Dead again

Hoy he vuelto a morir.
Para la mayoría de personas morir es una experiencia única, un camino sin retorno, el punto final que termina con su vida. Para mí, por desgracia, es una realidad habitual, tan habitual que he llegado a acostumbrarme.
A veces es cuestión de apenas un segundo, un desasosiego abrumador que me nubla la mirada y me perfora el corazón, un instante de inexistencia absoluta. Otras veces puede durar horas, incluso días, durante las cuales dejo de ser yo y observo desde dentro de esta prisión viviente las acciones de un cuerpo que ya no controlo.
Lo peor es que no hay un aviso, ningún tipo de advertencia.
Puedo estar paseando por el centro de Madrid, perdido en medio de un montón de gente, o tomando un café en el porche de la abuela, y de pronto el recuerdo de tus ojos se escapa de lo más profundo de mi memoria y me golpea tan fuerte que la sangre se me congela en las venas y no consigo ni respirar.
Durante una milésima parte de lo que dura un suspiro la luz me absorbe, se me clava en las retinas y me apuñala el alma, y entonces me arroja a una negrura absoluta y espesa, viscosa como la brea, y solo puedo hundirme más y más profundo, dejando atrás cualquier atisbo de vida. Me descubro sumergiéndome en la oscuridad insondable que llenabas con tu presencia y que sin ti se ha convertido en un agujero negro sin final, comprimiéndome hasta romperme los sentimientos y aplastarme las palabras contra mis labios.
Al principio intenté luchar. Las primeras veces intenté nadar, salir a flote y dar una bocanada de aire; intenté huir. Pronto aprendí que no puedes salir de las sombras si las sombras no quieren que salgas, así que empecé a dejarme arrastrar sin ofrecer resistencia hasta ese lugar donde los latidos de mi corazón no son más que un metrónomo lejano.
Odio este sitio, donde quiera que esté. Odio esta calma estática que parece zumbar, odio el aire lleno de un silencio inquebrantable, y odio las tinieblas de seda negra que te acarician las cicatrices. Odio cada centímetro cúbico de esta nada tan absoluta, tan infinita, y odio la belleza morbosa adherida a este lugar ajeno a la realidad que solo una mente enferma y corrupta como la mía lograría descifrar detrás de cada vacío abismal.
Y por encima de todo lo demás odio estar atado a ella, encadenado a la melodía cadenciosa de los silencios que me estallan en los tímpanos mientras espero a que las sombras se disuelvan y una chispa, un reflejo imperfecto de la luz real levante el velo de esta noche sin estrellas y me libere. Odio saber que, sin importar cuántas veces la aurora venga a rescatarme, volveré a caer en las mismas tinieblas.
Daría lo que fuera por salir de aquí con la certeza de no tener que regresar, pero las cadenas de la muerte nunca se sueltan del todo, nunca abren sus fauces cuando han alcanzado una presa. Sé que me dejarán salir con la misma seguridad con la que sé que me volverán a arrastrar hasta su núcleo.
Así que, ¿por qué luchar? ¿Por qué resistirse?
Me he acostumbrado a morir de vez en cuando. Me dejé atraer por la promesa de bucear en las profundidades abisales de tu mirada de azabache, y ahora que no estás para traerme de vuelta a la superficie ya no sé salir.

Buenas :D Y esa carita sonriente es mi forma de decir “He terminado mi novela, ¡yuju!”. Ahora tengo que trabajar el doble para corregirla bien, pero me da una pereza horrible (¿algún voluntario?). Entre mientras puede que empiece con alguno de mis otros proyectos, me apetece algo de fantasía para no tener que estar consultando a San Google y Santa Wikipedia cada dos por tres. Sea como fuere, como no creo que vaya a presentarla a ningún concurso me lo tomaré con calma, así que todavía podéis votar aquí.
Y... No hay mucho más que añadir. Si me disculpan, voy a pasear a mis canes ^^


-¿Podrías confiar en mí?
-No confío ni en mí mismo, ¿qué te hace pensar que tú eres diferente?

El Drama

El dolor.
Siempre está ahí, nunca se despega de su lado. Da igual si cierra la puerta, da igual si se pone la música a todo volumen, da igual cuan profundo se sumerja en las líneas de un libro amable. Al final los gritos, como sierpes sin cuerpo, se cuelan por la puerta y reptan por el suelo, mordiéndole los pies con la gélida viscosidad de una agresión intangible pero horriblemente dolorosa.
No es un compañero nuevo, claro que no.
El dolor siempre ha estado agazapado en su sombra, trepando por sus piernas para susurrarle al oído palabras amargas y dolorosas. En el colegio, en el instituto, y también en casa. Parece como si la persiguiera, como si una deidad rencorosa hubiese hecho de ella el objetivo de la venganza por un agravio que no recuerda haber cometido.
Y no importa si viaja al pasado, si llega a la Antigua Roma, o a Grecia, o a Egipto. Da igual si se hunde en sus pensamientos hasta llegar al centro mismo de su existencia. Ese dolor nunca se va, no se disuelve, no lo arrancan ni el frío ni el calor. No lo limpia la sangre.
El mundo es feo, muy feo. El mundo es ese lugar vacío y gris en el que las personas vacías y grises caminan sin caminar por las calles de hormigón, siempre con prisas por llegar a un destino tan vacío y gris como ellos mismos. Y ella lo ve, claro. Lo bueno del dolor es que te arranca las vendas. En su afán por destruirte, te muestra la realidad, cruda y afilada como el borde de una botella de vidrio verde.
Lo lógico sería que ella lo odiase. Lo lógico sería que quisiera acabar con todo.
Pero no lo hace.
De algún modo, logra verter en sus palabras lo suficiente de ese dolor que le congestiona el alma para sobrevivir, lo cristaliza en breves líneas de tinta y lo cose al papel. Y, mientras este lucha por intentar liberarse de su prisión acuosa, ella coge su cámara y sale al mundo dispuesta a encontrar la belleza que siente que le falta cuando el dolor es libre.
La encuentra en las cosas más pequeñas, y en las más grandes. En un precioso cielo plagado de estrellas parpadeantes, en una pequeña flor, en su propia piel cubierta con pintura de mil colores. Encuentra un punto de color hasta en el gris más neutro, y lo encierra con su cámara.
Y así, cuando el dolor logra escapar de sus barrotes de tinta azul, cuando la alcanza y la golpea con tanta fuerza que siente que no puede ni respirar, esas fotos aún están ahí, aún permanecen. Si siente que no puede más, que la vida es una espiral de sufrimiento, encuentra en sus fotos el recordatorio de que la belleza está ahí, de que nunca se va. Que solo tiene que mirar para encontrarla.
Encuentra una chispa de esperanza que congela su dolor el tiempo justo para volver a coserlo a una frágil hoja de papel.
Es fácil autocompadecerte, abrazarte las rodillas y llorar, dejar que esa angustia sin fin lo absorba todo y lo corrompa, pero ella siempre encuentra la fuerza necesaria para levantarse, limpiarse el polvo y volver al camino con sus sueños y esperanzas intactos.
No sé cómo lo hace, de dónde saca la energía, ni siquiera sé si alcanza a entender el alcance de ese superpoder.
Pero sí sé que algún día el mundo entenderá que ella ha ganado, que ha sobrevivido al gris y se ha llenado el alma de color, y verán lo ridículo que es hablar de su aspecto cuando todos ellos están condenados a ser las sombras que proyecta el resplandor de su sonrisa.

Buenas ^^ Pues veréis, le prometí aquí a Michelle que le escribiría algo por su cumpleaños. El problema: es en mayo. Y esperar nueve meses es un coñazo, no nos engañemos. Así que le propuse subirlo hoy, con un retraso de noventa días (día arriba, día abajo), y así lo acordamos. Le tengo un aprecio muy profundo porque siempre ha estado ahí, casi desde el primer post, y forma parte de ese grupo reducido de personas que vuelven una y otra vez aunque yo me vaya. Debo muchos cumpleaños a mucha gente, así que desde aquí me comprometo a saldar mis deudas a lo largo de este año. Si vuestras mercedes así lo quieren, claro.
PD. Os recuerdo que tengo un Facebook y un Twitter, por si queréis estar al día de cómo van mis proyectos. Y he reconvertido esta entrada antigua en una enumeración de las historias que tengo que escribir (al menos unas cuantas de las que tengo pensadas), así que, si no me tenéis en fb, podéis votar ahí con cuál debería empezar. No me comprometo a subyugarme a la opinión popular porque no creo en la democracia, pero juro que tendré en cuenta vuestras opiniones :)

Vulnerable

Odio sentirme frágil.
No es algo que suceda a menudo, eso es cierto, porque paso la mayor parte de mi vida escondido en mi amplio mundo interior, entre los árboles que crecen al revés, los ríos concéntricos y los jardines del ocaso, donde los centinelas de cristal no dejan que entren las agresiones del exterior.
A veces un soldado con acero en la sonrisa se disfraza de sombra y logra burlar su vigilancia, y corre libre por mi pequeño universo, trepa por las enredaderas voladoras y lo contamina todo con sus pasos manchados de realidad, dejando a su paso una neblina oscura que pudre todo cuanto toca. Cuando esto sucede lo normal es que los pájaros de luz logren derribarlos, hacerlos caer desde las rocas flotantes al vacío del cielo sin sol, o que se pierdan en el laberinto de arena verde sin paredes, o que la araña sin voz los atrape con su muda canción y los devore. Y, viajando en un suspiro frío, salen de mi mundo y pierden las alas.
Pero, una vez entre un millón, uno de estos soldados bañados en fuego negro atraviesa todas mis defensas y llega a la Dehesa de los Sueños, y me encuentra jugando con las flores que cambian de olor según su estado de ánimo, o bañándome en la laguna sin fondo, donde crecen los corales de madera y los peces de piedra. Y entonces lanzan sus cuchillos disfrazados de palabras, y aciertan.
Siempre aciertan. Directos al corazón, justo en el centro.
Un millar de mariposas de rubí se escapan por la brecha, pero eso no es lo peor. El dolor es soportable: las hadas que viven en el otoño saben curar una herida más rápido que las demás, y cosen cualquier corte con sus dientes anestésicos. Mi problema es que, cuando alguien logra llegar hasta mí, me siento frágil, expuesto. Como si el mundo entero me estuviese observando, desnudo y humano, contando las cicatrices de mi cuerpo.
Y mi mundo se resiente.
Los centinelas de cristal llenan la Ciudad de las Columnas y los pájaros de luz se apoderan de las cornisas del Palacio Fuera del Tiempo, y las murallas surgen del laberinto de arena verde. Los ríos concéntricos se secan y se llenan de esmeraldas afiladas, los jardines del ocaso se llenan de noche, volviéndose impracticables, y los árboles que crecen al revés se cubren de espinas. Todo se convierte en una trampa, en un peligro, y yo me quedo encerrado en la Torre Sin Puertas Ni Ventanas con el tapiz de lo ocurrido y el sastre sin recuerdos.
Quiero salir.
Derribar todos los muros, y limpiar los jardines, y bañarme en los ríos concéntricos.
Pero, aunque soy el ente que vive en todas las cosas, aunque solo existen porque yo quiero, no puedo cambiarlo, porque la sensación de vulnerabilidad está adherida a cada milímetro de mi piel y sé que tardará en irse.
Porque han entrado, han violado mi mundo, y me han roto los sentimientos en un millón de pedacitos.
Porque ni siquiera aquí estoy seguro.
Así que dejo que el universo se suma en las tinieblas, permito que la vida entre en hibernación y me quedo en la Torre, lejos de mi preciada biblioteca donde guardo los Libros de lo Imposible, lejos de las dulces aguas de la laguna, lejos de la Dehesa, donde los sueños mutan en pesadillas.
Y dejo que mi corazón se ralentice hasta que la fragilidad que lo llena todo se diluya en lágrimas.

Bueno, pues parece que lo de escribir cosas raras sigue, porque esto de aquí arriba se las trae. Algunas de las cosas que describo son paisajes de mi mundo de fantasía, el lugar que he ido creando con los años y que, en algún momento, convertiré en una (o varias) novelas de fantasía. El universo lo tengo muy bien pensado, solo me faltan la historia y los personajes. ¿No podría escribir una novela que sea todo descripción?
PD. La próxima actualización es un presente para Michelle, y la subiré el 25, tres meses después de su cumpleaños. Si a alguien le interesan mis palabras envueltas para regalo a pesar de retraso que conlleva trabajar conmigo, que me lo diga, os haré un buen precio :P


-Pero tú siempre eres feliz.
-Algún día entenderás que sonreír no significa ser feliz.

Un millón de nadas

Hoy no soy yo.
No, no soy yo, porque hoy no soy nada ni nadie.
Hoy soy una sombra, una tormenta de tinta negra, el primer rayo de sol de un amanecer violeta. Soy un secreto susurrado a media voz, una mentira andante, soy el grito agónico de las hojas marrones arrastradas por el dios que vive en el viento. Soy una idea, un sueño, el reflejo de una vela moribunda en un espejo empañado. Soy el frío que trepa por tus piernas y te muerde la piel, y el viento que se enreda en tu pelo, y el esbozo de una ilusión. Soy las tres primeras notas de una canción de amor.
Curioso, ¿verdad? Que siendo nada, sea tantas cosas.
Parece incongruente, una incoherencia sin sentido de una mente delirante. Pero no lo es. La nada no es menos nada por no ser absoluta, y si hoy no soy nada es porque soy un millón de vacíos pequeñitos, ausencias en miniatura, que se juntan englobadas en una nada mayor y más profunda. Soy, pues, el silencio de las palabras no dichas, la silueta de una caricia nunca dada y el crujido lastimero de una casa abandonada que sabe que se muere, el último escalón que desaparece cuando lo posas, y también la vida que no llega a empezar. Soy todas las cosas que pudieron ser, pero no fueron. Lo innecesario, lo superfluo, lo prescindible.
No me gusta no ser nada. No, no me gusta, porque no ser nada es estar lleno de vacíos sin fondo, y los vacíos saben a lágrimas amargas, a soledad y a miedo, y a caricias apagadas, y a las miradas frías de unos ojos muertos, y al tic-tac de un reloj cansado. No ser nada es la cosa más agotadora y triste del mundo, porque nadie piensa en lo que no es salvo los poetas y los locos, que son gente triste. Y los poetas locos, que lo son más.
No, no me gusta no ser nada. No me gusta ser el espectro de esas palabras que no me atreví a decirte, ni esa lucha feroz de tus labios contra los míos que nunca llegó a suceder, ni los cadáveres de mil cartas de amor que jamás decidí escribir. No me gusta ser el nosotros que nunca fuimos. Y no me gusta porque duele, y duele mucho, como un millón de suspiros estallándome en el corazón.
Quiero volver a ser algo, aunque ese algo sea yo.
Pero hoy no me será concedido mi deseo.
Hoy seguiré siendo el resplandor de las estrellas que nunca lograron nacer, el amor que asfixié bajo la almohada y el monstruo que no vivía debajo de mi cama. Seguiré siendo un millón de vacíos pequeñitos absorbidos por un vacío mayor que es mi alma. Y lo seguiré siendo mucho tiempo, atrapado en este momento efímero con aspiraciones a ser eterno en cuya infinitud no deja de rebotar una pregunta apenas susurrada que me rompe los oídos y me quema el alma: ¿quién soy yo?

Bueno, lo dije en twitter, pero lo repito: esto es una ida de olla de las que hacen historia. Es decir, ¿alguien entiende algo de lo que pone aquí arriba? Porque yo, aparte de los puntos y las comas, no tengo ni la más remota idea de lo que he escrito (eh, ¿lo haría así Góngora? Porque eso explicaría muchas cosas). Como ya me he quejado mucho de que me falta el tiempo con la novela, las redes sociales, los blogs y libros que leo y todo eso, pues hoy me quejo de que últimamente duermo incluso menos que de costumbre, y menos seguido. ¿Quién dijo que el verano era para descansar? Puto insomnio...

-No quiero que te vayas.
-Y yo no quiero irme. Pero esto no se trata de querer o no querer, sino de lo que hay que hacer, y ahora yo tengo que ser el malo y romperte el corazón para que encuentres a alguien mejor.

La costurera

¡Oh, pequeño...! Ven aquí, deja que te vea.
Acércate, no tengas miedo. Solo es una vela, un poco de luz para verte, y prometo no contarle a nadie lo que encuentre. Si lo hiciese, ¿de qué viviría esta pobre vieja?
Shhh, no digas nada. Con este corazón no sé ni como puedes caminar. ¿Qué le han hecho a mi pequeño? ¡Qué roto está, y qué afilados son los bordes! Es un trabajo difícil, sin duda. Esto no es una ruptura, ni un desamor cualquiera... ¿Murió, querido? Veo que lloras. No, no tengas miedo, no lo escondas. Una vieja como yo ha visto llorar a muchos hombres y te puede decir que no es un signo de debilidad.
¡Ay!, qué amargas y frías son tus lágrimas, pequeño. ¿Cuánto tiempo has estado guardándolas? Parecen lágrimas de toda una vida...
Puedo ayudarte. Me alegro, porque te juro que me duele rechazar a aquellos a los que no puedo ayudar. Ya sabes, a esos que se destruyen el corazón ellos solos. A esos nadie puede ayudarlos, y cuando se lo tengo que decir... No hablemos más de eso, ¿vale? A ti si puedo ayudarte. Pero antes debes conocer el precio, claro; a lo mejor no estás dispuesto a pagarlo.
¡No digas tonterías!, yo no robo almas, eso son solo rumores. No podría quedármelas aunque quisiera, son demasiado frágiles y etéreas. ¿Dónde las guardaría? ¿Y de qué me servirían?
Pero me sorprendes, pequeño. Pensabas que te quitaría el alma y, aun así, has venido hasta aquí. Bueno, chico, pues te confieso que soy cara, pero no tanto. Vendo mis dedos por mucho menos de lo que valen en realidad. Para un trabajo como el tuyo necesitaría... No sé, ¿qué te parece algo de amor?
¡Claro que no! Una caricia, un beso, una noche de placer no son amor. Verás, cuando te recomponga el corazón, antes de poner la última pieza, cogeré un poco de amor, apenas un puñado, y me lo quedaré. Te prometo que no será nada, ni siquiera te darás cuenta. Si te vuelves a enamorar será un poco... menos poderoso, pero nada más. Solo será un poquito, te lo prometo. Y además, los corazones pierden sentimientos sin querer con el paso de los años, no puede arreglarse. Por eso el primer amor -el de verdad, no esos caprichos de juventud- es el más fuerte, el que nunca se olvida, y los demás ya no valen tanto.
Entonces, ¿trato hecho?
Me alegro. Siéntate, aquí, cerca de la vela. Madre santa, qué estropicio. Ahora que lo veo bien... Has estado tocándotelo, ¿no es cierto? Intentaste arreglarlo. ¡Qué temeridad! Semejantes destrozos son difíciles hasta para mí, una anciana de dedos ágiles que se gana la vida con esto. En fin, da igual, me he comprometido a ayudarte. ¡No! No mires. Es un proceso muy feo, empeora mucho antes de arreglarse. Mastica un poco de sueño si ves que duele, pero ten cuidado con la cantidad: si te pasas puede que nunca despiertes.
Y, dime, ¿cómo era ella? Seguro que era hermosa, la más hermosa de todas. Con el pelo largo, fino y sedoso, labios carnosos, una naricita muy graciosa y unos ojos brillantes. ¿Que si soy adivina? No te ofendas, chico, pero todos los enamorados sois iguales, y ya llevo muchos años en este negocio como para no reconocer el perfil. Pero pareces muy joven, ¿estabais casados o...? ¿No? Ya veo. Está bien, yo ya no tengo reparos con esas cosas. Un papel firmado y sellado no significa nada, yo sé cuánto se quiere a alguien por el estado del corazón cuando me lo traen, y es obvio que la querías mucho. Pobrecito, tan joven y tan solo. Conozco a alguien, una chica que me llegó con el corazón tan roto como el tuyo. Quizá podría hablar con el Destino y hacer que os encontraseis.
No digas que no tan pronto, hijo mío. Dentro de un par de días tus heridas habrán cerrado y querrás enamorarte de nuevo, y te aseguro que ella te encantaría.
Claro, si no quieres no lo haré, no te preocupes. Solo te ofrecía un regalo, una compensación. El Destino ha sido cruel contigo, pero veo que tampoco quieres favores. Puede que al final sí seas de los que se destruyen el corazón...
Ya casi hemos terminado, así que suelta ese sueño, que ya has tomado muchos. Si sigo siendo tan generosa con todos los que venís esto va a dejar de serme rentable, pequeño.
Bien, última pieza. Ahora voy a coger el amor. No te preocupes, te prometo que no sentirás nada, en serio. Bien, veamos... ¡Aquí está! Pásame ese frasco de allí, ¡rápido!
Gracias. Vaya, es un amor muy bonito, ¿sabes? Puro, cálido y muy brillante. De los mejores que he visto nunca, chico. Podrías poner una tienda, tus sentimientos son de calidad y estoy segura de que te pagarían bien por ellos.
Sí, vale, ya termino. Solo intentaba ayudarte, no te ofendas tanto. Vamos a coser este último trozo, con mucho cuidado. Una punzadita más y esto estará terminado... ¡Listo! Observa el resultado. ¿No te parece precioso? Como nuevo. He tenido cuidado para que las cicatrices sean muy finas cuando cierren las heridas, nadie notará la diferencia.
Pero no te quedes ahí plantado, bobo. Pruébalo. Deja que esta pobre vieja vea esa preciosa máquina tuya de nuevo en funcionamiento. ¿Ves? Ni un punto se ha saltado, está perfecto. Cada pieza en su lugar, y bien cosida, sin agujeros ni fugas. Uno de mis mejores trabajos.
Y ahora, pequeño, vuelve por donde has venido. Si te quedas mucho tiempo aquí con ese corazón tan bonito alguien querrá robártelo.

En fin, supongo que esto es... Algo raro. Admito que aquí hay un poco de verdad, un poco de mi propia experiencia. Porque puede que no lo sepáis, pero aparte de hilar historias más bien malas tengo por hobby arreglar corazones ajenos (el mío, para bien o para mal, no puede arreglarse, venía mal de serie). No es un hobby divertido, pero cuando alguien, aunque apenas haya compartido tres palabras con esa persona, me llega con el alma hecha pedazos, me resulta imposible no sentarme a escuchar sus males e intentar consolarle. Soy un blando y un idiota, lo sé.

-¿Seguro que quieres hacerlo?
-No estoy seguro de nada. Pero si me paro a pensarlo sé que encontraré alguna excusa para no hacerlo, y ambos sabemos que lo necesito.

En tus redes

Creí que sería fácil, ¿sabes? Que si me alejaba de ti y me convencía de que no te necesitaba acabaría olvidándote. Que tus recuerdos se los llevaría el viento, tu nombre lo borraría la lluvia y tu sonrisa la incineraría el sol. Siempre había sido así antes, ¿por qué esta vez habría de ser diferente?
Así que, cuando llegaste con el oro de tus ojos y tus cabellos sedosos, oscuros como una noche sin luna, no me molesté en contenerme. Sí, te amé desde el primer momento y con todo mi ser, y no hice nada por remediarlo. Dejé que una mitad de mí se regodease en tu existencia, jugando a imaginar una vida juntos, diseccionando cada mirada, gesto o sonrisa que me dirigías. ¿De qué tenía que preocuparme? Mientras la otra mitad, la pragmática racional acostumbrada al desamor fuese la dominante, daba igual si una pequeña parte de mí se dedicaba a componerte poesías.
Pero te empeñaste en ser diferente, ¿no es cierto? Quisiste demostrar que se podía entrar en mi corazón, que había algún pasadizo secreto directo a mi alma.
“No pienso irme” dijiste. “Esperaré el tiempo que sea necesario”.
Y cumpliste tu palabra. No te importaron el dolor que te causé ni mis intentos por alejarte; permaneciste ahí, día tras día, recordándome con cada respiración que me amabas tanto como yo pudiera amarte. Hiciste lo que yo nunca me atreví a hacer: te entregaste a mí, en cuerpo y alma, sin dudarlo un instante y sin buscar garantías. Te arriesgaste a darme tu corazón a sabiendas de que podría destrozarlo en cualquier momento.
Pensé en hacerlo, lo admito. Pensé en cerrar la mano y aplastarlo dentro de mi puño, romperlo y luego dejar que lo recompusieras como un puzle macabro hasta que aprendieses la lección y dejases de entregármelo. Pero no pude hacerlo.
Intenté convencerme de que solo era una buena acción, que intentaba salvarte de convertirte en alguien como yo. Y tú seguías ahí, bien cerca, acariciándome con tus miradas y diciéndome cada cierto tiempo que me querías, como un recordatorio más. Juro que no sé cómo sucedió, ni cuándo. Solo sé que un día me desperté y no podía parar de pensar en ti. Daba igual lo que hiciera, si leía, si intentaba trabajar, si me ahogaba en alcohol... Tus ojos dorados no terminaban de difuminarse.
Y, a medio camino entre la nostalgia y la borrachera, cogí el teléfono y te llamé.
Aquella noche recorrí cada centímetro de tu piel con mis dedos, hice un mapa de tus labios y saboreé cada recoveco de tu boca. Y con cada respiración, con cada grito de placer asfixiado, me fui enredando en esta locura como si fuese una tela de araña hasta que ya no pude salir.
Nos quedamos dormidos abrazados, con tu cabeza apoyada en mi hombro y el retumbar de nuestros corazones componiendo nuestra banda sonora particular. Y cuando desperté te vi así, tan cerca, tan frágil y, al mismo tiempo, tan fuerte...
Supongo que ahí fue cuando me di cuenta de que no quería seguir contemplando el oleaje desde la playa. Quería riesgo, emoción, olas enormes que me encogiesen el estómago y me levantasen hasta casi poder rozar el sol. Quería sufrir, y sonreír de verdad, y ser feliz.
Te despertaste, y clavaste en mí tu mirada, profunda y llena de vida, y sonreíste.
Y comprendí que no quería hacer nada de todo eso si no era contigo.

¡Cuuuuuursiiiiiii! Lo sé, más empalagoso que una tortita rellena de sirope de caramelo y bañada en salsa de chocolate con una cobertura de merengue y bolitas de azúcar de muchos colores. Y sí, mataría por comerme algo así en estos momentos, pero me está prohibido acercarme a la cocina porque mis habilidades culinarias son más bien limitadas. No hay mucho más que decir, salvo que ya solo me quedan seis capítulos para terminar “La Sinfonía no. 20” (voy a toda leche, me temo que luego, en la corrección, voy a hartarme a arreglar cosas). Os amo mucho ^^
PD. No hay minidiálogo porque me falta inspiración, prometo currármelo más la vez siguiente u_u

Los cazadores de sonrisas

Las horas se rompen en un millar de mariposas azules que parten sin rumbo fijo.
Estamos solos, y en el reloj de la pared, caído al suelo, roto y mudo, nos reflejamos separados por una grieta insalvable. ¿Cuándo sucedió esto? ¿Fuiste tú quien se alejó? ¿O tall vez fui yo? No lo sé.
El tiempo, congelado en este instante, parece que intenta estirarse, deteniendo una lágrima que asoma a tus ojos y un grito que trepa por mi garganta hasta mis labios.
Veo tus sentimientos, por primera vez los veo y son algo más que solo palabras. Son un ejército de sombras, de miedos, de inseguridades comprimidas en los cuerpos de un millar de pequeños diablos que reptan por tu cuerpo como serpientes, acariciando tu cuello con una fuerza devastadora. Deseo apartarlos, arrancar sus lenguas de soga de tu piel, pero ya no hay tiempo.
Te has ido. Tu cuerpo está aquí, pero tus ojos apagados me miran desde lo alto y solo hay vacío tras ellos, una neblina oscura como la de un sueño, pero más densa y profunda. Aún puede verse la silueta de Thanatos escondida en tu sombra, y la huella de sus labios en los tuyos, mustios y apagados, torcidos en una sonrisa trágica de melancolía.
El destello de un relámpago rompe el estatismo, desdibujando en blanco la silueta de tu cuerpo, y el retumbar cavernoso del trueno me desgarra los tímpanos. Las agujas del reloj cantan de nuevo con su tic-tac triste mientras desato esas serpientes de cuerda que queman la carne de tu garganta y dejo tu cuerpo en el suelo. Tu vestido negro hace ondas, arrastrado por el viento furioso y húmedo que ruge a través de la ventana, y me acaricia el dorso de la mano mientras lloro en silencio, hundiendo mi cara en tu pelo con olor a fresas.
Cierro tus ojos con un gesto torpe, tembloroso, y siento el frío subir por mis dedos y detenerse en mi garganta, congelándome la respiración. Y las putas agujas del reloj siguen moviéndose, siempre hacia delante, inexorables.
Beso tus labios por última vez, te coloco bien los pendientes y me aparto, y siento que una parte de mi corazón se queda contigo.
Pero no puedo quedarme, ahora debo huir.
Somos fugitivos, elegimos serlo. O tal vez lo elegí yo y tú solo me seguiste, porque, de alguna forma, siempre pensé que esta vida no te gustaba tanto como a mí. Recojo un par de cosas, apenas unas prendas metidas a presión en una mochila y el cuaderno, y billetes de distintos países. Dudo un momento, porque fuera empieza a haber ruido de gente y no creo que tarden mucho en entrar, así que guardo tu colonia también y salto por la ventana del jardín.
Siento los cristales arañando mi piel, mordiéndome, rasgándome la carne. Duele, pero en cierto modo es un alivio, porque esas marcas, esas pequeñas cicatrices, serán una prueba imperecedera de que este momento fue real, y de que fue algo enorme y magnífico.
Corro bajo la lluvia mientras el agua limpia mis heridas, me detengo a la entrada de un bosque y miro hacia atrás, hacia nuestra casa. Solo un instante, una última imagen de ese tiempo magnífico antes de perderme entre los árboles.
De vuelta a las sombras, como siempre.

Aloha :D Siento no estar muy presente, en twitter y Facebook subo más cosas, pero estoy muy concentrado con “La Sinfonía no. 20” y me cuesta sacar tiempo para el blog. Sin embargo, me comprometí a no abandonarlo, así que aquí estoy. La entrada y este minidiálogo que tiene 0% de mini son posibles fragmentos sueltos que me ha venido a la mente para “Los cazadores de sonrisas”, una novela que me inspiró Misha/Michelle y que tendré que escribir cuando termine con las otras cosas que tengo pensadas, y los lo subo porque no me apetece perderlo. ¿Qué os parecen?

-El tiempo es como un prisma que deforma las cosas.
-No lo entiendo.
-A ver cómo te lo explico... ¿Recuerdas a aquella chica, Marta, que te gustaba tanto? ¿La que te dejó por otro? Lo pasaste fatal. Y ahora, cuando miras al pasado, ¿no te parece algo muy pequeño? O cuando soñabas con ser médico y luego te diste cuenta de que no era tan maravilloso como creías. Y sin embargo, ¿no echas de menos pasar la tarde con tus amigos Pedro y Marcos? Y eso que lo hacías a diario, era lo más normal del mundo.
-Entonces, ¿el tiempo hace grande lo pequeño y pequeño lo grande?
-Sí. Bueno, no. Sí y no. Hay cosas que eran grandes y el tiempo las hace enormes, y otras pequeñas que se vuelven minúsculas hasta que las olvidas. Y luego hay otras que se mantienen casi igual. El tiempo no se rige por ninguna norma a la hora de deformar, solo... lo hace.

Grietas

Tiene el corazón roto.
No es algo que se vea a simple vista. Tienes que detenerte, sentarte frente a ella y mirarla a los ojos, sumergirte en esas dos enormes lagunas que tiene por ojos, hundirte hasta que sientas que te asfixias... Y entonces, en lo más hondo de su alma, si observas en silencio durante un tiempo, es posible que las veas.
Esas grietas tan bien pintadas, tan finas que parecen los hilos de una tela de araña invisible, tan largas que cubren hasta el último rincón de su corazón... Pueden parecer arañazos, pequeñas muescas provocadas por el tiempo. Pero no lo son, claro que no.
Se hunden como las raíces de una planta venenosa, erosionan las paredes cavernosas del órgano y lo atraviesan por completo. Lo vacían, se alimentan de los sentimientos que produce, arrasan con todo a su paso hasta dejar solo un enorme vacío que pronto se llena de lágrimas amargas.
Es un espectáculo morboso, pero por algún motivo no puedes apartar la vista. Porque cuando lo ves, cuando logras entender hasta qué punto los cimientos de su corazón están rotos, no puedes evitar preguntarte cómo puede sostenerse en pie una estructura tan espléndida. Mi teoría es que la tristeza, viscosa y densa, ha logrado rellenar todos esos agujeros y mantener las piezas unidas en un equilibrio volátil que amenaza con caerse a cada momento, con la más ligera brisa, pero que de alguna manera logra mantenerse en pie.
Y si esperas más, si te hundes a diario en sus ojos y tienes paciencia, acabas viendo cómo uno de esos enormes pedazos de corazón se suelta y se hunde en las profundas aguas negras que hace tiempo eran un amor puro y transparente con aspiraciones a ser eterno.
No merece la pena intentar arreglarlo, y créeme, lo he intentado. He procurado drenar hueco a hueco la tristeza de su corazón, arreglar las grietas, recomponer los pedazos que faltan y curar las cicatrices. Pero todo vuelve a su estado original. Las lágrimas se reproducen, salen de la nada y caen desde las enormes arcadas carmesí como una gotera, y forman un charco que no tarda en convertirse en lago.
La única opción a estas alturas sería tapiar esos compartimentos, limpiar la tristeza de las grietas y dejarlos caer, despiezar uno a uno todos esos reductos de amargura y dejar solo la estructura central, frágil y desnuda, como el esqueleto de un enorme edificio abandonado tiempo atrás.
Pero ella no te dejaría hacerlo.
Él se fue una mañana, sin decirle nada, sin darle explicación alguna, y nunca volvió. No dejó su ropa, ni su desodorante, ni una taza de café con las huellas de sus labios. Por no dejar, no dejó ni su reflejo en los espejos. La única prueba de que él existió, la única cosa que le recuerda que una vez amó y que fue dolorosamente real son esa enorme mole en ruinas y ese mar de aguas oscuras que viven dentro de ella.
Y no puede renunciar a eso.

En fin, siento el retraso. El plan inicial era actualizar ayer, pero al final no hubo manera, y como este internet cada día va peor me cuesta horrores subir nada, aunque en twitter y facebook no me va tan mal. Quizá debería ver qué problema tiene este navegador con blogger, no sé...
En cualquier caso, estoy remodelando Abbise para reabrirlo y vender el libro por ahí, aparte de dar noticias y demás, lo que me consume un montón de tiempo. Cuando lo tenga más o menos organizado lo abriré para que podáis ver y juzgar ^^

-Solo di “te quiero”.
-He dicho “te quiero” tantas veces como “hola”. No decírtelo es la mejor forma que tengo de expresarlo que se me ocurre.

Freedom

Solo soy libre de verdad cuando escribo.
La vida real tiene cadenas, muchas cadenas. Las cadenas de lo posible, de lo improbable, de lo imposible; las cadenas de lo imprevisible, lo obvio, lo inesperado, lo deseado; las cadenas del miedo, el amor, el odio, la alegría, las de los compromisos y las promesas. En la vida real no puedes tirarte de un barranco y saber que saldrás ileso, ni extender un brazo y atrapar un rayo de sol para jugar con él, ni coser el aire para hacerte un precioso abrigo de nubes.
Pero cuando escribo, cuando cojo un boli y un papel, cuando abro un procesador de textos cualquiera, soy simplemente libre a todos los niveles. Cuando escribo puedo dibujar los trazos de un palacio donde siempre es el atardecer, o una enorme catedral con amplios canales de agua y flores en las grietas. Puedo crear un bosque tan grande, tan profundo y tan verde que no podrías conocerlo entero ni caminando durante toda la vida, y unos árboles que cantan cuando el viento sopla, y un lago donde viven diez mujeres de agua que se rompen si intentas tocarlas.
Sí, cuando escribo me convierto en un dios cuyos poderes se manifiestan en forma de ríos de tinta azul oscuro, que puede convertir un paraíso en un infierno bañado en sangre en cuestión de un par de líneas. ¿Quiero muerte y destrucción? Puedo desatar un apocalipsis y luego, cuando me canso, encerrarlo de nuevo en mi libreta. ¿Me apetece una dulce historia de amor? Creo un refugio, una bonita casa escondida del mundo, y creo a la mujer más bella, con cabellos hechos de sombras, ojos esculpidos en zafiro y piel de luna, y a un hombre, un caballero, con el pelo rubio y una sonrisa tan magnética que parece un imán. Y si quiero, meto a una tercera persona y destruyo su felicidad, todo en cosa de un par de minutos.
Luego puede que el resultado me guste. Puede que me quede con la sensación de haber atrapado un sueño, atándolo con mi pluma y mis palabras para siempre, o que solo haya logrado esbozar su silueta. Puede que, al releerlo, me parezca que he mancillado la pureza del papel en blanco con mis palabras, y que me avergüence de haber escrito algo así.
Pero el resultado es solo un efecto secundario, una consecuencia derivada, porque el objetivo máximo de todo escritor es la libertad. Los libros que escribas mientras la disfrutas solo sirven para recordarte todas las veces que fuiste enteramente libre.

Hoy he sido más breve porque estoy con otras cosas, entre ellas un Twitter y un Facebook que acabo de hacerme. Por supuesto basta con pasarse por aquí si queréis informaros de cómo van mis proyectos y demás, pero puede que me vicie y twittee a menudo sobre cuántas páginas llevo, o de las nuevas ideas que tenga. Lo que me recuerda que tengo una nueva novela corta pensada, ya os contaré cuando tenga más cosas decididas.
PD. Muchísimas gracias a todas por el apoyo que me habéis ofrecido, no sé cómo podré pagároslo :_D


-¡Joder!, te juro que lo intento, pero no te entiendo.
-No te pido que me entiendas; solo te pido que no me dejes sola.