Melancholia

Te echo de menos.
Dios, cuánto te echo de menos...
Supongo que es una tontería, ¿verdad? Echar de menos algo que nunca he tenido, algo que tal vez ni siquiera existe en realidad... Menuda pérdida de tiempo.
Pero, créeme, no puedo evitarlo.
Nadie en su sano juicio elegiría la nostalgia si pudiera no elegirla, ni siquiera yo. Aunque, bien pensado, no sé si puedo considerarme un ejemplo de cordura.
El caso es que llevo una temporada así, al acecho, buscándote detrás de cada esquina, por las calles de Madrid, al subir las escaleras... Últimamente hasta te busco entre las líneas de todos los libros de la biblioteca.
¿Desesperado? Tal vez.
Pero es que te necesito, ¿sabes? Necesito tus abrazos, tus caricias, tus besos. Necesito el tacto de tu piel bajo mis dedos, la dulzura de tus sonrisas, el brillo de tu mirada. Por necesitar necesito hasta tus mohines, y tu fruncir de cejas, y que te rías de mí con cariño.
Se suponía que esto no me iba a pasar a mí. Que yo era demasiado frío, demasiado duro, demasiado egoísta como para caer en una trampa tan burda y antigua como esta.
Y, sin embargo, yo también he sucumbido, y ahora me pesa el corazón como si me lo hubieran llenado de piedras, y te echo tanto de menos...
Lo peor es que todo podría arreglarse si te encontrase.
Bastaría con un choque a la salida del metro, o unos minutos en el mismo ascensor, o una lluvia precipitada que te arrastrase a mi portal. Un simple golpe de viento que dejase caer a mis pies tus apuntes de Biología sería suficiente.
Solo necesitaría una oportunidad, una ocasión perfecta para empezar a ser “nosotros”, una excusa para cogerte de la mano y trepar hasta tus pestañas, y entonces nunca más volverías a ser una sombra que se deshilacha si la miro demasiado fijamente. Serías terriblemente real, un ser de carne y hueso imposible de ignorar.
Serías la perfección, mi perfección. Única e intransferible, solo para mí. Un hombro en el que llorar, unos labios contra los que estallar todas las noches, unos ojos en los que sumergirme durante una pequeña eternidad. Serías un millar de instantes que compartir.
Me encantaría poder ignorarlo, en serio. Amordazarme el alma y fingir que sigo siendo indestructible. Pero después de tanto tiempo mirando al resto del mundo por encima del hombro, siempre alejado, siempre solo, siempre en las sombras, creo que la vida me ha reblandecido el alma y no puedo evitar que me duela todo al pensar que tal vez nunca lleguemos a encontrarnos.
Si pudiera resignarme... Joder, ¡cuánto desearía saber resignarme!
Pero, ¿cómo puedo explicarle a mi corazón que ni siquiera sé si existes sin que se rompa en mil pedazos? ¿Cómo convencer a mis ojos de no buscar los tuyos en todo momento? ¿Cómo decirle a mis oídos que no van a encontrar tu voz entre el ruido de la gente?
No puedo, no sé asesinar mis esperanzas e ilusiones a sangre fría y seguir tranquilamente con mi vida.
Tendré que aprender a vivir con esto. Acostumbrarme a creer que me gusta, que me divierte buscarte y que el corazón se me acelere cada vez que siento el fantasma de tus suspiros en la nuca. Tendré que descubrir cómo echarte de menos sin que eso me descomponga en una montaña de polvo y ceniza de sabor amargo, cómo soñar contigo sin que tu inexistencia me destruya a cada instante.
Y lo conseguiré, sé que lo haré, aunque me lleve siglos.
Al final aprenderé a descoser amaneceres y encerrarlos entre mis sábanas para que ahuyenten el frío que desprenden tus ausencias. Y tal vez así, algún día, puede que logre olvidar que una vez eché de menos el restallido de un corazón ajeno y la caricia de unos dedos recorriéndome el alma.

Os lo juro, no lo entiendo, si es que me he vuelto lerdo o qué, pero esto me ha llevado un siglo. En fin... al menos el resultado es aceptable, ¿no?
Os aviso que este sábado salgo en la radio, en el programa “Mentes Corrientes” de Ágora Sol (más información aquí, animáos a participar :D), así que sí queréis reíros de mí por hablar demasiado rápido o soltar auténticas burradas deberíais escucharlo. No mucho más, supongo que dentro de un rato actualizaré mi otro blog para hablar un poco de mi vida y de los últimos objetivos de mi odio. Se os quiere ^^


-Te quiero. Así que, ¿podríamos salir y...?
-No. No saldría bien. Tú te harías ilusiones, y yo te acabaría haciendo daño porque la gente como yo no sabe no hacerlo, y yo... no quiero que me recuerdes como el imbécil que te rompió el corazón.
-Eso ya lo sé, pero aún no has dicho que tú no me quieras.

1 comentario:

  1. Seguiré que puede descubrir una manera. Una forma de platonizar ese amor sin que haga daño. Y si no, entonces sí que tendrá que esforzarse en olvidar. Pero si puede ser feliz sin ella, solo manteniéndola idealizada en su mente, entonces bien :)

    Un gran abrazo.

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