Sobre la felicidad y otros sueños imposibles


Seguimos levantándonos.
Día a día, nos arrastramos fuera de nuestras camas, nos disfrazamos de personas decentes y salimos al mundo dispuestos a seguir luchando.
Sin preguntas, sin dudas, sin reflexión de ningún tipo.
Luchar y sobrevivir, eso es lo único que importa. Los dos principios básicos que rigen nuestra existencia, grabados en lo más profundo de nuestro ser.
No somos más que animales.
Pero somos optimistas, ¿eh? Que conste. Y aunque sepamos que solo somos tributos, vírgenes inocentes condenadas a ser devoradas por esa bestia omnipresente que es la muerte, nos empeñamos en buscarle el lado bueno a esta vida de perros.
Así que, de vez en cuando, nuestro abotargado cerebro nos inunda con una oleada de elementos químicos que ingenuamente llamamos felicidad, y durante unas cuantas horas podemos percibir, aunque difuminado, un pedazo de ese paraíso que todas las religiones prometen.
Y, no sé, como que el cielo es menos gris, ¿verdad?, y la miel sabe más dulce, y el frío en los ojos de la gente no nos hiere tan profundo. Y puedes pasarte veinte minutos seguidos sentado en un banco, contemplando cómo dos pájaros juegan, cantan, se persiguen...
Esos días dejamos de ser engranajes dentro de una máquina que ni alcanzamos a comprender y somos algo más, aunque solo sea por unos instantes. Nos convertimos en espectadores de esta obra de teatro sin presupuesto y descubrimos que, vista desde fuera, la vida es más majestuosa de lo que parece mientras giramos en la posición que nos corresponde.
Es verdad que esa alegría no dura demasiado. Que de pronto parpadeas y los cerezos en flor vuelven a parecerte una tontería, y los coches dejan de ser escarabajos metálicos de fantasía, y el frío de esta ciudad te abraza y se te clava hasta las entrañas.
Pero supongo que eso también es parte de su encanto, ¿no? Y que tal vez la felicidad vale tanto porque apenas tarda en irse de nuevo, y nunca avisa de cuándo va a volver.
Porque, si siempre fuésemos felices, ¿qué distinguiría un segundo del siguiente? ¿Qué llenaría de magia un bol de cereales? ¿Qué haría que un beso, un atardecer, una mañana de un verano cualquiera en el parque fuesen especiales?
No, la vida tiene más sentido así, siendo infelices. Soñando con que la felicidad vuelva a llamar a nuestra puerta en cualquier momento. Alimentándonos del recuerdo de la última vez que lo hizo.
Vivimos con la esperanza de que, en cualquier momento, el aire volverá a llenarse de canciones, y el sol nos calentará la piel, y respirar no nos llenará los pulmones de humo.
Y eso está bien.
Así tenemos una razón para, día a día, arrastrarnos fuera de nuestras camas, disfrazarnos de personas decentes y salir al mundo a seguir luchando.
Así tenemos una razón para seguir levantándonos.

Estoy cansado :( El viernes estuve dos horas y media haciendo un examen por la tarde, y ayer... Bueno, ayer vagueé bastante, pero no conseguí descansar nada.
La entrada de hoy es algo más breve y mis palabras un poco más escuetas porque, con vuestro permiso, tengo que irme a hacer los deberes. Así que, con mucho cariño, me despido ya.
¡Hasta la semana que viene!

El tiempo se nos va


Se fue.
Y no lo hizo de golpe, no, sino a poquitos. Dejó de mirarme, de suplicarme con cada suspiro que la besase, de crear encuentros "aleatorios" para poder devorarnos con una sonrisa. Dejé de chocar con su mirada, de entender el lenguaje secreto de sus labios mudos, de perderme por la ciudad para cruzarme con ella. Y a base de decepciones, dejamos de ser el uno para el otro.
Se marchó ‒la dejé irse‒ tan poco a poco, y me di cuenta tan tarde de que (también) ella se marchaba...
Pero en el fondo eso da igual, ¿sabes? Me da igual.
Lo que me duele, lo que me cabrea, lo que me retuerce el corazón, es que no eras tú.
¡Estaba tan convencido de que por fin te había encontrado...! Creía que era la correcta de todo corazón, y de todo corazón me equivoqué.
Dios, cómo me equivoqué.
Y tú sigues ahí fuera, quién sabe dónde, en algún lugar de esta enorme canica azul que cada día está más llena de personas. Personas que cada día están más vacías.
¿Acaso me buscas como yo te busco a ti? ¿O juegas al escondite como si no me fuese la vida en esta caza del tesoro? ¿Me esperas tal vez en una tumba porque llego demasiado tarde?
No hay respuesta. Nunca la hay.
Empiezo a preguntarme si algún día lograré alcanzarte, o si merecerá la pena. Si no será mejor aprender a conformarme con este amor envasado que la vida se empeña en lanzarme a la cara.
Sí, me estoy volviendo ‒me estás volviendo‒ escéptico, y empiezo a sospechar que el final de los cuentos de hadas es una tontería, y que para mí solo hay hambre y tristeza conjugada en singular al final de esta historia sin argumento.
Y, sin embargo, cuanto más dudo, cuanto más intento aceptar que tú no existes, más te busco sin querer, y a mi corazón acelerado se le saltan los puntos y se le reabren cicatrices olvidadas, y no puedo evitar pensar en lo mucho que he amado, y en lo poco que me han querido.
¡Qué vida más estúpida!
¡Y qué estúpido es el amor!
Basta con probarlo una vez, aunque esté caducado y te deje un regusto amargo en los labios, para saber que volverás a caer ‒que nunca volverás a levantarte‒. Que seguirás buscando el de verdad, ese que se deja adivinar en los amaneceres de sábanas revueltas y caricias inocentes y se pierde con una puñalada disfrazada de "siempre podemos seguir siendo amigos".
Qué claras se ven las cosas entonces, ¿eh? Con qué convicción afirmamos que jamás dejaremos de luchar, que no nos fallarán las fuerzas, que encontraremos a alguien que no nos deje la lengua manchada de soledad y tristeza y miedo.
Pero luego pasan los años, que pesan cada vez más, y llegan la desilusión y las despedidas incompletas, y seguimos buscando solo para convencernos de que tantas heridas no son fruto del más ridículo masoquismo.
Al final ya no creemos en el amor porque queramos hacerlo, sino porque necesitamos creer en algo, aunque ese algo sea una fuerza maligna que se divierte envenenándonos desde dentro.
¡Y me cuesta tanto no desconfiar últimamente! ¡Resulta tan difícil escuchar el timbre de la puerta e imaginar que serás tú!
Se nos acaba el cuento, lo presiento, y la princesa sigue sin aparecer, a mí se me ha desteñido el azul y ya no se me ocurre cómo hacer para que mi corazón siga esperándote cuando en secreto cada vez tengo más claro que no existes.
Pronto volveré a encontrarte ‒o a creer que te encuentro, ¿qué más da?‒, y no estoy seguro de si esta vez me molestaré en comprobar que realmente eres tú.
Así que, si vas a aparecer, hazlo pronto. Y si no...
...
Tú solo aparece.
Por favor.
Aparece.

Oh, dios, dos semanas sin actualizar... Soy un vago, lo sé. Pero es que llegué de Asturias y en vez de ponerme a preparar algo para el blog me puse con "Cinco Razones" (cada vez que avanzo cinco páginas las borro, no me convence el resultado), y a lo tonto, a lo tonto...
En fin, esta es la entrada que tenía pensado poneros a la vuelta, y con eso de que llevo casi diez triturándola en mi cabeza creo que ha quedado bien, ¿no? A mí me gusta bastante. El caso es que ahora me tengo que poner a hacer un trabajo y estudiar para un examen del lunes, así que nos vemos la semana que viene. ¡Un abrazo!

-Seguiré esperando. Pase lo que pase, no dejaré de esperarle.
-¿Y si no vuelve?
-¿Y si lo hace? No soy imbécil, sé que es improbable. Pero si existe una posibilidad, por mínima que sea, de volver a verle... Entonces merece la pena. Siempre merecerá la pena.