Yerma

Hoy, otra vez, hay tormenta en casa.
¿Y sabes qué es lo más gracioso de todo? Que ni siquiera sé por qué. No sé por qué gritamos, por qué nos insultamos y nos lanzamos los platos a la cabeza esta noche.
Y empiezo a pensar que tú tampoco lo sabes.
Últimamente pelear se está convirtiendo en parte de nuestra rutina, y las excusas para hacerlo cada vez son peores.
Y tal vez, hoy hemos cruzado la línea; tal vez, hoy solo peleamos por pelear.
Pero no vamos a parar de hacerlo solo por eso, ¿verdad?
Porque mientras nos gritamos, mientras yo te llamo puta y tú me abofeteas, no tenemos tiempo para pensar en lo vacíos que estamos.
En lo vacía que estás.
Así que no, no voy a parar de insultarte aunque sé que no es culpa tuya, ni tú dejarás de mandarme a dormir al sofá noche tras noche, a pesar de lo fría que es nuestra cama; y sí, seguirás encerrándote en el baño con el grifo abierto para llorar cuando crees que no te oigo, y yo continuaré bebiendo hasta quedarme dormido para no ver todos esas cajas llenas de sus cosas (esas que nunca podrá estrenar) apiladas en el salón.
Todas esas cajas de cartón que me pides que lleve al trastero a gritos cada día.
Todas esas cajas de cartón que nunca se moverán de donde están, porque quitarlas de en medio sería como admitir que se ha ido.
Dios, cómo duele pensar que se ha ido...
De pronto das un portazo (¿hace cuánto que estamos discutiendo?), y me dejas con la palabra en la boca mientras te recuerdo (¿hace cuánto que estás llorando?) una por una todas las cosas que sé que te hacen daño (¿hace cuánto que no necesito pensarlo para herirte?).
Pero hoy no te persigo, ni te sigo insultando desde este lado de la puerta, ni intento que vuelvas a gritarme que me odias.
Hoy me quedo aquí, sentado en el suelo, dando cabezazos contra la puerta mientras la indiferencia se clava más y más profundo. Pensando que, cualquier día de estos, tú te cortarás las venas en la bañera y yo me tiraré por un barranco con ese coche familiar que compramos el mismo día que supimos que íbamos a ser tres.
Te oigo gimotear, ¿sabes? Incluso con la cabeza hundida en la almohada. Y de verdad que quiero entrar. Quiero decirte que lo siento, que siento los insultos, los golpes, los gritos, que siento haberte echado la culpa de que estemos solos.
Pero, en vez de hacer eso, me levanto y vuelvo a la cocina. Me levanto, cojo la botella de bourbon y me derrumbo en una silla para ver si, esta noche, consigo escapar del dolor, aunque hasta ahora nunca ha funcionado.
Y, con la mirada desenfocada por el alcohol, me quedo mirando esas manchas marrones (esas que significan algo, algo que no recuerdo pero que aún así duele) y me doy cuenta de que esto no va a terminar bien.
De que, en el mejor de los casos, nos haremos viejos en una casa terriblemente silenciosa, incapaces de mirarnos a los ojos.
Me bebo de un trago lo que queda en la botella, que resbala entre mis dedos y se estrella contra el suelo, y decido que ya estoy lo suficientemente borracho como para irme al sofá. Así que me apoyo en la mesa, me levanto y...
Nada.
Estoy muerto. Estoy inconsciente. Estoy dormido.
Me da igual.

Lo único que importa es que ya no siento nada.

Sí, el título se lo he robado a Lorca, pero no se lo digáis, ¿eh?
La verdad es que no tengo excusa. Estas últimas semanas no he escrito nada (bueno, mentira, he escrito mucho y luego lo he ido borrando todo), y no por falta de tiempo, sino porque ando con la inspiración un poco renqueante y las energías bajo mínimos, así que no me comprometo a nada, por lo menos por ahora.
Ya os iré contando cómo me van los ánimos :)

-¿Ves esa mariposa? El viento intenta arrastrarla de aquí para allá, la aleja de su camino una y otra vez. Y, sin embargo, no se rinde. ¿Por qué tú sí?
-Porque, cuando luchas demasiado tiempo contra un huracán, el viento acaba por arrancarte las alas. A mí solo me queda arrastrarme por el fango hasta que todo termine.