En tus redes

Creí que sería fácil, ¿sabes? Que si me alejaba de ti y me convencía de que no te necesitaba acabaría olvidándote. Que tus recuerdos se los llevaría el viento, tu nombre lo borraría la lluvia y tu sonrisa la incineraría el sol. Siempre había sido así antes, ¿por qué esta vez habría de ser diferente?
Así que, cuando llegaste con el oro de tus ojos y tus cabellos sedosos, oscuros como una noche sin luna, no me molesté en contenerme. Sí, te amé desde el primer momento y con todo mi ser, y no hice nada por remediarlo. Dejé que una mitad de mí se regodease en tu existencia, jugando a imaginar una vida juntos, diseccionando cada mirada, gesto o sonrisa que me dirigías. ¿De qué tenía que preocuparme? Mientras la otra mitad, la pragmática racional acostumbrada al desamor fuese la dominante, daba igual si una pequeña parte de mí se dedicaba a componerte poesías.
Pero te empeñaste en ser diferente, ¿no es cierto? Quisiste demostrar que se podía entrar en mi corazón, que había algún pasadizo secreto directo a mi alma.
“No pienso irme” dijiste. “Esperaré el tiempo que sea necesario”.
Y cumpliste tu palabra. No te importaron el dolor que te causé ni mis intentos por alejarte; permaneciste ahí, día tras día, recordándome con cada respiración que me amabas tanto como yo pudiera amarte. Hiciste lo que yo nunca me atreví a hacer: te entregaste a mí, en cuerpo y alma, sin dudarlo un instante y sin buscar garantías. Te arriesgaste a darme tu corazón a sabiendas de que podría destrozarlo en cualquier momento.
Pensé en hacerlo, lo admito. Pensé en cerrar la mano y aplastarlo dentro de mi puño, romperlo y luego dejar que lo recompusieras como un puzle macabro hasta que aprendieses la lección y dejases de entregármelo. Pero no pude hacerlo.
Intenté convencerme de que solo era una buena acción, que intentaba salvarte de convertirte en alguien como yo. Y tú seguías ahí, bien cerca, acariciándome con tus miradas y diciéndome cada cierto tiempo que me querías, como un recordatorio más. Juro que no sé cómo sucedió, ni cuándo. Solo sé que un día me desperté y no podía parar de pensar en ti. Daba igual lo que hiciera, si leía, si intentaba trabajar, si me ahogaba en alcohol... Tus ojos dorados no terminaban de difuminarse.
Y, a medio camino entre la nostalgia y la borrachera, cogí el teléfono y te llamé.
Aquella noche recorrí cada centímetro de tu piel con mis dedos, hice un mapa de tus labios y saboreé cada recoveco de tu boca. Y con cada respiración, con cada grito de placer asfixiado, me fui enredando en esta locura como si fuese una tela de araña hasta que ya no pude salir.
Nos quedamos dormidos abrazados, con tu cabeza apoyada en mi hombro y el retumbar de nuestros corazones componiendo nuestra banda sonora particular. Y cuando desperté te vi así, tan cerca, tan frágil y, al mismo tiempo, tan fuerte...
Supongo que ahí fue cuando me di cuenta de que no quería seguir contemplando el oleaje desde la playa. Quería riesgo, emoción, olas enormes que me encogiesen el estómago y me levantasen hasta casi poder rozar el sol. Quería sufrir, y sonreír de verdad, y ser feliz.
Te despertaste, y clavaste en mí tu mirada, profunda y llena de vida, y sonreíste.
Y comprendí que no quería hacer nada de todo eso si no era contigo.

¡Cuuuuuursiiiiiii! Lo sé, más empalagoso que una tortita rellena de sirope de caramelo y bañada en salsa de chocolate con una cobertura de merengue y bolitas de azúcar de muchos colores. Y sí, mataría por comerme algo así en estos momentos, pero me está prohibido acercarme a la cocina porque mis habilidades culinarias son más bien limitadas. No hay mucho más que decir, salvo que ya solo me quedan seis capítulos para terminar “La Sinfonía no. 20” (voy a toda leche, me temo que luego, en la corrección, voy a hartarme a arreglar cosas). Os amo mucho ^^
PD. No hay minidiálogo porque me falta inspiración, prometo currármelo más la vez siguiente u_u

3 comentarios:

  1. El concierto se dio de lujo, Caballero, cuando subamos algo a la red, te lo haré llegar para que me des tu opinión que -honestamente- me importa mucho muchísimo.
    Jo, tú dirás lo que quieras de mis amagos de textos, pero TU, OH TÚ... tienes auténtico talento, tienes tinta en tus venas, querido mío.

    Soñé contigo hace poco sabes? Con el Palacio de Plata, con tu Estilográfica y mis tenues palabras.

    ResponderEliminar
  2. "Te arriesgaste a darme tu corazón a sabiendas de que podría destrozarlo en cualquier momento."
    Vivamos de riesgos.. de lo contrario para qué vivir?
    Cursi o no... me encantó!!!
    Beso!

    ResponderEliminar
  3. Sí bueno, puede ser cursi, pero alguna vez se puede experimentar eso también en la vida así que, ¿por qué no leer/escribir sobre ello también? ;)

    Me gusta cómo está escrito, lo que se expresa el texto y cómo lo hace. Lo único que he echado en falta es un poco más de desarrollo respecto al motivo de no querer arriesgarse con el amor. Será curiosidad mía jaja Por lo demás, genial ;D

    Un beso!

    ResponderEliminar