Numb fingers

Odio mi cuerpo.
No estoy desconforme con él, es un buen cuerpo. Sano, resistente, bastante útil la mayor parte del tiempo. Pero cuando me siento frente al ordenador con la cabeza llena de ideas, mis manos se vuelven torpes, lentas. Me vuelvo un lisiado.
En mi interior está la historia, todo lo que quiero escribir. Veo hasta el último detalle de esa lujosa habitación en la que se desarrolla una escena de amor, con sus enormes cortinas de satén, los altos ventanales, la enorme cama con sábanas de seda; veo a los dos enamorados dentro de la cama, acariciándose con dulzura, y los suaves rizos castaños de ella alborotados sobre la almohada. Esa pequeña escena, ese instante congelado fuera del tiempo, es tan real para mí como el mundo que me rodea, puede que incluso más.
Pero mis dedos se mueven lentos sobre el teclado, dudan, vacilan, cortan y reescriben. Buscan la palabra perfecta, la cambian, y la vuelven a cambiar, y mientras avanzo línea a línea como si arrastrase un enorme peso la escena se vuelve borrosa ante mis ojos, y tengo que concentrarme para que no se desvanezca antes de tiempo.
Definitivamente odio mi cuerpo. Si existiese un programa con el que convertir mis pensamientos en palabras sin que mis manos actuasen de intermediarias la vida sería mucho más fácil, pero tengo que lidiar con ellas, con sus saltos torpes y sus faltas de ortografía que me hacen maldecir al que decidió poner al lado la “b” y la “v” en el teclado, como si se divirtiese pensando en los pobres escritores del futuro que quedan como estúpidos al saludarte con un “Vuenos días”.
Y, cuando por fin cojo fluidez, cuando mis dedos terminan de ponerse a punto y empiezan a saltar sin vacilar de una tecla a la siguiente sin que apenas tenga que pensarlo, cuando no tengo que comprobar sus movimientos para asegurarme de que no se equivocan, resulta que ese pequeño paraíso que quería plasmar se ha ido, y arrastro mis manos por el teclado escribiendo fragmentos de pensamientos al azar para ver si consigo un hilo de la idea original, solo un hilo, para poder tirar de él y desentramar el resto.
Así que enciendo el reproductor de música, pongo el orden aleatorio y, mientras escucho las palabras de otros, las mías se esconden y salen una a una, como si fueran animales asustadizos a los que intento atraer con un reclamo que se no terminan de reconocer. Y de pronto son las tres de la mañana, los ojos me pesan, me duele todo de estar sentado tanto tiempo y apenas he conseguido arañarle un par de párrafos.
Pero podría vivir con ello, es no es lo que me molesta. A todos les cuesta escribir, todos tienen sus parones y sus momentos de rendimiento. Pero en cuanto me meto en la cama, en cuanto cierro los ojos e intento dormirme, las palabras en mi cabeza salen de sus escondites y se reúnen alrededor de una enorme hoguera, como burlándose de mí. Recuerdo entonces el suspiro de amor nostálgico que quería que a ella se le escapase, y la triste certeza de él de que nunca podría hacerla feliz, y un millón más de matices que quería plasmar y que no he llegado a escribir. El cuerpo no me responde, por supuesto, y mis palabras siguen bailando, con sus siluetas tan bien descubiertas por la luz de las llamas que me parece imposible no haberlas sabido distinguir antes entre la maleza, se me acercan a los labios, me hacen cosquillas en las puntas de los dedos, dejan que las saboree... Y cuando por fin despierto con la intención de encerrarlas con tinta y papel virtuales mis manos están frías y vacilan, y dudan, y todo vuelve a empezar, y acabo deseando ser un inocente pingüino que solo tiene que preocuparse de conseguir suficientes piedras para su nido.

Cosa curiosa los pingüinos, que se prostituyen para conseguir piedras. Por lo demás, el texto no es del todo honesto, mis manos son bastante rápidas y hábiles, pero cuando en mi cabeza empiezan a bullir todas esas palabras, tan rápido que parecen una tromba de agua, da igual lo rápido que escriba, nunca puedo atraparlas todas. En cualquier caso, creo que no puedo quejarme, en cuanto abro el documento de la novela las líneas me salen a borbotones (60 páginas llevo ya, casi el 30% ^^), pero hay días que me apetece despotricar y para eso (entre otras cosas) tengo mi blog.
Y hoy no hay diálogo porque me faltan las ganas, pero a cambio os comunico que mañana voy a reunirme la editorial, así que pasado os comentaré qué tal me ha ido (Miriam, ahora no tengo mucho tiempo para responder a tu correo, pero te prometo que, si no más tarde, mañana por la noche como muy tarde te escribo). Espero no volver a comerme las uñas a raíz de esto, que bastante me ha costado dejarlo.

1 comentario:

  1. Me ha encantado, *_* El relato en sí, y cómo está escrito.
    Quién no se ha sentido así alguna vez, ¿verdad? Aunque reconozco que yo tampoco odio demasiado a mis manos; también suelen ser rapiditas y plasman lo que las palabras asustadizas me dicen por las noches, cuando estoy más dormida que consciente. Es una suerte.
    Y ahora, por cotillear (ya que soy nueva por aquí, e.e), ¿qué es eso de la editorial? =O ¿Vas a publicar? *____*
    Un saludo, y me seguiré pasando con asiduidad por aquí, :)

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