Exiliado


Hoy te necesito junto a mí.
Necesito tus mentiras, y tu capacidad para hacerme creer que todo saldrá bien. Necesito que me dejes dormirme a tu lado, mientras me abrazas y me susurras palabras dulces al oído, y necesito que me convenzas de que, mientras estés aquí, nada ni nadie podrá hacerme daño.
Pero nunca admitiría algo así en voz alta.
Mis vísceras están llenas de orgullo, un orgullo autodestructivo, voraz e insaciable que asciende por mi garganta cual sierpe de acero y me asfixia, impidiéndome pedir ayuda mientras me devora, comprime y destroza por dentro, dejando el exterior intacto, obligándome a mantener una sonrisa cordial mientras el dolor se agolpa contra cada célula de mi cuerpo, pugnando por salir a la superficie, ganándome terreno a pasos agigantados.
Mi mundo, mi precioso mundo, reducto de belleza y tranquilidad, mi escondite puntual cuando el universo era cruel e injusto, empieza ahora a ser como una jaula de oro, una torre de marfil rodeada de rosas negras con espinas venenosas, sin puertas ni ventanas, cuya gravedad me atrae con un influjo imposible que cada vez me hace más difícil escapar. Temo que pronto llegue el día en el que se convierta en mi única morada, y que al mirarme en el espejo cada mañana no sea capaz de reconocer a ese extraño que, con sus huecos ojos negros de profundidad abismal, me devuelve la mirada. Temo separarme de mi cuerpo, de mi alma y de mi vida, temo dejar de ser yo y abandonar un títere de sonrisa amable tras de mí mientras yo me encierro, huyendo del dolor, del miedo, del mundo, sumergiéndome en el recuerdo de tus opiáceas palabras con sabor a sal mientras mi corazón late indiferente, marcando el avance de esas enredaderas de espino que, regadas con mi sangre, crecen, reptan y se retuercen en torno a esta onírica prisión engarzada de piedras preciosas que encierran fragmentos de mentiras y memorias indiferenciables, absorbiéndola sin atreverse a destruirla.
Y saber que solo necesito dos palabras, las impronunciables, las siempre calladas, encerradas tras mis dientes, enormes barrotes de blanco esmalte, para liberarme de las cadenas de este castigo y no poder decirlas, ni tan siquiera pensarlas, sin que el orgullo me aguijonee con su látigo, solo aprieta un poco más estos grilletes incendiados que, arrastrados por caballos de furia, me llevan al exilio de una vida plagada de los manjares más suculentos del recuerdo y la ilusión, infectados con el sabor dulce de la fruta corrompida.
Sí, todo estaría bien si estuvieses junto a mí. Pero eso no es posible, ¿no?


Siento no haber actualizado ayer, tenía un trabajo de gimnasia que hacer para subir nota (catorce páginas a mano, y la portada) y se me fue el tiempo. Pero no hay de qué preocuparse, que aún no tengo intención de desaparecer. Esto de aquí arriba no es N. Lo sé, lo siento, pero hoy quería algo nuevo. O, más bien, algo viejo. Mirando las entradas de junio de 2010, me di cuenta de que tuve una pequeña etapa "neoculteranista", y me apeteció probarla de nuevo. ¿Me he quedado muy oxidado con tanta narrativa o es impresión mía?

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