Siempre gana el corazón

Suena el despertador, y tú lo apagas de un golpe.
Empieza un nuevo día, veinticuatro horas todavía inéditas pero, en el fondo lo sabes, idénticas a todas las anteriores.
Demasiadas ilusiones rotas para seguir esperando algo del destino.
Te planteas quedarte en la cama, dejarte arrastrar por ese mundo a medio camino entre el sueño y la realidad y no despertar nunca más, pero al final, como siempre, cedes a tus obligaciones y desenrollas el capullo de tela que son tus sábanas, pegadas a tu cuerpo por el sudor frío de otra noche de pesadillas y soledad amarga.
El mundo te recibe con café del día anterior, un bote de leche a punto de caducar y unos cuantos rayos de sol que se esparcen por la cocina con resignación, pero consigues que los suspiros se queden atrapados entre tus labios y desayunas deprisa.
Las gotas de granizo que te lanza la ducha terminan de espabilarte y, tiritando, te envuelves en una toalla que antes era blanca hasta que el frío vuelve a encerrarse en tu interior, y luego te vistes lo más rápido que puedes, evitando mirarte al espejo para no tener que afrontar el reflejo que intenta devolverte, ese cuerpo que apenas es el esbozo de lo que fuiste, y sales a toda prisa para llegar a tiempo al trabajo.
Y mientras escuchas la música de siempre, sentado en el mismo asiento del autobús, pasando por las mismas calles de todos los días, dejas de pensar.
Antes aprovechabas cualquier instante para escrutar la multitud en busca de esos ojos, esa mirada cómplice dispuesta a completarte, pero hace tiempo que te cansaste de soñar con encuentros inesperados y amores de novela. ¿Qué fue de los príncipes que Disney te prometió? Tal vez están todos comprometidos con sus respectivas princesas.
Con las pupilas cansadas repasas cada recodo de Barcelona con la triste indiferente de quien se ha dado por vencido, y por fin llegas a tu parada. Ni siquiera necesitas salir de la somnolencia para llegar a tu despacho, donde te dejas caer sobre tu silla mientras el ordenador se enciende. Tachas un día más en el calendario sin saber muy bien por qué; si todos son el mismo, ¿qué más da? Ni siquiera cuentas las horas que te quedan para volver a casa.
Así que te desplomas en tu puesto, extiendes los dedos sobre el teclado y empiezas a rellenar documentos, correos y hojas de cálculo con parsimonia, y justo cuando estás pensando en irte a por un café el ordenador se bloquea.
Maravilloso...
Con un suspiro levantas el teléfono y marcas la extensión del departamento técnico para que lo arreglen, pero al otro lado no te responde Rosa, sino un chico que, con voz temblorosa, se presenta como Marc. Recuerdas vagamente que Rosa estaba embarazada, ¿habrá cogido la baja? No se lo preguntas. Solo le dices que suba a arreglarte el ordenador y cuelgas.
El chico apenas tarda diez minutos en llegar, pero tú le lanzas una mirada de impaciencia y te apartas para dejarle trabajar. En el fondo sabes que no se merece que la pagues con él, pero te da igual. Lo único que quieres es que termine pronto y se vaya. En lugar de hacerlo, el chico parece dudar, vacila, se agacha para ajustar unos cables y suelta un suspiro de frustración. Te mira con resignación: hay que reiniciar. Justo cuando parecía que nada podía ir peor...
Así que te vas a por un café, y mientras te sirves una taza oyes a Laura y Vero hablando de ese “becario marica” que acaba de llegar. Si ellas supieran que sus hijos llevan juntos cerca de un año...
Sacas otro café y, de mejor humor, vuelves a tu despacho y le ofreces la segunda taza a Marc con un gesto mudo, y él te responde con una sonrisa. Antes no te habías fijado, pero resulta que es bastante mono: pelirrojo, ojos color miel, unas pocas pecas esparcidas por la cara... Seguro que las odia: a la gente con pecas no suelen gustarle. A ti tampoco te gustan, pero a él le sientan bien.
Apoyado contra la mesa, le observas trabajar, y tu corazón parece despertar de un sueño largo. Su voz diciéndote que está arreglado te interrumpe mientras imaginas el sabor de sus labios, así que carraspeas mientras intentas ganar tiempo y te sientas en la silla que ha dejado libre, aún caliente. ¿Hace cuánto que no sentías el calor de otra persona?
Tu mente intenta decirte que te calles, que te aguantes las ganas, que saldrá mal, como siempre. Pero a tu corazón eso le da igual, él solo quiere amar, y a ser posible ser amado.
Marc se escapa por la puerta, pero le pides que espere un momento y te acercas a él, y aunque está a una distancia prudente, sientes que te derrites solo mirándole a los ojos.
-¿Te apetecería tomar un café de verdad conmigo?

Vale, recordadme que, por mucho que me los recomienden, no tengo que leer yaois. Primero, porque me sacan la vena empalagosa; y segundo, porque hay demasiados desnudos explícitos y una rayita, señores japoneses, no tapa nada. Ejem ¬¬
Respecto al texto... no sé, llevo un par de días dándole vueltas y aún no estoy seguro de si me gusta o no. Solo sé que tenía que terminarlo, no me apetecía dejarlo a medias, que tenía que estar en segunda persona y que tenía que ser más optimista que de costumbre. ¿Por qué? Ni idea, eso discutidlo con mis musas.
Ahora, si no os importa, me marcho a hacer traducciones y practicar Hiragana. ¡Que os vaya bien!

Ella y el mar

Aviso de parrafada, yo de vosotr@s me la saltaba. Yo os he avisado :D

A mis pies el mar se deshilacha en una maraña de olas enredadas con olor a salitre, arañándome la carne con sus devaneos de arena, mientras la luna, enorme y brillante, se deshace sobre su superficie, inmolándose en un vertido constante hilos de plata que se disuelven en el agua.
En el aire flotan jirones de niebla salada que se parecen desmenuzarse entre los dedos de una mano invisible, vestigio de una deidad arcaica enterrada bajo el peso de los siglos y el olvido, y lo cubren todo con un velo grisáceo que parece desdibujar un ejército de fantasmas al rebotar en cada risco de la costa.
Y al fondo, contra el eterno tapiz azul celeste cuajado de luciérnagas albinas, se recorta la silueta de un velero solitario que se deja mecer al son de un suave murmullo marino, un espumoso canto de sirena que se derrite en mis oídos y me arrastra a otras realidades.
El tiempo se detiene, deja de desmigajarse en horas, minutos y segundos perdidos, y solo queda el espacio, una entidad inabarcable y absoluta que todo lo llena. Ya no existen el ahora, el ayer o el mañana, pues todo se funde en una vorágine anárquica donde la barrera del tiempo se resquebraja.
Fue aquí donde la conocí, bella y radiante, como una diosa escapada de las tinieblas insondables de la noche, una muñeca de porcelana inmaculada abandonada en la playa. En la arena se difuminaban sus pasos, las huellas de unos pies desnudos lamidas por el oleaje cadencioso de aquella noche de otoño, mientras ella seguía avanzando, hundiendo en el mar los volantes de su vestido tornasolado. Sus ojos, apenas delineados por el plomizo resplandor que se desprendía de una luna que se sugería fantasmal tras las nubes, eran dos enormes esmeraldas: hermosos, cristalinos, inolvidables... pero fríos y apagados.
Tan dolorosamente hermosos, y al mismo tiempo tan muertos...
Ella seguía caminando, sumergiéndose cada vez más, y el agua ya acariciaba su cintura. Temblaba, puede que de miedo, o de frío, o un poco de ambas, pero no se dejaba detener por un mar que luchaba por empujarla fuera de sí, como queriendo salvarla de sus oscuridades abismales.
No sé por qué tardé tanto en reaccionar.
Tal vez fuera el cansancio acumulado, o ese aire de irrealidad que lo inundaba todo haciéndolo parecer volátil e ilusorio; o quizás fuera esa tristeza tan honda, tan transcendente que se desbordaba de cada uno de sus gestos.
Aquella melancolía... Dudo que jamás alcance a describirla en su totalidad.
Era una tristeza que se componía de muchas tristezas más pequeñas, imbuida de resignación, de nostalgia, de pesimismo, una tristeza que se deshacía en oleadas. Una tristeza que te mordía el corazón y te arañaba el alma, que era inmensa y, sin embargo, cabía en un cuerpo tan pequeño y frágil como el de aquella muñequita inocente. Era una tristeza silenciosa, de las que te horadan por dentro con sigilo dejando el exterior intacto, que se alimentan de palabras calladas y lágrimas contenidas y te consumen a dentelladas.
Aquella tristeza que desprendía por cada poro de su blanca piel, en definitiva, tenía tantos matices que quizá sea más oportuno decir simplemente que era tan tangible como una puñalada de terciopelo, letal y acariciadora, un dolor volátil y agridulce capaz de destilar la más pura melancolía del cuerpo inanimado de la roca más dura, y dejar que cada cual imagine, arranque de esta descripción sombría, indigna e incompleta, sus propias deducciones. Baste decir que aquella melancolía me quitó el aliento y me detuvo el corazón, y que me ató manos y pies, y que por eso me resultó tan difícil empezar a correr.
Correr...
Recuerdo con tanta nitidez aquella carrera trepidante, aquella lucha entre mi corazón, la arena húmeda que devoraba mis pasos y la noche crepitante, aquella contrarreloj por arrancarla de las garras de la muerte, que
casi parecían arrullarla con su mudo batir de olas... que aún se me acelera el pulso solo de pensarlo.
Fue como un estallido, una explosión, un “Sálvala” imperativo.
Corrí contra las olas, contra el viento, contra el mundo mismo para salvar a aquella muñeca de porcelana que se hundía, y cuando llegué a su lado y volvió hacia mí sus ojos su tristeza me golpeó con más intensidad si cabe. Pero debajo, oculta por aquel velo fluido de melancólica indiferencia, estaba la sorpresa, reflejada en sus labios carnosos abiertos en una mueca de extrañeza.
No renegó de mi abrazo, ni se negó a dejarse arrastrar hacia la orilla. Dócil, obediente como un cachorrillo indefenso, dejó que la sacase del mar y la posase sobre una roca sin emitir más ruido que el dulce compás de sus respiraciones, y entonces, mientras yo resollaba en busca del aliento perdido, se quedó mirándome con aquella sorpresa extrañada, casi contrariada de que alguien hubiera acudido en su rescate.
Sentada sobre la piedra, con el vestido ajustado a su cuerpo por el agua y sus rasgos tenuemente trazados por el resplandor neblinoso de la luna, parecía una auténtica ilusión, una quimera fantasmal evocada por mi imaginación. Fue entonces cuando deseé besarla por primera vez, y ella, como si leyera mis pensamientos, dibujó una sonrisa entre divertida y maliciosa, y sacó de la nada una mirada tan pacífica que terminó de atraparme.
No dijo una sola palabra, pero su cuerpo entero hablaba por ella, advirtiéndome de que, si bien en aquel momento la tenía, perderla era tan fácil como lo había sido ganarla.
Aquella noche la llevé a mi casa. Compartimos mi cama sin decir una sola palabra, sin dormir, solo mirándonos a los ojos. Yo me resistía a caer rendido por miedo a que se desvaneciera entre mis brazos, y ella... Ella parecía evaluarme, analizando si era merecedor de sus atenciones.
Y durante meses la tuve, siempre a mi lado. La llevé a la ópera, al teatro, a dar largos paseos junto a aquel mar que había amenazado con llevársela, a pasear por el parque... Busqué para ella mil razones para no querer separarse de mí. Primero con miedo, con ese temor reverencial a perderla a cualquier instante, tan fuerte que con solo sentirla desaparecida un instante mis ojos corrían a buscarla; y luego con una serenidad alegre, un placer calmado de saberla a mi lado como una extensión más de mi cuerpo.
¡Qué idiota fui!
Me confié, me dejé engañar. Creí que la tendría siempre conmigo, y, mientras, el interés se desvanecía en sus ojos, dejando paso de nuevo a esa misma tristeza bajo cuya sombra la conocí. Pero yo, ciego de orgullo por haberla hecho mía, por haberla atado a mí con un anillo de oro, cadena inútil sin eslabones, no supe verlo venir.
Y una noche, mientras yo dormía a su lado, acariciados los dos por la suave brisa que se colaba por la ventana abierta, ella desapareció como una bruma inestable que se evapora con el nuevo día sin ser notada.
Desperté y busqué su cuerpo, y al no hallarla la busqué fuera de la cama, en las habitaciones, en la calle, y finalmente en los periódicos, donde solo encontré su carcasa de carne y huesos hinchada de agua salada. Poco a poco asumí que aquel beneficio que me concedió, aquella oportunidad de hacerla feliz y compartir esa felicidad, se había perdido irremisiblemente por mi culpa, y que ella no volvería.
Después de aquello quise volver a enamorarme, buscar en otros cuerpos ese calor tan único que solo el suyo sabía desprender, esa complicidad, esa emoción tan infantil escondida tras aquellas esmeraldas de tristeza añeja.
Pero no lo encontré.
Nunca habrá para mí nadie como ella, y por eso hoy, en esta noche infinita, vengo a sellar nuestro destino.
El tiempo vuelve desperezarse, la vorágine de pasado, presente y futuro se desenreda, y las manecillas de mi reloj despiertan de su profundo sueño para que yo pueda empezar el mío.
Aquí la encontré, aquí se me escapó, y aquí he vuelto para buscarla entre las sedas de la muerte.
Y tal vez, si existe un Más Allá, puede que las olas de este mar me guíen hasta ella, y sea este escenario también el de nuestro reencuentro.

LAAAAAAARGO. Perdonad, no era mi intención soltar semejante parrafada, pero me puse a escribir y se me fue el santo al cielo. Esto era una... una especie de argumento para una novela más larga, algo infantil ahora que lo pienso. Chica que quiere morir, chico que se lo impide y se empeña en hacerla feliz pero se confía y la pierde... Vamos, nada innovador, pero me acordé de ella y quise darle vida. Por cierto, ¿os habéis fijado en lo mucho que me gustan los verbos de unión (fundir, mezclar...) y separación (deshilachar, desmigajarse, deshacerse...)? XD

-¿Cómo sabes si es el amor verdadero?
-Si tienes que preguntarlo, me temo que no lo es.

De estrellas congeladas y noches tristes

Tic-toc.
Los minutos escapan del reloj de la pared y estallan contra mis oídos mientras yo doy vueltas en la cama. Me temo que hoy tampoco conseguiré dormir.
El frío se introduce entre los pliegues de la sábana y repasa con sus garras de diamante la silueta de mis miedos, arañándome el corazón con sus colmillos de escarcha.
Tic-toc.
El silencio es tan denso que el bramar del paso del tiempo se siente como una explosión infatigable, y los cadáveres de todos los segundos abatidos empiezan a apilarse a los pies de mi cama.
No, hoy tampoco conseguiré dormir.
Tic-toc.
Me levanto lentamente, salto de la litera, y la alfombra devora el violento restallar de mis pies contra el suelo en apenas un instante.
A través de la ventana veo la ciudad, grande, gris y desgraciada. El cadáver ruinoso de un sueño incompleto que se desvanece día a día, bañado en la bruma de aquellos que nunca despiertan.
Tic-toc.
Saco de un cajón mi pluma y un millar de hojas en blanco, y un tintero que desborda palabras que escribir, y me siento frente a la mesa.
El frío descubre que he huido de la cama y se levanta iracundo, y corre por la habitación hasta encontrarme, lamiéndome el alma con su afilada lengua.
Un escalofrío derrama tres gotas de tinta sobre el papel.
Tic-toc.
Ya no pienso, solo escribo. Dejo que la pluma corra por las hojas con fuerza, casi atravesándolas, dejando a su paso borrones azules que se creen palabras.
Acelera.
El frío, desbordado, se encuentra grapado al papel y lucha por liberarse, pero las hojas vuelan, plenas no ya de blanco, sino de azul.
Tic-toc.
Pero no sirve de nada.
Hace demasiado que el frío y yo nos conocemos y ya se sabe mis trucos, así que aprovecha un instante, un solo momento de duda para escapar de su prisión de papel y golpearme entre los ojos.
La pluma, como un miembro cercenado, cae muerta al suelo y derrama su sangre por la alfombra, y yo me quedo congelado observando el montón de hojas en las que he intentado capturar mis miedos.
Tic-toc.
Una lágrima traicionera resbala por mi mejilla y explota contra las hojas, emborronando aún más una mancha que dice ser un “nosotros” hasta convertirla en un “jamás”.
El hielo me muerde la mirada y acuchilla mi garganta, me conquista con la tranquilidad de quien se sabe vencedor seguro.
Tic-toc.
Los ladridos incansables del reloj se vuelven más poderosos y agresivos mientras el frío se adhiere a mis entrañas a su propio ritmo.
Necesito salir, escapar. Hundirme en el infierno helado que es esta ciudad para ahuyentar este hielo que me nubla la razón y me destruye por dentro.
Pero no puedo: el silencio mantiene las puertas atascadas con clavos de suspiros apagados.
Tic-toc.
El frío me envuelve como un manto sin final, y ya solo me queda una salida.
Lenta, muy lentamente, logro levantarme. Lo hago con torpeza, entre las hojas que vuelan por el aire para luego caer y hundirse en el mar azul oscuro que se escapa del tintero derramado.
Avanzo hacia las literas mientras el hielo intenta congelar mis articulaciones, que se astillan en esquirlas de dolor concentrado, pero yo no me detengo.
Tic-toc.
El tiempo se ralentiza, se estira hasta casi romperse, pero tampoco logra detenerme.
Al fin llego, y encuentro tu cama. Las sábanas desdibujan tu silueta y crujen con complicidad cuando me siento a tus pies.
Tú me miras con esos ojos tan azules. Yo te devuelvo la mirada derritiéndome por dentro.
Tic-toc.
No dices nada, solo levantas la sábana y me dejas entrar.
Hoy, de nuevo, espantaremos al frío juntos.

Madre santa... Esto es un refrito. Tenía un millar de ideas, cosas de las que quería escribir, pero ninguna me salía del todo. Y ahora, todas juntas, aún parece que quedan bien. ¿No creéis que mis musas son un poco meretrices? (Me encanta esa palabra xD)
En fin, que me encuentro de culo, me duele la garganta y no sé si no tendré fiebre. Imagináos si me encuentro mal, que me estoy planteando faltar a clase mañana... Malditas anginas, ¿para qué existís? D_: Y me tomaría algo para el dolor, pero entonces me quedo tonto y los deberes me llevan el triple. ¡Agh! ¡Quiero matar a alguien!
Marcho a hacer cosas, pero podéis comentar aquí abajo. Es gratis, y a mí me anima mucho :)

-Te quiero.
-No es verdad. Sé que una vez me quisiste, pero ahora... Ahora solo nos necesitamos. Estamos demasiado acostumbrados a estar juntos y tenemos miedo a separarnos.

Melancholia

Te echo de menos.
Dios, cuánto te echo de menos...
Supongo que es una tontería, ¿verdad? Echar de menos algo que nunca he tenido, algo que tal vez ni siquiera existe en realidad... Menuda pérdida de tiempo.
Pero, créeme, no puedo evitarlo.
Nadie en su sano juicio elegiría la nostalgia si pudiera no elegirla, ni siquiera yo. Aunque, bien pensado, no sé si puedo considerarme un ejemplo de cordura.
El caso es que llevo una temporada así, al acecho, buscándote detrás de cada esquina, por las calles de Madrid, al subir las escaleras... Últimamente hasta te busco entre las líneas de todos los libros de la biblioteca.
¿Desesperado? Tal vez.
Pero es que te necesito, ¿sabes? Necesito tus abrazos, tus caricias, tus besos. Necesito el tacto de tu piel bajo mis dedos, la dulzura de tus sonrisas, el brillo de tu mirada. Por necesitar necesito hasta tus mohines, y tu fruncir de cejas, y que te rías de mí con cariño.
Se suponía que esto no me iba a pasar a mí. Que yo era demasiado frío, demasiado duro, demasiado egoísta como para caer en una trampa tan burda y antigua como esta.
Y, sin embargo, yo también he sucumbido, y ahora me pesa el corazón como si me lo hubieran llenado de piedras, y te echo tanto de menos...
Lo peor es que todo podría arreglarse si te encontrase.
Bastaría con un choque a la salida del metro, o unos minutos en el mismo ascensor, o una lluvia precipitada que te arrastrase a mi portal. Un simple golpe de viento que dejase caer a mis pies tus apuntes de Biología sería suficiente.
Solo necesitaría una oportunidad, una ocasión perfecta para empezar a ser “nosotros”, una excusa para cogerte de la mano y trepar hasta tus pestañas, y entonces nunca más volverías a ser una sombra que se deshilacha si la miro demasiado fijamente. Serías terriblemente real, un ser de carne y hueso imposible de ignorar.
Serías la perfección, mi perfección. Única e intransferible, solo para mí. Un hombro en el que llorar, unos labios contra los que estallar todas las noches, unos ojos en los que sumergirme durante una pequeña eternidad. Serías un millar de instantes que compartir.
Me encantaría poder ignorarlo, en serio. Amordazarme el alma y fingir que sigo siendo indestructible. Pero después de tanto tiempo mirando al resto del mundo por encima del hombro, siempre alejado, siempre solo, siempre en las sombras, creo que la vida me ha reblandecido el alma y no puedo evitar que me duela todo al pensar que tal vez nunca lleguemos a encontrarnos.
Si pudiera resignarme... Joder, ¡cuánto desearía saber resignarme!
Pero, ¿cómo puedo explicarle a mi corazón que ni siquiera sé si existes sin que se rompa en mil pedazos? ¿Cómo convencer a mis ojos de no buscar los tuyos en todo momento? ¿Cómo decirle a mis oídos que no van a encontrar tu voz entre el ruido de la gente?
No puedo, no sé asesinar mis esperanzas e ilusiones a sangre fría y seguir tranquilamente con mi vida.
Tendré que aprender a vivir con esto. Acostumbrarme a creer que me gusta, que me divierte buscarte y que el corazón se me acelere cada vez que siento el fantasma de tus suspiros en la nuca. Tendré que descubrir cómo echarte de menos sin que eso me descomponga en una montaña de polvo y ceniza de sabor amargo, cómo soñar contigo sin que tu inexistencia me destruya a cada instante.
Y lo conseguiré, sé que lo haré, aunque me lleve siglos.
Al final aprenderé a descoser amaneceres y encerrarlos entre mis sábanas para que ahuyenten el frío que desprenden tus ausencias. Y tal vez así, algún día, puede que logre olvidar que una vez eché de menos el restallido de un corazón ajeno y la caricia de unos dedos recorriéndome el alma.

Os lo juro, no lo entiendo, si es que me he vuelto lerdo o qué, pero esto me ha llevado un siglo. En fin... al menos el resultado es aceptable, ¿no?
Os aviso que este sábado salgo en la radio, en el programa “Mentes Corrientes” de Ágora Sol (más información aquí, animáos a participar :D), así que sí queréis reíros de mí por hablar demasiado rápido o soltar auténticas burradas deberíais escucharlo. No mucho más, supongo que dentro de un rato actualizaré mi otro blog para hablar un poco de mi vida y de los últimos objetivos de mi odio. Se os quiere ^^


-Te quiero. Así que, ¿podríamos salir y...?
-No. No saldría bien. Tú te harías ilusiones, y yo te acabaría haciendo daño porque la gente como yo no sabe no hacerlo, y yo... no quiero que me recuerdes como el imbécil que te rompió el corazón.
-Eso ya lo sé, pero aún no has dicho que tú no me quieras.