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Anoche llegó a mí desnuda, con la luna dibujando sombras sobre su piel y el pelo suelto en una cascada de rizos azabache. Llegó, me miró y... sonrió.
Y parecía tan dócil, tan pacífica, tan frágil, que me dejé engañar.
Caminaba ligera, como arrastrada por la brisa, y sus ojos, de un marrón dulce, delicado, me miraban sin parpadear mientras se acercaba. Tardó menos de un suspiro en llegar a mi lado, y, después de mirarme un momento desde lo alto, echó las rodillas al suelo y se recostó frente a mí, apoyándose en su mano derecha.
Las cigarras dejaron de cantar.
-Has venido-susurré, extendiendo mi mano para tocar su mejilla.
Ella cerró los ojos y se dejó acariciar.
-Te prometí que vendría, ¿no?-contestó, torciendo la sonrisa-. Yo siempre vengo. Eres tú el que me aparta y huye.
Su labio inferior tembló mientras mi mano descendía por su cuello en una caricia interminable. Me acerqué a ella lentamente, centímetro a centímetro, hasta que pude sentir su respiración en mi nariz.
En aquel momento deseaba besarla más que nada en este mundo.
Sin embargo, antes de que pudiera recorrer aquel instante que nos separaba, ella se apartó y abrió los ojos: de cerca, aquella mirada me golpeó tan fuerte que sentí que me mareaba.
Negó con la cabeza, y yo también retrocedí, avergonzado.
-Lo siento-suspiré, buscando su mano con la mía-. Lo siento.
Ella volvió a sonreír y se colocó el pelo detrás de la oreja. La luna había dejado de lanzar sombras sobre su cuerpo, y su piel inmaculada parecía un lienzo en blanco.
-Eres hermosa.
-Tú también lo eres.
Mi mano libre buscó su cadera; la suya se quedó en mi pecho, sobre mi corazón, contando mis latidos acelerados.
Ambos respiramos profundo al mismo tiempo y sonreímos.
La calma aún duró un instante más antes de que, incapaz de refrenarme, buscase su cuello con mis labios. Ella se dejó empujar hacia atrás, y soltó un gemido de placer mientras yo, ansioso, repasaba cada centímetro de su anatomía con mis dedos, atrapado en el olor a primavera contenida que emanaba cada uno de sus gestos.
Un impulso primitivo, salvaje, tan natural como respirar, me recorría y me dominaba poco a poco, al tiempo que me hundía más y más en aquel mar de curvas irresistibles del que ya no podría escapar.
Sus dedos, hábiles, se enredaban en mi pelo mientras tiraba de mi cabeza hacia la suya, y ya no me importaba que aquella mirada me quemase, porque en aquel momento, bañados en sudor, a unos milímetros de distancia, éramos una estrella diminuta, jadeante y temblorosa.
Nuestros cuerpos, compenetrados, vibraban al mismo compás desenfrenado de nuestras respiraciones, que ya eran solo una. Y entonces, en el momento del clímax, cuando casi soñaba que podía comprender lo misterioso de su belleza, nuestros labios se juntaron y sentí que me asfixiaba.
Que cada gota de energía que había en mi interior se evaporaba en una vorágine de placer y deseo inagotables, y se perdía para siempre.
Desperté, empapado en sudor, con la ropa pegada a mi piel y un grito mudo atrapado tras mis dientes.
Desperté, con una mezcla de espuma y sangre en las comisuras de los labios y el miedo cosido a mi acelerado corazón.
Desperté, me arranqué la jeringuilla del brazo y volví a jurar, por enésima vez, que aquella sería la última sobredosis de mi vida.

Bueno, sí, esto es un poco... erótico. No es mi estilo, lo sé, pero quería comprobar si podía crear este tipo de imágenes sin caer en lo obsceno, y creo que más o menos lo he conseguido xD Aunque el resultado final, ahora que lo releo, no termina de convencerme (cosa que me pasa mucho últimamente...). En fin... Como hoy he madrugado mucho -para ver mis notas de Selectividad- y he dormido fatal -por los nervios de mis notas de Selectividad-, creo que me merezco irme a la cama y descansar. See ya'!

Rotos

Se encogió de hombros y esbozó una sonrisa triste, vacilante. Resignada.
-Así es la vida. No tiene sentido luchar contra el destino.
Alicia se apartó un rizo de la cara y se lo colocó detrás de la oreja. Sus pendientes tintinearon durante un instante antes de enmudecer.
-¿En serio piensas así?
-¿Y por qué no? El universo no me ha dado razones para creer otra cosa.
Martín, con la camisa aún a medio abrochar, se recolocó las gafas y empezó a ponerse los zapatos. Alicia se cubrió más con las sábanas.
-Pero es tu vida. No entiendo cómo dejas que otros decidan con quién tienes que...
La voz se le quebró hasta apagarse. El muchacho dejó de atarse los cordones y levantó la cabeza; luego se estiró hacia ella, empujó su barbilla hacia arriba con el índice y la besó con ternura, solo un instante, antes de apartarse con un suspiro.
-A mí también me gustaría poder elegir, pero soy un cobarde-contestó mientras continuaba vistiéndose-. Nunca me atrevería a enfrentarme a mi padre.
La muchacha se recostó contra el cabecero de la cama y dejó que una lágrima rodase por su mejilla. En aquel momento no sabía a quién odiaba más, si a Martín, a su padre, a la otra o a sí misma. Aunque, bien pensado, en realidad la otra era ella.
La cabeza empezó a dolerle.
-No quiero aceptarlo. No puedo.
Él le acarició el rostro, y Alicia notó que su mano temblaba: estaba haciendo su mayor esfuerzo por no romper a llorar.
Ninguno hizo amago de apartarse; ninguno intentó decir nada. Solo dejaron que el tiempo pasase en silencio.
Y entonces su móvil vibró.
Martín lo cogió de la mesilla y descolgó. Alicia apenas entendía unas cuantas palabras que él le había enseñado mientras las escribía en su espalda con sus dedos, pero el tono lo decía todo.
Cuando colgó estaba pálido y sus ojos perdidos en la pared.
-Se anunciará hoy-anunció con un hilo de voz-.Tengo que volver para cambiarme, y preparar el discurso, y luego tendré que...
Alicia se desembarazó de la sábana, rodeó su cuerpo con sus brazos y tiró de él hacia sí.
Martín, con el rostro apoyado en el hombro de su amante, lloraba sin reparo, mientras su cuerpo entero convulsionaba, presa del frío. De uno nuevo, ártico, que salía en oleadas desde su corazón y le aguijoneaba los ojos.
De sus pulmones escapó un gemido desgarrador, terrible, profundo.
Alicia, impotente, lo apretó más fuerte contra su pecho y besó su pelo, su frente, sus manos, intentando transmitirle el calor que le abrasaba las mejillas. Pero de nada serviría.
Entre sus brazos tenía a Martín Amadeo IV, heredero de la corona de Sagitario, el General Boreal, el Príncipe que mató al Infante Hereje. Y, sin embargo, en aquel momento solo era un hombre al que le habían arrebatado cualquier oportunidad de ser feliz. Un peón atrapado por las normas de una política exterior impasible y cruel.
El segundo hombre más poderoso del reino se deshacía en lágrimas ante ella, y lo único que Alicia podía hacer era abrazarlo y susurrarle palabras dulces al oído mientras intentaba no romperse ella. Cuando él no estuviera, cuando no hubiera nadie a quien contagiar con su tristeza, lloraría hasta caer rendida; pero ahora tenía que ser fuerte.
Y resultaba tan difícil recomponer la armadura de indiferencia y conformismo que él había destruido con su sonrisa encantadora...

Hola de nuevo :D Ya, lo sé, he desaparecido, pero la culpa es de la Selectividad, que me ha robado hasta mi tiempo de dormir. Ahora que soy libre, sin embargo, espero volver y actualizar mucho y muy seguido.
Esto de aquí es parte de Ocaso (sí, esa saga de fantasía que algún día escribiré). Sagitario es uno de los reinos más grandes sometidos al Imperio, y sus habitantes son una especie de humanos dotados por selección artificial para las habilidades manuales. La monarquía y su entorno hablan un idioma restingido (la Lengua de los Dioses), muy delicado y dulce, y la mujer con la que intentan casar al príncipe es Sophie, que es... Bueh, eso sería desvelar mucho, ya lo leeréis algún día.
Nada más que decir. Yo me voy a escribir un poco de Cinco Razones para Morir, así que os veré la semana que viene :)