Lloyd, el Viejo


-Dicen que vas por ahí asesinando prestamistas y robando sus libretas-comentó el anciano, fisgando entre sus cajones.
-¿Es eso una acusación?-pregunté.
-No, claro que no. A mí me es indiferente, ya lo sabes.
Me dejé caer con delicadeza en uno de lo sillones de terciopelo rojo que se repartían por el local. Éste, grande y espacioso en los planos, se mostraba agobiantemente pequeño por culpa de las decenas de librerías que habían colocado, llenas a rebosar, y por las múltiples pilas de libros, altísimas e inestables, que componían aquellos que ya no cabían en los estantes de madera.
Era un sitio singular, en pleno centro de Helsinki, donde ofrecían café y literatura de todo género a cualquiera que entrase, todo gratis. Si algún libro les interesaba, bastaba acercarse al mostrador y preguntar por el precio, que nunca excedía los diez euros.
-Entonces, ¿son rumores sin fundamento?-preguntó el viejo, dejando su escritorio.
-No, no lo son-admití, sonriendo.
El hombre también sonrió y, con un simple gesto, me lanzó su libreta, demasiado fina para ser uno de los prestamistas más antiguos del mundo. No me hizo falta hojearla para saber que estaba vacía.
-Sabes que yo no tengo de qué preocuparme, N-murmuró, sirviéndose una taza de café humeante-. Todos los nombres de mis deudores están aquí-añadió, tocándose la sien con el índice derecho-, donde tú no puedes entrar a robarlos.
Me incliné en el sillón para devolverle la libreta, que él cogió sin interés para luego lanzarla sobre su mesa con desgana.
-No vengo con la intención de asesinarte, Lloyd. Aún recuerdo la enorme deuda que contraje contigo cuando me salvaste-dije, desabrochándome la camisa para dejar al descubierto la enorme cicatriz que surcaba mi pecho-. Vengo a ti en busca de consejo y ayuda.
El anciano, que había cogido un libro y acariciaba su portada, desvió los ojos para mirarme a los ojos con aquella fijeza suya que nadie podía igualar.
-Así que ella te está buscando...-murmuró, dejando el libro en el suelo. Pocas semanas después, aquel sería la base de otra enorme pila-. La verdad, esperaba que con el paso de los años se le pasase el enfado, pero parece que no tienes suerte.
-Nunca he creído en la suerte, Lloyd. Solo necesito saber quién es, o cómo es. Yo me encargaré de enfrentarme a ella.
El anciano volvió la vista al escritorio y, con paso débil, tiró de uno de los cajones. Tras apartar varios papeles, encontró un paquete envuelto en tela. Por el desgaste, tenía por lo menos un milenio, quizá más. Me lo tendió y, al tenerlo entre mis manos, comprobé que apenas pesaba. Con el ceño fruncido, desligué la tira de cuerda con la que se mantenía cerrado y aparté el envoltorio. No quiero ni imaginar la cara de imbécil que se me quedó cuando descubrí el contenido.
-¿Es ella? ¿Ella es la reina de los infiernos?-pregunté, incapaz de separar los ojos del lienzo, del tamaño de un libro de bolsillo.
El cuadro estaba deteriorado, y la calidad del pintor no era la mejor. Pero aquel pelo, los ojos, incluso el vestido y las gafas... Me detuve un momento en aquel detalle. Las gafas no habían existido hasta el siglo XIII, pero aquel cuadro no podía tener menos de novecientos años. Algo no encajaba.
-¿Sabes quién inventó las gafas?-preguntó el anciano. Prosiguió antes de que pudiera contestar-. Salvino Degli Armati. Según algunos, los chinos las tenían antes, pero no es seguro. Adivina dónde encontré ese retrato.
-¿Insinúas que ese tal Salvino tuvo algún tipo de relación con Proserpina?
-Casi con total seguridad. Esa mujer ha tenido muchos amantes: hombres que se ven arrastrados por sus irresistibles ofertas de poder, fama y fortuna-explicó Lloyd-. Sus amoríos no duran demasiado, pero ambas partes se ven beneficiadas. Y yo, un entusiasta del conocimiento, también me beneficio.
Entendí lo que quería decir, y me alegré de haber recurrido a él. Lloyd siempre decía tener una misión, algo muy importante que hacer que le obligaba a viajar por todo el mundo, y ahora entendía de qué se trataba: aquel hombre había consagrado su existencia a perseguirla, a buscar entre sus amantes legajos, cuadros, cualquier tipo de información sobre ella.
-Esa mujer es peligrosa-anunció de pronto, apurando su taza de café-. Sus poderes se miden con una escala muy diferente a la nuestra, y si está tan enfadada contigo como creo...
-¿Enfadada conmigo? ¿Por qué?
El anciano clavó su mirada en mí. Se veía en sus ojos la sorpresa, como si yo ya tuviera que entender por qué buscaban mi cabeza. Imagino que, por mi gesto, pronto confirmó que no tenía ni la más remota idea.
-Es por tu padre, N. Él es el único amante al que volvía de forma puntual, al que nunca abandonaba del todo.


¡Chan, chan, chaaaaan! (Dios, qué bueno soy con los efectos sonoros, ¿eh?) Pensaba poner algo especial en la entrada 400 y he estado los últimos tres días devanándome los sesos buscando alguna inspiración divina... Bueno, no tanto, he estado leyendo mucho mientras descargo House, y entre mientras le he dado alguna pensada. Pero como mi cerebro se funde por momentos con este calor agobiante, no se me ha ocurrido nada y he decidido actualizar como siempre, un poco de la historia de N. Aunque, eso sí, es un trozo interesante, ¿no?

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