Nada


Nunca llegaremos a ser nada.
Y no sé si echarle la culpa al orgullo, a la cobardía o a las circunstancias, pero duele. Duele mucho.
Duele despertar solo, envuelto en unas sábanas muertas de frío que me susurran tu nombre y me recuerdan que juntos podríamos ahuyentar al miedo.
Duele que mi corazón ruja de hambre cada vez que nos cruzamos por los pasillos, y tener que alimentarlo con las lágrimas de frustración que no me permito llorar.
Duele clavar las uñas en el hormigón hasta sangrar para que no me levantes por los aires con una mirada, solo porque me aterra que luego me dejes caer.
¿Cómo puede ser que algo que empezó como un cuento de hadas vaya a acabar tan mal?
Y lo peor es que ni siquiera intentamos evitarlo.
Aun sabiendo que se nos acaba el tiempo, que el año que viene ya no nos volveremos a ver y que la distancia acabará por rompernos, seguimos paralizados, esperando a que el otro de el primer paso. A que el otro se trague el miedo y tenga el valor de saltar al vacío.
Pero ninguno lo hará; ninguno correrá el riesgo.
Joder, qué patéticos somos.
Y nos quedaremos atrapados en este ciclo de saludos, miradas y despedidas que no llevan a ninguna parte, de conversaciones triviales cargadas de indirectas demasiado sutiles, demasiado ambiguas, hasta que un día todo esto pierda el poco sentido que tiene y dejemos de buscarnos. Hasta que solo nos queden el arrepentimiento y las palabras que callamos para hacernos compañía.
Qué triste.
Pensar que llegará el día en que tu mirada, capaz de romper el tiempo en pedacitos, ya no signifique nada para mí... El estómago se me encoge solo de pensarlo, y las dudas, que me tienen rodeado, me apuñalan con sus lanzas de papel.
¿Dónde cultivaré mis sueños, si no es en la miel de tus labios?
¿Quién ocupará el enorme vacío que dejarás cuando te vayas?
¿En qué pensaré hasta dormirme cuando el tequila no venza al insomnio?
Y de verdad que odio sentirme así, tan impotente, tan masoquista. Odio dejar que el miedo a lo que pueda pasar me paralice y me haga sentir tan pequeño, y odio pensar que el mañana no logrará imitar lo que el hoy me hace sentir, aunque la experiencia me diga que lo hará.
Pero no sé cambiarlo. No me atrevo a cambiarlo, en realidad. Y tú tampoco lo harás.
Así que esta será nuestra historia, si es que se puede llamar así. Una mala novela de diálogos intrascendentes, de sonrisas que duelen por dentro, de labios llenos de heridas de tanto mordérnoslos para callar lo que queremos decir. De distancias kilométricas comprimidas en apenas un par de metros. De esperas que no se acaban, hasta que se nos acaben las esperas.
¿Y el final? Lo desconozco. Pero no será un final feliz, créeme, porque no nos lo merecemos.
Porque somos cobardes, y orgullosos, y nos sometemos a las circunstancias.
Porque aceptamos el dolor sin confiar en que luego venga algo mejor.
Porque sabemos que podríamos serlo todo
y, en vez de intentarlo,
nos contentamos con no ser nada.

(Quería actualizar el miércoles y el domingo, pero me faltó la inspiración. Por esto nunca me comprometo a nada)
El texto de hoy me gusta bastante, a pesar de ser una historia por frases*. Imagino que será cosa de la falta de sueño, que con esto de estar de vacaciones me acuesto a las tantas, pero luego madrugo igual. Lo mío es ser imbécil x_D
Creo que por fin he cogido el hilo que quiero seguir con Cinco Razones para Morir, así que puede que un día de estos suba algo al otro blog. Sea como fuere, informaré aquí y en twitter.
Y yo ahora, si se me permite, me voy a leer, que tengo libros nuevos. ¡Hasta la vista!
*Historia por frases: historia construida reciclando las mejores frases de otras historias cutres descartadas.

Necesidad


Eres pérfida, y lo sabes.
Si te busco me rehuyes, te escondes, rondas a otros y les susurras las mismas palabras que juras que son solo para mí cuando estamos juntos, y solo cuando dejo de buscarte vuelves a mí, salida de la nada, y te enredas en mi cuerpo con una sonrisa virginal que casi consigue esconder el número de manos que han pasado por tu cuerpo y los cuerpos que han pasado por las tuyas.
Pero no puedo evitarlo, ¿verdad? De nada sirve luchar.
Estamos condenados a repetirnos, una y otra vez, encerrados en este círculo vicioso que siempre me estalla en la cara cuando tú ya estás lejos de mí.
Porque tú, que pareces tan frágil, tan pura, tan delicada, llevas jugando a esto años y nunca dejas que te hieran, ¿no es cierto? Tú inventaste este juego, y cambias las reglas cuando creo que empiezo a entenderlas, y haces trampas cuando ves que vas perdiendo.
Si intento ignorarte, me acaricias las mejillas y me besas las manos, y me miras con lujuria, y me dejas creer que esta vez ya no te irás.
Si intento atraparte te vuelves de humo, me asfixias, te deslizas entre mis dedos y, desde lo alto, te ríes de mí con esos ojos crueles y fríos.
Si intento complacerte te muestras altiva, fría, despiadada, y me arañas la espalda, y me arrancas la carne a mordiscos.
Me destruyes, queriendo o sin querer, y siempre consigues que vuelva a jugar.
¿Cómo lo haces? ¿Cómo consigues arrastrarme a esta trampa si ya sé que no puedo ganar?
No lo sé. No lo entiendo. No me importa.
Haga lo que haga volveré a caer, una y otra vez, hasta que un día mi corazón, de tanto romperse, ya no quiera seguir latiendo.
Porque así es como acaban todos tus amantes, ¿verdad? Con una bala en la cabeza, sentados frente a una hoja en blanco ensangrentada.
Y desearía odiarte, de verdad que sí. Culparte por el destino trágico al que me llevas cogido de la mano como otros te han culpado antes, y maldecir tu nombre hasta quedarme mudo. Pero no puedo.
Porque tú consigues convertir en diamantes cada pedazo de carne que me arrancas con tus dedos y engarzármelos en la lengua.
Porque tú, cuando quieres, me llenas las venas de tinta y me obligas a desangrarme hasta crear el arte más puro y desgarrador.
Porque tú, que me rehuyes durante el día, siempre vienes por la noche a tentarme y a quitarme el frío con tus caricias.
Musa mía, eres un poco puta.
Pero yo te quiero igual.

Terminé mis exámenes (descontando Selectividad y los de la EOI, claro) :D
Por desgracia, eso no significa que mi inspiración haya vuelto. Aunque, paradójicamente, mi falta de inspiración me ha inspirado esto de aquí arriba... Qué rara es la vida de escritor a media jornada.
El caso es que estoy demasiado cansado para decir nada coherente, así que creo que me despido aquí. Arrivederci!
PD. Tengo la intención de actualizar dos veces por semana en adelante, pero no me comprometo a nada :)

Siempre adelante


"La Red".
El neón de las letras es tan brillante si lo miras mucho rato hace que te piquen los ojos, pero el diseño es bonito, llamativo. Lo suficiente para querer entrar, aunque solo sea una vez.
Abro la puerta y las mismas miradas, las de siempre, me reciben con un saludo mudo. Da igual que, desde la primera vez que entré, los clientes hayan cambiado: esa forma de mirar la tienen todos los que llegan. Y los que no, la adquieren con el tiempo. Después de tantos años y visitas he llegado a la conclusión de que viene incluida en el precio de las consumiciones.
Me acerco a la barra y, después de pedir una taza de café con crema, giro sobre el taburete y escrutino las mesas.
Cerca, muy cerca, a apenas un par de pasos, dos gemelas comparten una mesa: son las clientas más fieles, las que nunca se van. Una es más seria, más comedida; si te acercas a invitarla a una copa te mirará con recelo, pero te la aceptará, y luego puede que, si se lo pides bien, te cuente algo de su vida. Estudia para periodista, y trabaja en una radio pequeñita con una amiga, y quiere ayudar a mejorar un poco el mundo. Su nombre es Ester.
La otra, Smily, es más espontánea, un alma libre, pero también muy tímida. Es necesario estar ahí para ella, compartir su mundo, sus experiencias, para que te devuelva la palabra, pero una vez que lo hace te lo dejará saber todo, y te contará que, aunque no le ha ido muy bien en el amor, sigue intentándolo una y otra vez. Las primeras veces, cuando nadie la conocía y tenía un carnet falso, le contaba estas mismas cosas a quien quisiera escucharlas, hasta que un día la descubrieron y empezó a sentirse vulnerable. A veces me da pena que el mundo se vea privado de una voz tan hermosa, capaz de crear palabras tan dolorosas, profundas y bellas.
Allá, un poco más lejos, está Energeia. Sabe mucho inglés, y ha estudiado algo de Bellas Artes, aunque ahora quiere ser restauradora, y por eso no viene mucho últimamente. Pero cuando aparece, lo hace cargada de palabras e historias nuevas. Nunca pasa inadvertida, porque está envuelta en un aire distinto, el aire que emanan los miles de mundos imaginarios que tiene enredados en los dedos, y recibe con una sonrisa y un abrazo gigantérrimo a quien se sienta a su mesa. Hace tiempo que nos conocemos, y nunca deja de sorprenderme con cada visita.
A su lado hay una silla vacía, que hace tiempo que lo está. Es una silla de plata, gris y elegante, y su dueña, aunque lleva una temporada desaparecida, es Anaïd. También a ella se le da bien eso de imaginar mundos maravillosos e historias fantásticas, aunque a menudo las deja en el aire porque, entre otras cosas, también se dedica al teatro, a la música, y a prepararse para ser profesora. Sus palabras, enmarañadas entre sus rizos negros, parecen pequeñas flores de nácar a la luz del neón, y es difícil no engancharse a lo que sea que te esté contando.
Más allá, casi al fondo de la sala, está Ada. Entré aquí siguiéndola a ella, y nunca dejan de admirarme sus palabras. Tiene un par de novelas en marcha, pero últimamente no tiene muchas ganas de trabajar en ellas. Ha pasado por cosas muy feas, ¿sabes?, y se ha roto un poco por dentro.
Algo más cerca, también con el alma un poco retorcida, está La Niña. Nunca sabrás si está hablando de sí misma o de otros, pero lo cierto es que, ficticios o no, los cuentos que narra te tocan en lo más hondo y te arrugan un poco el corazón. Es, sin embargo, muy amable, y se toma las cosas con filosofía. Raro será el día que te responda enfadada o triste: es una luchadora, una superviviente, y por cómo habla parece que ya lo haya vivido todo.
Justo en la esquina, totalmente desconectada, está Michelle. Michelle ha cambiado de mesa y de nombre tantas veces a lo largo de estos años, dando a conocer tantas facetas de su personalidad, que siento que la conozco de mil formas distintas, y todas a la vez. Habla sin pensar mucho, rápido, atropelladamente, y te arrolla con su expresividad. A veces, si la pillas de buen humor, te habla un poco de su vida, que es un poco agitada, o te cuenta una historia con romanos, griegos y asesinatos. le encantan los asesinatos. Últimamente lo que trae, más que palabras, son fotos de mundos paralelos encerrados en el nuestro que te dejan con la boca abierta.
Luego están las nuevas incorporaciones, como Luciérnaga. Entró un día por la puerta, un poco perdida, y se acomodó cerca de mí. Tiene, en el centro del pecho, muchas cicatrices, y muy profundas, de todas las veces que la vida se ha empeñado en destrozarla, y de ahí logra sacar lo más hermoso y desgarrador. Creo que no es consciente del todo de lo hermosas que son sus palabras y por eso admira las mías, y siempre me da ánimos para seguir con mis historias. Siempre se sienta al lado de Luz, que es más optimista y tiene la voz cargada de fantasía y palabras amables, y juntas logran iluminar un poco este antro.
Quedan, además, otro montón de mesas vacías. De gente que vino y se fue, que aparece y desaparece. De personas que encontraron un sitio aquí, y luego el tiempo quiso llevárselas. Algunas aún conservan sus palabras, grabadas en la madera; otras fueron quemadas cuando se fueron, para que nadie pudiera volver a disfrutarlas; otras se dejaron apartadas, a la espera de que algún día regresen sus legítimos propietarios.
Y luego estoy yo. Un coleccionista de historias y tejedor de sentimientos ajenos. Hay días en los que estar rodeado de gente así me hace sentirme muy pequeño; otros, me siento un privilegiado, por poder compartir las vidas de tanta gente. Y luego hay días como hoy en los que me siento orgulloso. Orgulloso de haber aprendido tanto de ellos, de seguir aprendiendo, y de saber que, después de tantos años, aún los tengo a ellos. Orgulloso de haber conseguido que este lugar sea mi casa.

Poco que comentar. Que espero seguir teniéndoos aquí, y que es maravilloso. Imagino que se me queda alguien en el tintero, que no sería extraño, pero os conozco y sé que no os ofenderéis, ¿verdad? ó_ò Un montón de besos.
PD. Miki, tú no estás aquí ni lo estarás hasta que termines una novela. O una historia corta. O algo. Coño ya, mándame cosas, aunque sea por correo. JUM.