Serotonina

El mundo tiene una curiosa manera de funcionar.
Puede parecer una espiral de decadencia y consumismo, un cadáver putrefacto corrompido por la mentira, la corrupción y la traición, un rincón gris y frío sin virtud alguna que sigue moviéndose por inercia. Pero no siempre es así.
Hay veces que te despiertas con el zumbido alegre de las cigarras en los oídos, y el cielo es tan rosa que parece imposible, y el olor de la hierba verde recién cortada se te mete por la nariz hasta llegar al centro neurálgico del placer. Da igual si el día anterior el canto de los insectos te parecía molesto, o si el resplandor del sol resultaba cegador, o si el ruido del cortacésped era ensordecedor. Te despiertas con la sensación de que hay un mundo entero ahí fuera por conocer, un lugar encantado, rebosante de vida.
Así que saltas de la cama antes de que suene el despertador, te diriges a la cocina y metes dos rebanadas de pan en la tostadora mientras te preparas un poco de ‹‹ese apestoso café aguado›› que hoy te sabe a paraíso concentrado. Así que dejas la taza en la encimera, metes el tarro de miel en el microondas unos segundos y te haces unas tostadas deliciosas, y como no puedes resistir la tentación le das un bocado a una antes de empezar con la otra. Desayunas de pie, mirando por la ventana cómo la marea gris de gente con traje se mueve como un río, pero hoy te fijas en los niños y jóvenes que visten de cientos de colores distintos, y te dices: ¿por qué no?
Terminas de desayunar y lo dejas todo en el fregadero para lavarlo en otro momento, entras en tu cuarto y abres de par en par uno de los armarios. Apartas todo lo negro, gris y blanco, y las camisas y los trajes, y los zapatos de vestir, y te encuentras frente al espejo con una camiseta azul fluorescente, unos vaqueros raídos y unas zapatillas desgastadas. Sales al rellano con ganas de sonreírle a todo el mundo, y cuando te cruzas con tu vecina, la ‹‹vieja amargada›› que siempre se queja de que haces mucho ruido, le dedicas una amplia sonrisa y sigues con tu camino, pero hoy no coges el ascensor y bajas por las escaleras.
La marea humana ya se ha apagado un poco, así que sales a la calle silbando y saludas a todo el mundo con una inclinación de cabeza, y juegas a pisar solo las rayas blancas en los pasos de cebra, y le das unas monedas al mendigo de tu casa. Ni se te pasa por la cabeza que tienes que ir a trabajar, solo te dejas llevar, caminas sin rumbo por calles que nunca habías pisado.
Te fijas en las catedrales, embajadas y palacetes, enormes estructuras de piedra labrada, y te detienes frente a un museo de arte moderno, y en vez de pensar que es un timo vender tan caro algo que tu sobrino de tres años podría pintar entras en él y te paseas, esquivando a los guías que hablan del trasfondo sentimental de cada cuadro, concentrado en disfrutar de su belleza sin profundizar en el significado de esa raya roja que divide un lienzo en blanco en dos mitades.
Y cuando terminas dejas algo de dinero en la ventanilla de donaciones, le dedicas un cumplido a esa anciana que te atiende y sigues con tu no-camino. Ese día recorres tantos sitios que apenas puedes contarlos, te detienes en cada lugar que te llama la atención, comes en un puesto callejero un kebab que te sabe mejor que la comida de diseño, disfrutas de la actuación de unos “b-boys” callejeros y aplaudes y silbas cuando terminan, y ayudas a un hombre ciego a cruzar la calle.
El sol termina de ocultarse tiñendo el cielo de azul, violeta y naranja, pero tú sigues caminando hasta que sale la Luna y te sientas en un banco a buscar alguna estrella que la polución no haya logrado ocultar, y cuentas siete y una estrella fugaz.
Cuando llegas a casa, tus zapatillas están más desgastadas que nunca, te duelen los pies y tienes quince llamadas perdidas en el móvil que dejaste adrede en tu salón. Así que lo apagas, te desvistes y te metes en la cama como dios te trajo al mundo con la sensación de haber tenido un buen día, y concluyes que el mundo tiene una curiosa manera de funcionar.

Supongo que tanto positivismo le gustará a mi querida Ester, aunque sigo pidiendo que no os acostumbréis xD Esto en concreto es un ejercicio de práctica, quería saber si podía componer algo alegre con detalles que no me gustan (no soporto la miel, ni el café, ni los kebabs, ni la gente que se desentiende de sus obligaciones...), y creo que lo he conseguido en gran medida. Aunque claro, yo siempre estoy convencido hasta que lo leo dos días después y me dan ganas de tirarme por la ventana.

-Pero, ¿de verdad que no quieres tener hijos? ¿No sientes el tic-tac de tu reloj biológico acelerarse cuando ves a otras madres con sus bebés?
-Solo veo a mujeres con ojeras y pequeños seres cabezones que berrean, comen y cagan. Lo siento si no es mi intención unirme al club.

2 comentarios:

  1. Pues sí, tienes razón, tanto optimismo me gusta. En serio, me he bebido la entrada. A mí sí me gustan la miel, el café y los kebabs, aunque no la gente que se desentiende de sus obligaciones, peeeero, un día como ese, no le viene mal a nadie. Pero a nadie. A veces es necesario romper con esas reglas no escritas de seriedad, normas y rutina.
    *Aplausos múltiples*
    Hoy estoy demasiado extasiada con el texto como para comentarte algo del diálogo xD
    Respecto a lo de Abbise, mucha suerte, y ojalá que consigas escribir algo para el programa, que de momento nadie ha mandado nada...

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  2. Me encanta.
    Así.
    Es que eres de las pocas personas del mundo capaz de dejarme sin palabras!!!

    Ya he vuelto, y con ganas de escribir y algo de inspiración, ¿qué te parece?

    Como siempre, te echaba de menos.
    Pásate por Palacio, sabes que tienes habitación propia allí ya
    ;)

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