Abbise

(Lo que viene a continuación carece de valor literario, pero os lo agradecería si lo leyeseis hasta el final)
Abbise ya está en camino.
Bueno, aún nos tienen que mandar el contrato, las correcciones de estilo (que yo tengo que juzgar una a una y reenviárselo), hacer la portada... En fin, que es todo un lío, y cuando hayamos terminado con eso aún tardan 30 días en estar listos los ejemplares, así que digamos que para mediados-finales de septiembre ya debería estar.
Para los que no sepan de qué va, os explico un poco la historia (los demás podéis saltaros las líneas en cursiva):

Dios existe. Ni creó el universo, ni es omnisciente ni omnipotente, pero existe y tiene mucho poder.
Tras experimentar durante millones de años logró crear a los humanos, unos seres a los que veía mucho potencial, pero se sintió decepcionado al ver su progreso y abandonó la Tierra a su suerte. Creó un nuevo planeta, Abbise, y después de llenarlo de vida creó a los
angelus, unos seres casi perfectos.
Casi. Porque eran incapaces de filtrar todas las toxinas que producían, y eso les envenenaba hasta la muerte. Así que su solución fue vincular a cada
angelus a un humano, que se convertiría en su aparato excretor externo y cuyas acciones quedarían totalmente bajo su control. Algunos angelus entendieron que eso era incorrecto, así que rompieron sus vínculos, se enfrentaron a Dios y huyeron a la Tierra, donde vagaron durante años mientras sus alas se volvían negras, y adoptaron el nombre de renegados. Tras siglos de huida constante, encontraron a unos humanos especiales, los herederos de aquellos a los que habían liberado, que podían ver los vínculos y manipularlos. Hicieron un trato con ellos: establecerían un vínculo parcial, solo para limpiar sus toxinas, y juntos liberarían a todos los humanos; a cambio se les ofreció protección y ayuda, y se les otorgó el título de breakers. En respuesta, los ángeles, que así pasaron a llamarse los que quedaron en Abbise, buscaron a otros herederos que aún no habían sido reclutados por los renegados y se aliaron para recomponer los vínculos rotos (cosa que Dios no puede hacer), convirtiéndolos entonces en tailors.
Durante los siguientes siglos, ambos bandos lucharon, de forma más o menos violenta, hasta llegar a un acuerdo de no agresión. No más muertes, solo liberar o recomponer, una guerra de estrategia.
Y así llegamos a Katrin, una chica alemana de 17 años que no tiene ni idea de esto, que vive feliz con su tío y su hermano, y se ve envuelta en todo este embrollo a raíz de su encuentro con Alaric y Ancel, dos seres enviados para reclutarla.


¿Suena bien? Lo cierto es que es una historia difícil de resumir, al menos a mí me cuesta bastante (si os surgen dudas preguntad). En realidad este es solo la primera parte, y aún hay mucho misterio por el libro, traiciones, intrigas... En fin, que no terminas de aclarar una cosa cuando ya te metes en la siguiente, y según me han dicho algunos de los que la han leído es adictiva y fácil de leer.
Pero entonces, ¿por qué lo mandé a una editorial de co-edición en lugar de una tradicional? Hay varios motivos. El primero es el tiempo: las tradicionales tardan siglos en darte una respuesta, están desbordadas, mientras que las otras te responden como mucho en un mes. El segundo se refiere a posibilidades: soy un tío de 17 años, que no ha ganado ningún concurso ni tiene contactos, que intenta colocar la primera parte de una trilogía en medio de una crisis de la leche y en un mercado en el que se publican 70.000 ejemplares al año; ¿quién iba a arriesgarse con algo así? Y el tercero es que puedo ir sacando ejemplares poco a poco, y quizás, si gusta y se empieza a hablar de Abbise, es posible que alguna editorial tradicional se muestre interesada.
Ahora pasamos a un pequeño problema, y es el precio. La novela tiene 136 páginas en Word, pero en DIN A5, que es como editan ellos, se duplica, así que me hicieron un presupuesto sobre 300 y cada novela saldría al mercado por casi 20€, que es caro de narices. Se lo comenté ayer, durante la reunión, y decidimos que quizá reduciendo un poco el tamaño de la letra y jugando con los márgenes (sin pasarse, por supuesto) pueda bajarse a 250 y reducir el precio. En cualquier caso, a mí me llegan 100 ejemplares que me salen por “x” euros que yo vendo a mi gusto, y he llegado a una determinación. Voy a venderlos baratos, muy baratos (la idea es que, al venderlos por correo, no se encarezcan demasiado), y destinar todo lo que salga de ahí a una ONG después de cubrir gastos. Sería más si lo destinase íntegro, pero quiero guardar algo para sacar más ediciones y seguir metiendo ruido; lo que sí daré por completo es lo que me pase la editorial de lo que venda, que como son los libros que producen ellos, yo de eso no pago nada, aunque tampoco creo que vendan mucho.
Ahora llegan las súplicas y demás. Si después de comprarlo y leerlo creéis que es una historia que merece la pena, os pido que hagáis ruido. Que pongáis un banner en vuestro blog, que hagáis una reseña si os apetece, que se lo comentéis a amigos y familiares... En fin, que deis tanto el coñazo como pienso hacerlo yo. De paso os pido consejo para saber cómo llegar a más gente. He pensado en hablar con mi instituto, que hace cosas especiales por el día del libro, tiene una revista y demás, tal vez donar algunos ejemplares al mercadillo solidario que montan, y luego también montar un concurso por internet en el que se sortee la novela. Hay otras iniciativas que pretendo poner en marcha: voy a hacerme un perfil en Facebook y Tuenti con páginas acerca de la novela que intentaré que lleguen al mayor número de personas, y también un Twitter para dar el coñazo (ya os daré mis direcciones por si queréis agregarme). Pero agradecería cualquier idea, lo que se os pase por la cabeza para llegar al mayor número de personas (no sé, si conocéis a alguien que tiene un blog literario y creéis que podría interesarle hacer una entrevista... lo-que-sea, yo luego veré si es factible o no).
Y hasta aquí esta entrada. Volveré dentro de dos o tres días, puede que cuatro si actualizo directamente desde asturias, y aprovecharé este tiempo para seguir con “La Sinfonía no. 20”, que quiero presentarla a un concurso de novela negra. En fin, gracias por soportar todo este coñazo, prometo manteneros informados acerca de cómo va el proyecto (cuando me llegue la versión corregida, las maquetas de la portada... Eso me recuerda que si alguno tiene una idea para la portada que me lo diga, a mí solo se me ocurre que sea entera negra con el título en blanco y algún símbolo, quizás una balanza, de color plateado/dorado justo debajo, y no es muy original) pero sin entradas así de largas hasta que me llegue la caja con los libros a casa.

Numb fingers

Odio mi cuerpo.
No estoy desconforme con él, es un buen cuerpo. Sano, resistente, bastante útil la mayor parte del tiempo. Pero cuando me siento frente al ordenador con la cabeza llena de ideas, mis manos se vuelven torpes, lentas. Me vuelvo un lisiado.
En mi interior está la historia, todo lo que quiero escribir. Veo hasta el último detalle de esa lujosa habitación en la que se desarrolla una escena de amor, con sus enormes cortinas de satén, los altos ventanales, la enorme cama con sábanas de seda; veo a los dos enamorados dentro de la cama, acariciándose con dulzura, y los suaves rizos castaños de ella alborotados sobre la almohada. Esa pequeña escena, ese instante congelado fuera del tiempo, es tan real para mí como el mundo que me rodea, puede que incluso más.
Pero mis dedos se mueven lentos sobre el teclado, dudan, vacilan, cortan y reescriben. Buscan la palabra perfecta, la cambian, y la vuelven a cambiar, y mientras avanzo línea a línea como si arrastrase un enorme peso la escena se vuelve borrosa ante mis ojos, y tengo que concentrarme para que no se desvanezca antes de tiempo.
Definitivamente odio mi cuerpo. Si existiese un programa con el que convertir mis pensamientos en palabras sin que mis manos actuasen de intermediarias la vida sería mucho más fácil, pero tengo que lidiar con ellas, con sus saltos torpes y sus faltas de ortografía que me hacen maldecir al que decidió poner al lado la “b” y la “v” en el teclado, como si se divirtiese pensando en los pobres escritores del futuro que quedan como estúpidos al saludarte con un “Vuenos días”.
Y, cuando por fin cojo fluidez, cuando mis dedos terminan de ponerse a punto y empiezan a saltar sin vacilar de una tecla a la siguiente sin que apenas tenga que pensarlo, cuando no tengo que comprobar sus movimientos para asegurarme de que no se equivocan, resulta que ese pequeño paraíso que quería plasmar se ha ido, y arrastro mis manos por el teclado escribiendo fragmentos de pensamientos al azar para ver si consigo un hilo de la idea original, solo un hilo, para poder tirar de él y desentramar el resto.
Así que enciendo el reproductor de música, pongo el orden aleatorio y, mientras escucho las palabras de otros, las mías se esconden y salen una a una, como si fueran animales asustadizos a los que intento atraer con un reclamo que se no terminan de reconocer. Y de pronto son las tres de la mañana, los ojos me pesan, me duele todo de estar sentado tanto tiempo y apenas he conseguido arañarle un par de párrafos.
Pero podría vivir con ello, es no es lo que me molesta. A todos les cuesta escribir, todos tienen sus parones y sus momentos de rendimiento. Pero en cuanto me meto en la cama, en cuanto cierro los ojos e intento dormirme, las palabras en mi cabeza salen de sus escondites y se reúnen alrededor de una enorme hoguera, como burlándose de mí. Recuerdo entonces el suspiro de amor nostálgico que quería que a ella se le escapase, y la triste certeza de él de que nunca podría hacerla feliz, y un millón más de matices que quería plasmar y que no he llegado a escribir. El cuerpo no me responde, por supuesto, y mis palabras siguen bailando, con sus siluetas tan bien descubiertas por la luz de las llamas que me parece imposible no haberlas sabido distinguir antes entre la maleza, se me acercan a los labios, me hacen cosquillas en las puntas de los dedos, dejan que las saboree... Y cuando por fin despierto con la intención de encerrarlas con tinta y papel virtuales mis manos están frías y vacilan, y dudan, y todo vuelve a empezar, y acabo deseando ser un inocente pingüino que solo tiene que preocuparse de conseguir suficientes piedras para su nido.

Cosa curiosa los pingüinos, que se prostituyen para conseguir piedras. Por lo demás, el texto no es del todo honesto, mis manos son bastante rápidas y hábiles, pero cuando en mi cabeza empiezan a bullir todas esas palabras, tan rápido que parecen una tromba de agua, da igual lo rápido que escriba, nunca puedo atraparlas todas. En cualquier caso, creo que no puedo quejarme, en cuanto abro el documento de la novela las líneas me salen a borbotones (60 páginas llevo ya, casi el 30% ^^), pero hay días que me apetece despotricar y para eso (entre otras cosas) tengo mi blog.
Y hoy no hay diálogo porque me faltan las ganas, pero a cambio os comunico que mañana voy a reunirme la editorial, así que pasado os comentaré qué tal me ha ido (Miriam, ahora no tengo mucho tiempo para responder a tu correo, pero te prometo que, si no más tarde, mañana por la noche como muy tarde te escribo). Espero no volver a comerme las uñas a raíz de esto, que bastante me ha costado dejarlo.

Serotonina

El mundo tiene una curiosa manera de funcionar.
Puede parecer una espiral de decadencia y consumismo, un cadáver putrefacto corrompido por la mentira, la corrupción y la traición, un rincón gris y frío sin virtud alguna que sigue moviéndose por inercia. Pero no siempre es así.
Hay veces que te despiertas con el zumbido alegre de las cigarras en los oídos, y el cielo es tan rosa que parece imposible, y el olor de la hierba verde recién cortada se te mete por la nariz hasta llegar al centro neurálgico del placer. Da igual si el día anterior el canto de los insectos te parecía molesto, o si el resplandor del sol resultaba cegador, o si el ruido del cortacésped era ensordecedor. Te despiertas con la sensación de que hay un mundo entero ahí fuera por conocer, un lugar encantado, rebosante de vida.
Así que saltas de la cama antes de que suene el despertador, te diriges a la cocina y metes dos rebanadas de pan en la tostadora mientras te preparas un poco de ‹‹ese apestoso café aguado›› que hoy te sabe a paraíso concentrado. Así que dejas la taza en la encimera, metes el tarro de miel en el microondas unos segundos y te haces unas tostadas deliciosas, y como no puedes resistir la tentación le das un bocado a una antes de empezar con la otra. Desayunas de pie, mirando por la ventana cómo la marea gris de gente con traje se mueve como un río, pero hoy te fijas en los niños y jóvenes que visten de cientos de colores distintos, y te dices: ¿por qué no?
Terminas de desayunar y lo dejas todo en el fregadero para lavarlo en otro momento, entras en tu cuarto y abres de par en par uno de los armarios. Apartas todo lo negro, gris y blanco, y las camisas y los trajes, y los zapatos de vestir, y te encuentras frente al espejo con una camiseta azul fluorescente, unos vaqueros raídos y unas zapatillas desgastadas. Sales al rellano con ganas de sonreírle a todo el mundo, y cuando te cruzas con tu vecina, la ‹‹vieja amargada›› que siempre se queja de que haces mucho ruido, le dedicas una amplia sonrisa y sigues con tu camino, pero hoy no coges el ascensor y bajas por las escaleras.
La marea humana ya se ha apagado un poco, así que sales a la calle silbando y saludas a todo el mundo con una inclinación de cabeza, y juegas a pisar solo las rayas blancas en los pasos de cebra, y le das unas monedas al mendigo de tu casa. Ni se te pasa por la cabeza que tienes que ir a trabajar, solo te dejas llevar, caminas sin rumbo por calles que nunca habías pisado.
Te fijas en las catedrales, embajadas y palacetes, enormes estructuras de piedra labrada, y te detienes frente a un museo de arte moderno, y en vez de pensar que es un timo vender tan caro algo que tu sobrino de tres años podría pintar entras en él y te paseas, esquivando a los guías que hablan del trasfondo sentimental de cada cuadro, concentrado en disfrutar de su belleza sin profundizar en el significado de esa raya roja que divide un lienzo en blanco en dos mitades.
Y cuando terminas dejas algo de dinero en la ventanilla de donaciones, le dedicas un cumplido a esa anciana que te atiende y sigues con tu no-camino. Ese día recorres tantos sitios que apenas puedes contarlos, te detienes en cada lugar que te llama la atención, comes en un puesto callejero un kebab que te sabe mejor que la comida de diseño, disfrutas de la actuación de unos “b-boys” callejeros y aplaudes y silbas cuando terminan, y ayudas a un hombre ciego a cruzar la calle.
El sol termina de ocultarse tiñendo el cielo de azul, violeta y naranja, pero tú sigues caminando hasta que sale la Luna y te sientas en un banco a buscar alguna estrella que la polución no haya logrado ocultar, y cuentas siete y una estrella fugaz.
Cuando llegas a casa, tus zapatillas están más desgastadas que nunca, te duelen los pies y tienes quince llamadas perdidas en el móvil que dejaste adrede en tu salón. Así que lo apagas, te desvistes y te metes en la cama como dios te trajo al mundo con la sensación de haber tenido un buen día, y concluyes que el mundo tiene una curiosa manera de funcionar.

Supongo que tanto positivismo le gustará a mi querida Ester, aunque sigo pidiendo que no os acostumbréis xD Esto en concreto es un ejercicio de práctica, quería saber si podía componer algo alegre con detalles que no me gustan (no soporto la miel, ni el café, ni los kebabs, ni la gente que se desentiende de sus obligaciones...), y creo que lo he conseguido en gran medida. Aunque claro, yo siempre estoy convencido hasta que lo leo dos días después y me dan ganas de tirarme por la ventana.

-Pero, ¿de verdad que no quieres tener hijos? ¿No sientes el tic-tac de tu reloj biológico acelerarse cuando ves a otras madres con sus bebés?
-Solo veo a mujeres con ojeras y pequeños seres cabezones que berrean, comen y cagan. Lo siento si no es mi intención unirme al club.

Eros derrotado


Quise estar triste, lo prometo.
Cuando te fuiste pensé que se acababa el mundo, que no podría superarlo, pero cuando te oí cerrar la puerta de un portazo me di cuenta de que nada había cambiado. Me quedé quieto en el recibidor, sin decir una palabra, esperando a que llegase el dolor, pero no sucedió nada. No me sentía ni mejor ni peor, ni siquiera diferente.
Así que me senté en el dormitorio, sobre la cama, con las manos cruzadas en el regazo, mientras esperaba que las fotos de nuestra boda despertasen algo, deseando que los restos de tu colonia adherida a las almohadas significasen algo. Pero nada sucedió.
El día pasó y llegó la noche, y entonces amaneció de nuevo, pero no conseguí llorar. No te echaba de menos, no sentía que me hubieran arrancado el corazón. Te habías ido, notaba tu ausencia, pero de alguna forma no me dolía, no me afectaba. Paseé por la casa observando los vacíos que arrastrabas en tu marcha: el hueco de tu ordenador, la balda vacía donde estaban tus libros, los cuadrados que dejaron tus cuadros en las paredes... Y alguien llamó al teléfono, y saltó el contestador con aquel mensaje que grabamos, pero ni siquiera escuchar tu voz me hizo reaccionar.
Me dije que esto no podía seguir así, que tenía que estar triste. Llevábamos diez años casados, lo mínimo era llorar un rato, así que cogí una caja de pañuelos y esperé una hora, dos horas, tres horas, y nada sucedió. Caminé hacia la cocina, vi tu taza con la marca del pintalabios en el borde y pensé que aquel era un detalle muy emotivo, que debería romperme el corazón, pero ni siquiera eso me afectó.
Y entonces lo comprendí.
Nuestro matrimonio había durado diez años, sí, pero nuestro amor se había ido mucho antes. Seguimos juntos sin motivo, atados por la rutina, y fuimos alejándonos. Empecé a trabajar hasta tarde porque no me apetecía volver a casa contigo, y tú empezaste a quedar con tus amigas todos los días, y poco a poco dejamos de vernos más que para darnos las buenas noches y los buenos días. Nos convertimos en dos desconocidos compartiendo un piso, fuimos quemando los últimos reductos de un amor que en su momento fue algo hermoso y, día a día, nos fuimos separando. Para cuando te fuiste ya no nos unía nada aparte del contrato de la hipoteca y la promesa de amarnos y respetarnos para siempre, frágil como una piedra erosionada por el río.
No me enorgullezco de lo que hicimos. El nuestro era un amor precioso, de esos de los que luego se componen canciones y obras de teatro, y merecía algo más que aquella sucia indiferencia. Merecía lágrimas, y dolor, y tragedia, y arrepentimiento. Quizá si no nos hubiésemos empeñado en mantenerlo, si no hubiésemos soplado para que la llama se mantuviese encendida devorando el cadáver de nuestra marchita relación, hubiera quedado algo, aunque solo fuesen buenos recuerdos y amor residual, un cariño que nunca olvidaríamos. Pero no fue así, nos confundimos.
Y ahora, aquí, frente al juez, repartimos nuestras posesiones como dos seres civilizados, sin abogados, porque ni siquiera somos capaces de sentir nada más que indiferencia el uno por el otro, y no sabes lo mucho que me gustaría que al menos aún tuviéramos el odio como testigo de que, en algún momento, hubo algo más entre nosotros.

Bueno, pues aquí estoy, peleando con mi internet móvil para actualizar... En fin, al menos el tiempo que no paso por la blogosfera lo aprovecho leyendo y escribiendo (que por cierto, ya llevo el 20% de "La Sinfonía no. 20", voy a toda pastilla xD). Creo que al final hasta el día 30 no me reuniré con el editor para hablar de Abbise, pero ya os informaré al respecto con más detalle después de hablar con él. Y por cierto, aunque no necesite promoción, Misha y yo nos hemos reencontrado, solo que ahora ella se llama Michelle Birdwistle, y sus dos blogs merecen mucho la pena, así que, ¡ala!, a pasarse ¬¬

-Solo dices que me quieres para hacerme sentir bien.
-Error. Digo que te quiero porque te quiero; que te haga sentir bien solo es un efecto secundario bastante deseable.

Awakening


Ya no pienso en ti tanto como antes.
No me obsesiono dándole a recargar en tu perfil en Facebook, ni imagino todo lo que podríamos ser si tuviésemos una oportunidad, ni te busco entre la multitud con desesperación. No sueño que me llamas por la noche para decirme que necesitas hablar conmigo, ni encuentro en tus ojos ese mal escondido amor que a veces me parecía adivinar, ni arranco las flores del parque para hacerte una corona.
No sé cómo fue, o cuándo pasó. Quizá fuera algo progresivo, como si gota a gota se me hubiese escapado el amor entre las manos; quizá fue cosa de un momento, como si de pronto recordase que hay todo un mundo aparte de ti; quizá solo es un momento de lucidez antes de caer de nuevo en tu red. Pero esta mañana me desperté y no busqué tu cuerpo, y me sorprendí al darme cuenta de que no había soñado contigo, y entonces conté los días hasta el último suspiro que te dediqué y no pude recordar cuándo había sido.
Abrí el arcón donde te escondía durante el día, ese pequeño cofre donde guardaba todas tus miradas, palabras y sonrisas que he ido coleccionando con los años, y me encontré con un puñado de polvo. Busqué las lágrimas con tu nombre escrito, esas que nunca me permití llorar, y en su lugar encontré una montaña de sal, y busqué también los poemas y canciones para hallar una pila de papeles sin tinta, los esqueletos de las cartas de amor que antes eran.
Y mientras recorría los rincones más perdidos de mi alma me di cuenta de lo precioso que es el amanecer, y de lo bien que huele la hierba en primavera. Redescubrí el sabor del chocolate, el tacto de la seda, el calor suave del sol, y comprendí lo mucho que había eclipsado tu existencia mi vida. Caí en la cuenta de todas las cosas que me había perdido, la cantidad de pequeños placeres que había sacrificado al esperarte, y empecé a contarlos. ¿Sabes cuántos encontré? Cien. Cien pequeñas perfecciones en un solo día, cien cosas que había olvidado que me gustaban.
El canto de los grillos; el sonido de las olas; el tacto de la arena entre los dedos de mis pies; el piar de unos gorriones; la caricia de la brisa; el olor mareante de la gasolina; el sabor salado de las patatas de bolsa; el suave beso del agua sobre mi piel...
Me pregunto cómo he podido sobrevivir sin todo eso tanto tiempo. Cómo podía ignorar el azúcar imaginando el dulzor de tus labios, o cómo podía pensar que el enorme mar era menos azul que el azul de tus ojos.
Recuerdo vagamente algunas cosas que me gustaban, porque no todo era malo. Recuerdo la emoción que sentía al robarte una sonrisa, y ese cosquilleo en el estómago cuando me mirabas, y esa sensación de ingravidez que se extendía por mi cuerpo si me hablabas. Pero son recuerdos lejanos, tanto que parecen ajenos, como si no fuera yo ese idiota que se alegraba al encontrar tu silueta entre la marea de personas de esta enorme jungla de cristal y hormigón armado.
Puede que cambie de opinión. Puede que, dentro de unos días, horas, puede que en solo unos minutos todo eso vuelva, para ti o para alguien distinto, o puede que ya no sea capaz de enamorarme nunca más.
La verdad es que no lo sé. El futuro es incierto, y mi pasado está distorsionado y lleno de lagunas, pero el presente sabe a café y tostadas con mermelada de frambuesa.
Y creo que, por ahora, con eso me basta.

Santa madre de dios, me duelen los ojos al escribir cosas tan positivas y optimistas. Juro que no sé a qué se debe, que conste. Ni he tenido un día especialmente bueno ni ha pasado nada extraordinario, así que esta oleada de buen humor me ha pillado por sorpresa. Cuando me senté y me puse a escribir ni siquiera tenía claro qué me apetecía, pero después de frustrarme intentando escribir lo que acostumbro durante media hora me puse con esto y me salió solo. En fin, supongo que habrá que aprovechar, ¿no? Pero nada de acostumbrarse ¬¬
Por cierto, ya llevo dos capítulos de "La Sinfonía no. 20" y parte del tercero, así que ya he superado el 10%. La cifra es menos espectacular de lo que debería, pero da igual xD

-Solo di que todo irá bien, dame unas palmaditas en la espalda y deja que llore un rato entre tus brazos.
-¿Eso te hará sentir mejor?
-No lo sé, pero necesito creer que sí aunque solo sea un rato o me romperé en un millón de pedazos.

Preludio: La araña

Bebo un trago de agua fría y flexiono los dedos hasta hacerlos crujir. Luego dirijo mi mano al pequeño estuche que descansa a mi lado, junto a la silla, y saco el violín y el arco. Siento la madera, la huelo, oigo su respiración mientras, con mucho cuidado, ajusto la primera cuerda. La hago vibrar dos veces y vuelvo a ajustarla antes de probarla de nuevo. Mejor, pero aún no está bien del todo.
El proceso es mecánico y lento, pero lo disfruto con toda mi alma. Cada cuerda me lleva por lo menos once ajustes antes de conseguir el sonido perfecto, antes de arrancarle justo la nota que quiero, pero no pierdo la paciencia y sigo apretando y liberando las clavijas milímetro a milímetro. La primera cede y, por fin, escupe una nota, una vibración apenas audible pero, a pesar de todo, perfecta. Solo quedan tres.
Continúo con el trabajo, pero a mis oídos empieza a llegar algo más, un ruido ajeno y natural. Al otro lado del telón, el público empieza a llegar, lo que me indica que no queda mucho tiempo. Sus voces, aunque apenas son susurros, reverberan por la sala y lo llenan todo con sus ecos. Algunas palabras llegan claras a mis oídos, pero una se repite muchas veces y en varios idiomas: araña.
No puedo contener una carcajada, y la segunda clavija se tensa un poco más de lo que me habría gustado. La ajusto por séptima vez, pero lo hago con una sonrisa.
“La araña”. Yo solía llamar así a mi madre a sus espaldas cuando era un niño, o se lo habría llamado si hubiera tenido amigos con los que hablar. Así que, cuando terminé mi primera obra como profesional, no pude evitar ponerle aquel nombre a modo de revancha. Todo el mundo conocería el nombre de “La araña”, lo corearían con ánimo, y quizá, con el tiempo, lo estudiarían en los conservatorios de violín de todo el mundo.
Sí, me siento muy orgulloso de esta obra. Ya he compuesto otras antes, algunas más breves y otras más largas, con distintos ritmos, intensidades y tonalidades... Pero, después de una docena de lieds, nueve allemandes, tres sonatas, algunas gigas, un fallido intento de dueto en solitario (que, de haberlo logrado tocar, habría puesto mi nombre a la altura de Paganini) y diecinueve sinfonías, por fin he compuesto la vigésima y el resultado era perfecto.
Todos, y me refiero a agentes, compañeros y amigos, me han dicho que en la partitura parece hasta simple, y que no supone un reto, pero no he dejado que ninguno de ellos me escuche tocarla. Porque yo, que la he vivido, que la he compuesto nota a nota, que la he escuchado mil veces mientras mis dedos aprendían a tocarla sin equivocaciones, sé que es perfecta.
Termino de afinar la tercera cuerda. Fuera el ruido ya es insoportable; una voz masculina avisa a través de los altavoces de que solo quedan unos minutos para que empiece el espectáculo, y pide a los asistentes que apaguen sus teléfonos móviles. Se escuchan las melodías de algunas compañías telefónicas, y poco a poco aparece el silencio, extendiéndose por la sala como un manto suave. Mientras aprieto la última clavija, mi mente repasa el concierto: empieza con un preludio, algo triste pero liviano, y luego la adaptación de una marcha fúnebre compuesta para piano; sigue con una tarantella, mucho más alegre y rápida, solo para presumir de mis habilidades y demostrar de lo que soy capaz, y una de mis mejores lieds; y, para terminar, mi sinfonía, “La araña”.
No sé qué pondrá en los programas, ni que pensarán los críticos de la organización, pero me da igual. Cuando lo escuchen entenderán todo.
De nuevo la voz avisa de que el concierto va a comenzar. Termino con la cuarta cuerda, hago una última comprobación y decido que el sonido es perfecto. Me llaman al escenario y camino cargando con el violín. Cuando salgo, los aplausos se redoblan, yo esbozo una sonrisa y hago unas cuantas inclinaciones de cabeza mientras espero. El silencio tarda un buen rato en empezar y noto que alguien me ofrece una silla. Niego con la cabeza y se la llevan: yo toco de pie.
Por fin, todos se quedan callados. Apoyo el violín en la posición correcta, agarro el arco, escucho cómo la gente, expectante, contiene la respiración mientras lo apoyo en la cuerda. Y, como un mago, arranco las primeras notas del preludio.

¿Recordáis que estaba reescribiendo Abbise? Pues he dejado a un lado la segunda parte, al menos durante una temporada, y he empezado con otra novela que quería escribir, "La Sinfonía nº 20". Es un chico ciego de veinte años, violinista, con una madre un tanto... especial, y esto de aquí arriba es el prólogo. ¿Qué os parece? Sé que no se desvela mucho de la historia, pero necesito una crítica del estilo porque me está costando escribir desde el punto de vista de un ciego y no sé si logro el objetivo deseado. ¿Vosotr@s que opináis?
PD: He visto que muchos tenéis un problema con los comentarios (pone "Sin comentarios:" en lugar de "0 comentarios", o "1 comentario:", y no podéis cambiarlo por "reacciones", "opiniones", etc.), creo que es un problema de la plantilla porque a mí también me pasó, así que, si queréis corregirlo, preguntadme y os explico cómo hice yo ;)

Alexander, el Prestamista


La mujer se acarició los huesos de su mano, dubitativa. En su ceño fruncido se notaba el enfado y la sorpresa. De pronto levantó la mirada y se dirigió a los prestamistas que se mantenían dubitativos en la puerta, intentando decidir si luchar o quedarse al margen.
-¿A qué esperáis?-gritó, furiosa-. ¡Matadle!
Reconozco que aquellos tipos no me preocupaban. Si ella los había traído consigo era para que sirviesen de distracción mientras buscaba la oportunidad de acabar con mi vida, no porque fueran peligrosos de verdad.
Sin embargo, los cuatro juntos se apresuraron a convocar una avanzadilla de deudores de alto nivel que se estampó contra mis escasas defensas. Por fortuna ninguno de ellos parecía estar acostumbrado a luchar en equipo, y no paraban de lanzarse miradas de furia cuando los ataques de uno interferían con los del otro, lo que me dejaba pequeños espacios de tiempo para invocar breves contraataques que no llegaban a hacerles daño.
En cierto momento sentí una fuerza extraña presionando las barreras que había alzado, algo muy por encima de las invocaciones de aquellos prestamistas de tercera. Me giré justo a tiempo para ver a Proserpina lanzando una horda entera de espíritus (cientos, miles, cientos de miles) contra mí. Había niños, mujeres y ancianos, todos de nivel bajo pero muy fuertes en conjunto. Tardé un segundo en deducir que no eran deudores, sino muertos simples que la Diosa de los Infiernos convocaba y que, sin saber muy bien cómo actuar, se agolpaban contra mis escasas protecciones.
-Buen truco, pero no creo que sea suficiente-repliqué, y acto seguido recité una nueva retahíla de nombres. Mis espíritus entraron en formación de flecha entre las hordas enemigas y golpearon a la anciana en el pecho, que apenas percibió el impacto.
-Necesitas una lección, jovenzuelo-replicó ella.
Noté que los prestamistas habían dejado el ataque y, aterrados, comenzaron a retroceder. Al momento supe que algo horrible iba a suceder, pero no habría sabido adivinar de qué se trataba. Mis escasas barreras terminaron de hundirse mientras yo me agachaba, con los hombros adelantados como un gato al acecho. Por los gestos de pánico de los cuatro supe que se me estaba acabando el tiempo antes del golpe de gracia.
-Nunca debes enfrentarte a tus mayores, Noah. Esa fue una lección que tu padre aprendió pronto y que tú te resistes a entender-continuó la mujer. Sus espíritus habían desaparecido, y era obvio que se estaba concentrando en algo mucho peor.
-Pero tú no pareces tan mayor. Quizá con un andador y un gotero...
Tuve que dejar de hablar cuando noté una punzada de dolor en el brazo y bajé los ojos para ver de dónde procedía. Supongo que me puse de un pálido increíble, y hoy en día aún tiemblo al recordarlo cuando veo mis cicatrices: aquellos enormes perros de fauces enormes, babeando mientras sus afilados dientes se abrían y cerraban buscando mi carne... Surgían de las sombras, desaparecían, se movían sin hacer ruido y atacaban sin descanso.
Recordé los consejos de Lloyd: estar siempre en guardia; mantener la calma en todo momento; utilizar con sabiduría mis recursos. Recordé que aún me quedaban otras deudas que me había regalado, deudas tan poderosas que podían destruirle el brazo y la pierna a una auténtica diosa, y me concentré en ignorar el dolor.
-Napoleón Bonaparte. Agripina la Menor. Carlomagno.
Mi mente, aunque concentrada en la batalla, no pudo ignorar que todos ellos tenían algo en común: el poder excesivo y el control de un imperio. Me pregunté en cuántos repartos de poder se habría visto envuelto el incansable Lloyd mientras perseguía a Proserpina, y supe que detrás de todo gran reino había estado él con su facilidad para preparar el terreno. ¿Sabría que necesitaba ese tipo de cosas para enfrentarse a ella? ¿Habría sido la pierna su primer intento?
Mientras le daba vueltas a estos pensamientos, aquellos tres espíritus se presentaron con su aspecto menudo e inocente, pero los perros se apresuraron a retroceder y la anciana palideció un poco. Luego, guiados por instinto, empezaron a moverse a mi alrededor, atravesando a los perros y disolviendo sus sombras hasta que no quedó ninguno.
Por el rabillo del ojo vi que Proserpina preparaba un nuevo ataque y me di cuenta de que aquel momento de debilidad era mi única oportunidad.
-Hitler. Stalin. Julio César.
Los espectros de los tres tiranos surgieron de la nada y envolvieron a la anciana, que soltó un grito ahogado mientras los espíritus devoraban su carne. Cuando desaparecieron, solo quedaban sus huesos envueltos en aquel vestido negro y, con los ojos cerrados, escuché con alivio cómo caían al suelo con aquel repiqueteo siniestro.
***
Me quedo quieto, esperando. En su camita, el niño aún está despierto, mirándome con sus enormes ojos muy abiertos.
-¿Y qué pasó entonces, papá?
Sonrío y le acaricio el pelo.
-Bueno, Alexander, después de eso conocí a tu mamá, nos enamoramos y... bueno, entonces llegaste tú.
El niño asiente con la cabeza y cierra los ojos, cansado. Luego, de sus pequeños labios rechonchos escapa una sola frase.
-Gracias por contarme un cuento, papi.
Le doy un beso en la frente, le arropo bien y salgo de la habitación con cuidado de no hacer ruido al cerrar la puerta. En mi mano, que rodea el pomo, noto las cicatrices pálidas y me estremezco. Siento el peso de la libreta en mi chaqueta, como si fuera una losa de piedra, y me meto en la cama sudando de miedo, y el único pensamiento que consigo formular, el que no paro de repetirme mientras intento dormir como si fuera un conjuro, es que ella ya no está aquí y que mi hijo estará a salvo mientras yo pueda protegerle.
Y funciona.

Creo que así termina la historia de N. El final no me convence, me parece que me ha quedado un tanto cursi de más, pero bueno... No se me ocurría nada más, y tenía que cerrarlo de una vez. Le he cogido mucho cariño, y si seguía alargándolo sabría que lo estropearía, así que mejor cortarlo pronto. Puede que haga algún cameo en otras historias, o que añada alguna cosa en el futuro, alguna explicación más detallada de cómo conoció a su esposa o... En fin, lo que fuere. Espero que no os parezca que lo he destrozado demasiado u_u

La nana de la tormenta


Todo está tranquilo desde hace horas.
La luna llena parece enorme en el cielo, y su luz se desparrama por todo el escenario, dejando ver los contornos de algunas hojas y árboles, y una pequeña casita que se esconde entre el bosque, camuflada. El ruido de los animales nocturnos, sus correteos, el ulular de un búho lejano... se mezclan con el canto de los grillos, componiendo una melodía estrafalaria y apabullante, inusitadamente hermosa.
La puerta de la caseta se abre, y de ella se escapan los destellos anaranjados de una pequeña hoguera. Después sale la chica, y el resplandor tenue de color plata se apresura a dibujar su suave silueta, cubierta por un vestido de gasa de aspecto ligero. Camina descalza, acercándose al río, y juega a crear ondas con el pie en su superficie, que se rompe durante apenas unos instantes antes de volver a la quietud.
El viento arranca un quejido del bosque que se mezcla con las voces de los animales de forma armoniosa, como si estuviese perfectamente ensayado, y el vestido de ella ondea arrastrado por la brisa. Los rayos plateados contra la tela al viento rodean a la joven de un aura mística, y por un momento ella misma parece brillar incluso con más fuerza que la luna.
Alguien más sale de la cabaña, un hombre de piel morena que se cubre con una sábana como si fuera una toga. Se detiene un instante en la puerta, observa la escena y, sonriendo, deja escapar un mudo suspiro de alivio que se transforma en vaho.
Con pasos lentos y calculados, como de cazador, avanza sobre la mullida alfombra de hierba hacia la chica sin hacer ruido. Ella, que aún no sabe que él está ahí, a tan solo unos metros, se agacha junto al río y tantea la tierra en busca de un canto rodado. Después lo lanza hacia el lago, y la piedra rebota contra la superficie una, dos, tres veces antes de hundirse, dejando a su paso una estela de círculos perfectos que se van difuminando hasta desaparecer.
De pronto el ruido ha cesado, como si todos -los animales, las plantas, incluso el viento- estuvieran observando expectantes la escena. El chico comete un desliz y, sin querer, pisa una rama que se quiebra con un ruido seco. Ella se da la vuelta, alerta, aunque sus párpados continúan cerrados. Cuando reconoce los pasos, sus pasos, su gesto se relaja y se transforma en una sonrisa frágil y temblorosa. Él, contagiado, sonríe también y corre hacia ella, la abraza y la aprieta con fuerza contra su pecho, y la chica responde al abrazo con la misma emoción.
-Por un momento creí que te habías ido-murmura, apartándole un mechón de pelo rubio para ponérselo detrás de la oreja.
Ella le acaricia la cara con dulzura, palpando sus rasgos y deteniéndose más tiempo en sus labios. Abre los ojos con lentitud, mostrando sus irises blancos, cubiertos por el espeso velo de la ceguera.
-Yo nunca podría irme, Jack-susurra, deteniéndose un momento antes de susurrar su nombre-. Solo necesitaba salir un momento.
Él asiente y, sin dejar de rodear sus hombros con el brazo, los dos se sientan en el prado. Ella deja caer su cabeza, apoyándola en su pecho, y le agarra la mano libre para empezar a trazar dibujos en la palma y el dorso con sus dedos finos. Sus ojos claros se desvían hacia el cielo.
-¿Hay nubes?-pregunta.
-No, Sophie. Hoy no hay nubes-responde Jack, apretándola con más fuerza contra sí, como si tuviera miedo de que ella se evaporase entre sus brazos en cualquier momento.
La chica suspira.
-Quiero una tormenta, Jack-dice de pronto; su voz tiembla, cargada de nostalgia-. Quiero truenos y relámpagos, y un vendaval, y mucha lluvia...
-Aquí no hay muchas de esas, Sophie-murmura él después de plantarle un beso en la coronilla-. Pero yo también las echo de menos.
-Odio esta calma tan... artificial-suspira. De pronto su rostro se ilumina, y ella levanta la cabeza para mirar al chico a los ojos-. ¿Podrías cantar? Una nana, o una canción de trabajo. Quiero volver a oír nuestra lengua.
Jack duda un instante, pero termina por asentir con la cabeza. Ella, que nota el movimiento, vuelve a apoyar su cabeza en el pecho fuerte y poderoso del chico y se dedica a escuchar su respiración calmada mientras él aclara sus pensamientos, buscando una antigua canción de cuna casi olvidada en lo más profundo de su cerebro.
Y entonces empieza a cantar, con su voz grave y potente. Su idioma no es bonito, ni melodioso, ni dulce; es más bien tosco y cortante, como si tras tantas generaciones en las enormes montañas la lengua se hubiese contagiado de la dureza de la roca. Pero en sus labios se transforma y parece que fluye, y las palabras duras y vibrantes parecen limarse como los cantos rodados erosionados por el río.
Su voz se extiende por el bosque, se pierde en todas direcciones, y el viento se apresura a levantarse para llevar aún más lejos sus palabras, haciéndolas rebotar contra los muros de las enormes cuevas. El eco de miles de voces se levanta, repitiendo su canción.
Sophie, que se ve enredada por el conjuro somnífero que teje Jack, cierra los ojos y sonríe mientras escucha el potente bramido de las montañas.
Al fin tiene su tormenta.

Sé que últimamente solo actualizo cada dos o tres días, pero hoy se me ocurrió esto y temía perder la inspiración, así que he tenido que adelantarme. Es curioso porque me siento bastante orgulloso del resultado final, cosa que no me sucede a menudo, y me parece que he conseguido plasmar la imagen que tenía en mente.
(Paula, si alguna vez te sientes con ganas de que la gente vea lo que escribes, dímelo y seré el seguidor número uno de tu blog. Y lo de que te falta constancia... Bueno, si realmente tienes la paciencia para buscar y buscar, cuando yo rara vez consigo sacar las ganas para hacerlo y cuando lo hago termino por rendirme, dudo que tengas tan poca como dices. Ah, y si quieres una recomendación de cosas que leer, abogo por Energeia y Ada Vander, que están muy activas, y también Anaïd y Ester L., que hace un tiempecito que no escriben pero cuando lo hacen son brillantes. Y como veo que esto me ha quedado muy largo, creo que de ahora en adelante te responderé en tus propios comentarios. Un abrazo enormísimo ^^)

-¿Le echas de menos? ¿Por eso estás triste?
-No. Es decir, claro que echo de menos los latidos de su corazón, y sus caricias, y esos besos que me dejaban sin respiración, y el olor de su piel por las mañanas, como a canela, pero puedo vivir sin todo eso. Lo que añoro es cómo era yo cuando él estaba cerca, cómo me hacía sentirme. Era como... Como si fuese invencible. Añoro sentirme así. A él puedo llegar a olvidarle, pero no estoy segura de si volveré a sentirme protegida si él no está conmigo.

Proserpina, Reina del Inframundo

No sé en qué momento me di cuenta de que aquello era una mala idea, pero sí que recuerdo que ya era demasiado tarde.
Era una pequeña nave en el extrarradio de la ciudad, sin ventanas, y a su alrededor se acumulaban pequeños montones de basura y jeringuillas vacías. Si mis informadores estaban en lo cierto, y por el aspecto era bastante probable, aquella era una “sucursal” de una mafia importante que comerciaba con drogas y sexo, justo el tipo de negocios de los que un prestamista puede sacar tajada: las prostitutas siempre quieren libertad; los yonkis, una nueva dosis; y los camellos... Bueno, sus deseos son más variados, pero suelen alternar entre el dinero y el poder.
El hombre que cuidaba la entrada me miró con ojo crítico sin apartarse del hueco rectangular que era la puerta, analizándome con sus expertos ojos de gorila. Supe que no supondría un problema: la ropa que vestía estaba mugrienta y sucia, incluso tenía una mancha de batido de melocotón que parecía vómito seco, y yo me mantenía cabizbajo y tembloroso, con pequeños espasmos supuestamente involuntarios. Ya había hecho de adicto en el pasado, y se me daba bien.
En cuanto hube atravesado la puerta, el portero cerró. Puede que fuera entonces, cuando oí el chasquido de la cerradura, que empecé a sospechar que algo no iba bien, pero me obligué a ignorarlo. Sería una banda muy preocupada por la seguridad, no sería tan raro.
Avancé por el pasillo esquivando a los yonkis inconscientes que interrumpían el paso: tendría que esperar a que despertasen antes de poder negociar con ellos, no podía leer sus mentes si no estaban conscientes, así que era mejor empezar con las meretrices. Al final del corredor encontré, por fin, una nueva puerta. Antes de entrar, agucé el oído, en busca de alguna pista sobre lo que me encontraría, pero no oí nada. Preocupante.
Con fingida seguridad, apoyé la mano en el pomo y lo hice girar: la sala estaba vacía. Tardé apenas un instante en darme cuenta de que mi instinto tenía razón, que aquello era una trampa, pero ya era tarde. Los supuestos drogadictos ya se habían levantado y avanzaban hacía mí libreta en mano, empujándome hacia el interior de la sala.
-Mierda-mascullé entre dientes.
Podía convocar un par de legiones en cuestión de unos segundos: siguiendo los consejos de Lloyd, había memorizado cerca de mil nombres para no depender tanto del cuaderno. Mi cerebro funcionaba a toda velocidad buscando alguna solución alternativa menos arriesgada mientras, para mantener la distancia, yo seguía avanzando de espaldas hacia la sala vacía. Los otros prestamistas se detuvieron en la entrada.
-Buenos días, Noah-saludó una voz detrás de mí.
Cómo no, era idea suya. Antes de girarme, me esforcé en parecer confiado, incluso dibujé una sonrisa de suficiencia que ni siquiera yo terminé de creerme. Proserpina, sentada en un sofá de tela oscura, alisaba las arrugas de su caro vestido negro mientras me miraba con gesto serio.
-Buenos días, milady-respondí haciendo una reverencia burlona-. He oído que me buscabas.
-No te hagas el gracioso, niñato. Puede que hayas logrado rehuirme los últimos siglos, pero sabía que en algún momento te encontraría-al levantarse, pude ver los huesos de su pierna asomándose por entre los pliegues negros-. Supongo que sabes por qué te busco, ¿no?
-Me hago una idea, sí. Aunque no entiendo que le viste a mi padre; tampoco era tan guapo.
La mujer avanzó hacia mí con la mano en alto, pero le agarré la muñeca antes de que descargase la bofetada en mi mejilla.
-¿Cómo te atreves?
-Bueno, estás empeñada en matarme y te empuja la fuerza de una mujer despechada. Airarte un poco más no me hará daño-repliqué sin soltarle la mano-. Ahora, ¿podemos ahorrarnos el resto del espectáculo?
Entonces noté el ardor en mi pecho. Proserpina había apoyado su mano sobre mí y el calor había derretido mi camiseta hasta llegar a la piel, de la que se desprendían volutas de humo oscuro y olor a carne quemada. Contuve un grito de dolor mientras hacía verdaderos esfuerzos para mantener su mano sujeta.
-Cleopatra...-murmuré a duras penas.
Lloyd me había regalado aquella deuda junto con otras de seis estrellas (algo que nunca había visto) antes de dejarme marchar, con la condición de solo usarlas en caso de extrema necesidad. Proserpina gritó de dolor mientras el brazo que tenía apoyado en mi pecho empezaba a pudrirse, adoptando un tono grisáceo plagado del amarillo blancuzco de los gusanos. Lo apartó con rabia y yo la solté, dejando que ella se apartase varios metros; desde la puerta, los prestamistas nos miraban, dubitativos.
-¿Cómo lo has conseguido?-masculló. La necrosis se detuvo en su hombro, pero el resto de su brazo era ahora solo hueso, lo que me hizo sospechar que Lloyd tendría algo que ver con su pierna.
Sonreí, y esta vez era de verdad: si el resto de nombres que me había regalado funcionaban también, aún existía la posibilidad de que no terminase muerto.

Lo sé, esta vez me ha tomado más tiempo actualizar, pero en mi defensa diré que un día lo pasé de viaje hasta Asturias, otro desde Asturias a Galicia y, por el medio, he devorado dos libros (el primero de Los juegos del Hambre, que quería leerme desde que me los recomendaron hace un par de años, y Conspiración, de Robert Harris, que a mí me ha gustado bastante). A Paula, que ha llegado nueva y no parece tener un blog, le respondo que yo también echo de menos los diálogos, pero creo que he perdido práctica. A partir de ahora, cada vez que suba un texto del tipo “Lírica en prosa” añadiré uno al final, a ver si consigo recuperar la costumbre. Un abrazo, y que sepas que me emociona que hayas devorado todo lo que he subido, aunque no todo merece la pena (por cierto, ¿cómo has llegado a este páramo perdido de la mano del dios de internet? xD)