Karl, el viajero


Me quedé allí, quieto, sin mover un solo músculo durante lo que parecieron horas, viendo cómo mi padre vacilaba, jugando con el veneno. ¿Realmente estaba pensando en matarnos a mí y a mamá?
Me sentí traicionado.
Con sigilo, tan despacio como pude, descendí hasta que mis pies chocaron contra el suelo, y luego... Luego eché a correr, sin una dirección concreta, mientras intentaba contener las ganas de llorar.
Cuando me quise dar cuenta, estaba en el pueblo, pero las calles estaban desiertas. Ninguna mujer sujetando a sus hijos para que no se me acercasen, ningún tendero gritándome que me largase, ningún eclesiástico santiguándose y aferrando con pasión su crucifijo... Era algo extraño, pero agradable.
Perezoso, me dirigí a la plaza central del pueblo, donde el reloj de sol marcaba la una de la tarde. Cogí el cubo de madera que había junto al pozo y, con torpeza, lo llené de agua con la intención de beber. Sin embargo, antes de poder acercar el agua a mis labios percibí una sombra extraña arrastrándose dentro de mi campo de visión, y me giré hacia el callejón del que procedía, achicando los ojos para ver mejor. Se trataba de un pequeño bulto de color negro, reptando por el suelo, avanzando hacia mí.
“Siempre hay que ayudar a los demás, aunque nos desprecien”. Las palabras de mi padre resonaban en mi cabeza mientras, arrastrando el cubo lleno, me acercaba a aquella cosa.
Cuando estuve a apenas unos cuantos pasos, noté la sangre fluyendo por el suelo, bañando la tierra, y aceleré el paso. Retiré la tela de un manotazo y, debajo, me encontré con el rostro demacrado de un hombre joven, rubio, demacrado por el dolor.
-Noah...-murmuró, mirándome con sus ojos marrones mientras intentaba sonreír.
Sentí que me estremecía. Era Karl. Karl, el viajero, que había llegado al pueblo hacía dos ciclos. La única persona que no despreciaba a mi familia, que no nos miraba con odio y miedo.
-Dile a tu... padre que yo le...-se interrumpió para toser, dejando escapar pequeñas perlas de sangre-. Que yo le agradezco... Lo que hizo por mí...
Karl había venido siguiendo los rumores acerca de mi padre, y nos hizo una visita al poco de llegar. Le había visto en el despacho de mi padre desde el tejado, cerca de la media noche, y había oído cómo le pedía a mi padre que le ayudase porque se había arruinado y apenas tenía para comer. A la mañana siguiente le llegaron noticias de un tío suyo que había muerto sin descendencia, que dejaba en sus manos una pequeña fortuna, y desde entonces no habíamos vuelto a verle.
El joven volvió a toser y giró sobre sí mismo, mirando al cielo con los ojos nublados. Tenía una herida considerable en el abdomen de la que manaba sangre a borbotones, y varios cortes más por todo su cuerpo. Intenté ayudarle, presionar la herida mientras miraba a mi alrededor, buscando a alguien que pudiera llamar a un médico, o a mi padre. Pero no había nadie.
Antes de darme cuenta, estaba muerto.
Me puse en pie, vacilante, y di un paso hacia atrás. Luego otro, y otro, y otro. Tropecé con el cubo, cayendo sobre el y destrozándolo. El agua que contenía, derramada sobre el suelo, se tiñó de rojo cuando la toqué con mis manos ensangrentadas, volviéndose casi opaca hasta permitirme ver mi reflejo. Me di cuenta de que estaba llorando cuando mis lágrimas golpearon el charco, rompiendo su superficie.
-Karl...-murmuré con voz entrecortada, sintiendo la furia presionando mi garganta.
Sentí un escalofrío al pronunciar su nombre, y al abrir de nuevo los ojos noté que no estaba solo: en el charco, reflejado justo detrás de mí, estaba el joven, de pie, sonriendo. Me giré y le vi, etéreo, mirándome a los ojos mientras, detrás de él, su cuerpo terminaba de desangrarse.
Me arrastré de espaldas, asustado, manchándome con el charco de sangre y llenándome las manos de cortes y piedras incrustadas. Continué retrocediendo hasta chocar con una dura pared de piedra, y entonces me quedé congelado, sin saber qué hacer.
-Me has llamado, ¿no es cierto, Noah?-preguntó el espectro, caminando hacia mí-. ¿Qué quieres que haga?
-Yo... Yo no te he llamado. Y tú estás...
-¿Muerto? Lo sé. Pero sí que me has convocado. Acabas de pronunciar mi nombre, ¿no te acuerdas?
Noté que no tenía fuerzas para responder, pero tampoco para cerrar la boca, así que me quedé allí, pálido y boquiabierto, temblando como una hoja mientras Karl avanzaba hacia mí. De pronto se detuvo y frunció el ceño.
-Dime, Noah... ¿Tú sabes lo que son los prestamistas?


¡Yeeeeha! Esto no os lo esperabais, ¿eh?
Por si no está claro, leed lo que dijo la mujer de negro: "En el momento en el que ese niño tuyo nació perdiste tu inmortalidad, así como los derechos de posesión de tu libreta." Así que, técnicamente, Noah ya es un prestamista con todas las de la ley y puede cobrarse favores. La libreta solo sirve para apuntar los nombres y no olvidarse de ellos.
Ahora solo queda una duda: ¿qué le pedirá a Karl? Ju, ju, ju...

2 comentarios:

  1. No sabes la ilusión que me ha hecho recibir tu comentario. De verdad, es que no me lo esperaba, para nada. Ha sido una sorpresa increíblemente agradable. Ya veo el cambio que ha dado el blog, pero también compruebo que tus palabras siguen atrapándome como antes. Misteriosa e interesante entrada :)
    Te sigo, y espero seguir leyéndote ahora que ya ha pasado Selectividad y soy libre :)

    ResponderEliminar
  2. O_o Lo admito, yo no me lo esperaba. Es decir, sí me esperaba que Noah fuera prestamista por el primer capítulo que publicaste, pero no pensaba que su transformación fuera así.
    Tengo muchas ganas de saber qué le pide al viajero.
    ¡Espero más!
    Besos gigantérrimos :P **

    ResponderEliminar