La nana de la tormenta


Todo está tranquilo desde hace horas.
La luna llena parece enorme en el cielo, y su luz se desparrama por todo el escenario, dejando ver los contornos de algunas hojas y árboles, y una pequeña casita que se esconde entre el bosque, camuflada. El ruido de los animales nocturnos, sus correteos, el ulular de un búho lejano... se mezclan con el canto de los grillos, componiendo una melodía estrafalaria y apabullante, inusitadamente hermosa.
La puerta de la caseta se abre, y de ella se escapan los destellos anaranjados de una pequeña hoguera. Después sale la chica, y el resplandor tenue de color plata se apresura a dibujar su suave silueta, cubierta por un vestido de gasa de aspecto ligero. Camina descalza, acercándose al río, y juega a crear ondas con el pie en su superficie, que se rompe durante apenas unos instantes antes de volver a la quietud.
El viento arranca un quejido del bosque que se mezcla con las voces de los animales de forma armoniosa, como si estuviese perfectamente ensayado, y el vestido de ella ondea arrastrado por la brisa. Los rayos plateados contra la tela al viento rodean a la joven de un aura mística, y por un momento ella misma parece brillar incluso con más fuerza que la luna.
Alguien más sale de la cabaña, un hombre de piel morena que se cubre con una sábana como si fuera una toga. Se detiene un instante en la puerta, observa la escena y, sonriendo, deja escapar un mudo suspiro de alivio que se transforma en vaho.
Con pasos lentos y calculados, como de cazador, avanza sobre la mullida alfombra de hierba hacia la chica sin hacer ruido. Ella, que aún no sabe que él está ahí, a tan solo unos metros, se agacha junto al río y tantea la tierra en busca de un canto rodado. Después lo lanza hacia el lago, y la piedra rebota contra la superficie una, dos, tres veces antes de hundirse, dejando a su paso una estela de círculos perfectos que se van difuminando hasta desaparecer.
De pronto el ruido ha cesado, como si todos -los animales, las plantas, incluso el viento- estuvieran observando expectantes la escena. El chico comete un desliz y, sin querer, pisa una rama que se quiebra con un ruido seco. Ella se da la vuelta, alerta, aunque sus párpados continúan cerrados. Cuando reconoce los pasos, sus pasos, su gesto se relaja y se transforma en una sonrisa frágil y temblorosa. Él, contagiado, sonríe también y corre hacia ella, la abraza y la aprieta con fuerza contra su pecho, y la chica responde al abrazo con la misma emoción.
-Por un momento creí que te habías ido-murmura, apartándole un mechón de pelo rubio para ponérselo detrás de la oreja.
Ella le acaricia la cara con dulzura, palpando sus rasgos y deteniéndose más tiempo en sus labios. Abre los ojos con lentitud, mostrando sus irises blancos, cubiertos por el espeso velo de la ceguera.
-Yo nunca podría irme, Jack-susurra, deteniéndose un momento antes de susurrar su nombre-. Solo necesitaba salir un momento.
Él asiente y, sin dejar de rodear sus hombros con el brazo, los dos se sientan en el prado. Ella deja caer su cabeza, apoyándola en su pecho, y le agarra la mano libre para empezar a trazar dibujos en la palma y el dorso con sus dedos finos. Sus ojos claros se desvían hacia el cielo.
-¿Hay nubes?-pregunta.
-No, Sophie. Hoy no hay nubes-responde Jack, apretándola con más fuerza contra sí, como si tuviera miedo de que ella se evaporase entre sus brazos en cualquier momento.
La chica suspira.
-Quiero una tormenta, Jack-dice de pronto; su voz tiembla, cargada de nostalgia-. Quiero truenos y relámpagos, y un vendaval, y mucha lluvia...
-Aquí no hay muchas de esas, Sophie-murmura él después de plantarle un beso en la coronilla-. Pero yo también las echo de menos.
-Odio esta calma tan... artificial-suspira. De pronto su rostro se ilumina, y ella levanta la cabeza para mirar al chico a los ojos-. ¿Podrías cantar? Una nana, o una canción de trabajo. Quiero volver a oír nuestra lengua.
Jack duda un instante, pero termina por asentir con la cabeza. Ella, que nota el movimiento, vuelve a apoyar su cabeza en el pecho fuerte y poderoso del chico y se dedica a escuchar su respiración calmada mientras él aclara sus pensamientos, buscando una antigua canción de cuna casi olvidada en lo más profundo de su cerebro.
Y entonces empieza a cantar, con su voz grave y potente. Su idioma no es bonito, ni melodioso, ni dulce; es más bien tosco y cortante, como si tras tantas generaciones en las enormes montañas la lengua se hubiese contagiado de la dureza de la roca. Pero en sus labios se transforma y parece que fluye, y las palabras duras y vibrantes parecen limarse como los cantos rodados erosionados por el río.
Su voz se extiende por el bosque, se pierde en todas direcciones, y el viento se apresura a levantarse para llevar aún más lejos sus palabras, haciéndolas rebotar contra los muros de las enormes cuevas. El eco de miles de voces se levanta, repitiendo su canción.
Sophie, que se ve enredada por el conjuro somnífero que teje Jack, cierra los ojos y sonríe mientras escucha el potente bramido de las montañas.
Al fin tiene su tormenta.

Sé que últimamente solo actualizo cada dos o tres días, pero hoy se me ocurrió esto y temía perder la inspiración, así que he tenido que adelantarme. Es curioso porque me siento bastante orgulloso del resultado final, cosa que no me sucede a menudo, y me parece que he conseguido plasmar la imagen que tenía en mente.
(Paula, si alguna vez te sientes con ganas de que la gente vea lo que escribes, dímelo y seré el seguidor número uno de tu blog. Y lo de que te falta constancia... Bueno, si realmente tienes la paciencia para buscar y buscar, cuando yo rara vez consigo sacar las ganas para hacerlo y cuando lo hago termino por rendirme, dudo que tengas tan poca como dices. Ah, y si quieres una recomendación de cosas que leer, abogo por Energeia y Ada Vander, que están muy activas, y también Anaïd y Ester L., que hace un tiempecito que no escriben pero cuando lo hacen son brillantes. Y como veo que esto me ha quedado muy largo, creo que de ahora en adelante te responderé en tus propios comentarios. Un abrazo enormísimo ^^)

-¿Le echas de menos? ¿Por eso estás triste?
-No. Es decir, claro que echo de menos los latidos de su corazón, y sus caricias, y esos besos que me dejaban sin respiración, y el olor de su piel por las mañanas, como a canela, pero puedo vivir sin todo eso. Lo que añoro es cómo era yo cuando él estaba cerca, cómo me hacía sentirme. Era como... Como si fuese invencible. Añoro sentirme así. A él puedo llegar a olvidarle, pero no estoy segura de si volveré a sentirme protegida si él no está conmigo.

3 comentarios:

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    1. Bueno, me conformo con saber que seré avisado, no me gustaría quedarme al margen.
      Y por cierto, ¿a qué videojuego te refieres? Porque tengo muchísimos a medias, pero siempre estoy dispuesto a comprar uno más para dejarlo y retomarlo mil veces, y recibo bien las sugerencias xD
      ¿Te has terminado tres de los cuatro? La verdad es que lo entiendo porque son geniales, pero, ¿cuál era el que no? Porque estoy reuniendo una tropa de lectores en serie para presionar a Energeia y que siga Iasade, y no me vendría mal tu apoyo. Y lo de no poder comprar más libros... Yo creo que lo primero que haré cuando tenga mi propia casa será llenarlo hasta el techo de estanterías. Y luego me compraré una cama y una lamparita de noche :P
      Me alegro de que te gustase el texto :)
      Abrazos enormísimos

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