Máscaras y Mentiras

Tengo secretos.
Qué tontería, ¿no? Todo el mundo tiene secretos, pequeñas cosas que preferimos que no se sepan: sentimientos rotos, noches borrosas en camas ajenas, pecados recubiertos de placer...
Pero no es eso a lo que me refiero.
Esos secretos te pueden quitar el sueño, pero los míos te quitan la vida.
Te asfixian. Te incendian. Te devoran.
Quizás sería más acertado decir que ellos son los que me tienen a mí, y no al revés.
Y supongo que tiene su gracia, que ni siquiera pueda recordar en qué momento empezaron a ser más fuertes que yo. ¿Cuándo se complicó tanto esta farsa? Hay tantas mentiras que mantener en pie, y es tan grande el personaje del que me he disfrazado...
Siento que ya no soy yo mismo; que, incluso a solas, sigo siendo esa persona, ese actor que mira sin mirar desde el otro lado del espejo, que se deja la piel por ser lo que los demás quieren que sea. Y es curioso, porque ni siquiera así deja de sentirse solo, y triste, y abandonado. Traicionado, pero esta vez por sí mismo. Por mí.
A veces no soy capaz de sostenerle la mirada.
A veces, duele demasiado.
Quiero dejar de sentirme así. Quiero salir de este enorme bosque lleno de sombras en el que me he metido, en el que estoy perdido desde hace tanto tiempo. Pero no puedo, no sé hacerlo solo.
¿Y confiar? Confiar no es una opción. Entre las penumbras de este infierno de madera es imposible distinguir a los lobos de los hombres. Hay demasiadas fieras disfrazadas de personas.
Solo quería un final feliz, ¿sabes? Cuando empecé con todo esto, digo.
Las mentiras eran una forma de mantener mi mundo en pie hasta alcanzarlo, un escudo contra la aplastante realidad. Solo eran una herramienta, hasta que se empeñaron en ser en algo más.
Ahora... Ahora lo son todo. Los secretos se multiplican, y la única de mantenerlos ocultos y que no me destruyan es seguir mintiendo.
Seguir enredándome en esta telaraña.
Últimamente he empezado a desear que algo pase, que alguien me descubra. Bastaría un error, una mentira mal colocada, y todo este laberinto se caería sobre sí mismo. Puede que así me liberase por fin; puede que así me destruyese de una vez. En el fondo creo que ya me da igual.
Pero soy demasiado buen mentiroso; si no, ¿cómo habría llegado hasta aquí? Mis gestos, mi voz, mis palabras... Están medidas al milímetro, cortadas con la precisión de quien sabe bien cómo improvisar un parche para arreglar una realidad desagradable.
Debo aceptar que nadie va a liberarme, que pasaré el resto de mi existencia encerrado en la prisión en la que se ha convertido mi cuerpo, que nunca encontraré la salida de esta arboleda desordenada. Que nadie sabrá jamás cuántas noches me he enfrentado desnudo y desarmado a la soledad, y al frío, y al miedo.
Porque, a ti no tengo que mentirte, siento un miedo atroz que se me atraganta, y ni siquiera puedo compartirlo porque el personaje que interpreto nunca siente pánico.
Irónico, teniendo en cuenta que todo esto es consecuencia de haber sido un cobarde.
Me estoy hundiendo. Me hundo día a día, segundo a segundo, y me temo que no tengo remedio.
Pero creo que me he pasado con el tiempo. Mira, ya casi se asoma la aurora por el horizonte, vestida de rosa y naranja. Pronto te despertarás, y me darás un beso de buenos días, y volveremos a interpretar esta pieza repetitiva que es nuestra vida juntos.
Si tan solo pudiera quererte una milésima parte de lo que tú me quieres...

Buenas :D ¿Qué tal lleváis saber que no tenemos clase mañana? Por una vez sirves de algo, Sto. Tomás, aparte de para joder en los exámenes.
Respecto al texto, admito que guardo muchos secretos, pero pocos son míos por derecho propio. No sé qué tendré, pero a la gente le transmito confianza (en serio, ¿alguien me explica por qué? xD) y me acabo enterando de cada cosa... Solo me falta la fe para hacerme cura. Pfjajajaja. Como si ellos la tuvieran :_D
En fin, os veo la semana que viene. ¡Recordad que Abbise está a la venta, y que os quiero mucho, y que lo uno no tiene nada que ver con lo otro!

Ya no soy escritor

Yo antes sabía escribir.
Me sentaba frente a algún cuaderno y mis dedos, bolígrafo en ristre, volaban sobre él, cubriéndolo todo de finos trazos azules que solo yo entendía. Las palabras salían solas, casi sin pensarlo, y llenaba páginas y páginas de sueños e ilusiones, de cuentos que nunca serían verdad pero que, para mí, eran dolorosamente reales.
Ahora, sin embargo, le tengo pánico a ese montón de hojas en blanco que se me acumulan en los cajones, a todas esas historias que he empezado y no he sabido terminar, a todos los tachones de tinta que amenazan con ahogarme cualquier día de estos. Apenas puedo mirarlas sin temblar.
Y sigo intentando mantenerme a flote, aguantar hasta que las musas vuelvan de las vacaciones que se han tomado sin avisar. Hago lo imposible por seguir escribiendo, al menos unas cuantas palabras al final de la semana para ver si aún queda alguien a quien puedo emocionar, si aún puedo emocionarme a mí mismo, pero cada vez es más difícil.
Me he distanciado de quien era, de quien quería ser.
He dejado de sentirme escritor.
Y ahora, joder, ahora estoy muerto de miedo. El mundo podía ser un lugar cruel y terrible, pero mientras pudiera escribir, mientras tuviera sitios mejores a los que escapar aunque solo fuera un par de horas al día, me daba igual.
Si ya ni siquiera me queda eso, ¿qué sentido tiene seguir levantándome cada día? Temo que un día de estos me quedaré sin razones para salir de la cama.
Pero lo peor de todo es que no entiendo por qué me estoy muriendo, qué me está matando. Releo lo que ya he escrito, lo que escribí en su día, buscando en algún lugar el origen de este agujero negro que me está quitando la vida a mordiscos, y no lo encuentro.
No hay un amor que me robe las palabras, ni una tragedia que me quite el tiempo, ni una traición que me haya roto la confianza. No tengo nadie a quien culpar, y eso es lo que más me duele, porque significa que la culpa es solo mía. Significa que me he equivocado, que en algún momento tomé el camino incorrecto y acabé perdido en este bosque en el que ya no quedan flores que recoger.
Necesito que llegue una tormenta de las que duran días, que empapan la tierra y lo llenan todo con el olor de la hierba mojada, de las que me susurran nanas de truenos y rayos que nadie más comprende hasta que me quedo dormido.
Necesito desorden, caos, una explosión tan fuerte que le dé la vuelta a mi mundo entero, que se lleve todo, lo bueno y lo malo, y me obligue a empezar de cero.
Necesito evolucionar.
Pero tampoco sé cómo hacer eso. Últimamente me he dado cuenta de que no sé hacer muchas cosas.
Lo que sí sé es que estoy atrapado, perdido y solo, y no tengo ni la menor idea de cómo empezar a arreglar este lío en el que me he metido. No tengo un dios al que recurrir, ni una persona en la que apoyarme, ni un proyecto en el que volcar mis energías.
Solo tengo la certeza ciega de que algo tiene que cambiar.
Y supongo que tendrá que bastarme con eso.

Buenas :D No sé si esto se puede considerar autobiográfico o no, la verdad. Quería hablar de algo distinto a lo que viene monopolizando mis textos últimamente, y he decidido aprovechar que estoy en un momento de creatividad reducida para inspirarme (aunque, por suerte, yo tengo aún bastante energía que quemar antes de sentirme así). Aparte de eso, tengo dos noticias:
1. La venta de Abbise ya está organizada, tengo los sobres y sé cómo hacer para los pagos y envíos, así que cualquiera que quiera su ejemplar que mire cómo hacerlo aquí.
2. No gané el concurso (era de esperar, pero quema un poco), así que "La Sinfonía nº 20" no verá la luz por ahora. Así que, como no le veo mucho futuro, la convertiré en un PDF y se la enviaré gratis a quien compre Abbise. ¿Os gusta la idea?
Ahora me vuelvo a mi cueva. Amor, paz y esas cosillas :)

Muñecos rotos

Nunca tuvimos nuestro momento.
Y no fue por no buscarlo, porque las horas que pasamos juntos, intentando descifrar en lo más profundo de nuestros corazones las palabras perfectas para decir lo que no puede decirse, fueron tantas que ni siquiera las manecillas del reloj que duerme junto a mi cama se atreven a contarlas.
¿Cuántos minutos conseguí bucear en el azul de tu mirada? ¿Cuántos días estuvieron a punto de rozarse nuestros labios?
Nadie lo sabe.
A nadie le importa.
Qué triste resulta admitir que el romanticismo se ha pasado de moda.
Nos quisimos, nos quisimos mucho, pero me temo que no estábamos hechos el uno para el otro, y en nuestro empeño por luchar contra el destino nos fuimos destruyendo mutuamente. Nos rompimos, nos rompimos hasta que ya no quedó nada, nos rompimos hasta que el amor, cansado de esperarnos, decidió tirarse por la ventana.
Desearía que todo hubiera sido diferente, un poco más fácil, o, como mínimo, un poco menos difícil; desearía haber sido más fuerte y no tener que admitir la derrota, o no haberte querido en absoluto para no echarte de menos ahora.
Pero no pudo ser: no era esa la historia que el guionista de esta tragedia tenía pensada para nosotros.
A lo mejor, cuando decidió escribirnos, ya no le quedaba nada más que lágrimas en el tintero.
Lo peor es que no deja de dolerme, aquí, en el centro de mi arrugado corazón. Puede que la herida sea vieja, pero todavía no ha parado de sangrar. Quizá nunca lo haga.
Y tal vez acabe convirtiéndome en una de esas personas que se consumen día a día, desangrándose con una parsimonia enervante. Tal vez acabe olvidando cómo conjugar los verbos en presente y en futuro de tanto pensar en el pasado.
Pero creo que ni siquiera entonces sería capaz de arrepentirme de lo mucho que te he querido.
Porque, sin importar cuánto quiera odiarte, cuánto quiera odiarme, no soy capaz de hacerlo. Me dan igual el dolor, la soledad y el frío que han engendrado mis decisiones: si tuviera una oportunidad de empezar de nuevo, volvería a tropezar con las mismas piedras que torcieron mi camino hasta cruzarse con el tuyo.
Y solo hay una cosa, una sola, de la que me arrepiento, y es de no habernos despedido. Me arrepiento de no haberte besado, al menos aquella última vez, de no haber consumido lo poco que quedaba de ti y de mí para crear un "nosotros" tan efímero y hermoso como un espectáculo de fuegos artificiales; me arrepiento de no haberte llevado a la azotea para ver el atardecer con los pies colgando sobre Madrid, y de no haber podido llorar contigo por lo que pudimos ser, por lo que al final no fuimos.
Porque así, por lo menos, habríamos tenido un final a la altura del drama del que fuimos protagonistas, y yo no estaría aquí, cavando una tumba para las cenizas de un futuro que construimos en papel y que se nos incendió entre las manos.
Nadie asistirá a este entierro; nadie vendrá para abrazarnos y darnos una palmadita en la espalda; nadie pronunciará unas palabras de consuelo, ni compartirá nuestro dolor.
Me gustaría por lo menos ser amigos, pero no creo que pudiera resistirlo.
Te he querido demasiado, y ahora me toca recordar cómo es vivir sin ti.

Estoy cansado D: Tengo que hacer muchos deberes, muchísimos, además de (cómo no) estudiar para el oral de japonés. Solo hay dos cosillas que me animan: uno, que mañana es la celebración del año nuevo japonés y me lo voy a pasar muy bien; y dos, que dentro de dos semanas se sabrá por fin si he ganado el concurso de novela negra al que me presente. Bueno, en realidad se sabrá que no he ganado, pero si me quito esa ilusión creo que me voy a dar un tiro.
¡Paz y amor y esas cosas bonitas que dicen las modelos para quedar bien en los concursos de belleza!

Ruinas

¿Que qué me ha pasado? ¿En serio necesitas preguntarlo?
Está bien, supongo. Te haré de guía por esta ciudad en ruinas; poco importa a estas alturas.
Solo una recomendación: no te alejes demasiado. No quieres descubrirte aquí, solo, por la noche. Mi corazón no es un sitio especialmente acogedor, y no queremos que los fantasmas de todos los que una vez lo habitaron te arranquen la piel a mordiscos, ¿verdad?
Bien, empecemos con el recorrido. No nos llevará demasiado tiempo, no te preocupes: los años han ido reduciendo a polvo casi todo lo importante, y ya solo quedan los esqueletos de unas cuantas emociones que se niegan a terminar de romperse.
Antes, hace no tanto, todo cuanto ves estaba lleno y rebosante de vida; la ciudad entera vibraba con el chisporroteo alegre de la energía contenida. Las palabras, libres, llenaban el aire con sus canciones de trovador a media jornada, y las ilusiones crecían bajo nuestros pies en una carrera trepidante, hundiendo sus raíces en el suelo con fuerza.
Torreones, palacios, bibliotecas... Éramos el centro del universo, de mi universo. Para nosotros no existían la noche, la melancolía o el miedo; solo eran palabras, arcaísmos heredados de nuestros mayores para representar conceptos obsoletos y absurdos que solo entendíamos a medias.
Por supuesto, tampoco conocíamos la muerte. Irónico, ¿no te parece? Pensar que yo, que he muerto tantas veces, llegué a creerme inmortal... ¡Qué rápido cambian las cosas! Con qué facilidad una vida entera se pone del revés. Casi es mejor no pensarlo demasiado.
Aquí el otoño llegó contigo, escondido en tu sombra, coloreado de la miel de tus miradas.
Qué imbécil fui dejándote entrar.
Qué imbécil fui, no dejando que te fueras.
Quise creer que el otoño también era hermoso a su manera, que el cobre y el dorado podrían llegar a gustarme, y dejé que el germen de tus sonrisas se extendiese por la ciudad, manchándolo todo de hojas secas y sueños de los que tú y yo éramos protagonistas.
Sin saber muy bien cómo, los templos con tu efigie se extendieron por toda la ciudad, y las palabras, mis palabras, empezaron a componer himnos para adorarte. No tardé mucho en descubrir que todo lo que antes era mío ahora llevaba tu nombre grabado a fuego.
Al final incluso yo llegué a ponerme de rodillas ante ti mientras te convertías, poco a poco, en el centro y la única razón de mi existencia.
Y, ¿sabes qué?, creo que habría podido sobrevivir así. El oro se convirtió en mi color favorito, tu risa llegó a ser la banda sonora de mi vida, y el placer de poder contemplarte en cada esquina resultaba tan delicioso... Y no me importaba que no fuera correspondido, porque el amor que yo sentía, incendiario como él solo, era capaz de alimentar los reactores de una ciudad que seguía creciendo hacia lo alto, llena de enormes rascacielos de cristal y hormigón armado.
Pero no podías dejar que eso pasara, ¿eh? Tenías que demostrar que podías hacer conmigo lo que quisieras, que podías romperme y reconstruirme y yo te seguiría amando. Así que me hiciste añicos muy poco a poco, con silencios que me descuartizaban a puñaladas y frases de amor (todas falsas, ahora lo sé) que me descosieron el alma con sus dientes de diamante.
La luna se escondió entre los pliegues de mis tristezas, creando sombras monstruosas que se proyectaban contra las paredes de esta ciudad fantasma; los suspiros empezaron a dolerme en los pulmones; el orgullo apareció para clavarse en mi garganta; y el hielo, como una telaraña impasible, creció por las calderas de mi corazón herido hasta detenerlo.
Todos los edificios, todos salvo las enormes catedrales construidas en tu nombre, sucumbieron a este invierno, tan largo que ya amenaza con devorar la primavera.
Pero, ¿sabes una cosa? Al final yo también he sucumbido a él, también me he rendido al frío. Y ahora que no me importan lo más mínimo el calor de tus abrazos y el fuego que prometen tus labios, me he dado cuenta de que no puedo seguir con esto.
Estoy cansado de romperme.
Estoy cansado de que me rompas.
Disfruta de este corazón del que eres dueño: yo ya no lo quiero para nada.

Buenos días a todos, mis precios@s bloggers. Os hablo desde mi segunda guarida del mal (mi sofá, vamos) mientras me como un trozo de roscón que hizo mi hermano ayer. Tiene suerte, el cabrón, mira que le ha quedado esponjoso... Siento repetirme con el tema del invierno, el frío y demás, pero no he podido resistirme.
Aparte de eso, unas cositas: primera, recordaros que tengo Twitter y Facebook; segundo, que mi página de escritor en Facebook es esta; y tercera, que espero que hayáis tenido una muy feliz Nochevieja, y que tengáis un fantástico día de reyes.
PD: Abbise sigue en proceso de organización, pero las entregas tête-à-tête ya están disponibles. Para organizarlo, podéis hacerlo aquí o por e-mail (c.castells@hotmail.com).


-Lo tengo todo, ¿entiendes? Todo. Por eso no tengo derecho a estar triste.
-Odio que la gente diga eso. La tristeza no es un derecho, es una obligación que nos impone la vida. Un deber tan importante como pueda ser volver a levantarse.