Ruinas

¿Que qué me ha pasado? ¿En serio necesitas preguntarlo?
Está bien, supongo. Te haré de guía por esta ciudad en ruinas; poco importa a estas alturas.
Solo una recomendación: no te alejes demasiado. No quieres descubrirte aquí, solo, por la noche. Mi corazón no es un sitio especialmente acogedor, y no queremos que los fantasmas de todos los que una vez lo habitaron te arranquen la piel a mordiscos, ¿verdad?
Bien, empecemos con el recorrido. No nos llevará demasiado tiempo, no te preocupes: los años han ido reduciendo a polvo casi todo lo importante, y ya solo quedan los esqueletos de unas cuantas emociones que se niegan a terminar de romperse.
Antes, hace no tanto, todo cuanto ves estaba lleno y rebosante de vida; la ciudad entera vibraba con el chisporroteo alegre de la energía contenida. Las palabras, libres, llenaban el aire con sus canciones de trovador a media jornada, y las ilusiones crecían bajo nuestros pies en una carrera trepidante, hundiendo sus raíces en el suelo con fuerza.
Torreones, palacios, bibliotecas... Éramos el centro del universo, de mi universo. Para nosotros no existían la noche, la melancolía o el miedo; solo eran palabras, arcaísmos heredados de nuestros mayores para representar conceptos obsoletos y absurdos que solo entendíamos a medias.
Por supuesto, tampoco conocíamos la muerte. Irónico, ¿no te parece? Pensar que yo, que he muerto tantas veces, llegué a creerme inmortal... ¡Qué rápido cambian las cosas! Con qué facilidad una vida entera se pone del revés. Casi es mejor no pensarlo demasiado.
Aquí el otoño llegó contigo, escondido en tu sombra, coloreado de la miel de tus miradas.
Qué imbécil fui dejándote entrar.
Qué imbécil fui, no dejando que te fueras.
Quise creer que el otoño también era hermoso a su manera, que el cobre y el dorado podrían llegar a gustarme, y dejé que el germen de tus sonrisas se extendiese por la ciudad, manchándolo todo de hojas secas y sueños de los que tú y yo éramos protagonistas.
Sin saber muy bien cómo, los templos con tu efigie se extendieron por toda la ciudad, y las palabras, mis palabras, empezaron a componer himnos para adorarte. No tardé mucho en descubrir que todo lo que antes era mío ahora llevaba tu nombre grabado a fuego.
Al final incluso yo llegué a ponerme de rodillas ante ti mientras te convertías, poco a poco, en el centro y la única razón de mi existencia.
Y, ¿sabes qué?, creo que habría podido sobrevivir así. El oro se convirtió en mi color favorito, tu risa llegó a ser la banda sonora de mi vida, y el placer de poder contemplarte en cada esquina resultaba tan delicioso... Y no me importaba que no fuera correspondido, porque el amor que yo sentía, incendiario como él solo, era capaz de alimentar los reactores de una ciudad que seguía creciendo hacia lo alto, llena de enormes rascacielos de cristal y hormigón armado.
Pero no podías dejar que eso pasara, ¿eh? Tenías que demostrar que podías hacer conmigo lo que quisieras, que podías romperme y reconstruirme y yo te seguiría amando. Así que me hiciste añicos muy poco a poco, con silencios que me descuartizaban a puñaladas y frases de amor (todas falsas, ahora lo sé) que me descosieron el alma con sus dientes de diamante.
La luna se escondió entre los pliegues de mis tristezas, creando sombras monstruosas que se proyectaban contra las paredes de esta ciudad fantasma; los suspiros empezaron a dolerme en los pulmones; el orgullo apareció para clavarse en mi garganta; y el hielo, como una telaraña impasible, creció por las calderas de mi corazón herido hasta detenerlo.
Todos los edificios, todos salvo las enormes catedrales construidas en tu nombre, sucumbieron a este invierno, tan largo que ya amenaza con devorar la primavera.
Pero, ¿sabes una cosa? Al final yo también he sucumbido a él, también me he rendido al frío. Y ahora que no me importan lo más mínimo el calor de tus abrazos y el fuego que prometen tus labios, me he dado cuenta de que no puedo seguir con esto.
Estoy cansado de romperme.
Estoy cansado de que me rompas.
Disfruta de este corazón del que eres dueño: yo ya no lo quiero para nada.

Buenos días a todos, mis precios@s bloggers. Os hablo desde mi segunda guarida del mal (mi sofá, vamos) mientras me como un trozo de roscón que hizo mi hermano ayer. Tiene suerte, el cabrón, mira que le ha quedado esponjoso... Siento repetirme con el tema del invierno, el frío y demás, pero no he podido resistirme.
Aparte de eso, unas cositas: primera, recordaros que tengo Twitter y Facebook; segundo, que mi página de escritor en Facebook es esta; y tercera, que espero que hayáis tenido una muy feliz Nochevieja, y que tengáis un fantástico día de reyes.
PD: Abbise sigue en proceso de organización, pero las entregas tête-à-tête ya están disponibles. Para organizarlo, podéis hacerlo aquí o por e-mail (c.castells@hotmail.com).


-Lo tengo todo, ¿entiendes? Todo. Por eso no tengo derecho a estar triste.
-Odio que la gente diga eso. La tristeza no es un derecho, es una obligación que nos impone la vida. Un deber tan importante como pueda ser volver a levantarse.

4 comentarios:

  1. Me gustan muchisimo el tercer y cuarto párrafo. Que envidia, hace frío donde estás, yo acá muriendome de calor.
    Cariños,

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  2. Señorito Carlos, he de felicitarle una vez más.
    ¿Que te sorprendo cada día?
    Perdóname, pero cuando creo que no puedes superarte, apareces con una entrada como esta, sumamente increíble. Sobre todo me ha encantado esto Aquí el otoño llegó contigo, escondido en tu sombra, coloreado de la miel de tus miradas.
    Qué imbécil fui dejándote entrar.
    Qué imbécil fui, no dejando que te fueras.
    y todos los párrafos siguientes son apoteósicos.
    Mi más sincera enhorabuena.

    Pd: ¿He de recordarte, después de tanto tiempo, que me siguen encantando tus PD?

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  3. Es casi..., casi desgarrador.
    De nuevo me has vuelto a dejar sin palabras.Cada entrada que haces logra superar la anterior.. ¿Y el final? Es algo así como la resignación de la que me hablabas a mí "Tómalo, es tuyo, ya ni siquiera lo quiero..". Me encanta, de verdad. Y es que ya sé sabe, nunca te puedes fiar del Otoño... al menos yo, lo odio :).

    Sobre tu libro.. ya me irás avisando entonces cuando sepas como lo harás, sí? que me he quedado con la intriga. Y si no es posible seguro que algún día me paso por allí, no es infrecuente asique... imposible no es :). Y de los Baskerville escribe! Todo lo que implique leerte será increíble asique.. ^^

    Gracias a tí por tus palabras. Te lo he dicho casi desde el principio... Leerte a veces es como escuchar los pensamientos que yo ni siquiera me atrevo a escribir. Asique todo lo que implique animarte a seguir escribiendo será un placer :)
    La verdad es que encontrar tu blog ha sido como un regalo :)
    Un abrazo^^ !

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  4. Los falsos ídolos, a los que idealizamos y por los que sucumbimos, son los más peligrosos. Hay que amar hasta que duela, pero lo que no hay que hacer nunca es perderse a uno mismo por el camino. Por que eso... eso ya no es amor.

    Lamento haber estado ausente en Navidades, pero como apenas he estado sola no he tenido mucho tiempo que dedicar ni a Blogger ni a mis palabras. Pero me he puesto las pilas otra vez, y ya te tengo echado el ojo de nuevo =) Besos enormísimos ^^
    PD: Te he agregado al Feisbu, así que no te extrañes si una tal Ana Blablabla Blablaba te agrega ;)

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