Ella y el mar

Aviso de parrafada, yo de vosotr@s me la saltaba. Yo os he avisado :D

A mis pies el mar se deshilacha en una maraña de olas enredadas con olor a salitre, arañándome la carne con sus devaneos de arena, mientras la luna, enorme y brillante, se deshace sobre su superficie, inmolándose en un vertido constante hilos de plata que se disuelven en el agua.
En el aire flotan jirones de niebla salada que se parecen desmenuzarse entre los dedos de una mano invisible, vestigio de una deidad arcaica enterrada bajo el peso de los siglos y el olvido, y lo cubren todo con un velo grisáceo que parece desdibujar un ejército de fantasmas al rebotar en cada risco de la costa.
Y al fondo, contra el eterno tapiz azul celeste cuajado de luciérnagas albinas, se recorta la silueta de un velero solitario que se deja mecer al son de un suave murmullo marino, un espumoso canto de sirena que se derrite en mis oídos y me arrastra a otras realidades.
El tiempo se detiene, deja de desmigajarse en horas, minutos y segundos perdidos, y solo queda el espacio, una entidad inabarcable y absoluta que todo lo llena. Ya no existen el ahora, el ayer o el mañana, pues todo se funde en una vorágine anárquica donde la barrera del tiempo se resquebraja.
Fue aquí donde la conocí, bella y radiante, como una diosa escapada de las tinieblas insondables de la noche, una muñeca de porcelana inmaculada abandonada en la playa. En la arena se difuminaban sus pasos, las huellas de unos pies desnudos lamidas por el oleaje cadencioso de aquella noche de otoño, mientras ella seguía avanzando, hundiendo en el mar los volantes de su vestido tornasolado. Sus ojos, apenas delineados por el plomizo resplandor que se desprendía de una luna que se sugería fantasmal tras las nubes, eran dos enormes esmeraldas: hermosos, cristalinos, inolvidables... pero fríos y apagados.
Tan dolorosamente hermosos, y al mismo tiempo tan muertos...
Ella seguía caminando, sumergiéndose cada vez más, y el agua ya acariciaba su cintura. Temblaba, puede que de miedo, o de frío, o un poco de ambas, pero no se dejaba detener por un mar que luchaba por empujarla fuera de sí, como queriendo salvarla de sus oscuridades abismales.
No sé por qué tardé tanto en reaccionar.
Tal vez fuera el cansancio acumulado, o ese aire de irrealidad que lo inundaba todo haciéndolo parecer volátil e ilusorio; o quizás fuera esa tristeza tan honda, tan transcendente que se desbordaba de cada uno de sus gestos.
Aquella melancolía... Dudo que jamás alcance a describirla en su totalidad.
Era una tristeza que se componía de muchas tristezas más pequeñas, imbuida de resignación, de nostalgia, de pesimismo, una tristeza que se deshacía en oleadas. Una tristeza que te mordía el corazón y te arañaba el alma, que era inmensa y, sin embargo, cabía en un cuerpo tan pequeño y frágil como el de aquella muñequita inocente. Era una tristeza silenciosa, de las que te horadan por dentro con sigilo dejando el exterior intacto, que se alimentan de palabras calladas y lágrimas contenidas y te consumen a dentelladas.
Aquella tristeza que desprendía por cada poro de su blanca piel, en definitiva, tenía tantos matices que quizá sea más oportuno decir simplemente que era tan tangible como una puñalada de terciopelo, letal y acariciadora, un dolor volátil y agridulce capaz de destilar la más pura melancolía del cuerpo inanimado de la roca más dura, y dejar que cada cual imagine, arranque de esta descripción sombría, indigna e incompleta, sus propias deducciones. Baste decir que aquella melancolía me quitó el aliento y me detuvo el corazón, y que me ató manos y pies, y que por eso me resultó tan difícil empezar a correr.
Correr...
Recuerdo con tanta nitidez aquella carrera trepidante, aquella lucha entre mi corazón, la arena húmeda que devoraba mis pasos y la noche crepitante, aquella contrarreloj por arrancarla de las garras de la muerte, que
casi parecían arrullarla con su mudo batir de olas... que aún se me acelera el pulso solo de pensarlo.
Fue como un estallido, una explosión, un “Sálvala” imperativo.
Corrí contra las olas, contra el viento, contra el mundo mismo para salvar a aquella muñeca de porcelana que se hundía, y cuando llegué a su lado y volvió hacia mí sus ojos su tristeza me golpeó con más intensidad si cabe. Pero debajo, oculta por aquel velo fluido de melancólica indiferencia, estaba la sorpresa, reflejada en sus labios carnosos abiertos en una mueca de extrañeza.
No renegó de mi abrazo, ni se negó a dejarse arrastrar hacia la orilla. Dócil, obediente como un cachorrillo indefenso, dejó que la sacase del mar y la posase sobre una roca sin emitir más ruido que el dulce compás de sus respiraciones, y entonces, mientras yo resollaba en busca del aliento perdido, se quedó mirándome con aquella sorpresa extrañada, casi contrariada de que alguien hubiera acudido en su rescate.
Sentada sobre la piedra, con el vestido ajustado a su cuerpo por el agua y sus rasgos tenuemente trazados por el resplandor neblinoso de la luna, parecía una auténtica ilusión, una quimera fantasmal evocada por mi imaginación. Fue entonces cuando deseé besarla por primera vez, y ella, como si leyera mis pensamientos, dibujó una sonrisa entre divertida y maliciosa, y sacó de la nada una mirada tan pacífica que terminó de atraparme.
No dijo una sola palabra, pero su cuerpo entero hablaba por ella, advirtiéndome de que, si bien en aquel momento la tenía, perderla era tan fácil como lo había sido ganarla.
Aquella noche la llevé a mi casa. Compartimos mi cama sin decir una sola palabra, sin dormir, solo mirándonos a los ojos. Yo me resistía a caer rendido por miedo a que se desvaneciera entre mis brazos, y ella... Ella parecía evaluarme, analizando si era merecedor de sus atenciones.
Y durante meses la tuve, siempre a mi lado. La llevé a la ópera, al teatro, a dar largos paseos junto a aquel mar que había amenazado con llevársela, a pasear por el parque... Busqué para ella mil razones para no querer separarse de mí. Primero con miedo, con ese temor reverencial a perderla a cualquier instante, tan fuerte que con solo sentirla desaparecida un instante mis ojos corrían a buscarla; y luego con una serenidad alegre, un placer calmado de saberla a mi lado como una extensión más de mi cuerpo.
¡Qué idiota fui!
Me confié, me dejé engañar. Creí que la tendría siempre conmigo, y, mientras, el interés se desvanecía en sus ojos, dejando paso de nuevo a esa misma tristeza bajo cuya sombra la conocí. Pero yo, ciego de orgullo por haberla hecho mía, por haberla atado a mí con un anillo de oro, cadena inútil sin eslabones, no supe verlo venir.
Y una noche, mientras yo dormía a su lado, acariciados los dos por la suave brisa que se colaba por la ventana abierta, ella desapareció como una bruma inestable que se evapora con el nuevo día sin ser notada.
Desperté y busqué su cuerpo, y al no hallarla la busqué fuera de la cama, en las habitaciones, en la calle, y finalmente en los periódicos, donde solo encontré su carcasa de carne y huesos hinchada de agua salada. Poco a poco asumí que aquel beneficio que me concedió, aquella oportunidad de hacerla feliz y compartir esa felicidad, se había perdido irremisiblemente por mi culpa, y que ella no volvería.
Después de aquello quise volver a enamorarme, buscar en otros cuerpos ese calor tan único que solo el suyo sabía desprender, esa complicidad, esa emoción tan infantil escondida tras aquellas esmeraldas de tristeza añeja.
Pero no lo encontré.
Nunca habrá para mí nadie como ella, y por eso hoy, en esta noche infinita, vengo a sellar nuestro destino.
El tiempo vuelve desperezarse, la vorágine de pasado, presente y futuro se desenreda, y las manecillas de mi reloj despiertan de su profundo sueño para que yo pueda empezar el mío.
Aquí la encontré, aquí se me escapó, y aquí he vuelto para buscarla entre las sedas de la muerte.
Y tal vez, si existe un Más Allá, puede que las olas de este mar me guíen hasta ella, y sea este escenario también el de nuestro reencuentro.

LAAAAAAARGO. Perdonad, no era mi intención soltar semejante parrafada, pero me puse a escribir y se me fue el santo al cielo. Esto era una... una especie de argumento para una novela más larga, algo infantil ahora que lo pienso. Chica que quiere morir, chico que se lo impide y se empeña en hacerla feliz pero se confía y la pierde... Vamos, nada innovador, pero me acordé de ella y quise darle vida. Por cierto, ¿os habéis fijado en lo mucho que me gustan los verbos de unión (fundir, mezclar...) y separación (deshilachar, desmigajarse, deshacerse...)? XD

-¿Cómo sabes si es el amor verdadero?
-Si tienes que preguntarlo, me temo que no lo es.

2 comentarios:

  1. La idea del relato en sí me gusta, pero me ha parecido un poco recargado. Demasiados adjetivos, muy seguidos, demasiadas metáforas una detrás de otra... las imágenes se pierden un poco con tanta descripción, y resulta un poco lioso.
    Pero aun así, es bonito y me ha gustado leerlo :P

    Besos gigantérrimos ^^

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  2. Y es que no todas las prisiones tienen barrotes de hierro. Y tal vez ella se sentía enjaulada y encontró la manera de saberse libre.

    He disfrutado sobremanera con la descripción del mar, y de la noche en la que él la encontró. He podido oír al fondo el rugido de las olas al llegar a la orilla.

    Es largo, sí. Pero merece la pena leerlo.

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