Venganza


Mi padre me vio mucho antes de llegar al sendero que conducía a nuestra casa. Sentado en el pequeño muro que yo utilizaba para escalar al tejado, observaba con sus enormes ojos verdes cada paso que daba, con los labios apretados en una fina línea y las aletas de su nariz moviéndose con furia.
Cuando estuve frente a él me quedé quieto, mirando al suelo mientras esperaba a que hiciera o dijese algo. Levantó la mano para darme una bofetada, pero pronto volvió a bajarla y, mirándome con desaprobación, me indicó que entrase.
Mamá estaba dentro, sentada frente a la mesa del comedor, sirviendo la comida. Ni siquiera levantó la mirada cuando entré.
Intimidado, me senté en mi sitio con sumisión y observé cómo mi padre se sentaba en la cabecera.
-Padre, yo...
Él negó con la cabeza, indicándome que lo mejor era que me callase. En cualquier otra situación me habría mandado a la cama sin cenar, y luego me habría azotado; que no lo hiciera me confirmó que ya había puesto el veneno en la comida.
Con lentitud, desmigajé un pedazo de pan negro y los metí en la sopa. Cuando empecé a comérmela, mi madre ya había terminado.
-Come más rápido-ordenó.
Sus ojos eran fríos y crueles. Ella nunca me había querido, lo sabía: la había oído discutir con mi padre al respecto. Yo era un accidente. Ella no quería hijos, no tan pronto, no de aquella forma.
Y, aún así, quería salvarla. Pensé que era un estúpido, pero ya era tarde para hacer nada: le había encargado una misión a Karl, y no sabía si podía cambiarla.
De pronto sentí un golpe en el estómago, como una patada. No me molesté en contenerme: en una esquina, permití que el vómito subiese por mi garganta, dejando aquel horrible sabor impregnado en mi boca. En el otro cuarto, mi madre también vomitaba mientras mi padre la abrazaba.
Aquello era lo que esperaba. Libre del veneno, corrí al cuarto de mi padre: no tardé mucho en encontrar la libreta, escondida entre sus cachivaches. La revisé a gran velocidad: los primeros nombres estaban en lenguas que en aquel entonces no comprendía y que hoy reconozco como griego y egipcio, pero a partir de cierto punto se volvieron legibles. Uno de ellos, marcado con cuatro cruces, me pareció oportuno para la misión que preparaba.
-Sergio Lucio Catilina...-leí con gran esfuerzo.
El espectro de un hombre de aspecto cruel y sarcástico apareció frente a mí, mirándome con orgullo por encima del hombro.
-Vaya. Así que tenemos un nuevo prestamista...-comentó, mirándome en detalle-. Pareces un completo inútil, en comparación con el otro. ¿Cómo te llamas, chico?
-Noah.
-No está mal del todo, supongo. Y, ¿qué quieres que haga... N-lo-que-sea?
De pronto se me secó la boca. No sabía qué decir, y me costaba tragar aire.
-¿¡Qué haces aquí!?
Me giré lo justo para ver a mi padre en la puerta, con el rostro desencajado clavado en el fantasma. Luego me miró a mí con sus ojos oscuros. Otra vez le temblaba el labio inferior.
-No deberías tocar eso...-murmuró, avanzando hacia mí.
No pude evitar retroceder, y eso le enfureció. Rojo de ira, se abalanzó sobre mí, y entonces todo sucedió muy rápido.
-¡Detenle!-grité, haciéndome un ovillo.
Cuando abrí los ojos, mi padre estaba suspendido en el aire.
-¿Algo más? El favor que me fue prestado vale más que esto.
Miré a mi padre a los ojos. Vi su odio, su miedo y su vulnerabilidad, y en aquel momento comprendí qué tenía que hacer.
-Mátale-susurré mientras me levantaba apoyándome en el suelo-. Pero que sea rápido.
El espectro sonrió y se desvaneció. En ese mismo instante, el cuerpo de mi padre cayó al suelo, presa de unas fuertes convulsiones y gritando como gritaban los animales del pueblo cuando iban a sacrificarlos. Pronto se acabó y su cadáver se quedó quieto. De su boca aún escapaban pequeños ríos de espuma y sangre.
-¿Qué demonios...?
Mi madre estaba allí, de pie, pálida y con los ojos llorosos, tapándose la cara con sus finas manos. Por su forma de mirarme supe lo que estaba pasando por su mente. Terror, asco, ira, odio. Su hijo, aquel niño indeseable, había matado a su marido.
Supe que no podría quedarme con ella, que no podría explicarle lo que había sucedido. Que ella no me creería si le decía que mi padre había intentado matarnos.
Esquivando su mirada, caminé hacia el escritorio y cogí un tintero y una pluma sin cuidado, dejando que algo se cayese al suelo. Fuera lo que fuese, estalló al chocar contra el suelo, rompiéndose en un millón de pedazos y empapando el suelo con su contenido.
Mientras mi madre lloraba junto al cadáver de su esposo, yo abandoné aquella casa con la intención de no volver nunca.


Por si alguien se lo estaba preguntando, sí: el frasco roto contenía el veneno.
El padre de Noah no se había atrevido a matarles y planeaba suicidarse aquella misma noche mientras su hijo y su mujer dormían. O lo que es lo mismo, Karl presionó los estómagos de Noah y su madre sin razón alguna.
Lástima que N nunca lo llegase a saber, ¿eh?

1 comentario:

  1. Dios, pero por qué pones todo esto tan interesante?
    QUIERO MÁSSSSSSSS xD

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