Vibrante


El anciano contempló el jardín desde aquel banco de piedra, fijándose en cada detalle. Sus ojos, vidriosos y apagados, sin apenas intensidad, se clavaban en todos los elementos que lo componían: la fuente de granito con un rechoncho ángel sobre ella, las verjas de hierro forjado, las piedras que componían pequeños senderos... Por fin, tras observar todo lo artificial de aquel paisaje, centró sus ojos en la naturaleza.
Desde que lo abandonase, el jardín había tomado, al menos durante los primeros meses, una energía inconmensurable. Las plantas, arbustos y árboles, las enredaderas, incluso algunas setas habían empezado a crecer de forma exagerada sin ningún orden, en todas direcciones, sin que su mano experta detuviera su avance. Sus verdes fauces no habían tardado en tragarse los demás bancos de piedra, sobre los que habían extendido una tupida capa de hojas y tallos, al tiempo que devoraban con ansia las losas del camino. Las enredaderas, cubiertas de espinas, habían trepado por las verjas y la fuente como en una trepidante carrera hacia el cielo, y los árboles habían juntado sus ramas en un abrazo íntimo, una especie de caricia amable. Aquel despliegue de vida no tardó mucho en atraer a varios pájaros, que cantaban con fuerza e ilusión mientras buscaban materiales para crear su nido.
Sí, en cuanto lo había dejado, el jardín se había llenado de vida, con aquel ritmo frenético y vibrante de la naturaleza en su máxima expresión, sin límites, y durante meses aquel pequeño reducto de verdor se había convertido en un organismo ajeno a la casa, un pequeño ser vivo que crecía sin parar.
Pero aquello solo había durado unos meses.
El frenesí con el que las plantas surgían y se estiraban comenzó a frenarse mientras los árboles, compitiendo por la luz solar, se extendían más y más altos, volviéndose cada vez más densos. El césped, que ya no recibía luz, agonizaba entre tenues gemidos levantados por el viento, mientras las enredaderas, que ya habían colonizado por completo la estatua del ángel regordete, extendían sus débiles brazos en todas direcciones buscando el sol, como un yonki sin fuerza buscando desesperadamente un chute de heroína. La naturaleza había llegado a su clímax, y ahora descendía en caída libre, tiñéndose de cobre y oro, mientras los árboles seguían su inexorable ascenso. Sus ramas, antes unidas en amigables abrazos, luchaban ahora por ahogar las del otro, asfixiándose mutuamente en un combate que no parecía tener fin, y los pájaros, que aún no habían abandonado aquel paraíso corrompido, alzaban sus melódicas voces con insistencia, componiendo un réquiem cuya belleza residía en la natural rudeza que los instrumentos del hombre nunca lograrían captar.
La batalla terminó poco después del tercer otoño. Las setas, escondidas a la sombra desprendida de los árboles, habían aprovechado la debilidad de sus oponentes, demasiado ocupados en el fragor de la guerra, para infectarlos, llenando sus bases de pequeños sombreretes multicromáticos que no dejaban de escalar, de clavarse cada vez más hondo en sus cortezas hasta pudrirlas. Con aires de gran depredador, aquellos hongos se atrevían a subir cada vez más alto, alejándose del suelo, mientras sus anfitriones, enfermos, seguían luchando entre sí cada vez con menos ímpetu.
El fin definitivo de aquella lucha sucedió la mañana del veinte de diciembre, cuando uno de aquellos enormes gigantes, exhausto, cayó muerto sobre la verja, que empaló su cadáver sin apenas arquearse por el peso. Los demás le siguieron poco después, rompiéndose a distintas alturas, y aquel jardín, ahora muerto, terminó de teñirse con el marrón triste de la vida que se apaga.
El anciano, indiferente, había ido observando aquel espectáculo con paciencia desde aquel banco de piedra, al que acudía cada mañana para contemplar el avance de la muerte, consciente del proceso necrótico que la edad empezaba a arrastrar por todo su cuerpo. Ausente, ya no salía de casa, y sobrevivía a base de las conservas que había reunido en su sótano mientras observaba el deterioro inexorable que el paso del tiempo arrastraba como un manto sobre aquel jardín que, tiempo atrás, había sido su única pasión en la vida.
Y en aquel momento, sentado en su banco de piedra, notó a lo lejos, entre los cadáveres de las enredaderas, muy cerca del suelo, un resplandor verde. Extrañado, avanzó renqueante hasta él y observó aquel pequeño pedazo de tierra, no más grande que el diámetro de una lata de refresco, sobre el cual se atrevía a crecer una brizna de hierba, apenas un resquicio de vida que se resistía a rendirse.
No pudo evitarlo: llorando como un niño, se dejó caer al suelo, acariciando con ternura aquella pequeña planta que el jardín, su jardín, le regalaba con sus últimas fuerzas.


Esto se me ocurrió ayer, justo antes de dormirme. Pensé que me olvidaría para cuando me despertase porque tengo la memoria de un pez con amnesia, pero parece que he tenido suerte. Creo que me he apartado un poco de mis temas habituales (amor, desamor y asesinatos), pero aún me resisto a abandonar los relatos tristes. Con ellos me muevo en terreno conocido, me siento más cómodo y los resultados que obtengo no me desagradan, así que tened cuidado de no hundiros en una depresión a base de leer tanto melodrama.
PD: He añadido una lista de enlaces con la historia de N ordenada. Está a la derecha, justo debajo del banner de "Blogger: lleno de gente con talento", proyecto en el que os invito a participar (haced click en la imagen y veréis de qué va y qué hacer para inscribirse). Y también he puesto un botón que permite ver entradas aleatorias, llevo un rato dándole y me he encontrado con cosas que había olvidado por completo, algunas dignas de cierto respeto.

1 comentario:

  1. Como he estado ausente esta semana me acabo de dar un atracón de lectura interesante xD Me intriga mucho la reina del infierno. Perséfone es uno de mis personajes favoritos de la mitología griega xD
    Más, más!
    Besos enormísimos, Carlos :p

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