasiones como esta, cuánto desearía saber dejarlo todo y concentrarme en el presente...


Algunas de las rarezas que hay aquí arriba son ciertas, ¿alguna suposición? (Miki, tú no participes, que te las sabes todas xD) En fin, hace un par de días que no subo nada, pero la red está un poco muerta. Entre Anaid y sus exámenes finales, Energeia que tiene cosas más importantes en las que pensar y Smiley (lo siento, no te voy a cambiar el nombre, así te conocí y así serás siempre) que debe de estar celebrando por todo lo alto que ha terminado la Selectividad, la blogosfera se me ha quedado un poco nublada. Pero no desesperéis, la mantendré calentita en compensación por haberlo hecho vosotras mientras yo estaba desaparecido :D

Venganza


Mi padre me vio mucho antes de llegar al sendero que conducía a nuestra casa. Sentado en el pequeño muro que yo utilizaba para escalar al tejado, observaba con sus enormes ojos verdes cada paso que daba, con los labios apretados en una fina línea y las aletas de su nariz moviéndose con furia.
Cuando estuve frente a él me quedé quieto, mirando al suelo mientras esperaba a que hiciera o dijese algo. Levantó la mano para darme una bofetada, pero pronto volvió a bajarla y, mirándome con desaprobación, me indicó que entrase.
Mamá estaba dentro, sentada frente a la mesa del comedor, sirviendo la comida. Ni siquiera levantó la mirada cuando entré.
Intimidado, me senté en mi sitio con sumisión y observé cómo mi padre se sentaba en la cabecera.
-Padre, yo...
Él negó con la cabeza, indicándome que lo mejor era que me callase. En cualquier otra situación me habría mandado a la cama sin cenar, y luego me habría azotado; que no lo hiciera me confirmó que ya había puesto el veneno en la comida.
Con lentitud, desmigajé un pedazo de pan negro y los metí en la sopa. Cuando empecé a comérmela, mi madre ya había terminado.
-Come más rápido-ordenó.
Sus ojos eran fríos y crueles. Ella nunca me había querido, lo sabía: la había oído discutir con mi padre al respecto. Yo era un accidente. Ella no quería hijos, no tan pronto, no de aquella forma.
Y, aún así, quería salvarla. Pensé que era un estúpido, pero ya era tarde para hacer nada: le había encargado una misión a Karl, y no sabía si podía cambiarla.
De pronto sentí un golpe en el estómago, como una patada. No me molesté en contenerme: en una esquina, permití que el vómito subiese por mi garganta, dejando aquel horrible sabor impregnado en mi boca. En el otro cuarto, mi madre también vomitaba mientras mi padre la abrazaba.
Aquello era lo que esperaba. Libre del veneno, corrí al cuarto de mi padre: no tardé mucho en encontrar la libreta, escondida entre sus cachivaches. La revisé a gran velocidad: los primeros nombres estaban en lenguas que en aquel entonces no comprendía y que hoy reconozco como griego y egipcio, pero a partir de cierto punto se volvieron legibles. Uno de ellos, marcado con cuatro cruces, me pareció oportuno para la misión que preparaba.
-Sergio Lucio Catilina...-leí con gran esfuerzo.
El espectro de un hombre de aspecto cruel y sarcástico apareció frente a mí, mirándome con orgullo por encima del hombro.
-Vaya. Así que tenemos un nuevo prestamista...-comentó, mirándome en detalle-. Pareces un completo inútil, en comparación con el otro. ¿Cómo te llamas, chico?
-Noah.
-No está mal del todo, supongo. Y, ¿qué quieres que haga... N-lo-que-sea?
De pronto se me secó la boca. No sabía qué decir, y me costaba tragar aire.
-¿¡Qué haces aquí!?
Me giré lo justo para ver a mi padre en la puerta, con el rostro desencajado clavado en el fantasma. Luego me miró a mí con sus ojos oscuros. Otra vez le temblaba el labio inferior.
-No deberías tocar eso...-murmuró, avanzando hacia mí.
No pude evitar retroceder, y eso le enfureció. Rojo de ira, se abalanzó sobre mí, y entonces todo sucedió muy rápido.
-¡Detenle!-grité, haciéndome un ovillo.
Cuando abrí los ojos, mi padre estaba suspendido en el aire.
-¿Algo más? El favor que me fue prestado vale más que esto.
Miré a mi padre a los ojos. Vi su odio, su miedo y su vulnerabilidad, y en aquel momento comprendí qué tenía que hacer.
-Mátale-susurré mientras me levantaba apoyándome en el suelo-. Pero que sea rápido.
El espectro sonrió y se desvaneció. En ese mismo instante, el cuerpo de mi padre cayó al suelo, presa de unas fuertes convulsiones y gritando como gritaban los animales del pueblo cuando iban a sacrificarlos. Pronto se acabó y su cadáver se quedó quieto. De su boca aún escapaban pequeños ríos de espuma y sangre.
-¿Qué demonios...?
Mi madre estaba allí, de pie, pálida y con los ojos llorosos, tapándose la cara con sus finas manos. Por su forma de mirarme supe lo que estaba pasando por su mente. Terror, asco, ira, odio. Su hijo, aquel niño indeseable, había matado a su marido.
Supe que no podría quedarme con ella, que no podría explicarle lo que había sucedido. Que ella no me creería si le decía que mi padre había intentado matarnos.
Esquivando su mirada, caminé hacia el escritorio y cogí un tintero y una pluma sin cuidado, dejando que algo se cayese al suelo. Fuera lo que fuese, estalló al chocar contra el suelo, rompiéndose en un millón de pedazos y empapando el suelo con su contenido.
Mientras mi madre lloraba junto al cadáver de su esposo, yo abandoné aquella casa con la intención de no volver nunca.


Por si alguien se lo estaba preguntando, sí: el frasco roto contenía el veneno.
El padre de Noah no se había atrevido a matarles y planeaba suicidarse aquella misma noche mientras su hijo y su mujer dormían. O lo que es lo mismo, Karl presionó los estómagos de Noah y su madre sin razón alguna.
Lástima que N nunca lo llegase a saber, ¿eh?

Dependientes


Nunca la había visto tan triste. No, eso no es correcto del todo: nunca la había visto triste. Ninguno lo habíamos hecho.
Los años habían ido pasando, y ella siempre estaba allí, sonriendo, apoyándonos en los malos momentos. Ella, ella y su sonrisa eran una constante, un ancla maciza capaz de soportar cualquier envite. La vida cambiaba, unos se iban, otros llegaban, pero ella siempre estaba allí.
Nos acostumbramos a tenerla, a apoyarnos en ella. Cuando mi mujer me abandonó, ella estuvo allí; cuando Laura sufrió su primer aborto, ella estuvo allí; cuando Pedro tuvo aquel horrible accidente, ella estuvo allí. Y ella fue la primera que me llevó de bares después del divorcio, y quien buscó durante días médicos especialistas y clínicas de fertilidad, y quien hizo una hornada entera de magdalenas con glaseado verde para que Pedro no tuviese que soportar la comida del hospital.
La convertimos en nuestra persona a la que llamar en caso de emergencia, nuestro diario personal y la albacea de nuestros testamentos. Ella sería la madrina de nuestros hijos, y la encargada de cuidar de ellos si nos pasaba algo.
Sí, nos convencimos de que nunca se iría, de que nunca nos abandonaría. Cogimos la costumbre de preguntarle antes de hacer nada medianamente importante, de pedirle ayuda si las cosas iban mal, de contarle nuestros problemas sin preguntarle por los suyos.
Era el centro de nuestro universo, del pequeño ecosistema que componíamos los cuatro. El pegamento que nos mantenía unidos en un abrazo cálido y protector.
Dependíamos de ella, tanto que nos quedamos ciegos. No vimos su cansancio, sus ojeras marcadas, ni sus ojos enrojecidos de llorar, ni vimos cómo su sonrisa se apagaba día a día. O puede que prefiriéramos no verlo, ya no lo sé.
Solo sé que un día fuimos a buscarla a su casa, y la puerta estaba abierta, y que salía mucho ruido del interior. Entramos, ensordecidos por aquellas voces, y entonces lo vimos: había juntado todas las radios, televisores y ordenadores de la casa, los había distribuido por el salón y los había puesto al máximo volumen mientras, en el centro, hecha un ovillo, ella lloraba en silencio.
Y nos quedamos allí, quietos, sin saber qué hacer.
Nos quedamos de pie, mirándola con lástima mientras veíamos cómo se consumía ante nuestros ojos sin poder hacer nada.

No sé, hoy me sentía con ganas de escribir algo un poco más lírico y menos narrativo. Me habría gustado ser bueno escribiendo en verso, pero soy un negado total, así que os tendréis que conformar con mi prosa mediocre (estaba pensando en actualizar un día N y otro día con algo de este estilo, pero no me comprometo a nada porque luego incumplo y me cabreo conmigo mismo).
Nada que añadir, salvo que empiezo a coger soltura a la hora de escribir, y hacía tiempo que no sucedía. Si continúo así, puede que termine de reescribir la segunda parte de Abbise antes de llegar a sacar la primera xD

Karl, el viajero


Me quedé allí, quieto, sin mover un solo músculo durante lo que parecieron horas, viendo cómo mi padre vacilaba, jugando con el veneno. ¿Realmente estaba pensando en matarnos a mí y a mamá?
Me sentí traicionado.
Con sigilo, tan despacio como pude, descendí hasta que mis pies chocaron contra el suelo, y luego... Luego eché a correr, sin una dirección concreta, mientras intentaba contener las ganas de llorar.
Cuando me quise dar cuenta, estaba en el pueblo, pero las calles estaban desiertas. Ninguna mujer sujetando a sus hijos para que no se me acercasen, ningún tendero gritándome que me largase, ningún eclesiástico santiguándose y aferrando con pasión su crucifijo... Era algo extraño, pero agradable.
Perezoso, me dirigí a la plaza central del pueblo, donde el reloj de sol marcaba la una de la tarde. Cogí el cubo de madera que había junto al pozo y, con torpeza, lo llené de agua con la intención de beber. Sin embargo, antes de poder acercar el agua a mis labios percibí una sombra extraña arrastrándose dentro de mi campo de visión, y me giré hacia el callejón del que procedía, achicando los ojos para ver mejor. Se trataba de un pequeño bulto de color negro, reptando por el suelo, avanzando hacia mí.
“Siempre hay que ayudar a los demás, aunque nos desprecien”. Las palabras de mi padre resonaban en mi cabeza mientras, arrastrando el cubo lleno, me acercaba a aquella cosa.
Cuando estuve a apenas unos cuantos pasos, noté la sangre fluyendo por el suelo, bañando la tierra, y aceleré el paso. Retiré la tela de un manotazo y, debajo, me encontré con el rostro demacrado de un hombre joven, rubio, demacrado por el dolor.
-Noah...-murmuró, mirándome con sus ojos marrones mientras intentaba sonreír.
Sentí que me estremecía. Era Karl. Karl, el viajero, que había llegado al pueblo hacía dos ciclos. La única persona que no despreciaba a mi familia, que no nos miraba con odio y miedo.
-Dile a tu... padre que yo le...-se interrumpió para toser, dejando escapar pequeñas perlas de sangre-. Que yo le agradezco... Lo que hizo por mí...
Karl había venido siguiendo los rumores acerca de mi padre, y nos hizo una visita al poco de llegar. Le había visto en el despacho de mi padre desde el tejado, cerca de la media noche, y había oído cómo le pedía a mi padre que le ayudase porque se había arruinado y apenas tenía para comer. A la mañana siguiente le llegaron noticias de un tío suyo que había muerto sin descendencia, que dejaba en sus manos una pequeña fortuna, y desde entonces no habíamos vuelto a verle.
El joven volvió a toser y giró sobre sí mismo, mirando al cielo con los ojos nublados. Tenía una herida considerable en el abdomen de la que manaba sangre a borbotones, y varios cortes más por todo su cuerpo. Intenté ayudarle, presionar la herida mientras miraba a mi alrededor, buscando a alguien que pudiera llamar a un médico, o a mi padre. Pero no había nadie.
Antes de darme cuenta, estaba muerto.
Me puse en pie, vacilante, y di un paso hacia atrás. Luego otro, y otro, y otro. Tropecé con el cubo, cayendo sobre el y destrozándolo. El agua que contenía, derramada sobre el suelo, se tiñó de rojo cuando la toqué con mis manos ensangrentadas, volviéndose casi opaca hasta permitirme ver mi reflejo. Me di cuenta de que estaba llorando cuando mis lágrimas golpearon el charco, rompiendo su superficie.
-Karl...-murmuré con voz entrecortada, sintiendo la furia presionando mi garganta.
Sentí un escalofrío al pronunciar su nombre, y al abrir de nuevo los ojos noté que no estaba solo: en el charco, reflejado justo detrás de mí, estaba el joven, de pie, sonriendo. Me giré y le vi, etéreo, mirándome a los ojos mientras, detrás de él, su cuerpo terminaba de desangrarse.
Me arrastré de espaldas, asustado, manchándome con el charco de sangre y llenándome las manos de cortes y piedras incrustadas. Continué retrocediendo hasta chocar con una dura pared de piedra, y entonces me quedé congelado, sin saber qué hacer.
-Me has llamado, ¿no es cierto, Noah?-preguntó el espectro, caminando hacia mí-. ¿Qué quieres que haga?
-Yo... Yo no te he llamado. Y tú estás...
-¿Muerto? Lo sé. Pero sí que me has convocado. Acabas de pronunciar mi nombre, ¿no te acuerdas?
Noté que no tenía fuerzas para responder, pero tampoco para cerrar la boca, así que me quedé allí, pálido y boquiabierto, temblando como una hoja mientras Karl avanzaba hacia mí. De pronto se detuvo y frunció el ceño.
-Dime, Noah... ¿Tú sabes lo que son los prestamistas?


¡Yeeeeha! Esto no os lo esperabais, ¿eh?
Por si no está claro, leed lo que dijo la mujer de negro: "En el momento en el que ese niño tuyo nació perdiste tu inmortalidad, así como los derechos de posesión de tu libreta." Así que, técnicamente, Noah ya es un prestamista con todas las de la ley y puede cobrarse favores. La libreta solo sirve para apuntar los nombres y no olvidarse de ellos.
Ahora solo queda una duda: ¿qué le pedirá a Karl? Ju, ju, ju...

Exiliado


Hoy te necesito junto a mí.
Necesito tus mentiras, y tu capacidad para hacerme creer que todo saldrá bien. Necesito que me dejes dormirme a tu lado, mientras me abrazas y me susurras palabras dulces al oído, y necesito que me convenzas de que, mientras estés aquí, nada ni nadie podrá hacerme daño.
Pero nunca admitiría algo así en voz alta.
Mis vísceras están llenas de orgullo, un orgullo autodestructivo, voraz e insaciable que asciende por mi garganta cual sierpe de acero y me asfixia, impidiéndome pedir ayuda mientras me devora, comprime y destroza por dentro, dejando el exterior intacto, obligándome a mantener una sonrisa cordial mientras el dolor se agolpa contra cada célula de mi cuerpo, pugnando por salir a la superficie, ganándome terreno a pasos agigantados.
Mi mundo, mi precioso mundo, reducto de belleza y tranquilidad, mi escondite puntual cuando el universo era cruel e injusto, empieza ahora a ser como una jaula de oro, una torre de marfil rodeada de rosas negras con espinas venenosas, sin puertas ni ventanas, cuya gravedad me atrae con un influjo imposible que cada vez me hace más difícil escapar. Temo que pronto llegue el día en el que se convierta en mi única morada, y que al mirarme en el espejo cada mañana no sea capaz de reconocer a ese extraño que, con sus huecos ojos negros de profundidad abismal, me devuelve la mirada. Temo separarme de mi cuerpo, de mi alma y de mi vida, temo dejar de ser yo y abandonar un títere de sonrisa amable tras de mí mientras yo me encierro, huyendo del dolor, del miedo, del mundo, sumergiéndome en el recuerdo de tus opiáceas palabras con sabor a sal mientras mi corazón late indiferente, marcando el avance de esas enredaderas de espino que, regadas con mi sangre, crecen, reptan y se retuercen en torno a esta onírica prisión engarzada de piedras preciosas que encierran fragmentos de mentiras y memorias indiferenciables, absorbiéndola sin atreverse a destruirla.
Y saber que solo necesito dos palabras, las impronunciables, las siempre calladas, encerradas tras mis dientes, enormes barrotes de blanco esmalte, para liberarme de las cadenas de este castigo y no poder decirlas, ni tan siquiera pensarlas, sin que el orgullo me aguijonee con su látigo, solo aprieta un poco más estos grilletes incendiados que, arrastrados por caballos de furia, me llevan al exilio de una vida plagada de los manjares más suculentos del recuerdo y la ilusión, infectados con el sabor dulce de la fruta corrompida.
Sí, todo estaría bien si estuvieses junto a mí. Pero eso no es posible, ¿no?


Siento no haber actualizado ayer, tenía un trabajo de gimnasia que hacer para subir nota (catorce páginas a mano, y la portada) y se me fue el tiempo. Pero no hay de qué preocuparse, que aún no tengo intención de desaparecer. Esto de aquí arriba no es N. Lo sé, lo siento, pero hoy quería algo nuevo. O, más bien, algo viejo. Mirando las entradas de junio de 2010, me di cuenta de que tuve una pequeña etapa "neoculteranista", y me apeteció probarla de nuevo. ¿Me he quedado muy oxidado con tanta narrativa o es impresión mía?

Los comienzos de Noah


Abrí la puerta con reticencias. Solo una rendija, lo justo para ver quién esperaba al otro lado.
Se trataba de una mujer. Era alta, con el pelo de color oro recogido en un moño alto, y detrás de sus pequeñas gafas se escondían dos ojos azules pequeños y gélidos. Cuando sonrió, noté un escalofrío recorriendo mi espalda.
-Hola, pequeño. ¿Está tu padre?
Demasiado intimidado para responder, asentí con la cabeza, pero no abrí más la puerta.
-Soy una amiga suya, cielo. ¿Puedes dejarme pasar para que hable con él?
Aunque vacilante, acabé por acceder y abrí la puerta del todo, indicándole dónde estaba el cuarto de mi padre. Pude ver, entonces, que llevaba una falda larguísima de color negro, y durante un instante me pareció ver su pie, compuesto solo por huesos blanquísimos sujetos por un zapato, también negro.
Ignorando este detalle, se me ocurrió preguntarme de qué conocería mi padre a una mujer tan rica y amenazante, y por qué se habría dignado a ir a nuestro pequeño pueblo para hablar con él. Era una aldea de comarca, pequeña y sucia, llena de familias de pueblerinos sin aspiraciones que, guiándose por la tradición y el miedo, se mantenían alejados de nuestra casa porque en ella vivía “el demonio de pelo rojo”. Eran todos unos hipócritas: cuando tenían problemas, o había sequía, o una enfermedad extraña diezmaba la población, acudían a mi padre en secreto, durante la noche, buscando su ayuda. Pero, por supuesto, luego seguían marginándole y hablando de él a sus espaldas.
La mujer se detuvo, giró la cabeza un momento y, tras dedicarme una sonrisa siniestra, abrió la puerta del cuarto de mi padre para, acto seguido, cerrarla tras de sí.
Soy un chico curioso. Nunca me he molestado en negarlo, y, aunque me ha metido en muchos líos, esa curiosidad innata también me ha ayudado en muchas ocasiones. Aclarado esto, es fácil deducir qué hice a continuación: con extrema cautela de no ser oído, salí al exterior, subí al tejado trepando por las piedras que servían de murete y, reptando en silenció, me asomé a uno de los pequeños agujeros que había ido realizando en el techo para observar cómo mi padre hacia su magia.
La mujer estaba de pie, aún junto a la puerta y con ambas manos cruzadas a la altura del regazo. Mi padre, sentado en su silla, parecía mirar un libro pequeño de color oscuro.
La conversación me resultó extraña. Usaban palabras cuyo significado no entendía, y parecían tener un código secreto. Me pregunté si no me estaba enterando de nada porque había captado la conversación a la mitad, así que me concentré en cubrir la información restante con lo poco que había ido descubriendo acerca de mi padre.
-... embarazada. ¡A una humana! ¿Te das cuenta de la vergüenza que supone esto para nosotros?
-Sigo siendo prestamista, y siempre lo seré. La quiero, pero sé que morirá, igual que Noah. Lo tengo aceptado.
-No entiendes nada. ¡Pequeño estúpido! Está prohibido tener relaciones con una humana, no digamos un hijo. ¿Sabes lo que pasó en el mismo momento del parto?
-¿Te refieres a la parte de sangre, gritos y dolor? Tengo ciertos conocimientos de medicina.
La mujer se aproximó a mi padre con pasos rápidos y le soltó una bofetada muy sonora.
-No seas prepotente. En el momento en el que ese niño tuyo nació perdiste tu inmortalidad, así como los derechos de posesión de tu libreta. Si has podido seguir usándola es porque aún tienes mucho poder, pero pronto envejecerás y los espíritus dejarán de obedecerte.
Mi padre palideció, haciendo que la marca de los dedos de la señora, aún de color rojo, resaltase aún más en su mejilla. El labio inferior le temblaba.
-¿Cómo puedo arreglarlo?
La mujer introdujo la mano izquierda en la manga opuesta del vestido y sacó un pequeño frasco de cristal que mi padré cogió con pulso tembloroso.
-Es veneno. Dáselo, a ella y a él, y recuperarás tu inmortalidad y tu libreta. Y hazlo lo antes posible, antes de que pierdas la oportunidad.
Sin añadir una sola palabra más, giró sobre sus talones y abrió la puerta del cuarto. Salió al pasillo y yo, pegándome aún más al tejado para no ser visto, la vi subir a un enorme carruaje negro y perderse en la distancia mientras, debajo de mí, mi padre jugaba nervioso con la botella de cristal.


Bueno, y así es como N se vio involucrado por primera vez en el mundo de los prestamistas. En algún momento explicaré qué sucedió aquella noche y sus primeros pasos en esta profesión, así que puede que sea un poco emotivo y quizá algo cómico.
Os anuncio que solo me referiré a él como Noah en ocasiones muy concretas, sobre todo las que refieran a su vida humana y a su primera etapa de prestamista. Y en otra ocasión más, que tendréis que esperar para verla.
Aquí termino. Estoy emocionado porque ya he terminado el curso, solo me quedan un par de cosas por ultimar, y simplemente quería agradecer el apoyo que he recibido en mi regreso. Adoraros es poco, no existe un verbo aún para explicar cuánto os amo.

N


-Así que estás enamorado, ¿eh?
El chico se me quedó mirando con sorpresa, boquiabierto, mientras yo sacaba cigarro y mechero de una pequeña pitillera de plata.
-No pongas esa cara, por favor. Das vergüenza-ordené, haciendo girar la rueda del mechero-. Dime, ¿quién es ella?
He de admitir, en su defensa, que no respondió con palabras. Pero, por una milésima de segundo, sus ojos se movieron para clavarse en una chica de pelo negro ondulado que esperaba el autobús al otro lado de la calle.
-Interesante... Apuntas alto, ¿eh, chico?
Y solté una carcajada.
-¿Quién demonios eres?-preguntó, saliendo al fin de su estupor.
-¿Qué más da eso? No estoy aquí para hacerme tu amigo; estoy aquí para ofrecerte mi ayuda para conquistarla. ¿Te interesa?
-Esto tiene que ser una coña... Te han pedido que lo hagas, ¿no? Que vengas a decirme esto. Seguro que ha sido Joan. Maldito cabrón...
No pude evitar reírme. Su voz, sus gestos, el rubor de sus mejillas... Era demasiado, no supe contenerme.
-No digas gilipolleces. No le has dicho a nadie que estás enamorado, ni siquiera a tus mejores amigos.
-Pero, entonces, ¿cómo...?
-Tengo un “don”. Se me da bien reconocer a los que necesitáis ayuda, y mejor aún prestárosla; a cambio, solo necesito que aceptes devolverme el favor cuando te lo pida. Así que, ¿te interesa?
Mientras hablaba, le tendí la mano derecha, sujetando con la otra el cigarro. El muchacho vaciló, miró de nuevo a su alrededor buscando a cualquiera de sus amigos y, por fin, me la estrechó.
Sonreí, mostrando mis dos filas de dientes blancos. Alguna vez me han dicho que parecen los de un tiburón y, aunque creo que lo dicen como un insulto, he de reconocer que no me molesta. Los tiburones molan.
-Bien, entonces ya hemos terminado-murmuré, retirando la mano. El chico me miró, perplejo, sin moverse del sitio-. ¡Vamos! ¿Qué esperas? Ve con ella.
El joven echó a andar y, tras mirarme por última vez, agitó la cabeza intentando convencerse de que todo había sido una broma de mal gusto. Mientras se alejaba, abrí un poco los labios, lo justo para dejar escapar una pequeña nube de humo que, por un instante, tomó la forma de una mujer gris antes de desvanecerse.
-No la empujes demasiado fuerte, Vash'y-susurré, aplastando el cigarrillo contra el suelo.
Una ráfaga de viento se levantó de pronto, arrancando algo de las manos de la joven que, con auténtico pánico, se lanzó hacia la carretera para recuperarlo. Imagino que el corazón del chico se detuvo durante un instante y, tras un momento de duda, soltó su mochila para agarrarla y tirar de ella hacia la acera.
La carrocería del autobús pasó a escasos centímetros de su cabeza, revolviendo sus bucles color azabache, y me pregunté si no habría sido mejor dejar que la aplastase. La verdad era que hacía tiempo que no disfrutaba de un buen espectáculo, pero en aquel momento no podía permitirme ser derrochador: después de diez años sabáticos encadenados en los que había consumido la cuarta parte de los favores que tenía acumulados, necesitaba recuperar el tiempo perdido.
Hurgué en el bolsillo derecho de mi abrigo, saqué una pequeña libreta de cuero negro y, soltando el elástico que la mantenía cerrada, taché el nombre de Vash'y e incluí el de ambos jóvenes.
Ella me debía la vida; él, haber alcanzado el amor de su juventud. Dos deudas del nivel más alto a cambio de Vash'y, una mujer a quien apenas le había concedido el deseo de tener un carro de caballos hacía tres siglos. Era un buen negocio.
Me froté las manos.
Sí, volvía a estar en racha, y pronto volvería a encabezar el ranking de prestamistas. Y entonces me podría permitir un pequeño capricho, con mucha sangre y vísceras.

En fin, hoy estaba intentando escribir algo decente y se me ocurrió este personaje. Lástima que no me diese la inspiración para ponerle un nombre más allá de "N", ¿no?
Puede que pase como con Ania y lo abandone, pero le veo futuro y espero utilizarlo de cuando en cuando en historias cortas sin orden cronológico alguno (¿Y por qué? Porque yo molo xD). ¿Os gusta? Voy a intentar que sea algo capullo-sádico, pero encantador, a ver si hay suerte.
Y respecto a la historia, ¿es demasiado liosa? Supongo que se irá aclarando según publique más trozos, pero si no, preguntad :)
Nada más por aquí, pero parece que, por ahora el plan de revivir este blog va bien. Pero que nadie descruce los dedos aún, ¿eh?

Intenciones

Bueno, después de mucho (¿qué digo mucho? ¡Muchísimo!) tiempo sin actualizar, buscando la inspiración, he llegado a la conclusión de que ya va siendo hora de volver a activar el blog, como segundo propósito de este año (después de dejar de morderme las uñas, cosa que ya he logrado).
Procedo, pues, a explicar un poco lo que he ido haciendo a lo largo del curso:
  • He reescrito Abbise, al menos la primera parte y los primeros capítulos de la segunda, pero lamento decir que no podré subirla porque he mandado el primer libro a unas editoriales y hay una que parece interesada en publicarlo (tranquilos, os daré el coñazo con esto y estaréis al tanto de todo según vaya sucediendo). Es posible que, en algún momento, os haga chantaje emocional para que lo compréis, así que id haciéndoos con algo de pasta.
  • Además, me he centrado bastante en los estudios y creo que, si el de gimnasia es benévolo y los exámenes de esta semana han ido bien, puede que esta vez consiga una media de 10 perfecta.
  • He continuado dibujando, y he conseguido mejorar un poco las proporciones y el estilo, así que he conseguido una técnica "decente" para un aficionado. También creo que he recibido influencias de varios artistas, ya que me he enganchado a un par de animes, mangas y cómics.
  • He leído. No mucho, pero sí bastante, y lo cierto es que lo echaba de menos, eso de tumbarse con un libro y leer durante horas, aunque he perdido un poco de velocidad y se me cansan los ojos con más facilidad. Mi propósito es recuperarme este verano.
  • He dejado un poco aparcada 7DSC, en parte por el poco éxito que tuvo, y creo que voy a borrar el blog. Y, si firmo el contrato con la editorial, tendré que borrar también el de Abbise, y quitar la versión descargable, así que, si alguien está interesado, que sepa que se le acaba el tiempo.
Creo que me olvido algo, y seguramente es así. Años anteriores, escribiendo a diario, me aseguraba de olvidarme de nada/poco.
En fin, que esto es una declaración de intenciones. Pienso volver a poner este blog en funcionamiento, usarlo como bastión en mi aventura empresarial (si no creo una web aparte con dicho fin) y volver a recuperar las relaciones con todos los amig@s que dejé al largarme. De ponerme al día no digo nada porque, aunque sin comentar, sí que me he metido de vez en cuando a algunos blogs por los que siento especial predilección (aprovecho para pediros que presionéis a Energeia para que se dé prisa con Iasade o creo que volveré a caer en mi pequeña adicción; y, si hay alguien que aún no conoce a Anaid, que se pase por aquí y se muera del gusto), en ese aspecto no me he quedado atrás.
Y bueno... Creo que eso es todo. Voy a intentar darle un aire nuevo a este antro moribundo, a ver si recupera algo del esplendor que tuvo en su día, empezando por un cambio de estética sorprendente que espero que os guste y continuando por un cambio en la temática, a ver si logro mantener el estilo cambiando un poco mis temas habituales, para reflotarlo. Puede que hasta le haga promoción vía redes sociales y lleguen nuevos invitados, ¿quién sabe?
En fin, que si me dejan me sigo enrollando y no es cuestión. Simplemente agradeceros que os molestéis en leer esto y darle una nueva oportunidad al "Escritor Oscuro" que tan a menudo desaparece. Se os adora :)