Preludio: La araña

Bebo un trago de agua fría y flexiono los dedos hasta hacerlos crujir. Luego dirijo mi mano al pequeño estuche que descansa a mi lado, junto a la silla, y saco el violín y el arco. Siento la madera, la huelo, oigo su respiración mientras, con mucho cuidado, ajusto la primera cuerda. La hago vibrar dos veces y vuelvo a ajustarla antes de probarla de nuevo. Mejor, pero aún no está bien del todo.
El proceso es mecánico y lento, pero lo disfruto con toda mi alma. Cada cuerda me lleva por lo menos once ajustes antes de conseguir el sonido perfecto, antes de arrancarle justo la nota que quiero, pero no pierdo la paciencia y sigo apretando y liberando las clavijas milímetro a milímetro. La primera cede y, por fin, escupe una nota, una vibración apenas audible pero, a pesar de todo, perfecta. Solo quedan tres.
Continúo con el trabajo, pero a mis oídos empieza a llegar algo más, un ruido ajeno y natural. Al otro lado del telón, el público empieza a llegar, lo que me indica que no queda mucho tiempo. Sus voces, aunque apenas son susurros, reverberan por la sala y lo llenan todo con sus ecos. Algunas palabras llegan claras a mis oídos, pero una se repite muchas veces y en varios idiomas: araña.
No puedo contener una carcajada, y la segunda clavija se tensa un poco más de lo que me habría gustado. La ajusto por séptima vez, pero lo hago con una sonrisa.
“La araña”. Yo solía llamar así a mi madre a sus espaldas cuando era un niño, o se lo habría llamado si hubiera tenido amigos con los que hablar. Así que, cuando terminé mi primera obra como profesional, no pude evitar ponerle aquel nombre a modo de revancha. Todo el mundo conocería el nombre de “La araña”, lo corearían con ánimo, y quizá, con el tiempo, lo estudiarían en los conservatorios de violín de todo el mundo.
Sí, me siento muy orgulloso de esta obra. Ya he compuesto otras antes, algunas más breves y otras más largas, con distintos ritmos, intensidades y tonalidades... Pero, después de una docena de lieds, nueve allemandes, tres sonatas, algunas gigas, un fallido intento de dueto en solitario (que, de haberlo logrado tocar, habría puesto mi nombre a la altura de Paganini) y diecinueve sinfonías, por fin he compuesto la vigésima y el resultado era perfecto.
Todos, y me refiero a agentes, compañeros y amigos, me han dicho que en la partitura parece hasta simple, y que no supone un reto, pero no he dejado que ninguno de ellos me escuche tocarla. Porque yo, que la he vivido, que la he compuesto nota a nota, que la he escuchado mil veces mientras mis dedos aprendían a tocarla sin equivocaciones, sé que es perfecta.
Termino de afinar la tercera cuerda. Fuera el ruido ya es insoportable; una voz masculina avisa a través de los altavoces de que solo quedan unos minutos para que empiece el espectáculo, y pide a los asistentes que apaguen sus teléfonos móviles. Se escuchan las melodías de algunas compañías telefónicas, y poco a poco aparece el silencio, extendiéndose por la sala como un manto suave. Mientras aprieto la última clavija, mi mente repasa el concierto: empieza con un preludio, algo triste pero liviano, y luego la adaptación de una marcha fúnebre compuesta para piano; sigue con una tarantella, mucho más alegre y rápida, solo para presumir de mis habilidades y demostrar de lo que soy capaz, y una de mis mejores lieds; y, para terminar, mi sinfonía, “La araña”.
No sé qué pondrá en los programas, ni que pensarán los críticos de la organización, pero me da igual. Cuando lo escuchen entenderán todo.
De nuevo la voz avisa de que el concierto va a comenzar. Termino con la cuarta cuerda, hago una última comprobación y decido que el sonido es perfecto. Me llaman al escenario y camino cargando con el violín. Cuando salgo, los aplausos se redoblan, yo esbozo una sonrisa y hago unas cuantas inclinaciones de cabeza mientras espero. El silencio tarda un buen rato en empezar y noto que alguien me ofrece una silla. Niego con la cabeza y se la llevan: yo toco de pie.
Por fin, todos se quedan callados. Apoyo el violín en la posición correcta, agarro el arco, escucho cómo la gente, expectante, contiene la respiración mientras lo apoyo en la cuerda. Y, como un mago, arranco las primeras notas del preludio.

¿Recordáis que estaba reescribiendo Abbise? Pues he dejado a un lado la segunda parte, al menos durante una temporada, y he empezado con otra novela que quería escribir, "La Sinfonía nº 20". Es un chico ciego de veinte años, violinista, con una madre un tanto... especial, y esto de aquí arriba es el prólogo. ¿Qué os parece? Sé que no se desvela mucho de la historia, pero necesito una crítica del estilo porque me está costando escribir desde el punto de vista de un ciego y no sé si logro el objetivo deseado. ¿Vosotr@s que opináis?
PD: He visto que muchos tenéis un problema con los comentarios (pone "Sin comentarios:" en lugar de "0 comentarios", o "1 comentario:", y no podéis cambiarlo por "reacciones", "opiniones", etc.), creo que es un problema de la plantilla porque a mí también me pasó, así que, si queréis corregirlo, preguntadme y os explico cómo hice yo ;)

1 comentario:

  1. A mí este Prólogo me gusta mucho. Es pronto para decir si refleja bien el punto de vista de un ciego, pero tampoco sabría decirte porque a mí también me costaría hacerlo.
    Me gustaría leer esta novela, eso sí, odio leer las cosas por partes así que, por favor, cuando la termines, concédeme el honor de leerla de principio a fin :)
    Un saludo.

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