Los comienzos de Noah


Abrí la puerta con reticencias. Solo una rendija, lo justo para ver quién esperaba al otro lado.
Se trataba de una mujer. Era alta, con el pelo de color oro recogido en un moño alto, y detrás de sus pequeñas gafas se escondían dos ojos azules pequeños y gélidos. Cuando sonrió, noté un escalofrío recorriendo mi espalda.
-Hola, pequeño. ¿Está tu padre?
Demasiado intimidado para responder, asentí con la cabeza, pero no abrí más la puerta.
-Soy una amiga suya, cielo. ¿Puedes dejarme pasar para que hable con él?
Aunque vacilante, acabé por acceder y abrí la puerta del todo, indicándole dónde estaba el cuarto de mi padre. Pude ver, entonces, que llevaba una falda larguísima de color negro, y durante un instante me pareció ver su pie, compuesto solo por huesos blanquísimos sujetos por un zapato, también negro.
Ignorando este detalle, se me ocurrió preguntarme de qué conocería mi padre a una mujer tan rica y amenazante, y por qué se habría dignado a ir a nuestro pequeño pueblo para hablar con él. Era una aldea de comarca, pequeña y sucia, llena de familias de pueblerinos sin aspiraciones que, guiándose por la tradición y el miedo, se mantenían alejados de nuestra casa porque en ella vivía “el demonio de pelo rojo”. Eran todos unos hipócritas: cuando tenían problemas, o había sequía, o una enfermedad extraña diezmaba la población, acudían a mi padre en secreto, durante la noche, buscando su ayuda. Pero, por supuesto, luego seguían marginándole y hablando de él a sus espaldas.
La mujer se detuvo, giró la cabeza un momento y, tras dedicarme una sonrisa siniestra, abrió la puerta del cuarto de mi padre para, acto seguido, cerrarla tras de sí.
Soy un chico curioso. Nunca me he molestado en negarlo, y, aunque me ha metido en muchos líos, esa curiosidad innata también me ha ayudado en muchas ocasiones. Aclarado esto, es fácil deducir qué hice a continuación: con extrema cautela de no ser oído, salí al exterior, subí al tejado trepando por las piedras que servían de murete y, reptando en silenció, me asomé a uno de los pequeños agujeros que había ido realizando en el techo para observar cómo mi padre hacia su magia.
La mujer estaba de pie, aún junto a la puerta y con ambas manos cruzadas a la altura del regazo. Mi padre, sentado en su silla, parecía mirar un libro pequeño de color oscuro.
La conversación me resultó extraña. Usaban palabras cuyo significado no entendía, y parecían tener un código secreto. Me pregunté si no me estaba enterando de nada porque había captado la conversación a la mitad, así que me concentré en cubrir la información restante con lo poco que había ido descubriendo acerca de mi padre.
-... embarazada. ¡A una humana! ¿Te das cuenta de la vergüenza que supone esto para nosotros?
-Sigo siendo prestamista, y siempre lo seré. La quiero, pero sé que morirá, igual que Noah. Lo tengo aceptado.
-No entiendes nada. ¡Pequeño estúpido! Está prohibido tener relaciones con una humana, no digamos un hijo. ¿Sabes lo que pasó en el mismo momento del parto?
-¿Te refieres a la parte de sangre, gritos y dolor? Tengo ciertos conocimientos de medicina.
La mujer se aproximó a mi padre con pasos rápidos y le soltó una bofetada muy sonora.
-No seas prepotente. En el momento en el que ese niño tuyo nació perdiste tu inmortalidad, así como los derechos de posesión de tu libreta. Si has podido seguir usándola es porque aún tienes mucho poder, pero pronto envejecerás y los espíritus dejarán de obedecerte.
Mi padre palideció, haciendo que la marca de los dedos de la señora, aún de color rojo, resaltase aún más en su mejilla. El labio inferior le temblaba.
-¿Cómo puedo arreglarlo?
La mujer introdujo la mano izquierda en la manga opuesta del vestido y sacó un pequeño frasco de cristal que mi padré cogió con pulso tembloroso.
-Es veneno. Dáselo, a ella y a él, y recuperarás tu inmortalidad y tu libreta. Y hazlo lo antes posible, antes de que pierdas la oportunidad.
Sin añadir una sola palabra más, giró sobre sus talones y abrió la puerta del cuarto. Salió al pasillo y yo, pegándome aún más al tejado para no ser visto, la vi subir a un enorme carruaje negro y perderse en la distancia mientras, debajo de mí, mi padre jugaba nervioso con la botella de cristal.


Bueno, y así es como N se vio involucrado por primera vez en el mundo de los prestamistas. En algún momento explicaré qué sucedió aquella noche y sus primeros pasos en esta profesión, así que puede que sea un poco emotivo y quizá algo cómico.
Os anuncio que solo me referiré a él como Noah en ocasiones muy concretas, sobre todo las que refieran a su vida humana y a su primera etapa de prestamista. Y en otra ocasión más, que tendréis que esperar para verla.
Aquí termino. Estoy emocionado porque ya he terminado el curso, solo me quedan un par de cosas por ultimar, y simplemente quería agradecer el apoyo que he recibido en mi regreso. Adoraros es poco, no existe un verbo aún para explicar cuánto os amo.

3 comentarios:

  1. Bueno, bueno, empieza fuerte la cosa. Deduzco, con mi gran poder de deducción, que el padre de Noah -por cierto, me gusta el nombre, pero me suena a protagonista de drama romántico en el que se llora mucho- no le llegó a dar jamás el veneno a su hijo. O sí, no sé, de repente se me ha abierto un mundo de posibilidades, con esto de la inmortalidad nunca se sabe xD
    En cualquier caso, pinta bien, quiero saber más, estaré pendiente de próximas actualizaciones.

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  2. A mí también me gusta mucho el nombre de Noah. Y también deduzco que su padre no le dio el veneno, más que nada por el hecho de que en la "actualidad" sigue con vida. Aunque quién sabe... a lo mejor hizo algún chanchullo raro o Noah consigue salvarse de alguna manera asombrosa.
    Me mola el tema de los prestamistas, espero más ^^
    Disfruta de haber terminado ya el curso, y muchas gracias por los ánimos.
    Besos enormes ^^

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  3. Mi hermano estuvo a punto de llamarse Noah cuando nació, me gusta mucho la idea de los prestamistas, según escribes es un tema que te dará mucho mucho juego, verás.
    Tengo ganas de seguir leyendo^^

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