Wolf

Sara se tumbó sobre la hierba, a apenas unos metros del forastero, y dejó que sus ojos, como los de él, resbalasen por las nubes sin detenerse en ninguna. El verano se acababa, y las flores, que habían empezado a marchitarse, llenaban el campo con el empalagoso aroma de la muerte.
-Va a anochecer-murmuró: las primeras estrellas ya empezaban a asomar por el este. Él no respondió-. Deberías buscar un sitio donde pasar la noche. Hemos tenido problemas con los lobos este último mes.
El muchacho soltó una carcajada amarga y, apoyándose en las palmas de las manos, se incorporó hasta quedar recostado sobre su abrigo. Su caballo, que pacía a unos pasos de distancia, levantó la cabeza para mirar a su dueño, extrañado.
-Los lobos que me preocupan no viven aquí fuera, pequeña.
Sara agachó los ojos, avergonzada, y por un instante pareció que una sombra los atravesaba.
¿Cuántas veces, con los quince años recién cumplidos, había sentido ya en sus carnes el aliento pringoso de aquellos lobos que se alimentaban de la desesperación ajena? Muchas. Demasiadas. Hacía tiempo que había dejado de contarlos, pero sus caras aún volvían de vez en cuando para atormentarla y arrancarle el aire de los pulmones. Y, aunque era imposible que él lo supiera, aquellas palabras eran en cierto modo una acusación.
-En cualquier caso-continuó él, sacudiendo la cabeza al tiempo que se ponía de pie-, seguramente me marche antes de que salga la luna. Aún me queda mucho camino por recorrer, y esta ciudad me pone enfermo.
Mientras se estiraba, de espaldas a ella, Sara aprovechó para observarle en detalle por primera vez, en un sutil intento de desenmarañar aquel rompecabezas andante. Pero cuanto más lo miraba, cuanto más deseaba entender el magnetismo oscuro de aquel desconocido, más espeso se volvía el velo de misterio que envolvía al forastero, y más aumentaba su frustración.
¿Qué era? ¿Qué había en aquel tipo, tan familiar y al mismo tiempo tan... aterrador?
En aquel momento, como si le hubiera leído el pensamiento, el extranjero giró la cabeza y clavó sus ojos en los de ella, y Sara sintió que aquellos ojos, aquellos enormes ojos negros, como los de una bestia o un demonio, amenazaban con devorarla.
Una sola gota de sudor frío le recorrió la espalda, y sus manos empezaron a temblar. Sin embargo, fue él quien, después de apenas un instante, apartó la mirada, como si se avergonzase de algo que acababa de pensar.
-Vuelve a casa, pequeña-murmuró con un hilo de voz-. No soy buena compañía.
¿Volver a casa? Sí, eso sonaba razonable. Ni siquiera sabía por qué le había seguido en primer lugar, y por experiencia sabía que estar allí tan tarde y sola no podía terminar bien. Pero, en lugar de huir como le pedía cada fibra de su ser, Sara se levantó y, temblando como una hoja, se acercó a él. Su instinto de supervivencia le gritaba a cada paso que era un suicidio, que corriese hasta que las piernas le fallasen, que volviese a su zulo húmedo y se olvidase de aquel desconocido... pero había algo que tenía que comprobar. Había llegado demasiado lejos, y ahora era demasiado tarde.
De pie frente a él, Sara levantó la cabeza para contemplar aquellos ojos que, desde lo alto, le devolvían la mirada sin pestañear, vidriosos y trémulos, afilados como lanzas.
-Llévame contigo-suplicó con la voz rota.
Su mano, agarrotada y entumecida, buscó la cara del extranjero, que recibió la caricia con una mezcla de recelo y voracidad, como si hubieran pasado años desde la última vez y hubiera olvidado el tacto cálido del cariño. Él también, presa de aquel instante agridulce, extendió la mano hacia la mejilla de Sara, y la acarició con una ternura torpe y delicada. En aquel momento, ambos se reconocían como iguales. Como dos muñecos rotos que, con solo mirarse a los ojos, encontraban reflejadas en el otro sus mismas heridas de guerra.
Sara deslizó su mano por la mejilla del extranjero, y siguió descendiendo por su cuello hasta detenerse en su corazón, que latía acelerado. También el suyo, después de tanto tiempo, parecía despertar.
-Llévame contigo-repitió, desconsolada-, y sálvame de los lobos.

Pues esto en principio era un cuento infantil, pero la idea no cuajó. Me gusta demasiado escribir sobre el lado oscuro y degenerado de la sociedad, supongo.
Sé que estos meses he estado más que desaparecido, pero os pido que me perdonéis. No sé, supongo que el curso pasado me dejó más agotado de lo que pensaba y necesitaba un tiempo para recuperarme. Con un poco de suerte, esta vez sí que me pasaré más a menudo.
No tengo mucho más que añadir, el verano ha sido más bien normalito y las clases por ahora parecen interesantes. ¿Y vosotros? ¿Qué es de vuestras vidas? :)

-¿Qué tal estás?
-Bien. ¿Cuántas veces vas a preguntármelo?
-Las que haga falta para que me digas la verdad. Así que, ¿qué tal estás?

Yerma

Hoy, otra vez, hay tormenta en casa.
¿Y sabes qué es lo más gracioso de todo? Que ni siquiera sé por qué. No sé por qué gritamos, por qué nos insultamos y nos lanzamos los platos a la cabeza esta noche.
Y empiezo a pensar que tú tampoco lo sabes.
Últimamente pelear se está convirtiendo en parte de nuestra rutina, y las excusas para hacerlo cada vez son peores.
Y tal vez, hoy hemos cruzado la línea; tal vez, hoy solo peleamos por pelear.
Pero no vamos a parar de hacerlo solo por eso, ¿verdad?
Porque mientras nos gritamos, mientras yo te llamo puta y tú me abofeteas, no tenemos tiempo para pensar en lo vacíos que estamos.
En lo vacía que estás.
Así que no, no voy a parar de insultarte aunque sé que no es culpa tuya, ni tú dejarás de mandarme a dormir al sofá noche tras noche, a pesar de lo fría que es nuestra cama; y sí, seguirás encerrándote en el baño con el grifo abierto para llorar cuando crees que no te oigo, y yo continuaré bebiendo hasta quedarme dormido para no ver todos esas cajas llenas de sus cosas (esas que nunca podrá estrenar) apiladas en el salón.
Todas esas cajas de cartón que me pides que lleve al trastero a gritos cada día.
Todas esas cajas de cartón que nunca se moverán de donde están, porque quitarlas de en medio sería como admitir que se ha ido.
Dios, cómo duele pensar que se ha ido...
De pronto das un portazo (¿hace cuánto que estamos discutiendo?), y me dejas con la palabra en la boca mientras te recuerdo (¿hace cuánto que estás llorando?) una por una todas las cosas que sé que te hacen daño (¿hace cuánto que no necesito pensarlo para herirte?).
Pero hoy no te persigo, ni te sigo insultando desde este lado de la puerta, ni intento que vuelvas a gritarme que me odias.
Hoy me quedo aquí, sentado en el suelo, dando cabezazos contra la puerta mientras la indiferencia se clava más y más profundo. Pensando que, cualquier día de estos, tú te cortarás las venas en la bañera y yo me tiraré por un barranco con ese coche familiar que compramos el mismo día que supimos que íbamos a ser tres.
Te oigo gimotear, ¿sabes? Incluso con la cabeza hundida en la almohada. Y de verdad que quiero entrar. Quiero decirte que lo siento, que siento los insultos, los golpes, los gritos, que siento haberte echado la culpa de que estemos solos.
Pero, en vez de hacer eso, me levanto y vuelvo a la cocina. Me levanto, cojo la botella de bourbon y me derrumbo en una silla para ver si, esta noche, consigo escapar del dolor, aunque hasta ahora nunca ha funcionado.
Y, con la mirada desenfocada por el alcohol, me quedo mirando esas manchas marrones (esas que significan algo, algo que no recuerdo pero que aún así duele) y me doy cuenta de que esto no va a terminar bien.
De que, en el mejor de los casos, nos haremos viejos en una casa terriblemente silenciosa, incapaces de mirarnos a los ojos.
Me bebo de un trago lo que queda en la botella, que resbala entre mis dedos y se estrella contra el suelo, y decido que ya estoy lo suficientemente borracho como para irme al sofá. Así que me apoyo en la mesa, me levanto y...
Nada.
Estoy muerto. Estoy inconsciente. Estoy dormido.
Me da igual.

Lo único que importa es que ya no siento nada.

Sí, el título se lo he robado a Lorca, pero no se lo digáis, ¿eh?
La verdad es que no tengo excusa. Estas últimas semanas no he escrito nada (bueno, mentira, he escrito mucho y luego lo he ido borrando todo), y no por falta de tiempo, sino porque ando con la inspiración un poco renqueante y las energías bajo mínimos, así que no me comprometo a nada, por lo menos por ahora.
Ya os iré contando cómo me van los ánimos :)

-¿Ves esa mariposa? El viento intenta arrastrarla de aquí para allá, la aleja de su camino una y otra vez. Y, sin embargo, no se rinde. ¿Por qué tú sí?
-Porque, cuando luchas demasiado tiempo contra un huracán, el viento acaba por arrancarte las alas. A mí solo me queda arrastrarme por el fango hasta que todo termine.

C21H23NO5

Anoche llegó a mí desnuda, con la luna dibujando sombras sobre su piel y el pelo suelto en una cascada de rizos azabache. Llegó, me miró y... sonrió.
Y parecía tan dócil, tan pacífica, tan frágil, que me dejé engañar.
Caminaba ligera, como arrastrada por la brisa, y sus ojos, de un marrón dulce, delicado, me miraban sin parpadear mientras se acercaba. Tardó menos de un suspiro en llegar a mi lado, y, después de mirarme un momento desde lo alto, echó las rodillas al suelo y se recostó frente a mí, apoyándose en su mano derecha.
Las cigarras dejaron de cantar.
-Has venido-susurré, extendiendo mi mano para tocar su mejilla.
Ella cerró los ojos y se dejó acariciar.
-Te prometí que vendría, ¿no?-contestó, torciendo la sonrisa-. Yo siempre vengo. Eres tú el que me aparta y huye.
Su labio inferior tembló mientras mi mano descendía por su cuello en una caricia interminable. Me acerqué a ella lentamente, centímetro a centímetro, hasta que pude sentir su respiración en mi nariz.
En aquel momento deseaba besarla más que nada en este mundo.
Sin embargo, antes de que pudiera recorrer aquel instante que nos separaba, ella se apartó y abrió los ojos: de cerca, aquella mirada me golpeó tan fuerte que sentí que me mareaba.
Negó con la cabeza, y yo también retrocedí, avergonzado.
-Lo siento-suspiré, buscando su mano con la mía-. Lo siento.
Ella volvió a sonreír y se colocó el pelo detrás de la oreja. La luna había dejado de lanzar sombras sobre su cuerpo, y su piel inmaculada parecía un lienzo en blanco.
-Eres hermosa.
-Tú también lo eres.
Mi mano libre buscó su cadera; la suya se quedó en mi pecho, sobre mi corazón, contando mis latidos acelerados.
Ambos respiramos profundo al mismo tiempo y sonreímos.
La calma aún duró un instante más antes de que, incapaz de refrenarme, buscase su cuello con mis labios. Ella se dejó empujar hacia atrás, y soltó un gemido de placer mientras yo, ansioso, repasaba cada centímetro de su anatomía con mis dedos, atrapado en el olor a primavera contenida que emanaba cada uno de sus gestos.
Un impulso primitivo, salvaje, tan natural como respirar, me recorría y me dominaba poco a poco, al tiempo que me hundía más y más en aquel mar de curvas irresistibles del que ya no podría escapar.
Sus dedos, hábiles, se enredaban en mi pelo mientras tiraba de mi cabeza hacia la suya, y ya no me importaba que aquella mirada me quemase, porque en aquel momento, bañados en sudor, a unos milímetros de distancia, éramos una estrella diminuta, jadeante y temblorosa.
Nuestros cuerpos, compenetrados, vibraban al mismo compás desenfrenado de nuestras respiraciones, que ya eran solo una. Y entonces, en el momento del clímax, cuando casi soñaba que podía comprender lo misterioso de su belleza, nuestros labios se juntaron y sentí que me asfixiaba.
Que cada gota de energía que había en mi interior se evaporaba en una vorágine de placer y deseo inagotables, y se perdía para siempre.
Desperté, empapado en sudor, con la ropa pegada a mi piel y un grito mudo atrapado tras mis dientes.
Desperté, con una mezcla de espuma y sangre en las comisuras de los labios y el miedo cosido a mi acelerado corazón.
Desperté, me arranqué la jeringuilla del brazo y volví a jurar, por enésima vez, que aquella sería la última sobredosis de mi vida.

Bueno, sí, esto es un poco... erótico. No es mi estilo, lo sé, pero quería comprobar si podía crear este tipo de imágenes sin caer en lo obsceno, y creo que más o menos lo he conseguido xD Aunque el resultado final, ahora que lo releo, no termina de convencerme (cosa que me pasa mucho últimamente...). En fin... Como hoy he madrugado mucho -para ver mis notas de Selectividad- y he dormido fatal -por los nervios de mis notas de Selectividad-, creo que me merezco irme a la cama y descansar. See ya'!

Rotos

Se encogió de hombros y esbozó una sonrisa triste, vacilante. Resignada.
-Así es la vida. No tiene sentido luchar contra el destino.
Alicia se apartó un rizo de la cara y se lo colocó detrás de la oreja. Sus pendientes tintinearon durante un instante antes de enmudecer.
-¿En serio piensas así?
-¿Y por qué no? El universo no me ha dado razones para creer otra cosa.
Martín, con la camisa aún a medio abrochar, se recolocó las gafas y empezó a ponerse los zapatos. Alicia se cubrió más con las sábanas.
-Pero es tu vida. No entiendo cómo dejas que otros decidan con quién tienes que...
La voz se le quebró hasta apagarse. El muchacho dejó de atarse los cordones y levantó la cabeza; luego se estiró hacia ella, empujó su barbilla hacia arriba con el índice y la besó con ternura, solo un instante, antes de apartarse con un suspiro.
-A mí también me gustaría poder elegir, pero soy un cobarde-contestó mientras continuaba vistiéndose-. Nunca me atrevería a enfrentarme a mi padre.
La muchacha se recostó contra el cabecero de la cama y dejó que una lágrima rodase por su mejilla. En aquel momento no sabía a quién odiaba más, si a Martín, a su padre, a la otra o a sí misma. Aunque, bien pensado, en realidad la otra era ella.
La cabeza empezó a dolerle.
-No quiero aceptarlo. No puedo.
Él le acarició el rostro, y Alicia notó que su mano temblaba: estaba haciendo su mayor esfuerzo por no romper a llorar.
Ninguno hizo amago de apartarse; ninguno intentó decir nada. Solo dejaron que el tiempo pasase en silencio.
Y entonces su móvil vibró.
Martín lo cogió de la mesilla y descolgó. Alicia apenas entendía unas cuantas palabras que él le había enseñado mientras las escribía en su espalda con sus dedos, pero el tono lo decía todo.
Cuando colgó estaba pálido y sus ojos perdidos en la pared.
-Se anunciará hoy-anunció con un hilo de voz-.Tengo que volver para cambiarme, y preparar el discurso, y luego tendré que...
Alicia se desembarazó de la sábana, rodeó su cuerpo con sus brazos y tiró de él hacia sí.
Martín, con el rostro apoyado en el hombro de su amante, lloraba sin reparo, mientras su cuerpo entero convulsionaba, presa del frío. De uno nuevo, ártico, que salía en oleadas desde su corazón y le aguijoneaba los ojos.
De sus pulmones escapó un gemido desgarrador, terrible, profundo.
Alicia, impotente, lo apretó más fuerte contra su pecho y besó su pelo, su frente, sus manos, intentando transmitirle el calor que le abrasaba las mejillas. Pero de nada serviría.
Entre sus brazos tenía a Martín Amadeo IV, heredero de la corona de Sagitario, el General Boreal, el Príncipe que mató al Infante Hereje. Y, sin embargo, en aquel momento solo era un hombre al que le habían arrebatado cualquier oportunidad de ser feliz. Un peón atrapado por las normas de una política exterior impasible y cruel.
El segundo hombre más poderoso del reino se deshacía en lágrimas ante ella, y lo único que Alicia podía hacer era abrazarlo y susurrarle palabras dulces al oído mientras intentaba no romperse ella. Cuando él no estuviera, cuando no hubiera nadie a quien contagiar con su tristeza, lloraría hasta caer rendida; pero ahora tenía que ser fuerte.
Y resultaba tan difícil recomponer la armadura de indiferencia y conformismo que él había destruido con su sonrisa encantadora...

Hola de nuevo :D Ya, lo sé, he desaparecido, pero la culpa es de la Selectividad, que me ha robado hasta mi tiempo de dormir. Ahora que soy libre, sin embargo, espero volver y actualizar mucho y muy seguido.
Esto de aquí es parte de Ocaso (sí, esa saga de fantasía que algún día escribiré). Sagitario es uno de los reinos más grandes sometidos al Imperio, y sus habitantes son una especie de humanos dotados por selección artificial para las habilidades manuales. La monarquía y su entorno hablan un idioma restingido (la Lengua de los Dioses), muy delicado y dulce, y la mujer con la que intentan casar al príncipe es Sophie, que es... Bueh, eso sería desvelar mucho, ya lo leeréis algún día.
Nada más que decir. Yo me voy a escribir un poco de Cinco Razones para Morir, así que os veré la semana que viene :)

Nada


Nunca llegaremos a ser nada.
Y no sé si echarle la culpa al orgullo, a la cobardía o a las circunstancias, pero duele. Duele mucho.
Duele despertar solo, envuelto en unas sábanas muertas de frío que me susurran tu nombre y me recuerdan que juntos podríamos ahuyentar al miedo.
Duele que mi corazón ruja de hambre cada vez que nos cruzamos por los pasillos, y tener que alimentarlo con las lágrimas de frustración que no me permito llorar.
Duele clavar las uñas en el hormigón hasta sangrar para que no me levantes por los aires con una mirada, solo porque me aterra que luego me dejes caer.
¿Cómo puede ser que algo que empezó como un cuento de hadas vaya a acabar tan mal?
Y lo peor es que ni siquiera intentamos evitarlo.
Aun sabiendo que se nos acaba el tiempo, que el año que viene ya no nos volveremos a ver y que la distancia acabará por rompernos, seguimos paralizados, esperando a que el otro de el primer paso. A que el otro se trague el miedo y tenga el valor de saltar al vacío.
Pero ninguno lo hará; ninguno correrá el riesgo.
Joder, qué patéticos somos.
Y nos quedaremos atrapados en este ciclo de saludos, miradas y despedidas que no llevan a ninguna parte, de conversaciones triviales cargadas de indirectas demasiado sutiles, demasiado ambiguas, hasta que un día todo esto pierda el poco sentido que tiene y dejemos de buscarnos. Hasta que solo nos queden el arrepentimiento y las palabras que callamos para hacernos compañía.
Qué triste.
Pensar que llegará el día en que tu mirada, capaz de romper el tiempo en pedacitos, ya no signifique nada para mí... El estómago se me encoge solo de pensarlo, y las dudas, que me tienen rodeado, me apuñalan con sus lanzas de papel.
¿Dónde cultivaré mis sueños, si no es en la miel de tus labios?
¿Quién ocupará el enorme vacío que dejarás cuando te vayas?
¿En qué pensaré hasta dormirme cuando el tequila no venza al insomnio?
Y de verdad que odio sentirme así, tan impotente, tan masoquista. Odio dejar que el miedo a lo que pueda pasar me paralice y me haga sentir tan pequeño, y odio pensar que el mañana no logrará imitar lo que el hoy me hace sentir, aunque la experiencia me diga que lo hará.
Pero no sé cambiarlo. No me atrevo a cambiarlo, en realidad. Y tú tampoco lo harás.
Así que esta será nuestra historia, si es que se puede llamar así. Una mala novela de diálogos intrascendentes, de sonrisas que duelen por dentro, de labios llenos de heridas de tanto mordérnoslos para callar lo que queremos decir. De distancias kilométricas comprimidas en apenas un par de metros. De esperas que no se acaban, hasta que se nos acaben las esperas.
¿Y el final? Lo desconozco. Pero no será un final feliz, créeme, porque no nos lo merecemos.
Porque somos cobardes, y orgullosos, y nos sometemos a las circunstancias.
Porque aceptamos el dolor sin confiar en que luego venga algo mejor.
Porque sabemos que podríamos serlo todo
y, en vez de intentarlo,
nos contentamos con no ser nada.

(Quería actualizar el miércoles y el domingo, pero me faltó la inspiración. Por esto nunca me comprometo a nada)
El texto de hoy me gusta bastante, a pesar de ser una historia por frases*. Imagino que será cosa de la falta de sueño, que con esto de estar de vacaciones me acuesto a las tantas, pero luego madrugo igual. Lo mío es ser imbécil x_D
Creo que por fin he cogido el hilo que quiero seguir con Cinco Razones para Morir, así que puede que un día de estos suba algo al otro blog. Sea como fuere, informaré aquí y en twitter.
Y yo ahora, si se me permite, me voy a leer, que tengo libros nuevos. ¡Hasta la vista!
*Historia por frases: historia construida reciclando las mejores frases de otras historias cutres descartadas.

Necesidad


Eres pérfida, y lo sabes.
Si te busco me rehuyes, te escondes, rondas a otros y les susurras las mismas palabras que juras que son solo para mí cuando estamos juntos, y solo cuando dejo de buscarte vuelves a mí, salida de la nada, y te enredas en mi cuerpo con una sonrisa virginal que casi consigue esconder el número de manos que han pasado por tu cuerpo y los cuerpos que han pasado por las tuyas.
Pero no puedo evitarlo, ¿verdad? De nada sirve luchar.
Estamos condenados a repetirnos, una y otra vez, encerrados en este círculo vicioso que siempre me estalla en la cara cuando tú ya estás lejos de mí.
Porque tú, que pareces tan frágil, tan pura, tan delicada, llevas jugando a esto años y nunca dejas que te hieran, ¿no es cierto? Tú inventaste este juego, y cambias las reglas cuando creo que empiezo a entenderlas, y haces trampas cuando ves que vas perdiendo.
Si intento ignorarte, me acaricias las mejillas y me besas las manos, y me miras con lujuria, y me dejas creer que esta vez ya no te irás.
Si intento atraparte te vuelves de humo, me asfixias, te deslizas entre mis dedos y, desde lo alto, te ríes de mí con esos ojos crueles y fríos.
Si intento complacerte te muestras altiva, fría, despiadada, y me arañas la espalda, y me arrancas la carne a mordiscos.
Me destruyes, queriendo o sin querer, y siempre consigues que vuelva a jugar.
¿Cómo lo haces? ¿Cómo consigues arrastrarme a esta trampa si ya sé que no puedo ganar?
No lo sé. No lo entiendo. No me importa.
Haga lo que haga volveré a caer, una y otra vez, hasta que un día mi corazón, de tanto romperse, ya no quiera seguir latiendo.
Porque así es como acaban todos tus amantes, ¿verdad? Con una bala en la cabeza, sentados frente a una hoja en blanco ensangrentada.
Y desearía odiarte, de verdad que sí. Culparte por el destino trágico al que me llevas cogido de la mano como otros te han culpado antes, y maldecir tu nombre hasta quedarme mudo. Pero no puedo.
Porque tú consigues convertir en diamantes cada pedazo de carne que me arrancas con tus dedos y engarzármelos en la lengua.
Porque tú, cuando quieres, me llenas las venas de tinta y me obligas a desangrarme hasta crear el arte más puro y desgarrador.
Porque tú, que me rehuyes durante el día, siempre vienes por la noche a tentarme y a quitarme el frío con tus caricias.
Musa mía, eres un poco puta.
Pero yo te quiero igual.

Terminé mis exámenes (descontando Selectividad y los de la EOI, claro) :D
Por desgracia, eso no significa que mi inspiración haya vuelto. Aunque, paradójicamente, mi falta de inspiración me ha inspirado esto de aquí arriba... Qué rara es la vida de escritor a media jornada.
El caso es que estoy demasiado cansado para decir nada coherente, así que creo que me despido aquí. Arrivederci!
PD. Tengo la intención de actualizar dos veces por semana en adelante, pero no me comprometo a nada :)

Siempre adelante


"La Red".
El neón de las letras es tan brillante si lo miras mucho rato hace que te piquen los ojos, pero el diseño es bonito, llamativo. Lo suficiente para querer entrar, aunque solo sea una vez.
Abro la puerta y las mismas miradas, las de siempre, me reciben con un saludo mudo. Da igual que, desde la primera vez que entré, los clientes hayan cambiado: esa forma de mirar la tienen todos los que llegan. Y los que no, la adquieren con el tiempo. Después de tantos años y visitas he llegado a la conclusión de que viene incluida en el precio de las consumiciones.
Me acerco a la barra y, después de pedir una taza de café con crema, giro sobre el taburete y escrutino las mesas.
Cerca, muy cerca, a apenas un par de pasos, dos gemelas comparten una mesa: son las clientas más fieles, las que nunca se van. Una es más seria, más comedida; si te acercas a invitarla a una copa te mirará con recelo, pero te la aceptará, y luego puede que, si se lo pides bien, te cuente algo de su vida. Estudia para periodista, y trabaja en una radio pequeñita con una amiga, y quiere ayudar a mejorar un poco el mundo. Su nombre es Ester.
La otra, Smily, es más espontánea, un alma libre, pero también muy tímida. Es necesario estar ahí para ella, compartir su mundo, sus experiencias, para que te devuelva la palabra, pero una vez que lo hace te lo dejará saber todo, y te contará que, aunque no le ha ido muy bien en el amor, sigue intentándolo una y otra vez. Las primeras veces, cuando nadie la conocía y tenía un carnet falso, le contaba estas mismas cosas a quien quisiera escucharlas, hasta que un día la descubrieron y empezó a sentirse vulnerable. A veces me da pena que el mundo se vea privado de una voz tan hermosa, capaz de crear palabras tan dolorosas, profundas y bellas.
Allá, un poco más lejos, está Energeia. Sabe mucho inglés, y ha estudiado algo de Bellas Artes, aunque ahora quiere ser restauradora, y por eso no viene mucho últimamente. Pero cuando aparece, lo hace cargada de palabras e historias nuevas. Nunca pasa inadvertida, porque está envuelta en un aire distinto, el aire que emanan los miles de mundos imaginarios que tiene enredados en los dedos, y recibe con una sonrisa y un abrazo gigantérrimo a quien se sienta a su mesa. Hace tiempo que nos conocemos, y nunca deja de sorprenderme con cada visita.
A su lado hay una silla vacía, que hace tiempo que lo está. Es una silla de plata, gris y elegante, y su dueña, aunque lleva una temporada desaparecida, es Anaïd. También a ella se le da bien eso de imaginar mundos maravillosos e historias fantásticas, aunque a menudo las deja en el aire porque, entre otras cosas, también se dedica al teatro, a la música, y a prepararse para ser profesora. Sus palabras, enmarañadas entre sus rizos negros, parecen pequeñas flores de nácar a la luz del neón, y es difícil no engancharse a lo que sea que te esté contando.
Más allá, casi al fondo de la sala, está Ada. Entré aquí siguiéndola a ella, y nunca dejan de admirarme sus palabras. Tiene un par de novelas en marcha, pero últimamente no tiene muchas ganas de trabajar en ellas. Ha pasado por cosas muy feas, ¿sabes?, y se ha roto un poco por dentro.
Algo más cerca, también con el alma un poco retorcida, está La Niña. Nunca sabrás si está hablando de sí misma o de otros, pero lo cierto es que, ficticios o no, los cuentos que narra te tocan en lo más hondo y te arrugan un poco el corazón. Es, sin embargo, muy amable, y se toma las cosas con filosofía. Raro será el día que te responda enfadada o triste: es una luchadora, una superviviente, y por cómo habla parece que ya lo haya vivido todo.
Justo en la esquina, totalmente desconectada, está Michelle. Michelle ha cambiado de mesa y de nombre tantas veces a lo largo de estos años, dando a conocer tantas facetas de su personalidad, que siento que la conozco de mil formas distintas, y todas a la vez. Habla sin pensar mucho, rápido, atropelladamente, y te arrolla con su expresividad. A veces, si la pillas de buen humor, te habla un poco de su vida, que es un poco agitada, o te cuenta una historia con romanos, griegos y asesinatos. le encantan los asesinatos. Últimamente lo que trae, más que palabras, son fotos de mundos paralelos encerrados en el nuestro que te dejan con la boca abierta.
Luego están las nuevas incorporaciones, como Luciérnaga. Entró un día por la puerta, un poco perdida, y se acomodó cerca de mí. Tiene, en el centro del pecho, muchas cicatrices, y muy profundas, de todas las veces que la vida se ha empeñado en destrozarla, y de ahí logra sacar lo más hermoso y desgarrador. Creo que no es consciente del todo de lo hermosas que son sus palabras y por eso admira las mías, y siempre me da ánimos para seguir con mis historias. Siempre se sienta al lado de Luz, que es más optimista y tiene la voz cargada de fantasía y palabras amables, y juntas logran iluminar un poco este antro.
Quedan, además, otro montón de mesas vacías. De gente que vino y se fue, que aparece y desaparece. De personas que encontraron un sitio aquí, y luego el tiempo quiso llevárselas. Algunas aún conservan sus palabras, grabadas en la madera; otras fueron quemadas cuando se fueron, para que nadie pudiera volver a disfrutarlas; otras se dejaron apartadas, a la espera de que algún día regresen sus legítimos propietarios.
Y luego estoy yo. Un coleccionista de historias y tejedor de sentimientos ajenos. Hay días en los que estar rodeado de gente así me hace sentirme muy pequeño; otros, me siento un privilegiado, por poder compartir las vidas de tanta gente. Y luego hay días como hoy en los que me siento orgulloso. Orgulloso de haber aprendido tanto de ellos, de seguir aprendiendo, y de saber que, después de tantos años, aún los tengo a ellos. Orgulloso de haber conseguido que este lugar sea mi casa.

Poco que comentar. Que espero seguir teniéndoos aquí, y que es maravilloso. Imagino que se me queda alguien en el tintero, que no sería extraño, pero os conozco y sé que no os ofenderéis, ¿verdad? ó_ò Un montón de besos.
PD. Miki, tú no estás aquí ni lo estarás hasta que termines una novela. O una historia corta. O algo. Coño ya, mándame cosas, aunque sea por correo. JUM.

Sobre la felicidad y otros sueños imposibles


Seguimos levantándonos.
Día a día, nos arrastramos fuera de nuestras camas, nos disfrazamos de personas decentes y salimos al mundo dispuestos a seguir luchando.
Sin preguntas, sin dudas, sin reflexión de ningún tipo.
Luchar y sobrevivir, eso es lo único que importa. Los dos principios básicos que rigen nuestra existencia, grabados en lo más profundo de nuestro ser.
No somos más que animales.
Pero somos optimistas, ¿eh? Que conste. Y aunque sepamos que solo somos tributos, vírgenes inocentes condenadas a ser devoradas por esa bestia omnipresente que es la muerte, nos empeñamos en buscarle el lado bueno a esta vida de perros.
Así que, de vez en cuando, nuestro abotargado cerebro nos inunda con una oleada de elementos químicos que ingenuamente llamamos felicidad, y durante unas cuantas horas podemos percibir, aunque difuminado, un pedazo de ese paraíso que todas las religiones prometen.
Y, no sé, como que el cielo es menos gris, ¿verdad?, y la miel sabe más dulce, y el frío en los ojos de la gente no nos hiere tan profundo. Y puedes pasarte veinte minutos seguidos sentado en un banco, contemplando cómo dos pájaros juegan, cantan, se persiguen...
Esos días dejamos de ser engranajes dentro de una máquina que ni alcanzamos a comprender y somos algo más, aunque solo sea por unos instantes. Nos convertimos en espectadores de esta obra de teatro sin presupuesto y descubrimos que, vista desde fuera, la vida es más majestuosa de lo que parece mientras giramos en la posición que nos corresponde.
Es verdad que esa alegría no dura demasiado. Que de pronto parpadeas y los cerezos en flor vuelven a parecerte una tontería, y los coches dejan de ser escarabajos metálicos de fantasía, y el frío de esta ciudad te abraza y se te clava hasta las entrañas.
Pero supongo que eso también es parte de su encanto, ¿no? Y que tal vez la felicidad vale tanto porque apenas tarda en irse de nuevo, y nunca avisa de cuándo va a volver.
Porque, si siempre fuésemos felices, ¿qué distinguiría un segundo del siguiente? ¿Qué llenaría de magia un bol de cereales? ¿Qué haría que un beso, un atardecer, una mañana de un verano cualquiera en el parque fuesen especiales?
No, la vida tiene más sentido así, siendo infelices. Soñando con que la felicidad vuelva a llamar a nuestra puerta en cualquier momento. Alimentándonos del recuerdo de la última vez que lo hizo.
Vivimos con la esperanza de que, en cualquier momento, el aire volverá a llenarse de canciones, y el sol nos calentará la piel, y respirar no nos llenará los pulmones de humo.
Y eso está bien.
Así tenemos una razón para, día a día, arrastrarnos fuera de nuestras camas, disfrazarnos de personas decentes y salir al mundo a seguir luchando.
Así tenemos una razón para seguir levantándonos.

Estoy cansado :( El viernes estuve dos horas y media haciendo un examen por la tarde, y ayer... Bueno, ayer vagueé bastante, pero no conseguí descansar nada.
La entrada de hoy es algo más breve y mis palabras un poco más escuetas porque, con vuestro permiso, tengo que irme a hacer los deberes. Así que, con mucho cariño, me despido ya.
¡Hasta la semana que viene!

El tiempo se nos va


Se fue.
Y no lo hizo de golpe, no, sino a poquitos. Dejó de mirarme, de suplicarme con cada suspiro que la besase, de crear encuentros "aleatorios" para poder devorarnos con una sonrisa. Dejé de chocar con su mirada, de entender el lenguaje secreto de sus labios mudos, de perderme por la ciudad para cruzarme con ella. Y a base de decepciones, dejamos de ser el uno para el otro.
Se marchó ‒la dejé irse‒ tan poco a poco, y me di cuenta tan tarde de que (también) ella se marchaba...
Pero en el fondo eso da igual, ¿sabes? Me da igual.
Lo que me duele, lo que me cabrea, lo que me retuerce el corazón, es que no eras tú.
¡Estaba tan convencido de que por fin te había encontrado...! Creía que era la correcta de todo corazón, y de todo corazón me equivoqué.
Dios, cómo me equivoqué.
Y tú sigues ahí fuera, quién sabe dónde, en algún lugar de esta enorme canica azul que cada día está más llena de personas. Personas que cada día están más vacías.
¿Acaso me buscas como yo te busco a ti? ¿O juegas al escondite como si no me fuese la vida en esta caza del tesoro? ¿Me esperas tal vez en una tumba porque llego demasiado tarde?
No hay respuesta. Nunca la hay.
Empiezo a preguntarme si algún día lograré alcanzarte, o si merecerá la pena. Si no será mejor aprender a conformarme con este amor envasado que la vida se empeña en lanzarme a la cara.
Sí, me estoy volviendo ‒me estás volviendo‒ escéptico, y empiezo a sospechar que el final de los cuentos de hadas es una tontería, y que para mí solo hay hambre y tristeza conjugada en singular al final de esta historia sin argumento.
Y, sin embargo, cuanto más dudo, cuanto más intento aceptar que tú no existes, más te busco sin querer, y a mi corazón acelerado se le saltan los puntos y se le reabren cicatrices olvidadas, y no puedo evitar pensar en lo mucho que he amado, y en lo poco que me han querido.
¡Qué vida más estúpida!
¡Y qué estúpido es el amor!
Basta con probarlo una vez, aunque esté caducado y te deje un regusto amargo en los labios, para saber que volverás a caer ‒que nunca volverás a levantarte‒. Que seguirás buscando el de verdad, ese que se deja adivinar en los amaneceres de sábanas revueltas y caricias inocentes y se pierde con una puñalada disfrazada de "siempre podemos seguir siendo amigos".
Qué claras se ven las cosas entonces, ¿eh? Con qué convicción afirmamos que jamás dejaremos de luchar, que no nos fallarán las fuerzas, que encontraremos a alguien que no nos deje la lengua manchada de soledad y tristeza y miedo.
Pero luego pasan los años, que pesan cada vez más, y llegan la desilusión y las despedidas incompletas, y seguimos buscando solo para convencernos de que tantas heridas no son fruto del más ridículo masoquismo.
Al final ya no creemos en el amor porque queramos hacerlo, sino porque necesitamos creer en algo, aunque ese algo sea una fuerza maligna que se divierte envenenándonos desde dentro.
¡Y me cuesta tanto no desconfiar últimamente! ¡Resulta tan difícil escuchar el timbre de la puerta e imaginar que serás tú!
Se nos acaba el cuento, lo presiento, y la princesa sigue sin aparecer, a mí se me ha desteñido el azul y ya no se me ocurre cómo hacer para que mi corazón siga esperándote cuando en secreto cada vez tengo más claro que no existes.
Pronto volveré a encontrarte ‒o a creer que te encuentro, ¿qué más da?‒, y no estoy seguro de si esta vez me molestaré en comprobar que realmente eres tú.
Así que, si vas a aparecer, hazlo pronto. Y si no...
...
Tú solo aparece.
Por favor.
Aparece.

Oh, dios, dos semanas sin actualizar... Soy un vago, lo sé. Pero es que llegué de Asturias y en vez de ponerme a preparar algo para el blog me puse con "Cinco Razones" (cada vez que avanzo cinco páginas las borro, no me convence el resultado), y a lo tonto, a lo tonto...
En fin, esta es la entrada que tenía pensado poneros a la vuelta, y con eso de que llevo casi diez triturándola en mi cabeza creo que ha quedado bien, ¿no? A mí me gusta bastante. El caso es que ahora me tengo que poner a hacer un trabajo y estudiar para un examen del lunes, así que nos vemos la semana que viene. ¡Un abrazo!

-Seguiré esperando. Pase lo que pase, no dejaré de esperarle.
-¿Y si no vuelve?
-¿Y si lo hace? No soy imbécil, sé que es improbable. Pero si existe una posibilidad, por mínima que sea, de volver a verle... Entonces merece la pena. Siempre merecerá la pena.

Cinco razones para morir


-¿Alguna vez has sentido ganas de llorar?
Arian levantó la cabeza hacia el cielo y soltó una bocanada de humo que no tardó en fundirse con aquella nube negra que siempre cubría la ciudad; luego extendió la mano hacia el vacío y dejó que la colilla resbalase entre sus dedos, camino a la ciudad.
-No, creo que no-contestó, girándose para mirarle a los ojos-. ¿Tú sí?
-No. Bueno, sí. A veces.
Avergonzado, Shin mantenía la vista fija en algún punto indefinido de la avenida que, a cientos de metros bajo sus pies, parecía insignificante. Como si, desde aquella azotea, ellos fueran dioses y aquella mole de cristal y acero, sus dominios.
Arian, indiferente, se recostó sobre el murete mirando al cielo, con las manos detrás de la cabeza.
-¿Y cómo es?
Shin respiró profundo y giró la cabeza mirar a su amigo a los ojos, pero Arian se negaba a despegar la vista de una nube de ceniza y humo que ascendía, lenta pero inexorable, hacia el cielo gris plomizo.
-Es...-empezó Shin-. Es como si alguien te metiese la mano en el pecho y te apretase el corazón, y luego te quedase un sabor amargo en la boca que nunca se va del todo. Es frío, y ganas de dejarte caer y no volverte a levantar-continuó, buscando una metáfora mejor-. Es como si de pronto el mundo entero te cayese encima, y de pronto comprendieses que nunca vas a encajar en él.
Ambos se quedaron en silencio un momento.
-No lo entiendo.
Shin soltó un suspiro y se encogió de hombros. Por supuesto que Arian no lo entendía: era demasiado frío, demasiado mecánico para entenderlo. Saqr y Edahi, tal vez incluso Amiri, habrían comprendido mejor sus preocupaciones, pero hacía mucho tiempo que no sabía nada de ellos.
Si hubieran sabido mantenerse unidos...
-¿Y por qué tienes ganas de llorar?
La pregunta le pilló desprevenido, sobresaltándole. ¿Cuánto tiempo llevaban sin decir nada?
-¿Qué quieres decir?
-Pregunto si hay algo, si hay un... detonante.
Shin vaciló y se pasó la mano por el pelo, deteniéndose un momento en el lugar en el que, tatuado desde su nacimiento, llevaba escrito su nombre junto al número tres.
-A veces sí. Por eso ya no veo las noticias, ni paseo por los barrios pobres de la ciudad, ni puedo acercarme a las perreras. Esos aullidos de dolor me apedrean el corazón-susurró, abrazándose para protegerse de una corriente de aire gélido-. Pero otras veces no hay ningún motivo. Me despierto, me asomo a la ventana y es como si algo intentase clavarme al suelo. O estoy preparándome un café, y de pronto no puedo evitar pensar que este mundo es un lugar aterrador que intenta devorarnos. A veces la sensación se va tan rápido como llega, pero últimamente se queda más tiempo que de costumbre.
-¿Ahora tienes ganas de llorar?
Arian se había sentado de nuevo, con una pierna a cada lado del muro, y le miraba muy fijamente, como si le estuviera estudiando.
-Un poco. Últimamente tengo el presentimiento de que algo malo va a pasar, que ya no me queda mucho tiempo. No sé explicarlo pero es... sobrecogedor.
-¿Vas a morir?
Shin miró a su amigo de reojo, y observó el temor en sus ojos.
¿Qué sería de Arian si él moría? Era demasiado dependiente para sobrevivir solo, demasiado lógico para un mundo tan irracional. Le descubrirían, y entonces acabaría como aquellos gatos callejeros que habían visto en Tokyo, quemados vivos y mutilados una vez muertos.
Intentó componer una sonrisa tranquilizadora.
-No, Arian, no voy a morirme. No tienes de qué preocuparte.
El muchacho soltó un suspiro y sonrió también, aliviado.
Definitivamente, no podía dejarle solo.

Buenas :) Actualizo un poco antes de lo habitual porque, como voy a estar en Asturias y ya sabemos que mi conexión allí es más bien chapucera, no estoy seguro de que pueda volver a hacerlo durante estas vacaciones.
Lo que hay aquí arriba es un extracto de "Cinco razones para morir", una de las múltiples novelas que tengo en marcha. La historia pretende ser una reflexión sobre el dolor (los cinco tipos de dolor que existen, a mi entender) protagonizada por cinco robots que, por un error en su programación, mueren tan pronto como lloran (si queréis más información, haced click aquí). Dejando a un margen ese pequeño toque de ciencia ficción, la considero una novela bastante realista y terriblemente difícil de escribir, y por eso sólo escribo fragmentos.
En fin, ya solo me queda desearos una feliz Semana Santa, con mucho tiempo para descansar y escribir. ¡Hasta la próxima!

Momentos de fragilidad


No, no te quiero. Eso sería estúpido.
¿Cuántas palabras hemos compartido? ¿Cuántas miradas de verdad? ¿Cuántos silencios? No, no puedo quererte, porque apenas sé nada sobre ti.
Pero lo que sí sé, lo que no te puedo ni me molesto en negar, es que te tengo ganas.
Tengo ganas de entender la meteorología de tu corazón para predecir el calor de tus sonrisas y evitar el viento huracanado de tu pestañear furioso, y de repasar con mis dedos la geografía de tu cuerpo para poder perderme a gusto en tus miradas, y de acariciar con la lengua el azúcar de tus labios hasta hacerme adicto.
Tengo ganas de arrancarte la ropa a mordiscos y llegarte al corazón entre aullidos de placer, de pasar mis dedos por tu pelo y apretarte contra mí para dormir, de esnifarte cada noche hasta que me de una sobredosis de tanto respirarte.
Tengo ganas de tu calor, de tus abrazos, de tus arañazos en la espalda, del latir desbocado de nuestros corazones en plena carrera, de la marca de tus dientes en mi hombro, de tus suspiros, de las notas de la Sonata de Claro de Luna en tu guitarra eléctrica, de la dialéctica de tus caídas de ojos.
Te deseo, tanto que da vértigo, y lo hago desde que, por azar o por destino, tropecé con tu mirada y se me ocurrió pensar que sería divertido devorarnos mutuamente; desde que oí a tus labios pronunciar mi nombre y me imaginé cómo sonaría susurrado en mitad de la noche entre gemidos y suspiros entrecortados de éxtasis.
Pero no, no voy a quererte, ni a dejar que me quieras.
Porque sé que puedo arrancarte la cordura a dentelladas y los suspiros de tres en tres sin apenas esforzarme, pero también sé que no puedo amarte como mereces que te amen. Como necesitas que lo hagan.
Yo solo sé de sexo, y tú... Tú "haces el amor".
Y supongo que podría ser egoísta, ¿no? Ir consumiéndote minuto a minuto, saciar con la tuya todos los demonios que rondan mi alma, y perforarte poco a poco hasta robarte el último gramo de confianza en el amor. Y no sería difícil hacerlo; porque aunque intentas negarlo, aunque intentas negártelo, sabes que a ti no te hace falta conocerme para quererme. Para tenerte bastaría con decirte que te amo, y caerías a mis pies, y te dejarías romper hasta derrumbarte.
Hace demasiado tiempo que no pruebas el amor, y ahora te conformas con cualquier cosa, ¿eh?
Pero no te preocupes, porque no pienso hacerlo. No voy a aprovecharme de tu debilidad para cumplir todas las fantasías que cruzan mi mente cuando nuestras miradas chocan y el aire se vuelve denso, que son muchas, ni pienso consentir que tú lo ofrezcas.
¿Que por qué?
Yo tampoco lo sé, no del todo.
Imagino que alguno podría decir que, a mi manera perversa y psicótica, te quiero y sé que no soy suficiente para ti; yo prefiero pensar que eres mi forma de demostrarme a diario que sigo siendo más fuerte que la bestia que despiertas con tus roces involuntarios.
Bah.
Será cuestión de perspectiva.

Buenas :) Sí, lo sé, esta entrada no pega demasiado en un blog como el mío; y no, no tengo ni idea de dónde ha salido. Pero el resultado no me desagrada, y es la mejor entrada de todas las que he escrito para hoy, así que ahí se queda.
Dejando eso aparte, quería deciros dos cositas: la primera, que esta es la entrada 446, y que es probable que prepare algo especial para la 450 (tampoco prometo nada, que conste); y la segunda, ¡que mañana es mi cumpleaños! Así que si queréis enviarme dulces/amor, no me negaré xD
Nada más que decir, fieles lectores. Marcho a ducharme y prepararme para salir a comer. ¡Hasta la semana que viene!

-Creo que solo existe un amor para cada uno de nosotros, y que lo que pasa es que va cambiando de cuerpo. Por eso digo que, aunque tú no lo recuerdas, cuando tú todavía no eras tú nos gustaba subir a la azotea a cazar estrellas entre el humo de este bosque de chimeneas.

The City


En esta ciudad parece que faltan almas y sobran corazones.
Caminas por sus calles, y lo único que ves es un ejército de fieras (bien disfrazadas, por supuesto, con traje y corbata) y rebaños de personas que se mueven... ¿Por qué? ¿Por inercia? No lo sé. Un paso, dos pasos, tres pasos... No lo piensan, solo lo hacen. Una y otra vez, cada día, cada semana, cada mes, cada año de sus vidas.
Y si uno cae, pronto aparece un nuevo zapateo que cubra su ausencia con precisión milimétrica.
Es el ciclo de la vida: unos devoran, y otros son devorados. Y ni siquiera puedes distinguirlos, porque por fuera son iguales, con esos ojos que te miran sin mirarte realmente y esos movimientos tan mecánicos que ya se les han grabado en el ADN.
A veces me dan pena.
A veces me dan miedo.
A veces me dan asco.
Supongo que depende del día.
A veces siento que el tiempo no ha pasado, que sigo siendo el mismo niño pequeño e indefenso, y este mundo me parece la cosa más grande y amenazadora posible, y entonces saco mi disfraz de león furioso del armario y me cubro por completo para que las demás fieras no me devoren.
Otras veces tengo la sensación de que pensar es algo tedioso y cansado, un esfuerzo vano por no sucumbir ante la realidad, y mis sueños parecen cubiertos por una neblina pegajosa, y entonces dejo que el tiempo pase por pasar, sin mirar al reloj, y actúo como una oveja más, dejándome llevar por el simple impulso de seguir moviéndome.
Y luego hay otros días, días en los que sé que soy indestructible, y que el mundo no puede hacer nada por detenerme si yo no quiero.
Hoy, por ejemplo, al asomarme a la ventana a tomar el aire he mirado al cielo y he sentido que, si quisiera, podría hacerlo arder y teñirlo con el rojo de mi sangre. Que hoy podría devorar todo lo que hay en esta ciudad, y reducirlo a cenizas y cristales rotos, y entonces soplarlos lejos de aquí para que el vacío y el frío de esta ciudad fueran también físicos.
Hoy soy una supernova encerrada en este cúmulo de carne, huesos y vacío existencial.
Y podrías pensar que estos días son los mejores, pero te equivocarías.
Porque los mejores, los días que realmente merecen la pena, hace tiempo que se marcharon.
Se quedaron enredados en el césped verde brillante, entre las margaritas de aquel jardín del que me arrancaron para traerme a la capital. En aquel sol tibio que me calentaba las mejillas y me acariciaba la piel, y en aquella lluvia fina que me limpiaba el alma con dulzura.
Los mejores días son aquellos que se fueron cuando descubrí esta guerra interminable; y esos, ¡joder!, esos ya no volverán.
Porque en el fondo da igual si vences o te vencen, ¿sabes? Si te sientes invencible o frágil, si devoras o te dejas devorar... Todo eso no importa.
Desde el momento en que empiezas a pelear, desde que te conviertes en esclavo de esta guerra insaciable, lo único que haces es perder.
Y yo empiezo a estar cansado de luchar.

Dos semanas, ¡lo sé! Una semana más y vuelvo a desaparecer. Pero el examen de Historia me fue muy bien, y el primero de los de griego moderno también, y eso lo compensa, ¿no? :)
El caso es que me está costando sacar las energías para escribir, y solo espero que llegue algo de inspiración salida de la nada. Entretanto... Pues no sé, me sacaré cosas como esta de la manga para salir del aprieto.
Pues nada más, marcho a hacer deberes. ¡Hasta la semana que viene!

Moriarty S.L.

Sentía frío, y no estaba seguro de si era cosa del viento que entraba por la ventana o de ese par de ojos rasgados que le miraban desde el otro lado de la mesa. Marrones y pequeños, parecían los de una fiera sedienta de sangre envuelta en un ligero vestido de algodón blanco.
El silencio, demasiado largo, era tan denso que podía masticarlo, y hasta el ruido de los coches se veía aplastado por aquella tranquilidad, difuminado y lejano. Ni siquiera el reloj de pared se atrevía a seguir con su tic-toc de siempre.
-Entonces, señora...
-Lo siento, pero su caso es una pérdida de tiempo-contestó ella, poniéndose en pie y caminando hasta la ventana-. No me interesa, y no lo acepto.
El hombre sintió el sudor bajándole por las mejillas y se quedó un momento congelado antes de empezar a registrar ansioso sus bolsillos. Cuando encontró lo que buscaba su cara se iluminó y, triunfal, arrojó un fajo de billetes sobre la mesa; la mujer siguió la trayectoria del dinero y se quedó mirándolo sin que su expresión cambiase un ápice.
-Señora, le ruego que se lo replantee. Usted solo fije una tarifa.
La mujer seguía callada, mirando aquel taco de billetes verdes en el centro mismo del caos ordenado de su mesa. Con lentitud, extendió una mano, lo cogió y pasó los billetes con el pulgar.
El hombre sonrió, confiado. Luego recibió el impacto de su dinero en la frente.
-Le he dicho que no me interesa su caso-escupió la mujer. Sus músculos, tensos, le daban un aspecto ya no de fiera, sino de demonio-. Ahora, lárguese.
Muerto de miedo, el hombre cogió los billetes, esparcidos por el suelo, y salió corriendo del despacho. En cuanto sus pasos se perdieron por las escaleras, la otra puerta del despacho se abrió y entró un joven alto, con gafas, y las manos en los bolsillos.
-¿Adulterio?
-Adulterio-confirmó ella.
-No entiendo quién ha hecho correr la voz de que ayudamos a la gente a ocultar sus infidelidades, pero empiezo a cansarme-suspiró, sentándose sobre la mesa-. Tal vez deberíamos mudarnos, Miki.
-No podemos-respondió ella-, no tenemos dinero. En estos cinco meses no hemos aceptado ni un solo caso, y estamos en números rojos.
El joven se encogió de hombros y sonrió.
-Pronto llegará algo interesante, seguro. También se cometen crímenes en Canadá, ¿no?
-Empiezo a dudarlo, Carlos-replicó ella-. Pero ojalá que tengas razón.
-Eso no es un problema: yo siempre la tengo.
El joven le dio una palmadita en el hombro y cogió su abrigo del perchero. Se agachó un momento para coger un billete olvidado por el hombre debajo de la mesa y lo guardó en su cartera, y luego cogió el ancho montón de folletos de restaurantes de comida rápida que había sobre un armarito.
-Voy a por algo de comer-sentenció-. Tú intenta relajarte.
Acto seguido, salió por la puerta y empezó a bajar las escaleras.
-¡Espera, Carlos!-gritó, asómándose al rellano-. ¡No te olvides de traerme un...!
La frase quedó en el aire mientras, muda, contemplaba la portada del periódico que había sobre el felpudo de sus vecinos.
-¿Que te traiga un qué, Miki?-preguntó él, subiendo de nuevo los cuatro escalones que había bajado.
-Calla-cortó ella, cogiendo el diario y desdoblándolo y pasando sus hojas a toda prisa-. ¡Mira aquí!
Él leyó la noticia en cuestión de unos cuantos segundos y su rostro también se iluminó.
-Un joven de buena familia secuestrado de su mansión-susurró Carlos-. Genial. Me encantan los secuestradores.
-Y estos además parecen bastante novatos-contestó ella-. Seguro que no saben qué hacer con él, o cómo cobrar el rescate.
Ambos sonrieron a la vez.
-Habrá que ayudarles con eso, ¿no?

¡Chan-chan-chaaaaaan! Bueno, esto es una remodelación de una antigua historia que empecé a escribir para mi amiga Miki. En la original era una gran detective con un casero un tanto gilipollas, pero ahora me he dado cuenta de que es más interesante ayudar a ocultar un crimen que resolverlo. No sé por qué, me van más los antagonistas. Y por si alguien se lo preguntaba, no, no creo que la continúe, pero os mantendré al tanto :)
PD. Esta reciente oleada de historias en lugar de textos líricos se debe a que estoy de exámenes, y me es más fácil narrar que describir. Prometo que, en cuanto termine con Historia (4 de Marzo) os compensaré con algo un poco más profundo.

PD2. Voy a presentar "Winter" reescrito al concurso de mi instituto. Podéis leer la versión 2.0 aquí.

Los dioses son ateos

Clac, clac, clac.
El retumbar de aquellos tacones rojos parecía trepar por los muros y rebotar en las altísimas bóvedas de piedra, como si intentase inundar el pasillo con su eco.
Erik, incapaz de levantar la mirada, hacía lo imposible por seguir con sus cortas piernas el ritmo vertiginoso de aquellas pantorrillas de porcelana mientras su mente, distraída, confundía aquel taconeo cadencioso con las palpitaciones de su corazón. Incluso después de tantas horas de viaje, una parte de él seguía en el orfanato, el único hogar que había conocido; una parte que, seguramente, nunca recuperaría.
Demasiado absorto en repasar los rostros de todos los compañeros a los que nunca volvería a ver, apenas tuvo tiempo de frenar para no chocar contra la mujer, que se había detenido frente a unas puertas enormes y oscuras. Aturdido, Erik levantó poco a poco la cabeza, ascendiendo por la falda de tubo y la americana hasta encontrarse con los ojos de la funcionaria, negros como el carbón. La mujer compuso una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora, abrió una de las láminas de madera con una mano y le empujó dentro con la otra. Luego cerró la puerta y se marchó por el pasillo, y cuando sus pasos dejaron de escucharse, Erik se encontró con el silencio más ensordecedor de su corta vida.
Al fondo de la sala, frente a una vidriera que representaba los siete elementos que componían el mundo, se recortaba una silueta masculina de hombros anchos que mantenía una mano en su bolsillo mientras con la otra sujetaba una copa de cristal a medio vaciar.
Cuando lo vio, Erik se olvidó de respirar y se puso lo más recto que pudo, mientras intentaba recordar el escaso protocolo que había memorizado en la escuela.
-Su Magnificencia-saludó, haciendo acopio del escaso aire que había en sus pulmones y apoyando su puño sobre el corazón como le habían enseñado.
La silueta giró lentamente sobre sus talones y clavó sus ojos, de un gris violáceo casi fluorescente, en los del niño. Erik sintió el sudor corriéndole por la espalda y las sienes.
-Siéntate.
La voz del dios era tal y como sonaba en sus discursos: grave, armoniosa, potente. Con una voz así, las piedras despertarían si se lo ordenasen, y, del mismo modo, el niño obedeció sin pensar, sentándose en uno de los enormes sillones con sus cortas piernas colgando en el aire.
Su interlocutor apuró el contenido de la copa, la dejó sobre la repisa de una chimenea apagada y se sentó frente a él con las piernas cruzadas. El niño, aunque mantenía la cabeza agachada, sentía aquellos ojos inhumanos estudiando su cuerpo.
-Erik... Un nombre muy oportuno-susurró el dios para sí.
Él, incapaz de mirarle por encima de su regazo, observó que sus dedos, largos y poderosos, golpeteaban contra el reposabrazos de su sillón como si tocasen un teclado invisible; sin darse cuenta, él mismo empezó a mover los dedos, imitándole.
Estuvieron unos minutos así, en silencio, antes de que el dios volviese a hablar.
-El mundo necesita dioses, Erik-aseveró en tono confidencial-; los humanos necesitan dioses. Por eso nos crearon.
-Pero yo creía...-comenzó el niño, levantando la cabeza para, tras chocar con su mirada, volver a bajarla hasta sus manos: aquel hombre, aquel no-hombre, le inspiraba más respeto y miedo que nadie que hubiera conocido.
-Que los dioses creamos a los humanos, ¿no es eso?-preguntó el dios-. Es lo que dejamos que crean: a los hombres les es más fácil obedecer si creen que nos deben la vida, y créeme, necesitan obedecernos. Sin dioses, los humanos son poco más que animales salvajes en una guerra sin fin.
De pronto sus dedos dejaron de bailar y se extendieron hacia él, obligándole a levantar la cabeza hasta encontrarse de nuevo con aquellos ojos incandescentes. Erik sintió cómo el frío corría por debajo de su piel, poniéndole los pelos de punta.
-¿Recuerdas lo que ha pasado hoy?
El niño asintió con la cabeza sin querer, movido por el magnetismo de aquella mirada.
-Hoy he muerto.
El dios asintió con la cabeza, le soltó la cara y volvió a reclinarse en su sillón.
-Y, sin embargo, aquí estás. Tu corazón ya no late, pero tu cuerpo sigue moviéndose. ¿Por qué?
-Yo... Yo...
El niño no sabía que responder. Lo único en lo que podía pensar era en lo profundo que era el violeta de aquellos ojos, la fiereza de aquella mirada que no se apartaba de él. El dios se levantó, liberándole de su embrujo, recuperó su copa y la llenó con los restos de líquido ambarino que quedaban en la botella.
-Es difícil creer en los dioses cuando eres uno de ellos, ¿sabes, Erik?-murmuró, de espaldas a él-. Saber la verdad sobre nosotros, sobre nuestra naturaleza, nos hace escépticos. Hasta esta misma mañana he de confesar que me consideraba ateo. Y entonces oí hablar de ti.
Erik tragó saliva y se encogió lo más que pudo en el sillón.
-¿Cree que soy un dios?
Su voz apenas era un susurro.
-No, Erik, no creo que seas un dios. Creo que eres Dios. El único de verdad-contestó, observando su reflejo en su copa-. Por eso te he traído aquí, para conocerte, para intentar convencerme de que eras un fraude, un truco para hacerme tropezar en mis convicciones. Pero no lo eres.
El dios avanzó hacia él y se agachó a su lado: sus ojos resplandecían más que nunca.
-Tu vida tal y como la conocías ya no existe, Erik. A partir de ahora eres un rey, y como tal debes servir a tu pueblo, ser su guía, su voz, su juez, su ejemplo. Tendrás que aprender a ser sabio, justo y prudente; a ser amado, odiado y temido a partes iguales. Y, en tu caso, habrás de hacerlo eternamente.
Erik sintió ganas de llorar, de correr, de huir. Si lo que aquel ser decía era cierto, acababan de condenarle a la inmortalidad sin pedirle su opinión.
Y aquello le aterraba.

¿Sabéis que Erik significa "rey eterno"? ¿No? Pues ahora sí.
Esto empecé a escribirlo sin pensar demasiado, y después de releerlo estoy bastante orgulloso del resultado. Tal vez algún día saque una historia más larga de esto, pero ahora mismo no se me ocurre cómo podría continuarla. Si alguien tiene alguna sugerencia, que deje un comentario y veré si arroja algo de luz sobre las sombras de mi imaginación.
De nuevo, muchas gracias por leerme. Saber que hay alguien a quien le gusta leerme me da ánimos para seguir escribiendo, incluso cuando estoy desbordado por los exámenes y los deberes :)
PD. Por cierto, Abbise sigue vendiéndose, y dentro de poco voy a hacer la primera donación a Sonrisas de Bombay. Ya os informaré cuando lo haga, ¿vale? ^^

Me rindo

Antes de conocerte mi vida era más fácil.
Yo solo era uno más, un tipo con un cuaderno y muchas palabras que escribir, una sombra en medio de una ciudad llena de gris a la caza de algún trazo de color. Por aquel entonces cualquier cosa encerraba una historia si la observaba durante el tiempo justo, y las palabras acudían a mi llamada para contarla.
Podía hablar de amor, de felicidad, de noches llenas de estrellas y de amaneceres con tostadas y café y melodías imposibles de pájaros compositores. Podía hablar de princesas que no querían ser rescatadas, y de príncipes sin corona ni reino que solo contaban con el valor de sus palabras, y de miradas que brillaban más que las farolas de neón de toda esta maldita ciudad. ¡Podía hablar de dioses, y creerme uno de ellos, y levantarme cada mañana con la certeza de que siempre sería así!
Y entonces apareciste tú.
Como un huracán, un terremoto, un ataque terrorista a la parte más débil de mi mundo.
Llegaste con tu pelo corto, con tus carcajadas contagiosas, con tus labios que prometían mil aventuras. Saliste de las sombras, y en tu piel encontré un mapa a ninguna parte, y en tus manos una invitación a seguirte que no me atreví a aceptar.
En tus ojos encontré la belleza, la de verdad, y comprendí que todo lo que había escrito, todo lo que me quedaba por escribir, nunca estaría a la altura de tus sonrisas.
Llegaste, y contigo trajiste la vergüenza.
No lo entiendes, ¿verdad? Me destruiste, me robaste todo lo que era, y ni siquiera lo hiciste a propósito. Fue algo espontáneo, sin planificación, sin maldad.
Y, aún así, intenté culparte. Intenté alejarme, recuperarme del impacto y convencerme de que podía odiarte por haberme demostrado lo roto que estaba antes de ti. Por abrirme los ojos.
Pero no pude.
Porque cuanto más me esforzaba en odiarte, cuanto más luchaba contra ti, más se rompían mis defensas. Estabas dentro de mí, y te negabas a salir. Me negaba a sacarte, en realidad.
Así que decidí resignarme. Te amaba, y no podía evitarlo. Mis ojos, mi corazón, las miles de mariposas que vivían en mi estómago... te pertenecían. Pero no mi mente. Cerré cualquier conexión que pudiera haber entre las zonas infectadas y las sanas, separé mi conciencia de mi cuerpo y decidí esperar a que el amor se evaporase.
Por aquel entonces pensaba que nada duraba eternamente, y que te irías tan rápido como habías llegado. Que un día despertaría y tu existencia no significaría nada.
Pero me equivoqué.
Seguí queriéndote.
Sigo queriéndote.
Y, lo admito, he perdido.
Así que me rindo, sin condiciones, sin esperanzas.
Me entrego a ti, desnudo, frágil, más humano de lo que he sido nunca, y tú tienes que decidir si arrancarme la carne a mordiscos como un lobo o reconstruirme con tus besos.
Puedes usarme, torturarme, quererme, jugar conmigo...
Me da igual.
Como ya he dicho, la vida antes de conocerte era más fácil.
Pero también era mortalmente aburrida.

AAAAAAAGH. ¡Joder! Llevo desde el viernes intentando escribir una entrada, he debido de gastar más de diez horas en total, y sale esto. En serio, sé que lo digo mucho, pero últimamente mis musas están más insufribles que de costumbre, y empieza la temporada de exámenes, y no debería perder tanto tiempo intentando escribir algo decente para luego ni siquiera conseguirlo.
En fin, una vez calmada mi frustración, me voy a hacer latín, griego y estudiar un examen de historia que tengo mañana. Yuju.


-Solo necesito que me digas que nunca me has querido. Porque si tuve una posibilidad, por pequeña que fuera, y la desperdicié... Bueno, no creo que sea capaz de sobrevivir a algo así.

Laura y la primavera

-¿Cómo estás hoy, Laura?
La mujer apartó la mirada de la ventana y le dedicó una sonrisa.
-Estoy en un psiquiátrico, doctor, y desde hace tiempo-contestó ella-. Creo que puede imaginárselo.
-Supongo que sí-admitió él, sentándose a la mesa-. Habrá algunas cosas que echa de menos.
-¿Algunas?-preguntó Laura mientras llenaba una jarra de leche y la ponía a calentar-. Sí, se me ocurren unas cuantas. Ir de compras con mis amigas, poder depilarme sin que me vigilen, la comida que no sabe a cartón mojado...
El doctor se limitó a escuchar mientras Laura preparaba dos tazas de café y enumeraba todas las pegas que tenía su estancia allí.
-... Y eso sin hablar de la limpieza, claro-concluyó, empujando una de las tazas hacia él-. Dos cucharadas de azúcar, ¿cierto? Pero usted siempre me anima con sus visitas. Es difícil encontrar alguien cuerdo para hablar aquí dentro.
Él emitió una breve carcajada y se colocó bien la corbata antes de cruzar las manos sobre la mesa.
-Siento no venir tan a menudo como antes. Últimamente estamos teniendo muchos problemas con una compañera suya. No para de gritar y de pedir que la dejemos irse, y está poniendo nerviosos a los que están cerca-explicó, probando el café.
-Ah, es de las que gritan...-murmuró Laura, pensativa-. Trasládela aquí, me gustan los que gritan. Al menos sabes que están vivos. Y estoy seguro de que a María no le importará: a ella ya no le importa nada. Se pasa la vida sentada, con la mirada perdida en la pared...
En aquel momento, ella misma se quedó un instante en blanco, con la vista clavada en su reflejo, difuminado en su taza de café. Cerró los ojos, agitó la cabeza para despejarse y recuperó su sonrisa.
-Dígame, ¿de qué quiere que hablemos hoy, doctor?
El hombre se revolvió en la silla y volvió a ajustarse la corbata. Estaba incómodo, y ella sabía lo que significaba: a lo largo de los últimos tres años, siempre se había puesto igual de nervioso cuando quería preguntarle sobre su familia. Sobre por qué los mató, más concretamente.
-Verá, Laura...-murmuró, y aprovechó la pausa para aclararse la garganta-. Hay cierto tema que usted se ha negado a tratar, y no he querido presionarla, pero si realmente quiere mejorar necesita...
No pudo terminar de formular la pregunta; tampoco era necesario. Laura dejó su taza de té en el plato y le miró a los ojos, sin pestañear, durante casi un minuto. Ambos sabían bien cómo sería el guión de aquella sesión, casi palabra por palabra, y cómo terminaría.
Sin embargo, esta vez Laura apartó la mirada y volvió a fijarla en la ventana.
-Mi familia era como la primavera-murmuró, muy bajito.
Él, sorprendido por el cambio, buscó un bolígrafo y su bloc de notas en su chaqueta; ella, mientras tanto, se limitó a observar las preciosas flores que empezaban a brotar junto al alfeizar.
-Mi marido, mis hijas, mi casa... Todo era maravilloso. De revista-continuó-. ¿Le he contado que gané tres veces el concurso de hacer tartas de mi barrio?
Su sonrisa perenne se volvió terriblemente amarga mientras una lágrima rodaba por su mejilla.
-Parece que todo era perfecto-dijo el doctor, apartando la mirada de su bloc.
Ella se río en voz baja.
-Sí, ¿verdad? También la primavera parece perfecta, con todas esas flores, y la hierba de ese color verde tan brillante-susurró Laura-. Pero aquella mañana, mientras preparaba la masa de las tortitas, vi algo en el salón: un ramo de rosas rojas. Las rosas rojas más preciosas que jamás he visto, de hecho. Mi marido siempre las compraba por nuestro aniversario.
-Un bonito detalle.
-Soy alérgica. Mucho. Se lo dije varias veces, pero nunca se molestó en escucharme-replicó ella, mirándole: ya no sonreía-. Así que, mientras notaba que los ojos se me ponían llorosos y me empezaba a faltar el aliento, comprendí que no eran las flores lo que me estaba matando, sino mi familia. Entendí, como si fuera una iluminación, que eran como la primavera: a la gente le encantaba observarnos, pero a mí me asfixiaban.
Ambos se quedaron callados un momento, mirándose a los ojos.
-Eran ellos o yo, doctor. Y puedo jurar que fue la decisión más difícil de mi vida, pero me elegí a mí misma. No creo que nunca me haya equivocado tanto como entonces.

No tengo muy claro de dónde ha salido esto. Creo que era una historia más larga que empecé hace tiempo, pero el caso es que me lo encontré hurgando entre mis antiguos archivos y, después de remodelarla un bastante, esto es lo que ha salido. ¿Qué os parece? A mí me recuerda lejanamente a una entrada, "París", que sigue gustándome mucho.
Siento no extenderme más, pero tengo una comida familiar que atender y tengo el tiempo mordiéndome el culo. Espero volver a veros aquí dentro de una semanita :)

Máscaras y Mentiras

Tengo secretos.
Qué tontería, ¿no? Todo el mundo tiene secretos, pequeñas cosas que preferimos que no se sepan: sentimientos rotos, noches borrosas en camas ajenas, pecados recubiertos de placer...
Pero no es eso a lo que me refiero.
Esos secretos te pueden quitar el sueño, pero los míos te quitan la vida.
Te asfixian. Te incendian. Te devoran.
Quizás sería más acertado decir que ellos son los que me tienen a mí, y no al revés.
Y supongo que tiene su gracia, que ni siquiera pueda recordar en qué momento empezaron a ser más fuertes que yo. ¿Cuándo se complicó tanto esta farsa? Hay tantas mentiras que mantener en pie, y es tan grande el personaje del que me he disfrazado...
Siento que ya no soy yo mismo; que, incluso a solas, sigo siendo esa persona, ese actor que mira sin mirar desde el otro lado del espejo, que se deja la piel por ser lo que los demás quieren que sea. Y es curioso, porque ni siquiera así deja de sentirse solo, y triste, y abandonado. Traicionado, pero esta vez por sí mismo. Por mí.
A veces no soy capaz de sostenerle la mirada.
A veces, duele demasiado.
Quiero dejar de sentirme así. Quiero salir de este enorme bosque lleno de sombras en el que me he metido, en el que estoy perdido desde hace tanto tiempo. Pero no puedo, no sé hacerlo solo.
¿Y confiar? Confiar no es una opción. Entre las penumbras de este infierno de madera es imposible distinguir a los lobos de los hombres. Hay demasiadas fieras disfrazadas de personas.
Solo quería un final feliz, ¿sabes? Cuando empecé con todo esto, digo.
Las mentiras eran una forma de mantener mi mundo en pie hasta alcanzarlo, un escudo contra la aplastante realidad. Solo eran una herramienta, hasta que se empeñaron en ser en algo más.
Ahora... Ahora lo son todo. Los secretos se multiplican, y la única de mantenerlos ocultos y que no me destruyan es seguir mintiendo.
Seguir enredándome en esta telaraña.
Últimamente he empezado a desear que algo pase, que alguien me descubra. Bastaría un error, una mentira mal colocada, y todo este laberinto se caería sobre sí mismo. Puede que así me liberase por fin; puede que así me destruyese de una vez. En el fondo creo que ya me da igual.
Pero soy demasiado buen mentiroso; si no, ¿cómo habría llegado hasta aquí? Mis gestos, mi voz, mis palabras... Están medidas al milímetro, cortadas con la precisión de quien sabe bien cómo improvisar un parche para arreglar una realidad desagradable.
Debo aceptar que nadie va a liberarme, que pasaré el resto de mi existencia encerrado en la prisión en la que se ha convertido mi cuerpo, que nunca encontraré la salida de esta arboleda desordenada. Que nadie sabrá jamás cuántas noches me he enfrentado desnudo y desarmado a la soledad, y al frío, y al miedo.
Porque, a ti no tengo que mentirte, siento un miedo atroz que se me atraganta, y ni siquiera puedo compartirlo porque el personaje que interpreto nunca siente pánico.
Irónico, teniendo en cuenta que todo esto es consecuencia de haber sido un cobarde.
Me estoy hundiendo. Me hundo día a día, segundo a segundo, y me temo que no tengo remedio.
Pero creo que me he pasado con el tiempo. Mira, ya casi se asoma la aurora por el horizonte, vestida de rosa y naranja. Pronto te despertarás, y me darás un beso de buenos días, y volveremos a interpretar esta pieza repetitiva que es nuestra vida juntos.
Si tan solo pudiera quererte una milésima parte de lo que tú me quieres...

Buenas :D ¿Qué tal lleváis saber que no tenemos clase mañana? Por una vez sirves de algo, Sto. Tomás, aparte de para joder en los exámenes.
Respecto al texto, admito que guardo muchos secretos, pero pocos son míos por derecho propio. No sé qué tendré, pero a la gente le transmito confianza (en serio, ¿alguien me explica por qué? xD) y me acabo enterando de cada cosa... Solo me falta la fe para hacerme cura. Pfjajajaja. Como si ellos la tuvieran :_D
En fin, os veo la semana que viene. ¡Recordad que Abbise está a la venta, y que os quiero mucho, y que lo uno no tiene nada que ver con lo otro!

Ya no soy escritor

Yo antes sabía escribir.
Me sentaba frente a algún cuaderno y mis dedos, bolígrafo en ristre, volaban sobre él, cubriéndolo todo de finos trazos azules que solo yo entendía. Las palabras salían solas, casi sin pensarlo, y llenaba páginas y páginas de sueños e ilusiones, de cuentos que nunca serían verdad pero que, para mí, eran dolorosamente reales.
Ahora, sin embargo, le tengo pánico a ese montón de hojas en blanco que se me acumulan en los cajones, a todas esas historias que he empezado y no he sabido terminar, a todos los tachones de tinta que amenazan con ahogarme cualquier día de estos. Apenas puedo mirarlas sin temblar.
Y sigo intentando mantenerme a flote, aguantar hasta que las musas vuelvan de las vacaciones que se han tomado sin avisar. Hago lo imposible por seguir escribiendo, al menos unas cuantas palabras al final de la semana para ver si aún queda alguien a quien puedo emocionar, si aún puedo emocionarme a mí mismo, pero cada vez es más difícil.
Me he distanciado de quien era, de quien quería ser.
He dejado de sentirme escritor.
Y ahora, joder, ahora estoy muerto de miedo. El mundo podía ser un lugar cruel y terrible, pero mientras pudiera escribir, mientras tuviera sitios mejores a los que escapar aunque solo fuera un par de horas al día, me daba igual.
Si ya ni siquiera me queda eso, ¿qué sentido tiene seguir levantándome cada día? Temo que un día de estos me quedaré sin razones para salir de la cama.
Pero lo peor de todo es que no entiendo por qué me estoy muriendo, qué me está matando. Releo lo que ya he escrito, lo que escribí en su día, buscando en algún lugar el origen de este agujero negro que me está quitando la vida a mordiscos, y no lo encuentro.
No hay un amor que me robe las palabras, ni una tragedia que me quite el tiempo, ni una traición que me haya roto la confianza. No tengo nadie a quien culpar, y eso es lo que más me duele, porque significa que la culpa es solo mía. Significa que me he equivocado, que en algún momento tomé el camino incorrecto y acabé perdido en este bosque en el que ya no quedan flores que recoger.
Necesito que llegue una tormenta de las que duran días, que empapan la tierra y lo llenan todo con el olor de la hierba mojada, de las que me susurran nanas de truenos y rayos que nadie más comprende hasta que me quedo dormido.
Necesito desorden, caos, una explosión tan fuerte que le dé la vuelta a mi mundo entero, que se lleve todo, lo bueno y lo malo, y me obligue a empezar de cero.
Necesito evolucionar.
Pero tampoco sé cómo hacer eso. Últimamente me he dado cuenta de que no sé hacer muchas cosas.
Lo que sí sé es que estoy atrapado, perdido y solo, y no tengo ni la menor idea de cómo empezar a arreglar este lío en el que me he metido. No tengo un dios al que recurrir, ni una persona en la que apoyarme, ni un proyecto en el que volcar mis energías.
Solo tengo la certeza ciega de que algo tiene que cambiar.
Y supongo que tendrá que bastarme con eso.

Buenas :D No sé si esto se puede considerar autobiográfico o no, la verdad. Quería hablar de algo distinto a lo que viene monopolizando mis textos últimamente, y he decidido aprovechar que estoy en un momento de creatividad reducida para inspirarme (aunque, por suerte, yo tengo aún bastante energía que quemar antes de sentirme así). Aparte de eso, tengo dos noticias:
1. La venta de Abbise ya está organizada, tengo los sobres y sé cómo hacer para los pagos y envíos, así que cualquiera que quiera su ejemplar que mire cómo hacerlo aquí.
2. No gané el concurso (era de esperar, pero quema un poco), así que "La Sinfonía nº 20" no verá la luz por ahora. Así que, como no le veo mucho futuro, la convertiré en un PDF y se la enviaré gratis a quien compre Abbise. ¿Os gusta la idea?
Ahora me vuelvo a mi cueva. Amor, paz y esas cosillas :)

Muñecos rotos

Nunca tuvimos nuestro momento.
Y no fue por no buscarlo, porque las horas que pasamos juntos, intentando descifrar en lo más profundo de nuestros corazones las palabras perfectas para decir lo que no puede decirse, fueron tantas que ni siquiera las manecillas del reloj que duerme junto a mi cama se atreven a contarlas.
¿Cuántos minutos conseguí bucear en el azul de tu mirada? ¿Cuántos días estuvieron a punto de rozarse nuestros labios?
Nadie lo sabe.
A nadie le importa.
Qué triste resulta admitir que el romanticismo se ha pasado de moda.
Nos quisimos, nos quisimos mucho, pero me temo que no estábamos hechos el uno para el otro, y en nuestro empeño por luchar contra el destino nos fuimos destruyendo mutuamente. Nos rompimos, nos rompimos hasta que ya no quedó nada, nos rompimos hasta que el amor, cansado de esperarnos, decidió tirarse por la ventana.
Desearía que todo hubiera sido diferente, un poco más fácil, o, como mínimo, un poco menos difícil; desearía haber sido más fuerte y no tener que admitir la derrota, o no haberte querido en absoluto para no echarte de menos ahora.
Pero no pudo ser: no era esa la historia que el guionista de esta tragedia tenía pensada para nosotros.
A lo mejor, cuando decidió escribirnos, ya no le quedaba nada más que lágrimas en el tintero.
Lo peor es que no deja de dolerme, aquí, en el centro de mi arrugado corazón. Puede que la herida sea vieja, pero todavía no ha parado de sangrar. Quizá nunca lo haga.
Y tal vez acabe convirtiéndome en una de esas personas que se consumen día a día, desangrándose con una parsimonia enervante. Tal vez acabe olvidando cómo conjugar los verbos en presente y en futuro de tanto pensar en el pasado.
Pero creo que ni siquiera entonces sería capaz de arrepentirme de lo mucho que te he querido.
Porque, sin importar cuánto quiera odiarte, cuánto quiera odiarme, no soy capaz de hacerlo. Me dan igual el dolor, la soledad y el frío que han engendrado mis decisiones: si tuviera una oportunidad de empezar de nuevo, volvería a tropezar con las mismas piedras que torcieron mi camino hasta cruzarse con el tuyo.
Y solo hay una cosa, una sola, de la que me arrepiento, y es de no habernos despedido. Me arrepiento de no haberte besado, al menos aquella última vez, de no haber consumido lo poco que quedaba de ti y de mí para crear un "nosotros" tan efímero y hermoso como un espectáculo de fuegos artificiales; me arrepiento de no haberte llevado a la azotea para ver el atardecer con los pies colgando sobre Madrid, y de no haber podido llorar contigo por lo que pudimos ser, por lo que al final no fuimos.
Porque así, por lo menos, habríamos tenido un final a la altura del drama del que fuimos protagonistas, y yo no estaría aquí, cavando una tumba para las cenizas de un futuro que construimos en papel y que se nos incendió entre las manos.
Nadie asistirá a este entierro; nadie vendrá para abrazarnos y darnos una palmadita en la espalda; nadie pronunciará unas palabras de consuelo, ni compartirá nuestro dolor.
Me gustaría por lo menos ser amigos, pero no creo que pudiera resistirlo.
Te he querido demasiado, y ahora me toca recordar cómo es vivir sin ti.

Estoy cansado D: Tengo que hacer muchos deberes, muchísimos, además de (cómo no) estudiar para el oral de japonés. Solo hay dos cosillas que me animan: uno, que mañana es la celebración del año nuevo japonés y me lo voy a pasar muy bien; y dos, que dentro de dos semanas se sabrá por fin si he ganado el concurso de novela negra al que me presente. Bueno, en realidad se sabrá que no he ganado, pero si me quito esa ilusión creo que me voy a dar un tiro.
¡Paz y amor y esas cosas bonitas que dicen las modelos para quedar bien en los concursos de belleza!

Ruinas

¿Que qué me ha pasado? ¿En serio necesitas preguntarlo?
Está bien, supongo. Te haré de guía por esta ciudad en ruinas; poco importa a estas alturas.
Solo una recomendación: no te alejes demasiado. No quieres descubrirte aquí, solo, por la noche. Mi corazón no es un sitio especialmente acogedor, y no queremos que los fantasmas de todos los que una vez lo habitaron te arranquen la piel a mordiscos, ¿verdad?
Bien, empecemos con el recorrido. No nos llevará demasiado tiempo, no te preocupes: los años han ido reduciendo a polvo casi todo lo importante, y ya solo quedan los esqueletos de unas cuantas emociones que se niegan a terminar de romperse.
Antes, hace no tanto, todo cuanto ves estaba lleno y rebosante de vida; la ciudad entera vibraba con el chisporroteo alegre de la energía contenida. Las palabras, libres, llenaban el aire con sus canciones de trovador a media jornada, y las ilusiones crecían bajo nuestros pies en una carrera trepidante, hundiendo sus raíces en el suelo con fuerza.
Torreones, palacios, bibliotecas... Éramos el centro del universo, de mi universo. Para nosotros no existían la noche, la melancolía o el miedo; solo eran palabras, arcaísmos heredados de nuestros mayores para representar conceptos obsoletos y absurdos que solo entendíamos a medias.
Por supuesto, tampoco conocíamos la muerte. Irónico, ¿no te parece? Pensar que yo, que he muerto tantas veces, llegué a creerme inmortal... ¡Qué rápido cambian las cosas! Con qué facilidad una vida entera se pone del revés. Casi es mejor no pensarlo demasiado.
Aquí el otoño llegó contigo, escondido en tu sombra, coloreado de la miel de tus miradas.
Qué imbécil fui dejándote entrar.
Qué imbécil fui, no dejando que te fueras.
Quise creer que el otoño también era hermoso a su manera, que el cobre y el dorado podrían llegar a gustarme, y dejé que el germen de tus sonrisas se extendiese por la ciudad, manchándolo todo de hojas secas y sueños de los que tú y yo éramos protagonistas.
Sin saber muy bien cómo, los templos con tu efigie se extendieron por toda la ciudad, y las palabras, mis palabras, empezaron a componer himnos para adorarte. No tardé mucho en descubrir que todo lo que antes era mío ahora llevaba tu nombre grabado a fuego.
Al final incluso yo llegué a ponerme de rodillas ante ti mientras te convertías, poco a poco, en el centro y la única razón de mi existencia.
Y, ¿sabes qué?, creo que habría podido sobrevivir así. El oro se convirtió en mi color favorito, tu risa llegó a ser la banda sonora de mi vida, y el placer de poder contemplarte en cada esquina resultaba tan delicioso... Y no me importaba que no fuera correspondido, porque el amor que yo sentía, incendiario como él solo, era capaz de alimentar los reactores de una ciudad que seguía creciendo hacia lo alto, llena de enormes rascacielos de cristal y hormigón armado.
Pero no podías dejar que eso pasara, ¿eh? Tenías que demostrar que podías hacer conmigo lo que quisieras, que podías romperme y reconstruirme y yo te seguiría amando. Así que me hiciste añicos muy poco a poco, con silencios que me descuartizaban a puñaladas y frases de amor (todas falsas, ahora lo sé) que me descosieron el alma con sus dientes de diamante.
La luna se escondió entre los pliegues de mis tristezas, creando sombras monstruosas que se proyectaban contra las paredes de esta ciudad fantasma; los suspiros empezaron a dolerme en los pulmones; el orgullo apareció para clavarse en mi garganta; y el hielo, como una telaraña impasible, creció por las calderas de mi corazón herido hasta detenerlo.
Todos los edificios, todos salvo las enormes catedrales construidas en tu nombre, sucumbieron a este invierno, tan largo que ya amenaza con devorar la primavera.
Pero, ¿sabes una cosa? Al final yo también he sucumbido a él, también me he rendido al frío. Y ahora que no me importan lo más mínimo el calor de tus abrazos y el fuego que prometen tus labios, me he dado cuenta de que no puedo seguir con esto.
Estoy cansado de romperme.
Estoy cansado de que me rompas.
Disfruta de este corazón del que eres dueño: yo ya no lo quiero para nada.

Buenos días a todos, mis precios@s bloggers. Os hablo desde mi segunda guarida del mal (mi sofá, vamos) mientras me como un trozo de roscón que hizo mi hermano ayer. Tiene suerte, el cabrón, mira que le ha quedado esponjoso... Siento repetirme con el tema del invierno, el frío y demás, pero no he podido resistirme.
Aparte de eso, unas cositas: primera, recordaros que tengo Twitter y Facebook; segundo, que mi página de escritor en Facebook es esta; y tercera, que espero que hayáis tenido una muy feliz Nochevieja, y que tengáis un fantástico día de reyes.
PD: Abbise sigue en proceso de organización, pero las entregas tête-à-tête ya están disponibles. Para organizarlo, podéis hacerlo aquí o por e-mail (c.castells@hotmail.com).


-Lo tengo todo, ¿entiendes? Todo. Por eso no tengo derecho a estar triste.
-Odio que la gente diga eso. La tristeza no es un derecho, es una obligación que nos impone la vida. Un deber tan importante como pueda ser volver a levantarse.